Lunes, 29 de abril de 2013

Subo los escalones de piedra (en una de las paredes, dos pequeñas llamas encima de un corazón rojo), busco el norte en la rosa de los vientos dibujada en el suelo y me apoyo en el muro que rodea al faro. Una zodiac remonta la ría y desaparece tras el espigón del muelle. Sólo deja una pequeña estela de agua blanca sobre la ría. Intento memorizar imágenes del viento sobre el agua, el vuelo de las gaviotas, el ruido del sedal al desenredarse de una caña de pescar, pero no consigo más que mirar a mi alrededor en silencio, incapaz de atrapar nada nuevo.
Echo un último vistazo a las grúas del muelle sobre el cielo gris y siento que el cielo es de las grúas.


Los lunes de Anay. Sobrevivientes…

"Abro un libro. Es muy bello. De qué me sirve ahora."
                                                                           BENJAMÍN PRADO


HUÉRFANOS

De nuevo estamos juntos,
Poema,
tú y yo.

Sin saber qué decirnos
y abrazados.

                           ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 28 de abril de 2013

hay días que todo me parece extraño  
y yo ajena a la tierra que piso

extrañas las señales de tráfico
las grúas quietas, tus palabras

ajena a los cambios de estación
al repentino silencio de los grillos
al agua caliente, a la lluvia
a las hojas secas mojadas
Isabel Bono
hay días que todo me parece extraño (en Maomegean. Ediciones del 4 de agosto)


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Martes, 23 de abril de 2013

En el óleo Como uno de Sam Messer, aparecen Paul Auster y su máquina de escribir unidos con unos hilos blancos. Observo la pintura, un plano medio de Auster desnudo, las manos levantados como un prestidigitador, los hilos blancos que salen de la yema de sus dedos, la máquina de escribir a la altura de su pecho sostenida por esos hilos. 

En La historia de mi máquina de escribir Auster reconstruye la biografía de su Olympia, cómo llegó hasta él, las marcas y su sonido al escribir, los silencios y las habitaciones que le rodean, el paso del tiempo y la máquina como un objeto anacrónico entre los nuevos ordenadores y procesadores de texto (como los personajes de Peckinpah, los tiempos han cambiado y está fuera de ellos). Auster habla de su máquina con sencillez, se sorprende al descubrir cómo pasa de objeto a ser “ella”, hay un momento especialmente hermoso, la búsqueda de cintas para la máquina y el racionamiento que hace de ellas anticipando su final.

Sam Messer dibujó la máquina de escribir en docenas de bocetos y óleos que le dan presencia y estados de ánimo, por momentos parece colérica, vacía o expectante. Auster aparece en algunas ilustraciones con media docena de manos, inquieto o escribiendo, o con las teclas en el aire, como un mago desplegando un extraño truco. Las miradas de Auster y Messer sobre la máquina de escribir la transforma, le otorga una historia, una biografía.

Termino La historia de mi máquina de escribir y pienso en los objetos que me rodean, una mochila roja o un ejemplar de Tom Sawyer que lleva casi treinta años conmigo. Ellos también tienen una biografía.



Hasta entonces, no había tenido especial apego a mi máquina de escribir. No era más que una herramienta que me permitía hacer mi trabajo, pero ahora que se había convertido en una especie en peligro de extinción, uno de los últimos artefactos que aún quedaban del homo scriptorus del siglo xx, empecé a sentir cierto afecto por ella. Me di cuenta de que, me gustara o no, teníamos el mismo pasado. Y con el paso del tiempo, llegué a comprender que también teníamos el mismo futuro.
Hace dos o tres años, presintiendo que se acercaba el final, fui a Leon, mi papelería del distrito de Brooklyn, y encargué cincuenta cintas para la máquina. El dueño se pasó varios días llamando a todas partes para que le sirvieran un pedido de tamaña envergadura. Según me contó más tarde, algunas de las cintas vinieron de sitios tan lejanos como Kansas City.
Utilizo esas cintas con la mayor prudencia posible, escribiendo con ellas hasta que la tinta apenas resulta visible en el papel. No albergo muchas esperanzas de encontrar alguna por ahí, cuando se me acabe la remesa.
Paul Auster
La historia de mi máquina de escribir (Ilustraciones de Sam Messer. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Seix Barral)


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Lunes, 22 de abril de 2013

Hay un espejo alargado en la cabecera del banco de madera. Sólo puedo ver mi cara. Doy vueltas al café mientras estudio mi imagen en el espejo, el pelo despeinado y encanecido, los ojos pequeños tras las gafas, la barba de varios días. Estoy en silencio hasta que mis facciones pierden su identidad.


Los lunes de Anay. Pértigas...

"Mas heme aquí levantando arenas en castillos de agua"

                                                                              GIOCONDA BELLI


YO QUE TÚ

Yo que tú me amaría, llamaría,
no perdería tiempo, me diría que sí.
No dudaría más, escaparía.
Daría lo que tienes, lo que tengo,
por tener lo que das, lo que me dieras.
Me soltaría el pelo, lloraría
de gozo, cantaría descalza, bailaría,
le pondría a febrero un sol de agosto,
moriría de gusto, no pondría
ningún pero a este amor, inventaría
nombres y verbos nuevos, temblaría
de miedo ante la duda de que fuese
sólo un sueño, me iría
para siempre de ti, de allí, conmigo.
Yo que tú me amaría.
Me diría que sí, me faltaría
tiempo para correr hasta mis brazos,
o al menos, qué sé yo, respondería
a mis mensajes, a mis tentativas
de saber qué es de ti, me llamaría,
qué va a ser de nosotros, me daría
una señal de vida, yo que tú.

