Mi?rcoles, 17 de abril de 2013

La luz del desierto y las ciudades fantasmales, sentirse una pieza prescindible y creer que ver mil muertes te librará de la propia, volver a tu hogar, intentar retomar tu vida y que el recuerdo de los combates, el miedo, las promesas incumplidas y los cuerpos desmembrados te coloque fuera de la realidad, mirar alrededor en busca de una pequeña muestra de belleza y compasión y saber que la guerra te quita todo eso, que no hay belleza ni compasión sino dolor, locura, miedo, sombras y casas agujereadas, sentir el polvo del desierto bajo tu piel, no ver límites frente a ti y extrañar una tierra finita.

Kevin Powers cruza tiempos y espacios en Los pájaros amarillos. El soldado Bartle inicia su historia en una ofensiva sobre Al Tafar y lo mezcla con su vuelta al hogar, su intento de dejar atrás la guerra, su sentimiento de culpa por sobrevivir, saberse al otro lado de una frontera invisible que lo separa de la gente que le rodea. Bartle mira el desierto sin límite, los movimientos sobre los tejados, las risas de sus compañeros, la muerte inmóvil, los habitantes de una ciudad que intentan seguir su rutina en mitad de una batalla y a los que debe ver como enemigos, cuenta muertos, intenta proteger a su compañero Murph, ve sombras entre las casas vacías, empieza a descubrir que nada tiene sentido, que lucha por inercia y no por ideales, que la guerra deja dentro de sí una gran pesadilla. El soldado Bartle, Murph, el sargento Sterling miran la guerra como una estadística antes de meterse en ella y vivir el horror de la muerte diaria. Por momentos Los pájaros amarillos me recordó a los cuentos de Tim O´Brien sobre Vietnam.

La voz de Kevin Powers es intimista, habla de manera pausada sobre todo lo que una guerra nos quita, sobre la imposibilidad de volver a casa inmaculado. A un capítulo que describe un combate cruento, el miedo en los ojos, el polvo del desierto en la boca, los sueños que desaparecen, le sigue otro donde el soldado Bartle está de vuelta en su hogar pero no consigue regresar de la guerra, mira su casa, su ciudad, sus amigos, y siente que todo ha cambiado para siempre. Kevin Powers es capaz de parar la acción y que los personajes miren alrededor en busca de algo que sustituya el vacío que crece dentro de ellos.

Los pájaros amarillos es una lectura inquietante e intensa, la mirada de Powers sobre una guerra, una tierra y la lucha por volver a los días corrientes sabiendo cuánto has perdido por el camino.




La guerra intentó matarnos en primavera. La hierba verdeaba las llanuras de Nínive, el tiempo se volvía más cálido y nosotros patrullábamos las colinas bajas que estaban más allá de las ciudades y de los pueblos. Avanzábamos por ellas y entre los pastos movidos por la fe, abriendo caminos entre el herbazal azotado por el viento como si fuéramos pioneros. Cuando dormíamos, la guerra frotaba sus mil costillas contra el suelo, rezando; cuando forzábamos el paso hasta la extenuación, los ojos se le ponían en blanco y se quedaban abiertos en la oscuridad y, cuando comíamos, aceleraba sin más alimento que su propia penuria. Hacía el amor, daba a luz y se extendía por el fuego.
Más tarde, en verano, la guerra intentó matarnos mientras el calor robaba todo el color a las llanuras. El sol se nos metía en la piel y la contienda empujaba a sus ciudadanos al abrigo de los edificios blancos, proyectando una sombra pálida sobre todas las cosas, como si nuestros ojos estuvieran cubiertos por un velo. Intentó matarnos todos los días, pero no lo consiguió. Y no es que nuestra seguridad estuviera predestinada. No estábamos destinados a sobrevivir. En realidad, no lo estábamos en absoluto. La guerra cogería todo lo que pudiera coger. Era paciente. No le preocupaban los objetivos ni las líneas divisorias; le daba igual que te amaran muchos o ninguno. Aquel verano, mientras yo dormía, la guerra se me apareció en sueños y me enseñó su único propósito: seguir adelante; sólo seguir adelante. Y supe que la guerra se saldría con la suya.
Para el mes de septiembre, la guerra había matado a miles. Sus cuerpos se alineaban en avenidas cicatrizadas a intervalos regulares; se escondían en callejones y aparecían en hinchados apilamientos en las depresiones de las colinas del exterior de las ciudades, con rostros verdes y abombados, alérgicos ahora a la vida. Pero había matado a menos de mil soldados como Murph y yo; una cifra que todavía significaba algo para nosotros cuando comenzó lo que aparentemente fue un otoño. Murph y yo lo habíamos acordado. No queríamos ser el milésimo muerto. Si teníamos que morir después, moriríamos; pero que esa cifra fuera el hito de otro.

