Mi?rcoles, 20 de marzo de 2013

Me dice lee La Buena letra, me dice son fragmentos de una vida. Termino de leer la novela de Rafael Chirbes, la emoción por la voz doliente de la narradora, y le escribo para darles las gracias por su recomendación (como hice cuando me descubrió a Bobin, Sanmartín o Chivite). Releo algunos fragmentos, la guerra civil, la vida en un pueblo, los fusilamientos, los caminos de tierra, las casas antiguas, e imagino La buena letra en blanco y negro.

Chirbes habla de la soledad y el paso del amor, del dolor y las traiciones, de la familia y la muerte, de lucha, derrota y objetos del pasado que se rompen y desaparecen. Y lo hace con una voz clara, cristalina, sin alardes estériles, se fija en lo pequeño, en los detalles que alteran una vida, en gestos que parecen rutinarios pero en los que se esconden miserias, dolor y algunos momentos de felicidad.

La mirada de Ana es la protagonista de La buena letra, su forma de encarar la vida, la lucha por mantener a su familia, las penurias y el dolor, las decepciones y algunos instantes de ilusión. Habla a su hijo de la crueldad de una guerra civil y de una posguerra, de los silencios y la espera, de muerte y dignidad, de una pequeña quiebra que acaba por destruir una familia. Ana mira a su alrededor, habla de manera queda, dolorosa, intenta componer el rompecabezas de su vida y sólo ve piezas deslavazadas.

Hay escenas admirables, un cuaderno de dibujos escondido, los viajes en tren a la cárcel y el deseo contenido de Ana, las ilusiones que se apagan con los años (los hombres a los que se les encorvan la espalda con los años), las manos que trabajan la madera o tejen ropa, los silencios que emponzoñan, los objetos que se pierden con los años y es como perder una parte de la propia vida. La voz de Ana habla de sombras y vidas frustradas.

Me dice La buena letra es prodigiosa. Y yo asiento en la distancia.




A mi abuelo le gustaba asustarme. Cada vez que iba a su casa, se escondía detrás de la puerta con una muñeca, y cuando yo, que sabía el juego, preguntaba: «¿Dónde está el abuelo?», aparecía de repente, me tiraba encima la muñeca, que era tan grande como yo, y se reía mientras me daba bofetadas con aquellas manos de trapo que me parecían horribles. Le agradaba verme enfadada y que luego buscase refugio en sus rodillas. «Pero si el abuelo está aquí, ¿qué te va a pasar, tontita?», me decía, y a mí ya no me daba miedo la muñeca tirada en la silla. «Tócala, si no hace nada», decía, y yo la tocaba. «Es de trapo.»
También me contaba la historia del marido que salía del baúl en que lo había escondido su mujer después de descuartizarlo y robarle el hígado. La mujer había cocinado el hígado y se lo había servido al amante, y el muerto volvía para recuperarlo. El efecto de ese cuento —su emoción— estaba en la lentitud con que el muerto bajaba los escalones que separaban el desván del comedor. «Ana, ya salgo del desván», anunciaba el muerto, y luego, sucesivamente, «Ana, ya estoy en el descansillo», «ya estoy en la primera planta», «ya estoy en el octavo escalón», «en el séptimo», «en el sexto».
Mientras mi abuelo acercaba con sus palabras aquel cadáver al lugar en que nos encontrábamos, yo miraba hacia la escalera y esperaba verlo aparecer, y gritaba muy excitada, y lloraba, pidiéndole, «no, no, que no baje más», sin conseguir que el descenso se detuviese. Sólo se terminaba el cuento una vez que mi abuelo daba un grito, me cubría la cara con su manaza y decía: «Ya estoy aquí.» Yo cerraba los ojos y gritaba y me movía entre sus brazos y luego me colgaba de su cuello, que estaba tibio, y entonces dejaba de tener miedo y sentía la satisfacción de estar en su compañía.
Por entonces aún no teníamos luz eléctrica, y las habitaciones estaban siempre llenas de sombras que la llama del quinqué no hacía más que cambiar de forma y de lugar. Cuando después de dejarme en la cama, mi madre se iba llevándose el quinqué, la luz de la luna resbalaba en la pared de enfrente y se escuchaban crujidos en los cañizos del techo. Yo cerraba los ojos, me escondía bajo las sábanas y fingía no escuchar esos ruidos. Pero, en aquellas noches, vivía a la espera de algo terrible.
En cierta ocasión, me vi raptada en la oscuridad por una sombra que me arrastró escaleras abajo. Cuando salimos a la calle la sombra y yo, había una gran conmoción y la gente gritaba y corría de un sitio para otro. Las llamas se elevaban hasta el cielo y todo estaba envuelto en humo. Había ardido la casa de nuestros vecinos. Al día siguiente me enteré de que había muerto una de las niñas que vivían en la casa. «Enterraron un pedazo de palo seco y retorcido», escuché decir, y esa imagen —la de un palo seco y retorcido— y la ausencia fueron para mí, desde entonces, la imagen de la muerte.
Rafael Chirbes
La buena letra (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:02  | Libros...
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