                                              JUAN VICENTE PIQUERAS





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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S?bado, 20 de abril de 2013

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
–Hola, los de adentro –les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras–. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
–¿Qué pasa ahora? –les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera–. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
–Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
–¡Arriba las manos!
–Pero... dijo Mead.
–¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
–¿Su nombre? –dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
–Leonard Mead -dijo.
–¡Más alto!
–¡Leonard Mead!
–¿Ocupación o profesión?
–Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
–Sin profesión ¬–dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
–Sí, puede ser así –dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
–Sin profesión –dijo la voz de fonógrafo, siseando–. ¿Qué estaba haciendo afuera?
–Caminando -dijo Leonard Mead.
–¡Caminando!
–Sólo caminando –dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
–¿Caminando, sólo caminando, caminando?
–Sí, señor.
–¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
–Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
–¡Su dirección!
–Calle Saint James, once, sur.
–¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
–Sí.
–¿Y tiene usted televisor?
–No.
–¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
–¿Es usted casado, señor Mead?
–No.
–No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
–Nadie me quiere –dijo Leonard Mead con una sonrisa.
–¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
–¿Sólo caminando, señor Mead?
–Sí.
–Pero no ha dicho para qué.
–Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
–¿Ha hecho esto a menudo?
–Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
–Bueno, señor Mead –dijo el coche.
–¿Eso es todo? ¬–preguntó Mead cortésmente.
–Sí –dijo la voz–. Acérquese. –Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par–. Entre.
–Un minuto. ¡No he hecho nada!
–Entre.
–¡Protesto!
–Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
–Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
–Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... –dijo la voz de hierro–. Pero...
–¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
–Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
Mi casa –dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.
Ray Bradbury
El peatón (en Las doradas manzanas del sol. Traducción de Francisco Abelenda. Minotauro)


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Viernes, 19 de abril de 2013

Tras la ventana de la cafetería, la lluvia cae y forma pequeños círculos en la superficie de los charcos. Una mujer se tapa la cabeza con una revista, las gotas resbalan a través de las hojas y le mojan los hombros. Corre con la cabeza agachada, rodea los charcos, se cruza en el camino de otras personas sin darse cuenta. Sigo su carrera hasta que desaparece dentro de la estación de tren. 
Acaricio la tapa de los libros sobre la mesa. Leo historias de desiertos sin horizonte, de espacios y tiempos deshechos, de vidas grises que parpadean durante un segundo antes de volver a su grisura. Pienso en el poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. Cierro los ojos y hago una pequeña lista de lo que he perdido hoy, el poso de la taza de café, no sé cuántos recuerdos (olores, sueños, esperas), las palabras pensadas bajo la lluvia y que nunca escribiré, las notas que he borrado y hablaban de pájaros negros bajo un cielo gris, las manos de un poeta que imitaban la curva de un río cada vez que decía búsqueda, una cruz de piedra sobre un acantilado o mi autorretrato del dieciocho de abril. 
Abro los ojos, vuelvo a mirar tras la ventana e intento sentir el aire que la mujer levantó en su carrera bajo la lluvia.

  

 

 

 


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Jueves, 18 de abril de 2013

En esta inmensa llanura no hay nada 

que recuerde, en su horizonte, 
el punto de vida común a nuestro planeta. 

Todo está muerto en armonía. 
Este paisaje estéril es hermoso 

sin la infernal exigencia de ser fecundado. 
Julio Mas Alcaraz
En esta inmensa llanura no hay nada (en El niño que bebió agua de brújula. Calambur)


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Mi?rcoles, 17 de abril de 2013

La luz del desierto y las ciudades fantasmales, sentirse una pieza prescindible y creer que ver mil muertes te librará de la propia, volver a tu hogar, intentar retomar tu vida y que el recuerdo de los combates, el miedo, las promesas incumplidas y los cuerpos desmembrados te coloque fuera de la realidad, mirar alrededor en busca de una pequeña muestra de belleza y compasión y saber que la guerra te quita todo eso, que no hay belleza ni compasión sino dolor, locura, miedo, sombras y casas agujereadas, sentir el polvo del desierto bajo tu piel, no ver límites frente a ti y extrañar una tierra finita.

Kevin Powers cruza tiempos y espacios en Los pájaros amarillos. El soldado Bartle inicia su historia en una ofensiva sobre Al Tafar y lo mezcla con su vuelta al hogar, su intento de dejar atrás la guerra, su sentimiento de culpa por sobrevivir, saberse al otro lado de una frontera invisible que lo separa de la gente que le rodea. Bartle mira el desierto sin límite, los movimientos sobre los tejados, las risas de sus compañeros, la muerte inmóvil, los habitantes de una ciudad que intentan seguir su rutina en mitad de una batalla y a los que debe ver como enemigos, cuenta muertos, intenta proteger a su compañero Murph, ve sombras entre las casas vacías, empieza a descubrir que nada tiene sentido, que lucha por inercia y no por ideales, que la guerra deja dentro de sí una gran pesadilla. El soldado Bartle, Murph, el sargento Sterling miran la guerra como una estadística antes de meterse en ella y vivir el horror de la muerte diaria. Por momentos Los pájaros amarillos me recordó a los cuentos de Tim O´Brien sobre Vietnam.

La voz de Kevin Powers es intimista, habla de manera pausada sobre todo lo que una guerra nos quita, sobre la imposibilidad de volver a casa inmaculado. A un capítulo que describe un combate cruento, el miedo en los ojos, el polvo del desierto en la boca, los sueños que desaparecen, le sigue otro donde el soldado Bartle está de vuelta en su hogar pero no consigue regresar de la guerra, mira su casa, su ciudad, sus amigos, y siente que todo ha cambiado para siempre. Kevin Powers es capaz de parar la acción y que los personajes miren alrededor en busca de algo que sustituya el vacío que crece dentro de ellos.

Los pájaros amarillos es una lectura inquietante e intensa, la mirada de Powers sobre una guerra, una tierra y la lucha por volver a los días corrientes sabiendo cuánto has perdido por el camino.




