Viernes, 15 de febrero de 2013

Un niño recoge madera entre las rocas de la costa (la lluvia y la fuerza de las olas a su alrededor), arrastra un gran madero por el camino hasta una de las casas de la aldea, observa el cuerpo agarrotado de un muerto sentado en su ataúd, ayuda a preparar la pira mortuoria en el cementerio, se sienta en una roca y observa el mar, el bosque, la comitiva fúnebre que se acerca, piensa en los hombres que le rodean, padres de familia que han tenido que vender temporalmente a sus hijos como esclavos para que sus familias no murieran de hambre, recuerda la última vez que llegó O-fune-sama. En el inicio de Naufragios Yoshimura anticipa los elementos que predominarán en la novela, la naturaleza que marca el paso del tiempo y las costumbres en una aldea costera, la supervivencia y la austeridad, los rituales, la muerte, los naufragios y la madurez prematura de un niño de nueve años. 

Isaku vive en una aldea costera, sale a pescar, corta leña, participa de las reuniones de los adultos y se convierte en el cabeza de familia después de que su padre se vendiera como esclavo por tres años. Frente a él, la costa, el arrecife, el mar que alberga a los muertos en espera de regresar al pueblo y reencarnarse en nuevos cuerpos, a su espalda, el monte, los bosques, un camino inhóspito como única conexión con el pueblo vecino. Isaku tiene nueve años, sus gestos son torpes, se encuentra en el umbral de un mundo que desconoce, debe aprender a mantener a su madre y hermanos y descubrir los secretos de la pesca, el mar y las montañas. En invierno O-fune-sama, un extraño ritual donde la aldea intenta atraer barcos a la costa para hacerlos naufragar y quedarse con la carga de sus bodegas, la única manera de subsistir durante dos o tres años sin que ningún habitante se venda como esclavo.

Si la escritura de Yoshimura en Bajo palabra es densa y reflexiva, en Naufragios alcanza una sencillez sorprendente. Yoshimura se centra en Isaku y su mirada alrededor, de los inicios titubeantes a la llegada de una temprana madurez. En esa mirada de Isaku, Yoshimura nos habla de sacrificio, supervivencia y pérdida, de experiencia, temple y muerte. La sencillez en la escritura de Yoshimura golpea con más fuerza cuando se detiene en la muerte, la esclavitud consentida o las hogueras en la playa para provocar naufragios. La historia es terrible, las palabras pausadas y cristalinas.

Hay momentos de extraordinaria belleza: el cambio de estaciones a través del cambio de color en los árboles que rodean la aldea, unas hojas rojizas que dan paso a árboles invernales, la nieve y el mar embravecido; las páginas donde Yoshimura detiene la acción y muestra la pesca de papardas, pulpos, calamar o sardinas; el primer amor que siente Isaku; la elaboración de vestidos a través de las cortezas de los árboles; los diferentes sonidos y movimientos del mar.

Y hay momentos de una crueldad dolorosa; las hogueras en la playa como falsos faros para provocar naufragios; la cueva donde se esconden los cuerpos de los marineros asesinados; la esclavitud como forma de salvar del hambre a una familia. Entre la belleza y la crueldad, la mirada de Isaku aprende los códigos de la vida que le rodea.

Akira Yoshimura escribió una novela conmovedora y terrible.



Las crestas resplandecían iluminadas por el sol poniente. Una de ellas, que destacaba por su altura, había adquirido un tenue color rojizo, como si algo la hubiera descolorido. Durante los dos días de lluvia, que había cubierto las crestas de niebla, las hojas de los árboles habían empezado a mudar de color.
Isaku contempló la cresta. Año tras año, los colores del otoño aparecía en primero en aquella cresta y se extendían progresivamente por todas las demás. Cada vez avanzaban más deprisa, como una avalancha que teñía de rojo las laderas de las montañas a medida que se precipitaba hacia abajo. Cruzaba los profundos valles y envolvía las colinas hasta alcanzar los bosques detrás de la aldea. Cuando llegaba ese momentos, las hojas de las crestas más lejanas ya no eran rojas sino amarillas.
En la aldea se respiraba un ambiente otoñal. Cuando crecieran las espigas de chamiza, empezaría la temporada de pesca de los pulpitos que se acercaban a la costa rocosa. Tenían un sabor delicioso, y se podían comer directamente crudos o hervidos. Los niños los abrían y los colgaban de una cuerda tendida entre dos postes para secarlos.
Después de la pesca del pulpo, las hojas se teñirían de rojo y los habitantes del pueblo presenciarían llenos de esperanza el cambio de color en las montañas.
Cuando las hojas se secaran y empezaran a caer, el mar empezaría a estar más alterado. Habría un par de días de calma y luego rugiría embravecido unos días más, y las olas llegarían incluso a salpicar los tejados de las casas. De vez en cuando, el mar encrespado traía regalos inesperados al pueblo. Dejaba riquezas incomparables que no se podían cultivar en los campos ni encontrar en la playa. Cuando eso ocurría, nadie tenía que venderse como esclavo a lo largo de los próximos años. La aldea raras veces tenía esa suerte, pero sus habitantes vivían con la esperanza de que sucediera. Las hojas rojas indicaban que se acercaba la época en la que el mar podía regalarles sus tesoros.
Akira Yoshimura
Naufragios (traducción de Marina Bornas. Marbot ediciones)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:16  | Libros...
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