Martes, 23 de abril de 2013

En el óleo Como uno de Sam Messer, aparecen Paul Auster y su máquina de escribir unidos con unos hilos blancos. Observo la pintura, un plano medio de Auster desnudo, las manos levantados como un prestidigitador, los hilos blancos que salen de la yema de sus dedos, la máquina de escribir a la altura de su pecho sostenida por esos hilos. 

En La historia de mi máquina de escribir Auster reconstruye la biografía de su Olympia, cómo llegó hasta él, las marcas y su sonido al escribir, los silencios y las habitaciones que le rodean, el paso del tiempo y la máquina como un objeto anacrónico entre los nuevos ordenadores y procesadores de texto (como los personajes de Peckinpah, los tiempos han cambiado y está fuera de ellos). Auster habla de su máquina con sencillez, se sorprende al descubrir cómo pasa de objeto a ser “ella”, hay un momento especialmente hermoso, la búsqueda de cintas para la máquina y el racionamiento que hace de ellas anticipando su final.

Sam Messer dibujó la máquina de escribir en docenas de bocetos y óleos que le dan presencia y estados de ánimo, por momentos parece colérica, vacía o expectante. Auster aparece en algunas ilustraciones con media docena de manos, inquieto o escribiendo, o con las teclas en el aire, como un mago desplegando un extraño truco. Las miradas de Auster y Messer sobre la máquina de escribir la transforma, le otorga una historia, una biografía.

Termino La historia de mi máquina de escribir y pienso en los objetos que me rodean, una mochila roja o un ejemplar de Tom Sawyer que lleva casi treinta años conmigo. Ellos también tienen una biografía.



Hasta entonces, no había tenido especial apego a mi máquina de escribir. No era más que una herramienta que me permitía hacer mi trabajo, pero ahora que se había convertido en una especie en peligro de extinción, uno de los últimos artefactos que aún quedaban del homo scriptorus del siglo xx, empecé a sentir cierto afecto por ella. Me di cuenta de que, me gustara o no, teníamos el mismo pasado. Y con el paso del tiempo, llegué a comprender que también teníamos el mismo futuro.
Hace dos o tres años, presintiendo que se acercaba el final, fui a Leon, mi papelería del distrito de Brooklyn, y encargué cincuenta cintas para la máquina. El dueño se pasó varios días llamando a todas partes para que le sirvieran un pedido de tamaña envergadura. Según me contó más tarde, algunas de las cintas vinieron de sitios tan lejanos como Kansas City.
Utilizo esas cintas con la mayor prudencia posible, escribiendo con ellas hasta que la tinta apenas resulta visible en el papel. No albergo muchas esperanzas de encontrar alguna por ahí, cuando se me acabe la remesa.
Paul Auster
La historia de mi máquina de escribir (Ilustraciones de Sam Messer. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:12  | Libros...
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