Mi?rcoles, 27 de febrero de 2013

a)
Estoy sentando fuera de la estación de tren, un reloj sin números, el sonido de los semáforos al cambiar de color, las conversaciones altas y los frenazos de los coches, el temblor de los trenes bajo mis pies. Leo los cuentos de Después del terremoto de Murakami. El sol brilla en las cumbres nevadas alrededor de la ciudad. Entrecierro los ojos y busco árboles nevados en los montes. La línea de sombra se desplaza por la página, la divide en dos extrañas mitades. Una mujer se acerca, me dice que está perdida y me pregunta si es la estación de tren de Autonomía. Asiento con la cabeza, le digo que no se preocupe, que ha llegado a donde quería y vuelvo al libro. Murakami me habla de una viento gélido y fogatas en la playa, de nieve y las grietas de un terremoto. Formo las imágenes de Hokkaido y Kobe en mi cabeza, pienso en los reflejos de la luz de la luna sobre el hielo, en quedarse quieto y en silencio ante una fogata y que sólo quede el crepitar de las llamas y la forma del fuego. Siento el calor del sol en mis manos. La mujer habla por teléfono, da vueltas a la estación, mira a través de los cristales y espera.

b)
Ella lee un libro electrónico, yo en papel, ella mueve la cabeza y los labios mientras lee, yo paso las hojas con mis manos (tiemblan entre mis dedos) y observo su reflejo en el cristal del vagón, ella tamborilea en una esquina de su libro electrónico, yo leo Alma en letras blancas en la proa de un barco atracado en la ría. Cuando vuelvo a levantar la vista de mi libro el barco se queda atrás.

c)
Escribo en la cocina. La luz rojiza del atardecer atraviesa las cortinas. Dejo de escribir y miro por la ventana. El sol se pone tras el monte. Deja una pequeña estela tras de sí.


(Le hablo de nieves y recuerdos. Me responde con un poema)


gris compacto, oscuridad temprana (Isabel Bono)

dices que de niño
aprovechabas las ventanas empañadas
para escribir tu nombre
y pienso en el desierto
una casa de adobe y alfombras viejas
donde los relojes deslucían el tiempo

me hablas de la línea de nieve sobre los montes
de ráfagas de niebla
y de cómo un claro
realza la oscuridad sobre bilbao

mientras, este sol de febrero toma mi espalda
come de mis manos

qué poco sé de la nieve y su perenne insomnio
qué poco sé del frío



Tags: isabel bono

Publicado por elchicoanalogo @ 21:32  | Isabel Bono
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Lunes, 18 de febrero de 2013

Está sentada en un banco de la estación. Escribe en una pequeña libreta sobre sus piernas cruzadas, las uñas de rojo, el pelo recogido tras sus orejas, la mirada atenta. Levanta la vista, se detiene en una pareja de músicos, un hombre que arrastra una maleta, un vagabundo con las manos dentro de una papelera, y escribe sobre ellos (el movimiento del bolígrafo azul sobre la hoja, las palabras que salen sin interrupción, los ojos inquietos de la chica). Observo su mirada que pasa de sus palabras a la estación y siento que caza palabras.

(coda)
Atravesamos la niebla. La nieve acumulada en el arcén, los jirones de niebla que parecen salir de los surcos del campo, las cumbres de blanco, las siluetas no del todo definidas. Siento que me muevo a través de un sueño. Un hombre conduce un caballo en un puente. El autobús pasa bajo el puente, consigo ver las bridas en la mano del hombre, las manchas del caballo. Una cazadora de palabras, nieblas, nieve, surcos y caballos. 


Los lunes de Anay. Sub iudice...

"Si sólo se perdiera la cabeza,
enamorarse no sería trágico."
                                         ALEJANDRA SIRVENT


ESTROFAS

O abandonarme y ser todo lo que me pidas,
siempre la misma, de frente, con el mismo uniforme
y los zapatos clavados a su sombra y un permiso firmado
para un salto concreto, dos losetas y vuelta.

