Viernes, 29 de marzo de 2013

Quiero levantarme temprano una vez más,
antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.
Quiero echarme agua fría a la cara
y sentarme a mi mesa de trabajo
cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece
el humo en las chimeneas
de las casas vecinas.
Quiero ver cómo rompen las olas entre las rocas, no sólo
oírlas como por la noche mientras duermo.
Quiero ver de nuevo los barcos
que llegan de cualquier parte del mundo
y cruzan el Estrecho,
los cargueros viejos y sucios que apenas se mueven,
y los nuevos buques de carga
pintados de todos los colores bajo el sol
tan rápidos que cortan el agua a su paso.
No quiero perderlos de vista,
ni tampoco la pequeña barca que avanza
entre ellos
o la estación del práctico al lado del faro.
Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco
y suben a otro a bordo.
Quiero pasarme el día viendo estas cosas
y sacar mis propias conclusiones.
Detesto parecer egoísta -tengo muchos
motivos para estar agradecido-
pero quiero levantarme temprano una vez más, al menos.
Acercarme a mi sitio con un café y esperar.
Sólo esperar a ver qué ocurre.
Raymond Carver
Al menos (en Todos nosotros. Traducción de Jaime Priede. Bartleby ediciones)



At Least

I want to get up early one more morning,
before sunrise. Before the birds, even.
I want to throw cold water on my face
and be at my work table
when the sky lightens and smoke
begins to rise from the chimneys
of the other houses.
I want to see the waves break
on this rocky beach, not just hear them
break as I did all night in my sleep.
I want to see again the ships
that pass through the Strait from every
seafaring country in the world—
old, dirty freighters just barely moving along,
and the swift new cargo vessels
painted every color under the sun
that cut the water as they pass.
I want to keep an eye out for them.
And for the little boat that plies
the water between the ships
and the pilot station near the lighthouse.
I want to see them take a man off the ship
and put another up on board.
I want to spend the day watching this happen
and reach my own conclusions.
I hate to seem greedy—I have so much
to be thankful for already.
But I want to get up early one more morning, at least.
And go to my place with some coffee and wait.
Just wait, to see what’s going to happen.


Tags: Al menos, At least, Raymond Carver, Todos nosotros, Jaime Priede, Bartleby ediciones

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Jueves, 28 de marzo de 2013

a)
Subo los escalones de la estación. Hay un letrero con una flecha en una esquina, señala una pequeña librería de segunda mano. La librería es una pequeña habitación, una mesa en el centro con columnas torcidas de libros, estanterías desordenadas y libros en el suelo entre la mesa y las estanterías. El dueño está sentado fuera de la habitación, abre unas cajas de cartón, saca enciclopedias, viejas novelas del oeste, y las deja a sus pies. Le saludo y entro.
Curioseo en las columnas de libros de la mesa. Un hombre hace lo mismo frente a mí. La librería huele a viejo, a cerrado. Encuentro unos cuentos de Bradbury, algo de Sallinger, busco las novelas descatalogados de Vonnegut. Saco libro a libro y los coloco en otra columna de la mesa. Entonces, siento que esa librería es móvil, que nosotros cambiamos el orden de la librería, que las columnas de libros se mueven como las dunas del desierto.

b)
Me siento en la barra de la cafetería. Busco un par de libros y un cuaderno de notas en mi mochila. Miro alrededor e intento escribir sobre lo que veo, las mesas ocupadas, el ruido de las conversaciones, las bufandas y abrigos en los respaldos de las sillas, el pequeño parque al otro lado de la ventana. Hojeo el cuaderno de notas y leo fragmentos sobre habitaciones de hotel, el polvo de la ciudad en las ventanas, bandadas de pájaros en el cielo, los faros de un coche sobre la carretera y cientos de kilómetros por hacer.
Abro el libro de London y leo la primera frase, “Toda mi vida he sido consciente de la existencia de otros tiempos y otros lugares”. Una vez me preguntó si sabía qué era el espacio dividido entre el tiempo. Me encogí de hombros y respondí que no. Contestó, sonriente, que la velocidad.

c)
Estoy tumbado en una habitación de hotel. Espero el amanecer. Observo las cortinas entreabiertas, dejan ver el cielo tras la ventana. Pienso en que la vida (mi vida) es eso, una habitación a oscuras y un resquicio por donde se cuela una pequeña claridad.


(coda. manos de árbol)


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Lunes, 25 de marzo de 2013

a)
Sale del banquillo, se tapa la cara con una mano, se sienta cerca de las gradas y llora. Me levanto y me siento en el suelo junto a él. Le pregunto qué ha pasado. Me responde que se ha peleado con un compañero, que le han expulsado del banquillo y que ya no podrá jugar en lo que queda del partido. Las palabras entrecortadas, las lágrimas y la rabia. Intento calmarle, que no insulte a su compañero. Paso mi mano por su espalda, lo acerco a mí y dejo que saque toda su rabia en silencio.

b)
Descubre un gato en la ventana de su habitación. Grita sorprendida. Me dice que va a buscar alimento y que la espere al otro lado del teléfono. Imagino sus gestos rápidos, sus ojos entrecerrados, cómo se aúpa a la ventana para dejar el alimento en el tejado. Espero su regreso en silencio y sonrío.  