La guerra intentó matarnos en primavera. La hierba verdeaba las llanuras de Nínive, el tiempo se volvía más cálido y nosotros patrullábamos las colinas bajas que estaban más allá de las ciudades y de los pueblos. Avanzábamos por ellas y entre los pastos movidos por la fe, abriendo caminos entre el herbazal azotado por el viento como si fuéramos pioneros. Cuando dormíamos, la guerra frotaba sus mil costillas contra el suelo, rezando; cuando forzábamos el paso hasta la extenuación, los ojos se le ponían en blanco y se quedaban abiertos en la oscuridad y, cuando comíamos, aceleraba sin más alimento que su propia penuria. Hacía el amor, daba a luz y se extendía por el fuego.
Más tarde, en verano, la guerra intentó matarnos mientras el calor robaba todo el color a las llanuras. El sol se nos metía en la piel y la contienda empujaba a sus ciudadanos al abrigo de los edificios blancos, proyectando una sombra pálida sobre todas las cosas, como si nuestros ojos estuvieran cubiertos por un velo. Intentó matarnos todos los días, pero no lo consiguió. Y no es que nuestra seguridad estuviera predestinada. No estábamos destinados a sobrevivir. En realidad, no lo estábamos en absoluto. La guerra cogería todo lo que pudiera coger. Era paciente. No le preocupaban los objetivos ni las líneas divisorias; le daba igual que te amaran muchos o ninguno. Aquel verano, mientras yo dormía, la guerra se me apareció en sueños y me enseñó su único propósito: seguir adelante; sólo seguir adelante. Y supe que la guerra se saldría con la suya.
Para el mes de septiembre, la guerra había matado a miles. Sus cuerpos se alineaban en avenidas cicatrizadas a intervalos regulares; se escondían en callejones y aparecían en hinchados apilamientos en las depresiones de las colinas del exterior de las ciudades, con rostros verdes y abombados, alérgicos ahora a la vida. Pero había matado a menos de mil soldados como Murph y yo; una cifra que todavía significaba algo para nosotros cuando comenzó lo que aparentemente fue un otoño. Murph y yo lo habíamos acordado. No queríamos ser el milésimo muerto. Si teníamos que morir después, moriríamos; pero que esa cifra fuera el hito de otro.

( ... )

Al ver el nombre del sargento Ezekiel Vázquez, veintiún años, de Laredo (Texas), n.º 748, muerto por disparo de armas ligeras en Bakuba, estuvimos seguros de que había sido un fantasma durante años en el sur de Texas. Pensamos que ya estaba muerto en el vuelo que lo llevó a Irak y que no tenía motivos para asustarse cuando el C-141 donde viajaba dio tumbos y bandazos en el cielo de Bagdad. No tenía nada que temer; había sido invencible, absolutamente invencible, hasta el día que dejó de serlo. Y pensamos lo mismo sobre la especialista Miriam Jackson, diecinueve años, de Trenton (Nueva Jersey), n.º 914, muerta en el Landsthul Regional Medical Center por las heridas sufridas en un ataque de morteros en Samarra. De hecho, nos alegramos. No de que la hubieran matado, sino de que no nos hubieran matado a nosotros. Deseamos que hubiera sido feliz, que hubiera aprovechado las ventajas de su estatus especial antes de situarse inevitablemente bajo el fuego de mortero cuando salió a colgar su uniforme, recién lavado, en una cuerda tendida detrás de su alojamiento. Por supuesto, nos equivocábamos. Nuestro mayor error consistía en creer que lo que pensábamos tenía importancia. Ahora parece absurdo que interpretáramos cada muerte como una afirmación de nuestras vidas; que cada una de esas muertes pertenecían a un tiempo y que, en consecuencia, ese tiempo no era el nuestro. No sabíamos que la lista era ilimitada. No pensábamos más allá del número mil. Nunca consideramos la posibilidad de que nosotros también estuviéramos entre los muertos andantes. Yo solía pensar que el hecho de vivir bajo esa contradicción podía haber guiado mis actos y que una decisión tomada o no tomada en observancia de esa filosofía, podía incluirme en la lista de los muertos o sacarme.
Ahora sé que no es así. No había balas que llevaran mi nombre ni el de Murph. No había bombas hechas específicamente para nosotros. Cualquiera de ellas nos habría matado como mató a los dueños de esos nombres. No teníamos ni un tiempo ni un lugar preestablecidos.

( ... )

La chica salió de la tienda de campaña. En sus movimientos ya no quedaba ni rastro de urgencia. Se quitó los guantes, empapados de sangre y los tiró a un barrio. Sus brazos eran pálidos; sus manos, oscuras y pequeñas. Miré a Murph y creí saber el motivo que lo llevaba a aquel lugar. No iba porque la doctora fuera bella, aunque lo era. Iba por otra cosa.
La observamos mientras ella alcanzaba un jabón y se lavaba las manos en un lavabo improvisado que habían atornillado a un poste. La suave curva de su cuello era visible bajo la luz de la tarde. En lo alto se veían unas cuantas nubes dispersas. Se sentó en el suelo, encendió un cigarrillo, cruzó las piernas y empezó a llorar calladamente.
Y yo pensé que eso y no su belleza era lo que atraía a Murph una y otra vez durante aquellos días indistintos. Ese lugar, esas tiendas de campaña en lo alto de la colina y la pequeña zona donde ella se encontraba, podían ser el último hábitat de la ternura y la amabilidad que llegaríamos a conocer. Desde ese punto de vista, era lógico que quisiera contemplar sus suaves sollozos en el espacio abierto de un mísero pedazo de tierra.
Y comprendí sus motivos para ir y los míos para no poder irme, por lo menos entonces, porque nunca sabes si lo que estás viendo en un momento determinado va a desaparecer para siempre. Sí, Murph quería ver algo bonito; quería mirar a una chica guapa y encontrar un sitio donde aún existía la compasión. Pero no iba exáctamente por eso. Quería elegir. Quería desear. Quería sustituir por cualquier otra cosa el vacío que crecía en su interior. Quería decidir sobre lo que se congregaba alrededor de su cuerpo, rechazar lo que cayera hacia él por accidente o por azar y se quedara en órbita como en un disco de acreción. Quería tener un recuerdo surgido de su propia voluntad para equilibrar los restos destrozados de todas las cosas que él no había pedido.
Kevin Powers
Los pájaros amarillos (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Sexto Piso)