( ... )

Al ver el nombre del sargento Ezekiel Vázquez, veintiún años, de Laredo (Texas), n.º 748, muerto por disparo de armas ligeras en Bakuba, estuvimos seguros de que había sido un fantasma durante años en el sur de Texas. Pensamos que ya estaba muerto en el vuelo que lo llevó a Irak y que no tenía motivos para asustarse cuando el C-141 donde viajaba dio tumbos y bandazos en el cielo de Bagdad. No tenía nada que temer; había sido invencible, absolutamente invencible, hasta el día que dejó de serlo. Y pensamos lo mismo sobre la especialista Miriam Jackson, diecinueve años, de Trenton (Nueva Jersey), n.º 914, muerta en el Landsthul Regional Medical Center por las heridas sufridas en un ataque de morteros en Samarra. De hecho, nos alegramos. No de que la hubieran matado, sino de que no nos hubieran matado a nosotros. Deseamos que hubiera sido feliz, que hubiera aprovechado las ventajas de su estatus especial antes de situarse inevitablemente bajo el fuego de mortero cuando salió a colgar su uniforme, recién lavado, en una cuerda tendida detrás de su alojamiento. Por supuesto, nos equivocábamos. Nuestro mayor error consistía en creer que lo que pensábamos tenía importancia. Ahora parece absurdo que interpretáramos cada muerte como una afirmación de nuestras vidas; que cada una de esas muertes pertenecían a un tiempo y que, en consecuencia, ese tiempo no era el nuestro. No sabíamos que la lista era ilimitada. No pensábamos más allá del número mil. Nunca consideramos la posibilidad de que nosotros también estuviéramos entre los muertos andantes. Yo solía pensar que el hecho de vivir bajo esa contradicción podía haber guiado mis actos y que una decisión tomada o no tomada en observancia de esa filosofía, podía incluirme en la lista de los muertos o sacarme.
Ahora sé que no es así. No había balas que llevaran mi nombre ni el de Murph. No había bombas hechas específicamente para nosotros. Cualquiera de ellas nos habría matado como mató a los dueños de esos nombres. No teníamos ni un tiempo ni un lugar preestablecidos.

( ... )

La chica salió de la tienda de campaña. En sus movimientos ya no quedaba ni rastro de urgencia. Se quitó los guantes, empapados de sangre y los tiró a un barrio. Sus brazos eran pálidos; sus manos, oscuras y pequeñas. Miré a Murph y creí saber el motivo que lo llevaba a aquel lugar. No iba porque la doctora fuera bella, aunque lo era. Iba por otra cosa.
La observamos mientras ella alcanzaba un jabón y se lavaba las manos en un lavabo improvisado que habían atornillado a un poste. La suave curva de su cuello era visible bajo la luz de la tarde. En lo alto se veían unas cuantas nubes dispersas. Se sentó en el suelo, encendió un cigarrillo, cruzó las piernas y empezó a llorar calladamente.
Y yo pensé que eso y no su belleza era lo que atraía a Murph una y otra vez durante aquellos días indistintos. Ese lugar, esas tiendas de campaña en lo alto de la colina y la pequeña zona donde ella se encontraba, podían ser el último hábitat de la ternura y la amabilidad que llegaríamos a conocer. Desde ese punto de vista, era lógico que quisiera contemplar sus suaves sollozos en el espacio abierto de un mísero pedazo de tierra.
Y comprendí sus motivos para ir y los míos para no poder irme, por lo menos entonces, porque nunca sabes si lo que estás viendo en un momento determinado va a desaparecer para siempre. Sí, Murph quería ver algo bonito; quería mirar a una chica guapa y encontrar un sitio donde aún existía la compasión. Pero no iba exáctamente por eso. Quería elegir. Quería desear. Quería sustituir por cualquier otra cosa el vacío que crecía en su interior. Quería decidir sobre lo que se congregaba alrededor de su cuerpo, rechazar lo que cayera hacia él por accidente o por azar y se quedara en órbita como en un disco de acreción. Quería tener un recuerdo surgido de su propia voluntad para equilibrar los restos destrozados de todas las cosas que él no había pedido.
Kevin Powers
Los pájaros amarillos (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Sexto Piso)


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:09  | Libros...
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