Los lunes de Anay. Almanaque...

"Muy a menudo el reto es el silencio"
                                                   MIQUEL MARTÍ i POL



CANCIÓN SENSATA
PARA UNA CHICA SERIA

Es extraña la vida y es extraña
la vida irrepetible de cada uno,
ese zumbido cósmico y la breve
caricia de una piel sobre sus huesos,
sobre la esponja, el barro, las naranjas.

Es extraña la vida, sus trayectos.
El compás de millones de moléculas
(lo que fueron o son, lo que serán)
desemboca en nosotros y aquí estamos,
de repente y desnudos. Todo encaja:
las huidas encuentran su sentido,
tus cicatrices tachan mis fracasos
y con miedo y con ansia y con torpeza
inventamos el mundo una vez más.

                                    JUAN ANTONIO BERMÚDEZ




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:16  | Los lunes de Anay
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Jueves, 21 de marzo de 2013

Restos,
sólo restos en las sienes
y sumidos
en el más tedioso llanto.

El hollín
de este mundo que reclamo,
sin efectos,
sin quejarse de las cosas.
Anay Sala Suberviola
Sin efectos (en Medidas cautelares. Rúbrica editorial)


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Mi?rcoles, 20 de marzo de 2013

Me dice lee La Buena letra, me dice son fragmentos de una vida. Termino de leer la novela de Rafael Chirbes, la emoción por la voz doliente de la narradora, y le escribo para darles las gracias por su recomendación (como hice cuando me descubrió a Bobin, Sanmartín o Chivite). Releo algunos fragmentos, la guerra civil, la vida en un pueblo, los fusilamientos, los caminos de tierra, las casas antiguas, e imagino La buena letra en blanco y negro.

Chirbes habla de la soledad y el paso del amor, del dolor y las traiciones, de la familia y la muerte, de lucha, derrota y objetos del pasado que se rompen y desaparecen. Y lo hace con una voz clara, cristalina, sin alardes estériles, se fija en lo pequeño, en los detalles que alteran una vida, en gestos que parecen rutinarios pero en los que se esconden miserias, dolor y algunos momentos de felicidad.

La mirada de Ana es la protagonista de La buena letra, su forma de encarar la vida, la lucha por mantener a su familia, las penurias y el dolor, las decepciones y algunos instantes de ilusión. Habla a su hijo de la crueldad de una guerra civil y de una posguerra, de los silencios y la espera, de muerte y dignidad, de una pequeña quiebra que acaba por destruir una familia. Ana mira a su alrededor, habla de manera queda, dolorosa, intenta componer el rompecabezas de su vida y sólo ve piezas deslavazadas.

Hay escenas admirables, un cuaderno de dibujos escondido, los viajes en tren a la cárcel y el deseo contenido de Ana, las ilusiones que se apagan con los años (los hombres a los que se les encorvan la espalda con los años), las manos que trabajan la madera o tejen ropa, los silencios que emponzoñan, los objetos que se pierden con los años y es como perder una parte de la propia vida. La voz de Ana habla de sombras y vidas frustradas.

Me dice La buena letra es prodigiosa. Y yo asiento en la distancia.




A mi abuelo le gustaba asustarme. Cada vez que iba a su casa, se escondía detrás de la puerta con una muñeca, y cuando yo, que sabía el juego, preguntaba: «¿Dónde está el abuelo?», aparecía de repente, me tiraba encima la muñeca, que era tan grande como yo, y se reía mientras me daba bofetadas con aquellas manos de trapo que me parecían horribles. Le agradaba verme enfadada y que luego buscase refugio en sus rodillas. «Pero si el abuelo está aquí, ¿qué te va a pasar, tontita?», me decía, y a mí ya no me daba miedo la muñeca tirada en la silla. «Tócala, si no hace nada», decía, y yo la tocaba. «Es de trapo.»
También me contaba la historia del marido que salía del baúl en que lo había escondido su mujer después de descuartizarlo y robarle el hígado. La mujer había cocinado el hígado y se lo había servido al amante, y el muerto volvía para recuperarlo. El efecto de ese cuento —su emoción— estaba en la lentitud con que el muerto bajaba los escalones que separaban el desván del comedor. «Ana, ya salgo del desván», anunciaba el muerto, y luego, sucesivamente, «Ana, ya estoy en el descansillo», «ya estoy en la primera planta», «ya estoy en el octavo escalón», «en el séptimo», «en el sexto».
Mientras mi abuelo acercaba con sus palabras aquel cadáver al lugar en que nos encontrábamos, yo miraba hacia la escalera y esperaba verlo aparecer, y gritaba muy excitada, y lloraba, pidiéndole, «no, no, que no baje más», sin conseguir que el descenso se detuviese. Sólo se terminaba el cuento una vez que mi abuelo daba un grito, me cubría la cara con su manaza y decía: «Ya estoy aquí.» Yo cerraba los ojos y gritaba y me movía entre sus brazos y luego me colgaba de su cuello, que estaba tibio, y entonces dejaba de tener miedo y sentía la satisfacción de estar en su compañía.
Por entonces aún no teníamos luz eléctrica, y las habitaciones estaban siempre llenas de sombras que la llama del quinqué no hacía más que cambiar de forma y de lugar. Cuando después de dejarme en la cama, mi madre se iba llevándose el quinqué, la luz de la luna resbalaba en la pared de enfrente y se escuchaban crujidos en los cañizos del techo. Yo cerraba los ojos, me escondía bajo las sábanas y fingía no escuchar esos ruidos. Pero, en aquellas noches, vivía a la espera de algo terrible.
En cierta ocasión, me vi raptada en la oscuridad por una sombra que me arrastró escaleras abajo. Cuando salimos a la calle la sombra y yo, había una gran conmoción y la gente gritaba y corría de un sitio para otro. Las llamas se elevaban hasta el cielo y todo estaba envuelto en humo. Había ardido la casa de nuestros vecinos. Al día siguiente me enteré de que había muerto una de las niñas que vivían en la casa. «Enterraron un pedazo de palo seco y retorcido», escuché decir, y esa imagen —la de un palo seco y retorcido— y la ausencia fueron para mí, desde entonces, la imagen de la muerte.
Rafael Chirbes
La buena letra (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:02  | Libros...
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Martes, 19 de marzo de 2013