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Martes, 16 de abril de 2013

escribir  

para curar  
en la carne abierta  
en el dolor de todos  
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos

escribir

como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra

escribir

para descansar
(escribir que el sol, en invierno, es hermoso)

por no llorar tan dentro
tan a escondidas

escribir

hacia la extenuación
para que se derrame el dolor contenido
desde el inicio del mundo

escribir
para rebelarse
sin provecho

a pesar de la derrota ya prevista

porque no hay rebeldía que no esté justificada
ni violencia que no sea, en el fondo,
inocente,
escribir

con derecho al llanto

escribir para curar
escribir para guarecerse
escribir como si cerrase los ojos
para no cerrarlos
para mover la mano y seguir su curso
para sentirse viva
AÚN
para aplazar la angustia
como simulación
para guiar la mente y que no se desboque
para controlar lo controlable

escribir

como quien deja la luz encendida
y duerme de pie sobre sí mismo
para saldar las cuentas con el miedo

escribir
para reorganizar

escribir
sin hacer concesiones

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar

escribir
para apuntar al blanco

escribir
con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”

escribir
para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta

decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre

escribir
todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir

¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía

Estamos solas
y nos pertenecemos.
En nosotras está el poder
Somos un pueblo de almas
en rebeldía
¡Despertad!
Lo que escribo aquí
se traza en el aire
el dolor es la senda
el dolor es el medio
por el dolor la fuerza
que combate el dolor
y lo transforma
por el dolor deshago
mi dolor en lo ajeno
y el ajeno en el mío

escribir

para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des
apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto

escribir

para desestructurar
para vencer
las estructuras
para contra
decir
lo dicho
para demoler

escribir

para desestimar
para aprender la delgadez del trazo
su vacío
habituarse a él
a su insignificancia

escribir
para insignificar

escribir

inútilmente
para ejercer lo inútil
para abrazar lo inútil
para hacer de la inutilidad un manantial

escritura como sortilegio

- volé esta madrugada
más alto que ninguna otra vez

Cada noche, en la duración de un grito
viene una sombra nueva

Cada noche, en la duración de un grito,
un alma acude a mí.
La acojo.
En el grito.
Ella no dura. Sólo se abre.
Y hay que entrar. Suavizar.
No hay que recordar.
Tan sólo entrar.
Respirando. –

escribir luego
para reforzar
los frágiles puentes
los conductos sutiles
con temor
de que se borren
en el espacio leve
entre lo presentido y lo sentido

Escribir
para desescribir
para desdecir
para reorganizar
las consciencias y
que cada una cumpla
su ceguera
El espacio de las almas
ha de guardarse oculto
En la palabra está el engaño

escribir pues
para confundir
para emborronar
y, luego, volver a escribir
en el orden que conviene
el mundo que hemos aprendido

escribir

como quien cuenta los pasos que da
por no oír el silencio
como quien cuenta pasos – uno, dos -
y se salta el tercero -cuatro, cinco-
para ver si se ha ido
para comprobar
pero no: sigue estando
y ya no dejará de andar
para contar los pasos
hasta caer exhausto
en el silencio enorme que se ensancha
entre sus piernas como un charco
de sangre

escribir

porque el héroe se hace con el miedo
sobre todo su miedo
a partir de su miedo
se hace héroe el héroe
ahuecando el miedo
y llenándolo de acción
para entumecerlo
haciendo tiempo en lo hermoso
haciendo tiempo en lo vivo

yo no soy ningún héroe
yo sólo escribo
para colmar la distancia
entre mi miedo y yo

escribir
“Se pone un abrigo de cuero.”
escribir
“Un hombre joven se levanta del asiento.
Se pone un abrigo de cuero.
Lleva gafas oscuras.
Se vuelve.
Su espalda es ancha.
Se dirige a la puerta.
No sé qué hará mañana.
No le conozco.
Ha cruzado la vía.
El cristal me devuelve mis ojos
y esa tristeza que se mide en mis labios.
El hombre joven tal vez camina hacia una casa.
Tal vez sea su casa.”

escribir
“En mi rostro el paisaje
- atravesándolo -
el paisaje.”

escribir
“Tiene las uñas recortadas.”
escribir
“Se desprende, muy lenta, de una frase,
la desliza en el cuaderno y espera.
Tiene las uñas recortadas
y una blusa de encaje.
Lleva una bolsa de color violeta
en las rodillas.
Cuando respira hace juego
con los versos de Sylvia Plath.
Hay un desfiladero en su mirada
y no termina de cruzarlo.”

escribir
para confundir las palabras
y que las cosas aparezcan

(Campos de limoneros cargados con sus frutos. Y cañizales
separando sembrados. Y vinagreras cubriendo de oro las taludes… )

que las cosas presionen
que un mundo se abra paso
(Es invierno, y ya crecen el trigo y la alfalfa. Aún hay campos entre ciudades y hermosos pueblos y una anciana se sienta
en un portal con un rayo de sol en su regazo.
La tierra arada humea bajo el sol y los olivos jóvenes tensan sus cuerpos retorcidos hacia el cielo. Creciendo. Crecer es
ascender.
Crecer es ensancharse.
Crecer es romper límites.
Crecer es invadir… )

que estallen los cristales de mis manos
que abran ojos en las letras

(Hileras de olivos.
Sus sombras paralelas… )

escribir
para rastrear

escribir

para perdonar
para ser perdonado

¿Dónde hallaré al sacerdote,
al mediador, aquel que tenga
conocimiento de los límites
y el poder de traspasarlos?
¿dónde hallaré a aquel
capaz de arder sin consumirse
y, entre los muertos y los vivos,
ecualizar
transformar, ¡bendecir!?

escribir

para hallar la paz
después de haber hablado
con los muertos

escribir

para sellar la paz
para conciliar
en mí
para perdonar en mí

escribir

la culpa misma que golpea y se licúa
en el pecho
y surte y es agua que mana
con fuerza y que nos une
agua que forma
remolino de amor irradiando

todas las culpas son
el mismo sufrimiento
el de existir queriendo
queriendo serlo todo
queriéndolo todo
y todo está en mis manos
en esta encrucijada donde permanecemos
el tiempo suficiente
para sufrirlo todo

en mi interior barrunto el gran estruendo:
todo el dolor del mundo me pesa entre los muslos

abrid los ojos: ¡ved!
es tan terrible vivir
¡quien sobrevive saluda!
morituri somos todos

toda la historia de tu estirpe
está presente y te reclama
como crisol
eres
la mediadora
operas
en ti misma el milagro
de la conciliación

y de repente soportas
el peso del mundo y su dolor
lo bebes todo entero.
Agradecida.

escribir

porque crujen las rodillas
y hay como un sueño
esperando ser soñado
justo detrás del dolor.

- Hoy observé las gaviotas.

