S?bado, 09 de marzo de 2013

Imagina una pantalla de cine que proyecta Psicosis a cámara lenta y tarda veinticuatro horas en llegar al final, imagina a un hombre apoyado en la pared de la sala, su mirada que pasa de la película a las sombras de los visitantes sobre la pantalla y siente que el tiempo y el espacio se despedaza delante de él; imagina un hombre que se refugia en el desierto, mira alrededor y no ve límites ni tiempo; imagina un cineasta que quiere rodar una película sin pautas ni montaje posterior, una película en plano fijo donde un hombre habla a cámara sobre la guerra de Irak, la consciencia y la materia; imagina una mujer que llega al desierto y desaparece; imagina el tiempo y el espacio alterado, sin límites ni fronteras, un punto en mitad del infinito.

Punto Omega se inicia en un museo con la proyección de Psicósis a cámara lenta, no hay sonido ni banda sonora, sólo el movimiento puro y ralentizado de los actores. Un hombre observa los gestos de Anthony Perkins, las anillas que caen de la ducha, las escaleras de la casa de la colina, se pregunta cómo será volver a la vida después de horas de silencio y movimiento ralentizado. DeLillo rompe la noción del tiempo y el espacio desde las primeras páginas.

Elster, un antiguo asesor del Pentágono se refugia en el desierto. Le gusta el silencio, los límites cambiados, la ausencia del tiempo. Habla con un director que quiere rodar una película donde debe hablar a cámara. Los dos hombres miran el paisaje frente a ellos, olvidan el día en que viven, se dejan llevar por la austeridad del desierto, reflexionan sobre el tiempo, la materia o la guerra. Observan en silencio los atardeceres y las sombras alrededor. Algo se pierde dentro de ellos.

La hija de Elster se une al extraño dúo. Viene de Nueva York, trae con ella otro ritmo, otros ruidos. De niña era capaz de leer en los labios lo que iba a decir la gente antes de que lo dijeran y le confunden las escaleras mecánicas detenidas. Dijo que le entraba una especie de confusión cuando ponía el pie en una escalera mecánica parada. Le ocurrió en el aeropuerto de San Diego, donde su padre fue a recogerla. Se metió en una escalera mecánica que no estaba en funcionamiento y no logró ajustarse a ello, tuvo que prestar atención para ir subiendo los escalones y le resultó muy difícil porque seguía esperando que se pusieran en movimiento, y era como sin anduviera a medias, con la sensación de no ir a ninguna arte, porque los escalones no se movían. La hija de Elster desaparece y se inicia otro tiempo para Elster y su invitado: la espera.

DeLillo habla del tiempo y la materia, y lo hace con una belleza y precisión que emocionan. Punto Omega se desdobla en miradas y tiempos, películas ralentizadas, hombres que viven fuera del tiempo en el desierto, mujeres que anticipan las palabras que se pronunciarán unos segundos después, directores de cine que quieren capturar el tiempo en un plano fijo. Punto Omega es un libro hermoso, reflexivo, un rompecabezas.




Esto era el desierto, más allá de los límites de las ciudades y de los pueblos dispersos. Estaba aquí para comer, dormir, sudar, aquí para hacer nada, permanecer sentado y pensar. Estaba la casa y luego nada más que distancias, no panoramas ni grandes horizontes, sólo distancias. Estaba aquí, decía, para dejar de hablar. No había nadie con quien hablar, salvo yo. Lo hacía muy de vez en cuando al principio y nunca a la puesta de sol. No era éstas las gloriosas puestas de sol de la jubilación con acciones y obligaciones. Para Elster, la puesta de sol era una invención humana, nuestra disposición perceptiva de la luz y el espacio en elementos de maravilla. Mirábamos y nos maravillábamos. Había un temblor en el aire mientras los colores y las formas terrestres innominadas iban adquiriendo definición, claridad de línea y extensión. Quizá fuera la diferencia de edad entre ambos lo que me llevara a pensar que él percibía algo distinto con la última luz, una desazón persistente, sin inventar. Ello explicaría el silencio.

( … )

Cada momento perdido es la vida. Es incognoscible, excepto para nosotros mismos, cada uno de nosotros inexpresablemente, este hombre, esta mujer. La infancia es vida perdida y reclamada segundo por segundo, dijo. Dos niños solos en una habitación, muy tenuamente iluminada, gemelos, ríen. Treinta años más tarde, uno en Chicago, el otro en Hong Kong, son el desenlace de ese momento.
Un momento, un pensamiento, que está y ya no está, cada uno e nosotros, en una calle de algún lugar, y eso es todo. Me pregunté qué querría decir con todo. Es lo que llamamos yo, la verdadera vida, dijo él, el ser esencial. Es el yo en el blando revolcadero de lo que sabe, y lo que sabe es que no vivirá para siempre.
Don DeLillo
Punto Omega (traducción de Ramón Buenaventura. Austral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 7:48  | Libros...
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