No he buscado.
Por costumbre si escucho el canto de un pájaro
digo (a nadie) ¡vaya: un pájaro!
O digo ¿de qué color era?
Y el color no tiene en realidad importancia,
sino el espacio en que una inmensa flor sin nombre se mueve,
el espacio lleno de un esplendor sin nombre,
y mis ojos, fijos, sin nombre.
Blanca Varela
Encontré (en Donde todo termina abre las alas. Poesía reunida. Galaxia Gutenberg)


Tags: Blanca Varela, Encontré, Poesía reunida, Galaxia Gutenberg

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Poes?a
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Lunes, 18 de marzo de 2013

a)
El despertador suena a las 5.48 de la mañana. Lo apago con un gesto rápido, abro los ojos e intento ubicarme en la oscuridad, recordar quién soy y dónde estoy (durante unos segundos soy una hoja en blanco, luego, las imágenes aparecen en oleadas). Salgo de la cama, me acerco a la ventana y busco una pequeña estrella en el cielo.

b)
Se acerca a mi mesa y me traduce la canción que suena en el bar. Su mirada limpia, la sonrisa tranquila, las manos que se mueven con cada una de sus palabras. Me habla del mar (detrás de ella, una fotografía del Cantábrico y los acantilados donde me tumbo a ver pasar las nubes), dice que somos el mismo mar, dice que cuando hay tormenta o calma nos afecta a todos por igual, dice que le gusta esa canción por la imagen de un mar único. Sonríe, se da la vuelta y escribe con tiza en una de las paredes de su bar.

(coda)
Leo el lunes de Anay. Le doy las gracias por ellos, por todas las palabras y voces que me descubre, le envío un fragmento de Rafael Chirbes y una canción de Fabiana Cantilo. Le hablo de los charcos que se secan en la acera, del final del invierno, de cómo hay quien cree que soy yo quien escribe estos lunes escondido en un seudónimo, como si ella fuese un sueño dentro de otro.


Los lunes de Anay. Letanía...


"Dios firme la paz sobre nuestras cabezas"

                                                              CARLOS EDMUNDO DE ORY


RENCOR

Lentamente

el rencor.

Frío y desapacible
como un viaje hacia lo desconocido
en los suburbios de un tren de mercancías.

Lentamente

una jauría de perros callejeros
con babas en la boca
me acorrala.

Y comienzo a ladrar
sin saber lo que digo,
escupiendo hacia dentro.

No me dejes seguir.

No deseo aprender a defenderme
a golpe de mordiscos.

Prefiero que te rías, como siempre,
de mi incapacidad para el desprecio.

                                                 JULIA CONEJO ALONSO




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Mi?rcoles, 13 de marzo de 2013

Trabajé el aire
se lo entregué al viento:
voló, se deshizo,
se volvió silencio.

Por el ancho mar,
por los altos cielos,
trabajé la nada,
realicé el esfuerzo,
perforé la luz
ahondé el misterio.

Para nada, ahora,
para nada, luego;
humo son mis obras,
cenizas mis hechos.

...Y mi corazón
que se queda en ellos.
Ángel González
Trabajé el aire (en Sin esperanza, con convencimiento)


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Martes, 12 de marzo de 2013

Jack London me habla de tierras desoladas y duras, de supervivencia, miedo y viajes sin un final claro, de la aventura por la aventura y el frío que traspasa las páginas, de trineos, lobos y el crepitar de una hoguera en medio de una llanura nevada, de indios moribundos y buscadores de oro que gatean sin fuerzas e intentan no ser devorados, de hombres implacables y solitarias cabañas de madera, del silencio y la soledad entre la nieve. Leo los cuentos del Gran Norte de London y hay algo dentro de mí que se remueve, el placer y el dolor de la aventura que se mezclan en una tierra lejana.