Tú dibujas en el suelo la rayuela, sus celdas, y yo
tarareo una canción de estrofas similares
y suaves y aceitosas donde han de caber
mis días, todos ellos.
Una canción que ignoro por qué sangre infecciosa llegó para quedarse
pero es esta, ¿la oyes?

                                    REGINA SALCEDO IRURZUN





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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S?bado, 16 de febrero de 2013

No sé jugar a nada.
Ahora parece que la niebla
cumple su compromiso de forrarme las manos.
Es lo que tiene ir de avispada,
perderse en casas grandes,
imaginarse entera desde el principio.
Me hablan de mi vida
quienes la desconocen
y admiran lo lustrosas que dejé las ventanas.
Pero todo retumba todavía
como retumba el eco de mi mínima gracia
en un montón de trapos que nunca sacudí.
Me rebana el aliento
admitir episodios
en los que fui un burro caminando derecho
obviando precipicios y montones de mierda a cada lado.
Y sigo sin saber
si en tanta incertidumbre queda algo de mí,
si ahora me miro fijamente
y puedo abrirme en dos sin malolerme,
si es verdad que encontré todo el paisaje
que habitaba en mis venas
o hay que seguir cortando.
Tengo frío porque gotea el grifo de la ducha,
porque no es fácil estar sola,
porque no lloro nunca
y duermo a trompicones.
Tengo miedo porque me toca hablar conmigo
y la conversación es delicada y tensa.
Ahora no tengo la palabra tan fácil,
me cuesta sonsacarme.
Quiero saber antes que nada
dónde coño viví todo este tiempo.
Inma Luna
Con una inquietud que levanta la tapa de las alcantarillas


Tags: Inma Luna

Publicado por elchicoanalogo @ 23:46  | Poes?a
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Viernes, 15 de febrero de 2013

Un niño recoge madera entre las rocas de la costa (la lluvia y la fuerza de las olas a su alrededor), arrastra un gran madero por el camino hasta una de las casas de la aldea, observa el cuerpo agarrotado de un muerto sentado en su ataúd, ayuda a preparar la pira mortuoria en el cementerio, se sienta en una roca y observa el mar, el bosque, la comitiva fúnebre que se acerca, piensa en los hombres que le rodean, padres de familia que han tenido que vender temporalmente a sus hijos como esclavos para que sus familias no murieran de hambre, recuerda la última vez que llegó O-fune-sama. En el inicio de Naufragios Yoshimura anticipa los elementos que predominarán en la novela, la naturaleza que marca el paso del tiempo y las costumbres en una aldea costera, la supervivencia y la austeridad, los rituales, la muerte, los naufragios y la madurez prematura de un niño de nueve años. 

Isaku vive en una aldea costera, sale a pescar, corta leña, participa de las reuniones de los adultos y se convierte en el cabeza de familia después de que su padre se vendiera como esclavo por tres años. Frente a él, la costa, el arrecife, el mar que alberga a los muertos en espera de regresar al pueblo y reencarnarse en nuevos cuerpos, a su espalda, el monte, los bosques, un camino inhóspito como única conexión con el pueblo vecino. Isaku tiene nueve años, sus gestos son torpes, se encuentra en el umbral de un mundo que desconoce, debe aprender a mantener a su madre y hermanos y descubrir los secretos de la pesca, el mar y las montañas. En invierno O-fune-sama, un extraño ritual donde la aldea intenta atraer barcos a la costa para hacerlos naufragar y quedarse con la carga de sus bodegas, la única manera de subsistir durante dos o tres años sin que ningún habitante se venda como esclavo.

Si la escritura de Yoshimura en Bajo palabra es densa y reflexiva, en Naufragios alcanza una sencillez sorprendente. Yoshimura se centra en Isaku y su mirada alrededor, de los inicios titubeantes a la llegada de una temprana madurez. En esa mirada de Isaku, Yoshimura nos habla de sacrificio, supervivencia y pérdida, de experiencia, temple y muerte. La sencillez en la escritura de Yoshimura golpea con más fuerza cuando se detiene en la muerte, la esclavitud consentida o las hogueras en la playa para provocar naufragios. La historia es terrible, las palabras pausadas y cristalinas.

