Domingo, 10 de febrero de 2013

Un estudio austero y desvencijado, unas bombillas que se apagan en silencio después de treinta días y que parecen pequeñas estrellas que desaparecen en el techo poco a poco, una música de fondo que recrea sonidos extraños y repetitivos, un modelo desnudo y un escritor que observa en silencio esta escena durante un mes. Las páginas donde Baricco habla de los retratos escritos por Jasper Gwyn son hipnóticas, tienen la cadencia de un sueño o el ritmo pausado de una película como Ordet de Dreyer. Las imágenes atrapan, dos seres en una habitación vetusta, uno desnudo y observado, otro en un rincón y en silencio. En esa intimidad se crea una conexión entre los dos, una manera de llegar a la esencia del otro y mostrarlo a través de retratos no pintados sino escritos. Esta idea es lo que recordaré de Mr Gwyn, la contemplación diaria de una persona y cómo hay un momento donde se muestra tal y como es, con toda sus convicciones, fragilidades, emociones y miradas y un escritor, en un rincón, que actúa como espejo y testigo.

Jasper Gwyn deja de escribir novelas, ha llegado a un límite que no sabe cómo sobrepasar, cree que no tiene nada nuevo que aportar y siente que sólo le queda el silencio. Al inicio piensa que se ha quitado una carga de encima, es libre, no tiene por qué registrar cada cosa que ve ni tirar de un hilo para crear una historia que hable de su percepción de la vida, pero al hojear un libro de arte descubre una nueva manera de enfocar la escritura, observar durante un mes a un modelo y ver la manera en la que se presentan las palabras tras esa observación. Mr. Gwyn escribirá retratos y en esa observación encontrará un nuevo camino para sus palabras. Se queda en silencio, observa un cuerpo desnudo, deja que pase el tiempo, que se consuman las bombillas del techo, que el modelo olvide su presencia y él espera que aparezcan las palabras a través de un camino nuevo. “Siguieron un rato hablando por teléfono y fue una hermosa llamada telefónica, porque acabaron conversando del oficio de escribir, y de las cosas que a ambos le gustaban. Jasper Gwyn explicó que aquella situación del retrato le atraía porque forzaba a doblegar el talento hasta una posición incómoda. Se daba cuenta de que las premisas eran absurdas, pero precisamente por eso le atraía, ante la sospecha de que si uno le arrebataba a la escritura la posibilidad natural de la novela, algo haría ella para sobrevivir, algún movimiento, algo. Dijo también que ese algo sería lo que la gente compraría después y se llevaría a sus casas. Añadió que sería el fruto imprevisible de un rito doméstico y privado, no destinado a aflorar a la superficie del mundo y, por tanto, ajeno, a las miserias en que se veía envuelto el oficio de escribir. De hecho, concluyó, estamos hablando de un oficio distinto. Existía para ello un posible nombre: copista.

Baricco habla del oficio de escribir y la forma de hallar nuevos caminos, de la mirada que mira alrededor para transcribir el mundo que le rodea y la mirada interior y desnuda, de lo que aparentamos ser y quienes somos sin todo el ropaje y las cargas que llevamos encima, del silencio y el paso del tiempo, y en ese paso del tiempo, descubrir los detalles que pasan inadvertidos en una primera mirada y que componen nuestro retrato más íntimo. Me gusta este nuevo Baricco por las imágenes que evoca, porque no se deja llevar y encuentra un equilibrio entre sencillez y magia, por las luces en el techo de un estudio que se apagan de a poco y señalan el final de algo.

Una amiga me dice que viaja al sur para no perder el norte, en Mr Gwyn un escritor deja de escribir para encontrar nuevas palabras.



A la luz de los dos últimas bombillas, el estudio era ya un saco negro, mantenido con vida por dos pupilas de luz. Cuando sólo quedó una, era un susurro.
La miraban desde lejos, sin acercarse, como para no ensuciarla.
Era de noche, y se apagó.
A través de las ventanas con los postigos cerrados, pasaba sólo la luz necesaria para señalar el borde de las cosas, y no de inmediato, sino únicamente para el ojo acostumbrado a la oscuridad.
Pareció que todo objeto había concluido, y sólo ellos dos vivían aún.
Rebecca nunca había conocido una intensidad semejante. Pensó que en aquel momento cualquier gesto resultaría inadecuado, pero se dio cuenta de que era verdadero también lo contrario, y que era imposible, en aquel momento, hacer un gesto que resultara equivocado.
Alessandro Baricco
Mr Gwyn (traducción de Xavier González Rovira. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:50  | Libros...
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