Hace años leí Encender una hoguera en la antología del cuento norteamericano que preparó Richard Ford. Volver a leer este cuento fue reencontrarme con la tensión y el miedo de un hombre que intenta regresar a su campamento antes de morir congelado. Los fósforos que guarda, el cuerpo que se congela poco a poco, la mirada del lobo que le acompaña, el paisaje nevado, los intentos de encender una hoguera con los dedos entumecidos, cada párrafo aumenta la tensión y la lucha por la supervivencia hasta la asunción valiente de la muerte. Encender una hoguera es uno de mis cuentos favoritos, es la soledad, el miedo, la aventura, la naturaleza desolada y saber perder.

En estos cuentos nos encontramos con un viejo indio que ve cómo su tribu lo deja atrás y se prepara a morir, un hombre y un lobo se odian y buscan la muerte del otro, una india se enamora de un aventurero y espera su regreso en una cabaña de madera, un buscador de oro intenta sobrevivir y seguir adelante sin munición ni provisiones, dos amigos deciden quién regresará a casa con una partida de dados, un hombre se reencuentra con su mujer en un refugio (fuera, el frío y la tormenta, dentro, la sorpresa por el encuentro), un perro lobo intenta volver al norte y dejar California, un hombre enciende una hoguera bajo un árbol nevado y ve apagarse su vida. Cada cuento una punzada, la aventura contada de manera lúcida, la lucha, la supervivencia, la pérdida y el dolor.

Los personajes de London son buscadores de oro, aventureros, indios, lobos, personajes que viven fuera de la sociedad, luchan contra la naturaleza, se mueven por amor, odio o inercia, esperan a la muerte con una mirada valiente. La naturaleza en Jack London es una manera de mirar dentro de nosotros a través del paisaje que vemos. Otra vez completó con la mirada el círculo de mundo a su alrededor. No era un espectáculo alentador. Por todas partes la tenue línea del horizonte. Las colinas eran bajas. No había árboles, ni arbustos, ni hierba; nada sino una tremenda y terrible desolación que rápidamente atrajo el miedo a sus ojos.

De este regreso a Jack London me llevo un puñado de personajes inolvidables, los paisajes duros de Alaska, una escritura que avanza a veces sin pausa, a veces a trompicones, llegar al último momento con la mirada alta, asumiendo la derrota.



Un hocico frío rozó su mejilla y, al contacto, su alma volvió al presente de un salto. Su mano disparó hacia el fuego y sacó un tronco en llamas. Vencida en esta ocasión por su hereditario miedo al hombre, la bestia se retiró, lanzando una prolongada llamada a sus hermanos, que contestaron ávidamente, hasta que se formó a su alrededor un anillo de siluetas grises al acecho y mandíbulas babeantes. El anciano escuchó cómo se dibujaba el círculo. Agitó frenéticamente su antorcha, y los bufidos se convirtieran en gruñidos; pero las bestias jadeantes no se iban. Entonces uno avanzó el cuerpo, después las patas, luego otro, luego un tercero; sin retroceder ninguno.«¿Por qué se aferraba a la vida?» se preguntó, y arrojó la ramita en llamas en la nieve. Chisporroteó y se apagó. El círculo de animales gruñó intranquilo pero se mantuvo firme. Otra vez vio la última resistencia del alce grande y viejo, y Koskoosh inclinó con cansancio la cabeza entre sus rodillas. ¿Qué importaba al fin y al cabo? ¿No era esa ley de vida?
Jack London
Los mejores cuentos del Gran Norte (traducción de Inés Bértolo y Vicente Campos. Navona)


Tags: Jack London, Gran Norte, Inés Bértolo, Vicente Campos, Navona

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Lunes, 11 de marzo de 2013

Aún no ha amanecido. Observo la luna menguante, la luz distante de media docena de estrellas, la silueta oscurecida de los montes. Todo está en silencio. Se ilumina una ventana sobre mi cabeza. En el cristal, unas extrañas líneas (creo que son ramas de árboles dibujadas en el cristal). Pongo más atención y descubro cometas y pequeños pájaros pegados a la ventana. Recuerdo otro amanecer, una cometa roja, una estela de avión en el cielo, los baches en la acera, la estela blanca de mi boca y mi soledad en una ciudad desconocida.
Cada mañana busco la ventana iluminada con cometas y pájaros, escucho el sonido de la luz al encenderse en la habitación y no me siento solo.


Los lunes de Anay. Breves...

"Yo sólo escribo poemas de amor"
                                                      ÒSCAR SOLSONA



PRÍNCIPES

Insisto en confirmar estas palabras, profusamente, a quien corresponda.
Que sigue interesándome uno azul.

Igual, pero esta vez, no tan marino.