Hay momentos de extraordinaria belleza: el cambio de estaciones a través del cambio de color en los árboles que rodean la aldea, unas hojas rojizas que dan paso a árboles invernales, la nieve y el mar embravecido; las páginas donde Yoshimura detiene la acción y muestra la pesca de papardas, pulpos, calamar o sardinas; el primer amor que siente Isaku; la elaboración de vestidos a través de las cortezas de los árboles; los diferentes sonidos y movimientos del mar.

Y hay momentos de una crueldad dolorosa; las hogueras en la playa como falsos faros para provocar naufragios; la cueva donde se esconden los cuerpos de los marineros asesinados; la esclavitud como forma de salvar del hambre a una familia. Entre la belleza y la crueldad, la mirada de Isaku aprende los códigos de la vida que le rodea.

Akira Yoshimura escribió una novela conmovedora y terrible.



Las crestas resplandecían iluminadas por el sol poniente. Una de ellas, que destacaba por su altura, había adquirido un tenue color rojizo, como si algo la hubiera descolorido. Durante los dos días de lluvia, que había cubierto las crestas de niebla, las hojas de los árboles habían empezado a mudar de color.
Isaku contempló la cresta. Año tras año, los colores del otoño aparecía en primero en aquella cresta y se extendían progresivamente por todas las demás. Cada vez avanzaban más deprisa, como una avalancha que teñía de rojo las laderas de las montañas a medida que se precipitaba hacia abajo. Cruzaba los profundos valles y envolvía las colinas hasta alcanzar los bosques detrás de la aldea. Cuando llegaba ese momentos, las hojas de las crestas más lejanas ya no eran rojas sino amarillas.
En la aldea se respiraba un ambiente otoñal. Cuando crecieran las espigas de chamiza, empezaría la temporada de pesca de los pulpitos que se acercaban a la costa rocosa. Tenían un sabor delicioso, y se podían comer directamente crudos o hervidos. Los niños los abrían y los colgaban de una cuerda tendida entre dos postes para secarlos.
Después de la pesca del pulpo, las hojas se teñirían de rojo y los habitantes del pueblo presenciarían llenos de esperanza el cambio de color en las montañas.
Cuando las hojas se secaran y empezaran a caer, el mar empezaría a estar más alterado. Habría un par de días de calma y luego rugiría embravecido unos días más, y las olas llegarían incluso a salpicar los tejados de las casas. De vez en cuando, el mar encrespado traía regalos inesperados al pueblo. Dejaba riquezas incomparables que no se podían cultivar en los campos ni encontrar en la playa. Cuando eso ocurría, nadie tenía que venderse como esclavo a lo largo de los próximos años. La aldea raras veces tenía esa suerte, pero sus habitantes vivían con la esperanza de que sucediera. Las hojas rojas indicaban que se acercaba la época en la que el mar podía regalarles sus tesoros.
Akira Yoshimura
Naufragios (traducción de Marina Bornas. Marbot ediciones)


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Jueves, 14 de febrero de 2013

Libros al peso por una buena causa
Del 14 al 17 de febrero llevamos nuestros libros a Malasaña. Elige los tuyos, pésalos, y llévatelos por 5€ el kilo.
Estaremos en el Somos Local de 11.00 a 21.00 horas con la mejor selección de libros para todos los gustos.
Los beneficios se destinarán a los proyectos de cooperación de la Asociación AIDA.