He de volar muy alto esta noche.
He de volar sin lastre.
Hasta que amanezca.-

escribir
“otoño”
para recordar cómo
uníamos castañas con palillos de dientes
y surgían princesas y perros y dragones
y mi madre era hermosa
y ¿quién sabe? tal vez
fue feliz, también ella,
ese día.

escribir

para arquear el espinazo de las letras
a imagen del dolor
para trazar las líneas de la vida
líneas que se encogen
líneas retráctiles
como nervios apresados en la carne
como venas quebradizas
venenos infiltrados
en las arterias, líneas
que merodean en torno al corazón
calado por la angustia
y el cansancio
líneas como cables tendidos
entre una vida y otra menos vida
líneas ultracortas
líneas entrecortadas
líneas respiradero
líneas túnel
para desembocar
en el horizonte
recuperar allí
las fuerzas del principio pero
líneas quebradas
presionadas
oprimidas, líneas
de vuelta atrás
combadas sobre el tiempo
que queda
el tiempo que nos queda
termitero o volcán
vaciado por los seres (los insectos, la lava)
que operan desde dentro

líneas
de retroceso
¡si fuesen sólo al sueño!
pero no: más abajo.

escribir
como quien muerde un rayo
con los brazos en cruz

escribir
que sus pulmones se cerraron
como las alas de una
mariposa.
Dejó un rastro de polvo azul
en los dedos de quienes fueron
a tocarla

escribir
como aquel que se fuga de un hospital y arrastra tras de sí
las sondas, el goteo, la máscara de oxígeno y corre
sobre agujas envenedadas

¡Despertad!
¡nadie podrá evitarlo!
sólo es cuestión de tiempo
contad los gritos que dais
en el fondo del agua
¡Contad los gritos!

cada cual con su dolor a solas
el mismo dolor de todos

- Alguien disimula. Sonríe,
devuelvo la sonrisa. Sé
que para él ya oscureció.
También él lo sabe.
Pero se esfuerza. Todos
nos esforzamos.
Gritar es esforzarse.
Gritar es rebelarse. -

escribir
porque alguien olvidó gritar
y hay un espacio en blanco
ahora, que lo habita

escribir
porque es la forma más veloz
que tengo de moverme

escribir

¿y no hacer literatura?

¡y qué más da!

hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.
Escribo

para que el agua envenenada
pueda beberse.
Chantal Maillard
Escribir (en Matar a Platón. Tusquets)


Tags: escribir, chantall maillard, matar a platón, Tusquets

Publicado por elchicoanalogo @ 0:01  | Poes?a
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Lunes, 15 de abril de 2013

Lee Escribir de Maillard, sigo la línea que dibujan sus ojos en el aire, el roce de sus dedos entre las páginas del libro, los matices de su voz (intensidad, duda, dolor, refugio). Pasa las páginas, enfatiza algunos versos con un leve movimiento de cabeza. Llega al final del poema y descubro que está llorando.


Los lunes de Anay. Soplos...

"El paisaje dialoga con el hombre
que pasa
y mira"
         RAÚL PIZARRO


En la noche de azogue ola rima con luna.
Nadie puede encender el sol ni frenar el océano,
el misterioso oleaje que no tiene
misericordia de nosotros.
                                     JOSÉ EMILIO PACHECO





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Raúl Pizarro, José Emilio Pacheco, The Beatles

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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Martes, 09 de abril de 2013