                                                       ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 10 de marzo de 2013

Más querría encontrar quien oyera las mías que a
quien me narre las suyas.
Plauto

Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es probable, también, que al principio la tome como una broma sangrienta, y casi seguro que su primer impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y, no obstante, difícilmente caería en un error más grave. Vaya en su descargo que no sería el primero en cometerlo, ni el último, desde luego, en arrepentirse.
Se lo diré con toda franqueza: me da usted lástima. Pero este sentimiento no sólo resulta natural, sino que está de acuerdo con sus deseos. Pertenece usted a esa taciturna porción de seres humanos que encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor. Le ruego que se consuele: su caso nada tiene de extraño. Uno, de cada tres, no busca otra cosa, en las más disimuladas formas. Quien se queja de una enfermedad tan cruel como imaginaria, la que se anuncia abrumada por el pesado fardo de los deberes domésticos, aquel que publica versos quejumbrosos (no importa si buenos o malos), todos están implorando, en el interés de los demás, un poco de la compasión que no se atreven a prodigarse a sí mismos. Usted es más honrado: desdeña versificar su amargura, encubre con elegante decoro el derroche de energía que le exige el pan cotidiano, no se finge enfermo. Simplemente, cuenta su historia, y, como haciendo un gracioso favor a sus amigos, les pide consejos con el obscuro ánimo de no seguirlos.
A usted le intrigará cómo me he enterado de su problema. Nada más sencillo: es mi oficio. Pronto le revelaré qué oficio sea ése.
Continúo. Hace tres días, bajo un sol matinal poco común, abordó usted un autobús en la esquina de Reforma y Sevilla. Con frecuencia las personas que afrontan esos vehículos lo hacen con expresión desconcertada y se sorprenden cuando encuentran en ellos un rostro familiar. ¡Qué diferencia en usted! Me bastó ver el fulgor con que brillaron sus ojos al descubrir una cara conocida entre los sudorosos pasajeros, para tener la seguridad de haberme topado con uno de mis favorecedores. Obedeciendo a un hábito profesional agucé furtivamente el oído. Y en efecto, no bien había usted cumplido, de prisa, con los saludos de rigor, se produjo el inevitable relato de sus desgracias. Ya no me cupo duda. Expuso los hechos en tal forma que era fácil ver que su amigo había recibido las mismas confidencias no más allá de veinticuatro horas antes. Seguirlo durante todo el día hasta descubrir su domicilio fue como de costumbre la parte de mis disciplinas que, me gustaría saber la razón, cumplo con más placer.
Ignoro si esto le servirá de enojo o de alegría; pero me veo en la urgencia de repetirle que su caso no es singular. Voy a exponerle en dos palabras el proceso de su situación presente. Y si, aunque lo dudo, me equivoco, tal error no será otra cosa que la confirmación de la infalible regla.
Padece usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil. Usted corresponde a los últimos, y en esa simple correspondencia se originan su desgracia y mi oficio.
Me atrevería a jurar que se inició usted refiriendo su conflicto amoroso a un amigo íntimo, y que éste lo escuchó atento hasta el fin y le ofreció las soluciones que creyó oportunas. Pero usted, y de aquí arranca el interminable encadenamiento, no consideró acertadas esas fórmulas. Si le propuso con firmeza cortar, como se dice, por lo sano, usted encontró más de un motivo para no dar por perdida la batalla; si, por el contrario, su consejo fue seguir el asedio hasta la conquista de la plaza, usted se inundó de pesimismo y lo vio todo negro y perdido. De ahí a buscar el remedio en otra persona apenas si hay algo más que un paso. ¿Cuántos dio usted?
Emprendió un esperanzado peregrinaje, hasta agotar su concurrida libreta de direcciones. Incluso trató (con éxito creciente) de entablar nuevas relaciones para apurar el tema. No es extraño que de pronto reparara en que el día tiene tan sólo veinticuatro horas, y en que esa desconsideración astronómica constituía un monstruoso factor en su contra. Fue preciso multiplicar los medios de locomoción y planear un horario de sutil exactitud. El uso metódico del teléfono vino en su auxilio y ensanchó, es cierto, sus posibilidades; pero este anticuado sistema todavía es un lujo, y el setenta por ciento de aquellos a quienes usted quiere mantener enterados carecen de esa dudosa ventaja.
No contento con los desvelos y el insomnio, principió usted a madrugar para ganar un tiempo cada vez más fugitivo e irreparable. El descuido de su aseo personal se hizo notorio: la barba le creció montaraz; sus pantalones, antes impecables, se vieron invadidos por las rodilleras, y un terco polvo gris cubrió de pesadumbre sus zapatos. Le pareció injusto, pero tuvo que aceptar el hecho de que, si bien usted madrugaba lleno de entusiasmo, escaseaban los amigos dispuestos a compartir esa vehemencia matinal. Así, ¿hay que decirlo?, ha llegado el momento ineludible en que usted es físicamente incapaz de conservar bien informado al amplio círculo de sus relaciones sociales.
Ese momento es también mi momento. Por una modesta suma mensual yo le ofrezco la solución más apropiada. Si usted la acepta —y puedo asegurar que lo hará porque no le queda otro remedio—relegará al olvido el incesante deambular, las rodilleras, el polvo, la barba, los fatigosos telefonemas.
En pocas palabras: estoy en condiciones de poner a su disposición una excelente radiodifusora especializada. Dispongo en la actualidad (por el sensible fallecimiento de un antiguo cliente afectado por la Reforma Agraria) de un cuarto de hora que, si tomamos en cuenta lo avanzado de sus confidencias, sería más que suficiente para sostener a sus amistades ya no digamos al día, pero al minuto, de su apasionante caso.
Creo de más enumerar a usted las ventajas de mi método. Sin embargo, le insinuaré algunas.
1.ª El efecto sedante sobre el sistema nervioso está garantizado desde el primer día.
2.ª Discreción asegurada. Aun cuando su voz podrá ser recibida por cualquier sujeto poseedor de un aparato de radio, juzgo improbable que personas ajenas a su amistad quieran seguir una confidencia cuyos antecedentes desconocen. Así, se descarta toda posibilidad de curiosidad malsana.
3.ª Muchos de sus amigos (que hoy escuchan con desgano la versión directa) se interesarán vivamente por la audición radiofónica con sólo que usted mencione en ella sus nombres en forma abierta o alusiva.
4.ª Todos sus conocidos estarán informados al mismo tiempo de los mismos hechos. Circunstancia que evita celos y reclamaciones posteriores, pues solamente un descuido, o un azaroso desperfecto en el aparato propio, colocaría a alguno en desventaja respecto de los demás. Para eliminar esa contingencia deprimente cada programa se inicia con una breve sinopsis de lo narrado con anterioridad.
5.ª El relato cobra mayor interés y variedad, y puede amenizarse, cuando así se considere oportuno, con ilustrativas selecciones de arias de ópera (no insistiré sobre la riqueza sentimental de las italianas) y trozos de los grandes maestros. Un fondo musical adecuado es obligatorio por reglamento. Además, una amplia discoteca, en la que se recogen hasta los más increíbles ruidos que el hombre y la naturaleza producen, está al servicio del suscriptor.
6.ª El relator no ve la cara de los oyentes, lo que evita toda suerte de inhibiciones, tanto para él como para los que lo escuchan.
7.ª Siendo la audición una vez al día y por un cuarto de hora, el confidente dispone de veintitrés horas y tres cuartos de hora adicionales para preparar sus textos, impidiendo así, en absoluto, contradicciones molestas y olvidos involuntarios.
8.ª Si el relato alcanza éxito y al número de amigos y conocidos se suma una considerable cantidad de oyentes espontáneos, no es difícil encontrar casa patrocinadora, lo que une a las ventajas ya registradas cierta factible ganancia monetaria que, de ir creciendo, abriría las posibilidades de absorber las veinticuatro horas del día y convertir, así, una simple audición de quince minutos en un programa ininterrumpido de duración perpetua. Mi honestidad me obliga a confesar que hasta ahora no se ha producido este caso, pero ¿por qué no esperarlo de su talento?
Este es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted. Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373 kilociclos, en la banda de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche, en invierno o en verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más diversas e inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de un capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15 de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un ex dictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.
Augusto Monterroso
Uno de cada tres (en Obras completas (y otros cuentos). Anagrama)