Te esperamos en la c/ Galería de Robles, 5

 

 

 


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Mi?rcoles, 13 de febrero de 2013

(Le hablo de viento, nieve y grúas. Me responde con un poema)

la nieve desaparece de los árboles
el viento se la lleva
dices

mientras tanto, el sol
conquista mi mesa de trabajo
como cada tarde
calienta mi espalda

levanto la vista, un mapa
océano pacífico
isla grande
pasaje drake
tierra de fuego

algo arde
como cada tarde
la derrota en mi espalda

sólo grúas, mochilas y trenes
dices
Isabel Bono
antípodas, pero no tanto


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:45  | Isabel Bono
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Martes, 12 de febrero de 2013

He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.
Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandes caracteres. El uno insinúa: «Podría ser»; el otro añade: «Se dice»; un tercero agrega: «Ocurrió así», y el último asegura: «Lo he
visto...» . De este modo se va formando la historia, que es el folletín de las personas serias.
Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado sacarme de mi pasividad habitual.
Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia. Una vez, un juramentado de
Filipinas vino a mí, con el yatagán levantado, a’ cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.
Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo a estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mi manera de ser. ¿De no tener mayor actividad? ¿De no tener más espíritu de empresa?
No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de mi naturaleza cínica e inmoral; pero la verdad ante todo.
La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de la permanencia de sus propósitos. Son consecuentes como el acero de una brújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.
Saben a donde van, de donde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo llevan contado y calculado.
Si les escuchamos, nos dirán: «No nos detengamos a contemplar el mar o las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el peligro de no llegar al fin».
¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el espacio y en el tiempo, no más trascendental que el punto precedente o el siguiente.
Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y sensatos al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales derroteros que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de la satisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se pone el sol, y cómo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.
La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicureísmo y de la decantada indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y exagera la vida del marino.
Realmente el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su soledad inmensa nos arrastra a la contemplación.
Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla con la Naturaleza.
Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una razón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido algo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado su misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejo de las olas y en el silbido del viento.
Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de una personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida.
En la Naturaleza, en los árboles y en las plantas, hay una vaga sombra de justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia, nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.
Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le hace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con el alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.
Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es el summum del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores míseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titánico y desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo el mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su felicidad.
Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino!
Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.
¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor; no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido.
Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable.
En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una inmensidad del océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. Así, los que se dirigían al cabo de Buena Esperanza, al llegar a las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.
Entonces, en la mayoría de los buques, se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros. Claro que en Londres y. en Liverpool había ya admirables sextantes y círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y navegaban a la antigua.
La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas grecorromanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.
Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos, ¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo.
A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.
Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás mortales.
-Te preguntarán cuánto has hecho -decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura-, no cómo lo has hecho.
Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus ignorados derroteros; el destino, en su misterioso molde, vaciaba esta humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores audaces, o vendedores de chinos.
Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.
Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.
Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia..., una maquinaria en eterna transformación.
Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un especialista injerto en un burócrata.
Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. «Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas», me decía don Ciríaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; «llevamos la fuerza en nuestra carbonera», puede decir el capitán de hoy.
El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.
Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava.
Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.
Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su inmovilidad.
El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones fuertes, sino los más ligeros matices.
Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico paquebote de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez; lo que no es rápido está condenado a morir.
Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para éste, la confusión moderna es un espectáculo lamentable .
...........................................................................................................

¡Oh gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amable sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te verán más!
¡Oh días de calma! ¡Oh momentos de indolencia!
¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a la luz de la luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!
Pío Baroja
El mar antiguo (en Las inquietudes de Shanti Andía. Alianza editorial)


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Lunes, 11 de febrero de 2013

Lee en el tren. Mueve los labios e intento adivinar las palabras que susurra. Pasa de página, las manos en el libro, la mirada en las primeras líneas, el gesto concentrado. A veces tuerce sus labios o abre los ojos como si quisiera abarcar la página entera. Tras ella, la lluvia y el horizonte. Pienso en aquellos problemas matemáticos de mi infancia, si un tren sale de A a las 11.30 y con una velocidad de 80 kilómetros a la hora y otro tren sale de B media hora más tarde y a 95 kilómetros a la hora, en qué lugar se cruzarían. Doy la vuelta al problema e imagino todo el camino recorrido hasta que la mujer del libro y yo coincidimos en un punto.


Los lunes de Anay. Atisbos...