Mi padre llegó del pueblo con un bonsái que tenía una forma curiosa.
—Esto es un árbol Dabadaba —anunció, mientras nos lo mostraba a mi esposa y a mí—. Mirad, es una especie peculiar de cedro.
—¡Vaya, qué cosa más extraña! —dijo mi mujer, examinándolo con una mirada de asombro.
Tenía unos veinte centímetros de altura. Era grueso en la base y se afilaba hacia la copa, donde el follaje era más escaso. Puesto en vertical, el tronco formaba un cono perfecto.
—Sí, ¡y vaya nombre tan raro! —añadí yo, mirando la expresión de mi padre para ver si así me daba una pista de por qué había traído el árbol.
—Bueno, no sólo el nombre es raro —dijo él, afilando los ojos—. Si ponéis este árbol Dabadaba en vuestro dormitorio por la noche, tendréis sueños libidinosos.
—¡Anda! ¿Y qué significa eso de libidinoso? — preguntó mi esposa.
Yo le susurré al oído:
—Por supuesto, sueños eróticos.
—¡Oh, vaya! —exclamó, para después sonrojarse.
Mi padre le echó una mirada lasciva y siguió diciendo:
—Lleváis casados cinco años y todavía no tenéis hijos. Por eso os he traído el árbol. Ponedlo a partir de esta noche en la habitación y seguro que tendréis muy buenos sueños. Para un viejo como yo, no es aconsejable.
Se marchó riéndose como un pájaro exótico.
Esa noche llevamos el árbol Dabadaba a nuestro dormitorio y lo pusimos a la cabecera de nuestra cama matrimonial. Y es que, aun después de cinco años de casados, todavía usábamos una cama doble. El motivo es que nuestra habitación era más bien pequeña, así que no había espacio para colocar dos camas.
—¡Hala, buenas noches!
—Buenas noches. Hasta mañana.
Apresuradamente, nos zambullimos entre las sábanas y, excitados, nos dimos la espalda y nos concentramos en conciliar el sueño. En momentos como éstos, uno quiere ser el primero en caer. Si el ruido de la respiración de tu compañero no te pone nervioso y te mantiene despierto. Y más aún si sabes que está teniendo un sueño erótico. Y no digamos si el otro empieza a hablar en sueños.
Por suerte, me quedé roque inmediatamente y empecé a soñar. Soñaba que estaba en mi habitación durmiendo con mi esposa en mi cama de matrimonio.
«¡Qué bien, un sueño!»
Me senté en la cama. Mi mujer dormía pacíficamente a mi lado completamente desnuda. Ésa es su forma de dormir. Volví la cabeza asombrado.
«¡Fantástico!, pero ¿qué tiene esto de erótico?»
Si hiciera el amor con ella después de todo este tiempo, no tendría nada de erótico. Sería la triste realidad, tanto si ella estaba desnuda como si no.
«En fin, si éste es un sueño erótico, será mejor que haga algo erótico.»
Así que salí de la cama y me puse la camisa y los pantalones. Luego, me calcé unas sandalias y salí de casa. Para encontrar a una mujer con la que mereciera la pena compartir un sueño erótico, tendría que irme al distrito de la vida nocturna. Caminé a lo largo de una calle oscura y luego di la vuelta hacia una importante vía. La calle relucía como si fuera de día por los bares y restaurantes que había a cada lado. Estaba llena de gente.
«Pero, a ver, ¿dónde están tocias esas buenorras?», murmuré. Me sentía bastante cansado después de recorrer dos o tres manzanas. Estaba claro que tener un sueño erótico exigía una cierta perseverancia. Localicé a una mujer que parecía prometedora de lejos pero que, al examinarla más de cerca, resultó ser una bruja arrugada. En otro momento, pasó por delante de mí una chica alta y delgada con una gran figura pero, al querer alcanzarla, descubrí que era un auténtico coco, Y es que no estoy muy ducho en cuestión de mujeres. Pero ahora que estaba teniendo este sueño erótico, carecía de sentido ir a por alguien que no me excitara, así que seguí con mi búsqueda.
Entonces apareció una muchacha. Salía de una pequeña cafetería que daba a la calle. Llevaba un traje marrón oscuro y parecía una estudiante universitaria. No iba muy maquillada, aparte de llevar los labios pintados. Tenía la tez blanca, los ojos grandes y una cara bonita.
—¡Ésta sí! —exclamé, bloqueándole el paso.
—¿Puedo ayudarle? —me preguntó, mirándome de arriba abajo.
—Pues, hombre… —respondí vacilante, intentando explicarme—. Verás, es que me han regalado un árbol Dabadaba. Y…
—¡Oh, no! ¡Usted también! —se rió tontamente. Luego su expresión se tornó en enfado—. Usted es el cuarto de la noche. Me va a decir que está teniendo un sueño erótico por el «árbol Dabadaba» y que quiere hacer el amor conmigo, ¿no es eso?
—¿Qué? ¿Quieres decir que hay más gente?— respondí algo sorprendido. Pero, al fin y al cabo, no era más que un sueño. ¿Qué más daba?—. Bueno, lo que quiero decir es que sí, así es. Quiero hacer el amor contigo.
—¡En sus sueños! —dijo ella con una sonrisa irónica, moviendo la cabeza—. Les he dicho lo mismo a los demás. Esto puede que sea un sueño para ustedes, pero para mí es la realidad. Y, además, yo soy virgen todavía. Me niego a perder la virginidad sólo para satisfacer el deseo de otra persona en un sueño.
¿Qué quería decir? En fin, no importaba. Sólo era un sueño.
—Los otros tres debían de ser unos pusilánimes. Sin carácter. Y quizá tampoco te deseaban lo suficiente —dije —. Yo no voy a renunciar tan fácilmente, ¿sabes? Puede que para ti esto sea la realidad, pero para mí es sólo un sueño. ¡Así que me importa un rábano lo que pase! Y, además, tú me gustas. Me gustas un montón y te voy a hacer el amor. Si te niegas, no tendré más remedio que obligarte aquí y ahora.
—¿Qué? ¿Aquí, en la calle?
—Eso es. No me importa quién nos vea o dónde estemos. Voy a saltar sobre ti y voy a desgarrarte ese traje marrón oscuro tan elegante, y…, y entonces te voy a quitar el sostén, y…, y…
—Está bien, ¡no te excites tanto, que se te está cayendo la baba!
—¡Anda! —Me froté la boca rápidamente con el dorso de la mano—. Y después…, después te quitaré las bragas.
—Esto…, es que llevo medias.
—Bueno, pues te voy a bajar las bragas junto con las medias y luego voy a agarrarte, y lanzarte a la acera y violarte por la fuerza. Dices que eres virgen y eso me apena, pero, qué caramba, esto es un sueño, ¡qué más da! Voy a desvirgarte, y luego…
—Pero la policía podría vernos.
—No importa. Si vienen a detenerme, gritaré a viva voz y así me despertaré. Perdona… Esto es real para ti, ¿no? Tu ropa estará hecha polvo y tú estarás en pelota picada. No podrás volver a casa en ese estado. ¿Qué harás entonces?
—No lo sé. ¿Qué opinas?
—¿Por qué no vamos a un hotel? En realidad, no quiero violarte aquí. Y si viene la policía lo estropearía todo.