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S?bado, 09 de marzo de 2013

Imagina una pantalla de cine que proyecta Psicosis a cámara lenta y tarda veinticuatro horas en llegar al final, imagina a un hombre apoyado en la pared de la sala, su mirada que pasa de la película a las sombras de los visitantes sobre la pantalla y siente que el tiempo y el espacio se despedaza delante de él; imagina un hombre que se refugia en el desierto, mira alrededor y no ve límites ni tiempo; imagina un cineasta que quiere rodar una película sin pautas ni montaje posterior, una película en plano fijo donde un hombre habla a cámara sobre la guerra de Irak, la consciencia y la materia; imagina una mujer que llega al desierto y desaparece; imagina el tiempo y el espacio alterado, sin límites ni fronteras, un punto en mitad del infinito.

Punto Omega se inicia en un museo con la proyección de Psicósis a cámara lenta, no hay sonido ni banda sonora, sólo el movimiento puro y ralentizado de los actores. Un hombre observa los gestos de Anthony Perkins, las anillas que caen de la ducha, las escaleras de la casa de la colina, se pregunta cómo será volver a la vida después de horas de silencio y movimiento ralentizado. DeLillo rompe la noción del tiempo y el espacio desde las primeras páginas.

Elster, un antiguo asesor del Pentágono se refugia en el desierto. Le gusta el silencio, los límites cambiados, la ausencia del tiempo. Habla con un director que quiere rodar una película donde debe hablar a cámara. Los dos hombres miran el paisaje frente a ellos, olvidan el día en que viven, se dejan llevar por la austeridad del desierto, reflexionan sobre el tiempo, la materia o la guerra. Observan en silencio los atardeceres y las sombras alrededor. Algo se pierde dentro de ellos.

La hija de Elster se une al extraño dúo. Viene de Nueva York, trae con ella otro ritmo, otros ruidos. De niña era capaz de leer en los labios lo que iba a decir la gente antes de que lo dijeran y le confunden las escaleras mecánicas detenidas. Dijo que le entraba una especie de confusión cuando ponía el pie en una escalera mecánica parada. Le ocurrió en el aeropuerto de San Diego, donde su padre fue a recogerla. Se metió en una escalera mecánica que no estaba en funcionamiento y no logró ajustarse a ello, tuvo que prestar atención para ir subiendo los escalones y le resultó muy difícil porque seguía esperando que se pusieran en movimiento, y era como sin anduviera a medias, con la sensación de no ir a ninguna arte, porque los escalones no se movían. La hija de Elster desaparece y se inicia otro tiempo para Elster y su invitado: la espera.