"punto por punto en esos ojos leo
cuanto digo de Amor, y cuanto escribo."
                                                          PETRARCA


HABITACIÓN DE HOTEL

Me aseguras, solemne, que el amor
finalmente no era más que esto:
una aproximación, algunas señas,
una cama de hotel a media tarde,
una copa de más, un arrebato.
Me lo dices mirándome, muy serio,
a los ojos, la piel acogedora,
hermoso, miserablemente hermoso:
no tengo otro remedio que creerte.

                                                    JOSEFA PARRA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:40  | Los lunes de Anay
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Domingo, 10 de febrero de 2013

Un estudio austero y desvencijado, unas bombillas que se apagan en silencio después de treinta días y que parecen pequeñas estrellas que desaparecen en el techo poco a poco, una música de fondo que recrea sonidos extraños y repetitivos, un modelo desnudo y un escritor que observa en silencio esta escena durante un mes. Las páginas donde Baricco habla de los retratos escritos por Jasper Gwyn son hipnóticas, tienen la cadencia de un sueño o el ritmo pausado de una película como Ordet de Dreyer. Las imágenes atrapan, dos seres en una habitación vetusta, uno desnudo y observado, otro en un rincón y en silencio. En esa intimidad se crea una conexión entre los dos, una manera de llegar a la esencia del otro y mostrarlo a través de retratos no pintados sino escritos. Esta idea es lo que recordaré de Mr Gwyn, la contemplación diaria de una persona y cómo hay un momento donde se muestra tal y como es, con toda sus convicciones, fragilidades, emociones y miradas y un escritor, en un rincón, que actúa como espejo y testigo.

Jasper Gwyn deja de escribir novelas, ha llegado a un límite que no sabe cómo sobrepasar, cree que no tiene nada nuevo que aportar y siente que sólo le queda el silencio. Al inicio piensa que se ha quitado una carga de encima, es libre, no tiene por qué registrar cada cosa que ve ni tirar de un hilo para crear una historia que hable de su percepción de la vida, pero al hojear un libro de arte descubre una nueva manera de enfocar la escritura, observar durante un mes a un modelo y ver la manera en la que se presentan las palabras tras esa observación. Mr. Gwyn escribirá retratos y en esa observación encontrará un nuevo camino para sus palabras. Se queda en silencio, observa un cuerpo desnudo, deja que pase el tiempo, que se consuman las bombillas del techo, que el modelo olvide su presencia y él espera que aparezcan las palabras a través de un camino nuevo. “Siguieron un rato hablando por teléfono y fue una hermosa llamada telefónica, porque acabaron conversando del oficio de escribir, y de las cosas que a ambos le gustaban. Jasper Gwyn explicó que aquella situación del retrato le atraía porque forzaba a doblegar el talento hasta una posición incómoda. Se daba cuenta de que las premisas eran absurdas, pero precisamente por eso le atraía, ante la sospecha de que si uno le arrebataba a la escritura la posibilidad natural de la novela, algo haría ella para sobrevivir, algún movimiento, algo. Dijo también que ese algo sería lo que la gente compraría después y se llevaría a sus casas. Añadió que sería el fruto imprevisible de un rito doméstico y privado, no destinado a aflorar a la superficie del mundo y, por tanto, ajeno, a las miserias en que se veía envuelto el oficio de escribir. De hecho, concluyó, estamos hablando de un oficio distinto. Existía para ello un posible nombre: copista.

Baricco habla del oficio de escribir y la forma de hallar nuevos caminos, de la mirada que mira alrededor para transcribir el mundo que le rodea y la mirada interior y desnuda, de lo que aparentamos ser y quienes somos sin todo el ropaje y las cargas que llevamos encima, del silencio y el paso del tiempo, y en ese paso del tiempo, descubrir los detalles que pasan inadvertidos en una primera mirada y que componen nuestro retrato más íntimo. Me gusta este nuevo Baricco por las imágenes que evoca, porque no se deja llevar y encuentra un equilibrio entre sencillez y magia, por las luces en el techo de un estudio que se apagan de a poco y señalan el final de algo.

