Viernes, 05 de abril de 2013

Me dice que le gusta el Murakami surrealista, el que habla de mundos y personajes extraños, la oscuridad de un pozo, hombres desollados, mujeres que desaparecen en otras dimensiones, haces de luz en medio de un bosque, seres que comen espaguetis durante un año de su vida. Le respondo que ése es el Murakami que me atrae, el que consigue mezclar la irrealidad de los sueños con los gestos cotidianos sin que parezca artificial, el que habla de una muralla que rodea el fin del mundo, un hotel en el que hay diferentes niveles de realidad, un pájaro que da cuerda al mundo, unos personajes que deciden bailar a pesar de no saber dónde se encuentran ni qué ocurre a su alrededor.

En los seis cuentos de Después del terremoto se cruzan hombres abandonados por sus mujeres, viajes y habitaciones de hotel que ayudan a tomar distancia con nuestra vida, adolescentes que bailan en un campo de béisbol, ranas gigantes que intentan salvar Tokio de un nuevo terremoto, escritores que cada noche inventan una historia a una niña y se pregunta qué camino seguir, viejas ancianas que ven piedras en el corazón, personajes que esperan la llegada de maderos a la costa para hacer una hoguera con ellos, mirar fijamente la forma de las llamas y sentir que algo se esconde en el crepitar del fuego. Y, de fondo, el terremoto que asoló Kobe en 1995.

Los cuentos de Después del terremoto no hablan directamente del terremoto de Kobe, los personajes viven el temblor en la distancia (como un efecto dominó ), se sientan delante de las noticias y algo les sacude, la idea de firmeza, las grietas que acaban por romper algo que parecía sólido, una nueva percepción de la realidad. Una mujer ve las noticias y siente que debe abandonar a su marido y volver a su tierra, un hombre frente a una hoguera olvida su pasado en Kobe, una mujer que se siente vacía y se pregunta cómo morirá, un joven que busca alguna pista de su padre siente lo que esconde la tierra bajo sus pies, una mujer que viaja a Tailandia y desea que el terremoto haya caído sobre un hombre de su pasado, un comercial que recibe la visita de una rana de dos metros que le pide ayuda para luchar con un gusano gigante bajo el suelo, un escritor que vive el terremoto de Kobe en Barcelona y siente que no está ligado a nada, que no tiene raíces. 

Los personajes de Murakami hablan y actúan de manera pausada y triste, se dejan llevar en silencio, les gusta observar el fuego de una hoguera, la luz en una habitación de hotel, la tierra de una base de béisbol, afrontan la pérdida con la serenidad con la que los personajes de Jack London encaran la muerte, sienten el terremoto como algo que se vislumbra por el rabillo del ojo y que acaba penetrando en la vida de los personajes para cambiarla, que “vivir y saber morir, en cierto sentido, tienen un valor equivalente”. 



En aquel instante, observando las llamas, Junko sintió de pronto que allí había algo. Algo profundo. Quizá pudiera llamársele una emoción en estado puro, aunque el tacto de aquello fuera demasiado vivo y poseyera un peso demasiado real para ser reducido a un concepto. Tras recoger su cuerpo despacio, ese algo se perdió en algún lugar y le dejó a Junko una extraña sensación de nostalgia y un nudo en la garganta. Por unos instantes se le puso la carne de gallina.

( … )

¿Cuánto tiempo continuó bailando? Yoshiya no lo sabía. Pero fue un rato largo. Bailó hasta que el sudor manó de sus axilas. Luego, de pronto, pensó en lo que existía bajo aquel suelo que él pisaba con fuerza. Allí moraba el rugido funesto de las tinieblas profundas, moraba el negro flujo secreto que transportaba los deseos, moraba el viscoso rebullir de gusanos, moraba el cubil del terremoto que transforma ciudades en montañas de escombros. También ellos eran elementos que creaban el ritmo de la Tierra. Yoshiya dejó de bailar y, mientras acompasaba su respiración, dirigió la vista hacia el suelo, a sus pies, como si atisbara por un agujero sin fondo.

( … )

- Es algo muy extraño. Me refiero a los terremotos. Nosotros estamos firmemente convencidos de que, bajo nuestros pies, la tierra es algo consistente, sólido, inamovible. Existe incluso la expresión: «Tocar de pies en el suelo». Sin embargo, un día, de repente nos damos cuenta de que no es así. La tierra y las rocas, que se suponían sólidas, se reblandecen. Eso es lo que he oído en las noticias de la televisión. Creo que han hablado de «licuación».

( … )

-Una vez me contó una historia sobre los oso polares. Sobre los solitarios que llegan a ser. Sólo se aparean una vez al año. Una sola vez. En su mundo no existe nada parecido a una relación de pareja. En una tierra helada, un oso polar macho y un oso polar hembra copulan. No es una cópula muy larga. Al acabar el acto, el macho se retira un salto de encima de la hembra, veloz como si temiera algo, y huye corriendo del lugar del apareamiento. Huye a todo correr, literalmente hablando, sin volver la vista atrás. Y vive el año siguiente inmerso en la soledad más absoluta. No hay menor comunicación entre uno y otro. El menor contacto. Ésta es la historia de los osos polares. En todo caso, al menos, eso es lo que él me contó.
-¡Qué historia más extraña! -dijo Satsuki.
-Pues sí. Es una historia extraña -admitió Nimit con rostro grave-. En aquel instante, yo le hice una pregunta a mi señor: «Entonces, ¿para qué viven los osos polares?». Y él, con una sonrisa satisfecha, como si hubiera adivinado sus pensamientos, me hizo, a su vez, otra pregunta: «Y entonces, Nimit, ¿para qué vivimos nosotros?».
Haruki Murakami
Después del terremoto (traducción de Lourdes Porta. Tusquets)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:48  | Libros...
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