Ella vaciló un instante, observándome de reojo.
—Está bien —contestó con cierto tono de rechazo—. Iré contigo. Después de todo, parece que sólo existo dentro de tu sueño. Por lo tanto, no te puedo ignorar, ¿verdad?
De modo que salimos a una calle lateral y fuimos de un lado a otro en busca de un hotel discreto. Pero no encontramos ninguno.
—¿Dónde estarán?
Estaba empezando a mosquearme. Si no lo hacíamos rápido, me podría despertar.
—Podríamos encontrar uno si nos alejamos del centro en dirección a Yarnatc —dijo ella—. Hay un hotel justo al lado de mi universidad.
Subimos por una colina y por fin encontramos uno. Entramos y nos quedamos esperando ante el mostrador de la recepción hasta que salió una mujer calva de mediana edad.
—Lo siento, estamos completos —dijo—. Pero si quieren esperar cinco o diez minutos, seguro que quedará libre alguna habitación.
Yo no podía arriesgarme a caminar por ahí buscando otro hotel, así que los dos nos fuimos a la salita de espera que había junto a la recepción. Estábamos solos.
—¿Estás casado? —me preguntó ella.
—Sí.
—¿De verdad? ¿Y qué está haciendo tu mujer ahora?
—Durmiente junto a mí en nuestra habitación.
—¿Quieres decir que estás teniendo un sueño así mientras tu mujer duerme |unto a ti? Pero ¿qué clase de mando eres tú?
—¿Y cómo sé yo lo que está soñando ella?
Mientras decía esto, otra pareja entró en el hotel. Podía oír cómo la recepcionista repetía las mismas palabras.
—Lo siento, estamos completos. Pero si quieren esperar cinco o diez minutos, seguro que quedará libre alguna habitación.
Cuando la pareja entró en la sala de espera, yo solté un grito. Al verme, se quedaron de piedra. La mujer era mi esposa, y su compañero era nuestro vecino, el señor Miyarnoto.
—¡Vaya, vaya! —dijo Miyamoto obsequiosamente.
Se sentaron en el banco que teníamos enfrente. El gordinflón de Miyamoto miró hacia el suelo con pudor.
—Vaya, te lo estás pasando bien, ¿eh? —dijo mi esposa con sarcasmo.
—¡Sí, tú también! —respondí yo. Le iba a preguntar cuánto tiempo había estado viéndose con Miyamoto, pero sólo era un sueño. No tendría sentido preguntar nada.
—Es guapa —dijo mi esposa indicando con la barbilla a mi pareja.
—¿Es ésta su mujer? —dijo la chica precipitadamente—. Encantada de conocerla. Yo me llamo…
—No seas tonta. No tienes por qué decir nada —y la tiré hacia atrás agarrándola de la falda.
Entró la recepcionista.
—Ahora tenemos una libre —anunció—. Por aquí, por favor.
—En fin, con permiso —les dije a Miyamoto y a mi esposa mientras nos levantábamos para irnos.
La recepcionista nos llevó hasta nuestra habitación. En cuanto nos dejó solos, yo salté sobre la chica gritando:
—¡Vamos allá!
—¡No! —gritó ella. Me rehuyó y se quedó en una esquina de la cama—. Pronto volverá la señora con el té.
—¡Vaya, parece que estás muy puesta en estas cosas!
Se sonrojó.
—De todos modos, no puedo esperar más. ¡Que entre, si quiere!
La chica volvió a esquivarme.
Mientras seguíamos con nuestro jugueteo amoroso, entró la recepcionista con el té.
—El agua del baño ya debe de estar caliente, así que no lo duden. Buenas noches —dijo, y salió de la habitación.
—Me gustaría darme un baño —dijo la chica.
—Pero no puedo esperar tanto —me quejé yo—. ¿No lo puedes hacer después?
—¡Por supuesto que no! Estoy sudando de tanto caminar. Y tú también deberías bañarte después de mí. Mira la cara que tienes. Estás todo sudado.
—¡No, no puedo esperar más! —dije arremetiendo contra ella.
Se metió en el baño y cerró la puerta con pestillo.
—¡Está bien, en ese caso entraré contigo! —dije en voz alta golpeando la puerta.
—¡No! —gritó—. Me da mucha vergüenza.
No había nada que hacer. Así que me quité la ropa y me senté en el borde de la cama, desnudo, esperando que reapareciera la chica. Mi nerviosismo iba en aumento. Este sueño era terriblemente parecido a la realidad. Incluso llegué a pensar que podía ser la realidad. Así que, como prueba, me clavé una uña en la mejilla derecha. Si era un sueño, no me dolería.
Pero el caso es que me dolió.
Me dolió tanto que me desperté. En el sueño me había clavado la uña en la mejilla con todas mis fuerzas.
—¡¡MIERDA!!
Mi esposa seguía durmiendo tranquila y contenta a mi lado. En un ataque de ira, di un salto y le di en el brazo.
—¡Ay, ay! Pero ¿qué haces? —Se levantó sobresaltada—. ¡Justo cuando estaba llegando a lo mejor!
—¡Aja! ¿Te crees que voy a dejar que seas tú sola la que te lo pases bien? ¡Voy a volver a dormirme y a pasármelo en grande!
—¿Crees que tú eres el único? ¡Pues mira lo que hago!
Nos dimos la espalda bufando de indignación y nos concentramos en volver a conciliar el sueño. Afortunadamente, muy pronto me quedé roque y empecé a soñar: estaba durmiendo en la cama de nuestra casa.
«¡Qué bien! ¡Un sueño!»
Retiré las sábanas. Mi esposa estaba durmiendo desnuda.
«¡Estupendo! ¡Volvamos al hotel!»
Revolví la cama buscando la ropa. Pero no veía por ningún lado mi camisa ni mis pantalones. Por supuesto, no estaban. Me los había dejado en el hotel.
Rápidamente busqué otros pantalones, pero tenía tanta prisa que no podía entretenerme en buscarlos. ¡Al fin y al cabo no era más que un sueño!
«¡Está bien! ¡Me iré así!»
Salí pitando de casa, desnudo y descalzo.
Corrí a lo largo de la calle oscura, yendo a parar a la calle principal. Como antes, había tanta claridad que parecía de día. Estaba llena de gente. Los transeúntes abrían los ojos sorprendidos al verme correr por la calle como Dios me trajo al mundo. Algunas mujeres se pusieron a gritar.
—¡Eh, usted, deténgase!
Cerca del cruce, un policía empezó a perseguirme.
—¡Detengan a ese hombre! ¡Se ha vuelto loco!
Siempre hay alguien que se entromete en nuestros asuntos, hasta en los sueños. Un transeúnte estiró la pierna y me puso la zancadilla, y no pude evitar darme de bruces contra la acera. El policía me cogió por la espalda mientras yo me resistía con todas mis fuerzas.
—¡Éste es mi sueño! —grité—. ¡Venga, hombre, esfúmate!
El policía intentaba desesperadamente ponerme las esposas.
—¡Ha perdido el juicio! ¡Ayúdenme a agarrarlo! — gritó a los curiosos que estaban presenciando la escena.
Cuatro o cinco hombres dieron un paso al frente e intentaron retenerme. Me dieron dos o tres puñetazos fuertes, pero apenas sentí nada. Al fin y al cabo, no era más que un sueño. Aun así, no podía perder más tiempo entreteniéndome con esas zarandajas. Si no me largaba pronto, la chica podría cansarse de esperar e irse del hotel. Así que, a regañadientes, decidí despertarme de nuevo. Aunque los policías y los espectadores me estaban agarrando, grité con todas mis fuerzas.