Una amiga me dice que viaja al sur para no perder el norte, en Mr Gwyn un escritor deja de escribir para encontrar nuevas palabras.



A la luz de los dos últimas bombillas, el estudio era ya un saco negro, mantenido con vida por dos pupilas de luz. Cuando sólo quedó una, era un susurro.
La miraban desde lejos, sin acercarse, como para no ensuciarla.
Era de noche, y se apagó.
A través de las ventanas con los postigos cerrados, pasaba sólo la luz necesaria para señalar el borde de las cosas, y no de inmediato, sino únicamente para el ojo acostumbrado a la oscuridad.
Pareció que todo objeto había concluido, y sólo ellos dos vivían aún.
Rebecca nunca había conocido una intensidad semejante. Pensó que en aquel momento cualquier gesto resultaría inadecuado, pero se dio cuenta de que era verdadero también lo contrario, y que era imposible, en aquel momento, hacer un gesto que resultara equivocado.
Alessandro Baricco
Mr Gwyn (traducción de Xavier González Rovira. Anagrama)


Tags: Mr Gwyn, Alessandro Baricco), Xavier González Rovira, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 16:50  | Libros...
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Viernes, 08 de febrero de 2013

a)
Dejo el café y los libros en la mesa. Me quito algunas gotas de lluvia del pelo y leo un par de cuentos de Keret mientras espero que se enfríe el café. Levanto la vista del libro, en la calle el tráfico está detenido, hay paraguas ladeados entre los coches, charcos en las aceras, gente que se protege de la lluvia en las marquesinas, niños disfrazados de náufragos, personajes de Toy Story o Robin Hood. El sol ilumina las últimas plantas de los edificios, se refleja en las aceras mojadas y desaparece. Por un instante siento que la luz del sol ha detenido el tiempo.

b)
Se sienta frente a mí. Pide un café con leche y abre un periódico. Las hojas tiemblan entre sus manos. Está sola, tiene unos setenta años, el pelo teñido de rubio, la mirada acuosa, los gestos lentos, la cara elegante. Pasa del periódico a la calle, se acaricia el pelo, se acomoda la ropa y vigila la puerta de la cafetería. Se detiene en las esquelas, su dedo índice sigue el nombre de cada una de ellas. A veces nos miramos en silencio.

c)
Se abren algunos claros en el cielo. Paseo por la ciudad, dos libros en una mano, el paraguas en la otra. Observo las gotas de lluvia suspendidas en las ramas de los árboles. Forman un pequeño círculo en las ramas, se estiran y caen al suelo a cámara lenta. 


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Jueves, 07 de febrero de 2013

Abro el paquete, caen unas bolsitas de té en mi mano, un poema en una hoja, una caja de cartón y un cuaderno de poemas. Leo el poema en una hoja y la letra a lápiz de Ib, sonrío al descubrir el viaje de las infusiones, de Francia a Málaga y, finalmente, Ortuella, armo la caja de cartón y dejo dentro las bolsitas, hojeo Maomegean y descubro que mi cuaderno es el veintiocho entre trescientos ejemplares. En mi mano, el aroma de las infusiones (en mí, la calidez de Ib y el vértigo de coincidir)


deseo tener el pelo corto
como un niño
y ser hermosa
como una mujer hermosa

deseo ser octubre con charcos
y pájaros en las antenas

deseo ser un loco bueno

deseo no pensar
como no piensa un loco bueno
agarrado al tronco de un árbol
Isabel Bono
deseo tener el pelo corto



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Publicado por elchicoanalogo @ 16:08  | Isabel Bono
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Lunes, 04 de febrero de 2013

a)
Forman un círculo irregular, el centro vacío, las miradas nerviosas, las manos alrededor de una makila (bastón). Algunos niños llevan la bata del colegio, otros visten de vasquitos. Se rascan bajo la txapela, cuchichean entre sí, usan sus makilas como espadas y parecen espadachines o piratas. La maestra les pide silencio, cuenta hasta tres en euskera y da una palmada. Las makilas golpean el suelo y marcan el ritmo de la canción de Santa Águeda (la cara roja de los niños y su voz de dibujos animados).

b)
Observo las capas de nubes, el blanco de las nubes bajas contra el gris de las nubes de lluvia. El viento trae el sirimiri y moja mi cara. Descubro una pintada en el suelo, I ♥ you. El corazón forma una línea irregular, el centro está vacío.