DeLillo habla del tiempo y la materia, y lo hace con una belleza y precisión que emocionan. Punto Omega se desdobla en miradas y tiempos, películas ralentizadas, hombres que viven fuera del tiempo en el desierto, mujeres que anticipan las palabras que se pronunciarán unos segundos después, directores de cine que quieren capturar el tiempo en un plano fijo. Punto Omega es un libro hermoso, reflexivo, un rompecabezas.




Esto era el desierto, más allá de los límites de las ciudades y de los pueblos dispersos. Estaba aquí para comer, dormir, sudar, aquí para hacer nada, permanecer sentado y pensar. Estaba la casa y luego nada más que distancias, no panoramas ni grandes horizontes, sólo distancias. Estaba aquí, decía, para dejar de hablar. No había nadie con quien hablar, salvo yo. Lo hacía muy de vez en cuando al principio y nunca a la puesta de sol. No era éstas las gloriosas puestas de sol de la jubilación con acciones y obligaciones. Para Elster, la puesta de sol era una invención humana, nuestra disposición perceptiva de la luz y el espacio en elementos de maravilla. Mirábamos y nos maravillábamos. Había un temblor en el aire mientras los colores y las formas terrestres innominadas iban adquiriendo definición, claridad de línea y extensión. Quizá fuera la diferencia de edad entre ambos lo que me llevara a pensar que él percibía algo distinto con la última luz, una desazón persistente, sin inventar. Ello explicaría el silencio.

( … )

Cada momento perdido es la vida. Es incognoscible, excepto para nosotros mismos, cada uno de nosotros inexpresablemente, este hombre, esta mujer. La infancia es vida perdida y reclamada segundo por segundo, dijo. Dos niños solos en una habitación, muy tenuamente iluminada, gemelos, ríen. Treinta años más tarde, uno en Chicago, el otro en Hong Kong, son el desenlace de ese momento.
Un momento, un pensamiento, que está y ya no está, cada uno e nosotros, en una calle de algún lugar, y eso es todo. Me pregunté qué querría decir con todo. Es lo que llamamos yo, la verdadera vida, dijo él, el ser esencial. Es el yo en el blando revolcadero de lo que sabe, y lo que sabe es que no vivirá para siempre.
Don DeLillo
Punto Omega (traducción de Ramón Buenaventura. Austral)


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Viernes, 08 de marzo de 2013

pero toda esta carne


no es sino lo que toca
te doy el hambre si digo
fóllame con lo que queda después del sueño
te reconoceré si entras
tallado entre mis muslos emblanquecidos
hibernando apretado hasta que cada uno desde su cuerpo
se venza
y me lleves entonces la boca a tu sexo
y por último digas abre
que aceptes la lengua que obligo a interesarse
este hueco en mi garganta
sin acordarte del hombre solo del hombre que cae
y se pierde
Isabel Tejada Balsas
pero toda esta carne


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Jueves, 07 de marzo de 2013

Miller Packard es un veterano de la segunda guerra mundial, le gusta llevar las cosas al límite, parece jugar con las personas y apostar por su comportamiento, es un detective duro, de maneras extrañas. Train es un muchacho negro, trabaja como caddy en un club de golf, vive en un barrio pobre con su madre y su novio que lo atemoriza hasta empequeñecerlo, viaja por la noche en autobús con un palo de golf en su mano y la mirada perdida, intenta pasar desapercibido, escucha las conversaciones de los golfitas del club y siente que está ante el umbral de un mundo al que no puede entrar. Norah se despierta en su yate y sentirá la descarga de una violencia inesperada, su marido asesinado, su cuerpo marcado por heridas y cortes, la sensación de que ya nada será lo mismo. Plural es un boxeador sonado, se desconecta de la realidad y vuelve a sus pasados combates en el ring, habla de robar gallinas y se pregunta quién se ha quedado con la bolsa del combate. susan borra la mayúscula de su nombre, fotografía a los empleados de su marido, los muestra desnudos y desamparados, juega con ellos hasta que son capaces de matar delante de su cámara. Cada personaje de Train recibe y devuelve golpes violentos. 

De Pete Dexter, la tensión, la amenaza constante y la violencia soterrada y seca. Las novelas de Dexter son heridas sin cicatrizar, sus personajes sobreviven en un mundo hostil, intentan mantenerse a flote y seguir adelante a pesar de las heridas, sufren una violencia dura y descarnada, asesinatos, violaciones, la segregación racial, aprenden a encajar los golpes y a moverse como boxeadores. La escritura de Dexter es dura, sin concesiones, se acerca por momentos a la novela negra de Chandler. Y, como Chandler, muestra un mundo de apariencias y pone al descubierto todo aquello que se oculta a simple vista.