Los lunes de Anay. Preceptos...

"Engañarse en amor, ¿cuándo ha sido una culpa?"

                                                                    PIERRE DE RONSARD

VII

No pierda más quien ha tanto perdido,
bástate, amor, lo que ha por mí pasado;
válgame agora jamás haber probado
a defenderme de lo que has querido.

Tu templo y sus paredes he vestido
de mis mojadas ropas y adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que se vido.

Yo había jurado nunca más meterme,
a poder mío y mi consentimiento,
en otro tal peligro, como vano.

Mas del que viene no podré valerme;
y en esto no voy contra juramento;
que ni es como los otros ni en mi mano.

                                                           GARCILASO DE LA VEGA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay sala Suberviola, Pierre de Ronsard, Garcilaso de la Vega, Tom Jones

Publicado por elchicoanalogo @ 18:44  | Los lunes de Anay
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Domingo, 03 de febrero de 2013

ardo en el infierno
hay parte de mí que no encaja en ningún lugar
mientras otra gente encuentra cosas
que hacer
con su tiempo
sitios adonde ir
unos con otros
cosas que decirse
unos a otros.

yo
ardo en el infierno
en algún lugar al norte de Méjico.
aquí no crecen flores.

no soy como
los demás.
los demás son como
los demás.

todos son iguales:
toman parte
se agrupan
se arraciman
se les ve
risueños y satisfechos
y yo
ardo en el infierno.

mi corazón tiene un millar de años.

no soy como
los demás.

moriría en sus merenderos
ahogado por sus banderas
aporreado por sus canciones
aborrecido por sus soldados
corneado por su sentido del humor
asesinado por su inquietud.

no soy como
los demás.
ardo
en el infierno.

el infierno que
yo mismo soy.
Charles Bukowski
Desplazado (en Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta. Traducción de Eduardo Iriarte Goñi. Visor)


 

Displaced

burning in hell
this piece of me fits in nowhere
as other people find things
to do
with their time
places to go
with one another
things to say
to each other.

I am
burning in hell
some place north of Mexico.
flowers don’t grow here.

I am not like
other people
other people are like
other people.

they are all alike:
joining
grouping
huddling
they are both
gleeful and content
and i am
burning in hell.

my heart is a thousand years old
I am not like
other people.
I’d die on their picnic grounds
smothered by their flags
slugged by their songs
unloved by their soldiers
gored by their humor
murdered by their concern.

I am not like
other people.
I am
burning in hell.

the hell of
myself.


Tags: Desplazado, Charles Bukowski, Visor, Displaced, Eduardo Iriarte Goñi, escrutaba la locura

Publicado por elchicoanalogo @ 15:04  | Poes?a
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S?bado, 02 de febrero de 2013

a)
Es una figura pequeña. Se apoya en un bastón. Mira al frente o al suelo. Camina en silencio, concentrada en cada gesto. Lleva ropa de invierno, la cabeza descubierta. Parece temblar a cada paso. La dejo atrás, me sorprende su mirada acuosa, la palidez de su piel, la pequeñez de sus pasos. Corro un kilómetro más y doy la vuelta en el puente de madera.

b)
Un hombre golpea las ramas de un árbol con una vara. Se pone de puntillas, un golpe seco, el ruido de la vara contra las ramas y las hojas caen al suelo. El hombre descansa, observa las hojas a su alrededor, y vuelve a ponerse de puntillas. Las hojas caen en espiral sobre él.

c)
Alcanzo a la mujer del bastón. Apenas ha avanzado cien metros. Noto los huesos de sus manos alrededor del bastón. No levanta la mirada del suelo, parece seguir los movimientos de sus zapatillas azules. Tiene la boca entreabierta. Se apoya en el bastón, da dos pasos pequeños y repite el gesto. Sigue adelante. Me recuerda a los pasos de tortuga.



(coda. cinco años de blog)

Me observan en silencio
mientras escribo        Y las copas
están llenas de pájaros, ratas,
culebras, gusanos
y mi cabeza
está llena de miedo
y planes
de llanuras por venir
(Roberto Bolaño
Árboles)


Tags: Roberto Bolaño, Los árboles

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Viernes, 01 de febrero de 2013

Busco los libros de enero en las estanterías, los coloco en una pequeña columna, cada libro en mi mano me hace leer fragmentos al azar, arrastro personajes y escenas de un libro a otro (recuerdo aldeas costeras, sirenas en Titán, una prensa, la sombra de trilobites) y les hago una foto. 

Este mes volví a la novela negra. En Jugada de presión, Auster recrea una historia de detectives a la manera de Chandler y Hammett. Hay un hombre muerto en circunstancias extrañas, un detective contratado para resolver el caso, un mundo de apariencias y engaños, la sensación de andar por un laberinto y una explicación final. Jugada de presión es un libro entretenido, por momentos sorprendente, otra manera de acercarse a Auster.

Jim Thompson me había sorprendido en 1280 almas o El asesino dentro de mí, descubrí un escritor intenso, seco, violento, unos personajes en tensión, a punto de verse desbordados y que acaban por explotar. Un cuchillo en la mirada me defraudó por su falta de intensidad, leí por inercia la historia de un antiguo boxeador que huye de un hospital psiquiátrico y forma parte del secuestro de un niño.

En Las sirenas de Titán Vonnegut habla de un hombre que se pierde en una singularidad espacio-temporal y aparece en la Tierra cada cincuenta y nueve días, ha roto las barreras del espacio y tiempo, es capaz de aparecer en cualquier rincón de la vía láctea y crea una religión basada en un dios absolutamente indiferente. Como en Galápagos, Vonnegut retrata la estupidez humana de forma irónica e inteligente.

Hay tres novelas que me han dejado del revés en este mes de enero. Una soledad demasiado ruidosa es la voz de un hombre solitario, su prensa, una montaña de libros y una casa sin espacios vacíos. Hant´a lleva treinta y cinco años prensando papel viejo, libros y reproducciones. A su alrededor, el ruido de la prensa y los ratones en el sótano. Adquiere una cultura a pesar de sí mismo en los libros de la montaña que debe prensar. En esa soledad construye su mundo a partir de las lecturas de Kant o Lao Tse. 

En Naufragios Yoshimura escribe una historia dolorosa, una aldea costera aislada del resto, un niño de nueve años que debe hacerse cargo de su familia (su padre se ha vendido como esclavo por tres años), su entrada en el mundo adulto, descubrir el dolor y la misera de la supervivencia, los ritos ancestrales, la escasez. Yoshimura escribe de manera sencilla una historia que te deja un nudo en la garganta.

Pancake me sorprendió con los cuentos desnudos y austeros de Trilobites, mineros, granjeros, mecánicos que viven en una tierra dura, que buscan amor, una oportunidad, salir de aquella tierra y encuentran peleas, miedos y la sensación de que nada es como pensaban. Trilobites es un puñetazo en el estómago.

Entre lecturas, los poemas de Isabel Tejada y Roberto Bolaño y los cuentos de O. Henry, Mújica Láinez y Raymond Carver. Mi lectura actual La herencia del gusto de Natsume Soseki.



Jugada de presión - Paul Benjamin (Paul Auster)
Trilobites - Breece D´J Pancake
Las sirenas de Titán - Kurt Vonnegut
Un cuchillo en la mirada - Jim Thompson
Una soledad demasiado ruidosa - Bohumil Hrabal
Naufragios - Akira Yoshimura

 


Tags: Paul Benjamin, Breece D´J Pancake, Kurt Vonnegut, Jim Thompson, Bohumil Hrabal, Akira Yoshimura

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