Dexter habla de miedos y dudas, de seres vulnerables y violencia, de cicatrices, un mundo corrompido y máscaras. Sus historias llevan un ritmo endiablado, los personajes se cruzan y establecen lazos de amistad, odio o desconfianza, la tensión crece y explota en un final catártico, sus personajes no pueden escapar a la violencia, se defienden o golpean a partes iguales. El tono de las novelas de Dexter me recuerda al Peckinpah de Perros de paja.

Train es un combate y supervivencia.



En este punto del relato, Packard no se había enamorado nunca y ni siquiera estaba seguro de haber oído alguna vez la clásica jerigonza del amor (para siempre, querida mía, con todo mi corazón, hasta el fin de los tiempos, más que a la propia vida, con todas las fibras de mi ser, mi querida Clementina..., etcétera). Todo ello le parecía confuso y descontrolado.
Había pasado tal vez un millar de domingos en la iglesia -digamos cuatrocientos, para no exagerar- y después dos tensos años a bordo de un acorazado en el océano Pacífico, y otros cinco días de nervios, también en el Pacífico, sin el acorazado; y ya antes de eso a menudo se había metido deliberadamente en lugares donde vio suceder cosas terribles no sólo a personas que se las merecían, sino también a otras que simplemente parecían haber pasado por allí en el momento equivocado; haberse metido en la foto en el momento en que sonaba el obturador, aunque no por su culpa.
Todo esto quiere decir que ahora Packard era capaz de reconocer una oración cuando la oía: que sabía qué clase de tratos proponían los que rezaban y las promesas que eran capaces de hacer cuando se veían en situaciones que los rebasaban. Como era, precisamente, según había oído decir, el enamoramiento.
Pete Dexter
Train (traducción de Javier Calzada. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:26  | Libros...
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Martes, 05 de marzo de 2013

Tipos Infames es la única librería donde no existe el espacio/tiempo. He salido con libros de Kurt Vonnegut, Roberto Arlt o Macedonio Fernández, he hablado de libros delante de sus estanterías, he escrito pequeñas notas sobre miradas que parecen desentrañar fórmulas matemáticas, piedras con forma de bumerán o líneas en un mapa en alguna de sus mesas. 

Este jueves siete de marzo Tipos Infames inaugurará la exposición Mujeres y otros naufragios de Leticia Vera. Leo la entrada de su blog, veo los dibujos a tinta de Leticia Vera, descubro que la exposición termina el dos de abril y pienso en una cuarta visita a Tipos Infames.


EXPOSICIÓN: MUJERES Y OTROS NAUFRAGIOS DE LETICIA VERA


Comenzamos el mes con la exposición “Mujeres y otros naufragios” de Leticia Vera. La artista despliega una imaginería de trazo a plumilla, hermoso y elegante, un rompecabezas de mujeres imposibles como imposible siempre es la verdad que esconden, siendo a través de la imaginación, del mito, como llegamos a alcanzar esa verdad esquiva, contradictoria y múltiple, que parece latir, con ganas de ser descubierta, tras el gesto retador y al mismo tiempo pudoroso, tras la abrigada y protectora vulnerabilidad de sus cuerpos desnudos, tras las pupilas policromadas y fulgentes que presagian tinieblas.

Acerca de la obra de Leticia Vera (Toledo, 1982) se podría afirmar que usa cualquier material, cualquier género o medio de expresión (fotografía, poesía, prosa, dibujo, pintura, escultura, etcétera) en esa búsqueda constante de sí misma y de todas las mujeres que la habitan, con el deseo, o más bien la necesidad, de aferrar lo inasible mediante todas las posibilidades que el arte.

 


Tags: Tipos Infames, Leticia Vera

Publicado por elchicoanalogo @ 21:55  | Notas de prensa
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Lunes, 04 de marzo de 2013

a)
Cruzo un valle nevado, las ramas blancas de los árboles, el atardecer en las cumbres de los montes, las luces en las ventanas de los caseríos. Todo parece detenido, sólo se mueve la sombra del autobús sobre la nieve. Siento que estoy en otro lugar, fuera del espacio y del tiempo.

b)
Se agarra a un árbol. Tiene dos o tres años. Levanta la cabeza, mira hacia las ramas, se pone de puntillas y cierra las manos con fuerza sobre el árbol.


Los lunes de Anay. Trasiegos...

Madrid, habitación 309.
En ti me encuentro.



"La mujer sin lugar, ¿o es el lugar el que anda errante?"
                                                                                  ANA BECCIU


AL FINAL DEL CAMINO

¿Quién recuerda a aquel hombre que una tarde de lluvia
con un mapa inventado y un tesoro en los ojos
salió en busca del Sur y de otra sombra?
Se fue silbando la tonada alegre
del camino y los sueños; izó, sin gran esfuerzo,
la bandera expectante del adiós,
y un arrojo imprevisto hinchó su pecho
mientras sombras comunes le advertían
que al final del camino está uno mismo.

Por fin al sur de todo mapa, roto,
sin tesoro y a solas con su rostro de siempre,
no maldice la tarde remota en que partió.
Ha llegado al final de algún camino.
Ya no enturbian sus sueños ni dragones ni abejas.

                                                                       JAVIER CÁNAVES




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:59  | Los lunes de Anay
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