Ese ruido me despertó.
—Pero ¿qué pasa ahora? ¿Por qué estás gritando? ¡Me has vuelto a despertar! Y justo cuando estaba en lo mejor.
Mi esposa, que se había despertado por el ruido de mi voz, se puso hecha una furia.
—¿Te crees que eres la única que quiere tener un buen sueño? —dije yo. Me levanté, cogí una camisa y unos pantalones nuevos del armario, los dejé junto a la cama y me volví a meter en ella.
—Esta vez va a ir en serio. ¡Ya lo verás!
—Bien, no vas a ser el único.
Una vez más, nos dimos la espalda indignados y nos concentramos en volver a conciliar el sueño. Enseguida me quedé dormido, y otra vez empecé a soñar.
«¡Qué bien! ¡Otro sueño!»
Me levanté de inmediato y, deprisa y corriendo, me puse la camisa y los pantalones que había dejado al lado de la cama. Me había olvidado las sandalias en el hotel, así que me calcé unos zapatos sin calcetines. Luego salí pitando de casa. Si esta vez no lograba hacerlo con esa chica tan hermosa, sería el fin del mundo. Me puse a correr por la calle principal con el pelo todo alborotado. Tropecé con algunos transeúntes, pero esta vez Intenté seguir corriendo sin que nadie me desafiase. Cogí la oscura calle empinada que daba al hotel. Subí la cuesta jadeando, con todo el cuerpo empapado en sudor. Por fin vi la señal violeta del neón del hotel. Me temblaban las rodillas.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? —dijo la chica cuando entré en el cuarto. Vestida con un albornoz, estaba bebiéndose una botella de cerveza que había cogido de la nevera. Parecía estar harta.
—Siento haberte hecho esperar. Venga, pues. ¡Acostémonos ya!
Al ir a abrazarla, volvió la cara con disgusto.
—¡Nada de eso! ¡Estás sudando a mares! ¡Lávate primero!
Tenía razón. Me desnudé y fui al cuarto de baño. Cuando salí, ella estaba bebiéndose la segunda botella de cerveza. De repente, recordé que no tenía nada de dinero. Ni para pagar la habitación del hotel ni para la cerveza.
Y qué pasa, pensé. Cuando llegue el momento de pagar la factura, pegaré un grito y ya está. Luego me despertaré y me iré sin pagar. Por supuesto, la chica se quedará allí. La policía se la llevará acusándola de no pagar las consumiciones y el alojamiento. Eso será lamentable, pero no hay otro remedio. Si se lo decía, volvería a rechazarme. De todos modos, seguro que tendría algo de dinero, aunque fuera estudiante.
El alcohol le había dado a sus mejillas un brillo rosáceo y los ojos se le empezaban a enturbiar. El escote de la bata lo tenía abierto y estaba a punto de exponer sus blancos y abultados senos.
—Venga, acostémonos. ¡Je, je, je, je, je, je, je, je!
Levanté a la chica, la dejé en la cama y allí la desnudé.
Su cuerpo parecía demasiado real para tratarse de un sueño. Pero si las cosas son así de realistas, yo también debería beberme una cerveza, pensé. En aquel momento estaba sediento y de verdad necesitaba tomar algo. Sin embargo, temí que no me supiera bien, ya que no era más que un sueño. Así que decidí no tomármela. En cualquier caso, no podía salir de la cama para tomarme una cerveza cuando estaba en plena faena. Empecé a concentrarme en la acción.
Entonces sonó el timbre.
El ruido me despertó.
Estaba en la cama, sobre mi esposa, haciendo el amor con ella.
—¿Qué? ¿Tú? —me quejé—. Eres la última persona con la que quería hacer esto.
Mi esposa se había despertado al mismo tiempo.
—¡Lo mismo digo! —respondió con un inmenso disgusto.
El timbre volvió a sonar. Ya era por la mañana. La luz del sol entraba a través de un resquicio de las cortinas, iluminando el árbol Dabadaba en la cabecera de nuestro lecho. Yo soy autónomo, así que no tengo necesidad de levantarme temprano.
—¿Quién puede ser a estas horas de la mañana?
—Ve y averígualo —dijo mi esposa.
—¡Ve tú!
—No llevo nada encima.
—¡Ni yo!
—Pero tú te puedes vestir más rápido.
Me levanté, me puse la camisa y los pantalones y fui a abrir la puerta.
Y allí, en el porche, se encontraba nuestro vecino, el señor Miyamoto.
—¡Señor Miyamoto…! —le iba a comentar nuestro encuentro en el hotel, pero frené a tiempo. Al fin y al cabo, no era más que un sueño—, ¿Qué desea? ¡A estas horas de la mañana!
—Sí, siento molestarlo tan temprano. La cuestión es que tengo un árbol Dabadaba —me dijo—. Es un tipo de bonsái y si se pone en el dormitorio por la noche…
—Sí, sí, sí —le interrumpí—. Ya lo sé, yo también tengo uno.
—Entonces ya sabe a lo que me refiero. Ya sabe lo que suele suceder: en este mismo momento estoy en medio de un sueño. El hecho de que esté aquí hablando con usted es parte de mí sueño. Verá, desde hace algún tiempo su esposa me gusta, ¿sabe? Y siempre he querido, bueno, poseerla, si tenía ocasión. El caso es que gracias a mí árbol Dabadaba, ahora puedo cumplir mi deseo, aunque sólo sea un sueño. Y por eso he venido. Así que, sin más preámbulos, ¿se encuentra su esposa en casa?
—De hecho, todavía está en la cama.
—¡Mejor que mejor! —dijo, intentando entrar.
Le franqueé el paso con total incredulidad.
—Pero ¡espere un minuto! Puede que esto sea un sueño para usted, pero para mí es la realidad. ¡No voy a permitir que irrumpa en casa y ensucie el honor de mi esposa sólo para cumplir su sueño!
—Pero es que yo, de veras, ¡quiero hacerle el amor! O, si no, ¿qué sentido tiene un sueño erótico?
Mientras estábamos allí discutiendo, entró corriendo la esposa del señor Miyamoto.
—¡Oh, cielos! Siento mucho el comportamiento egoísta de mi marido. Ya te dije que no debías ir, ¿o no? ¡Mira los problemas que le estás causando a nuestro vecino, el señor Sasaki!
—¡Ya sé! —dijo Miyamoto—. En ese caso, usted puede hacer el amor con mi esposa. Eso sería lo
justo, ¿no le parece?
—¡Oh! —dijo su mujer con la voz entrecortada. La cara se le puso roja. Me miró con ojos muy vivos y empezó a mover el cuerpo de manera insinuante.
—Estoy segura de que el señor Sasaki no se interesaría por una mujer como yo.
Yo no podía estar de acuerdo así como así y le eché un vistazo. Era una mujer delgada y bien parecida, con la cara ovalada y los ojos grandes. Sí, ahora que la miraba con aquella luz., en verdad era bastante atractiva. Tenía un nudo en la garganta.
—No, no, en absoluto —respondí yo, por fin—. Más bien al contrario. Es decir, si a usted no le importa…
Se agitó inquieta.
—Bueno, yo nunca soñé que esto pudiera suceder. Quiero decir, a mí no me importa en absoluto, si a usted tampoco…
— ¿De verdad? Pues, en…, en…, en ese caso…, uf… —me volví hacia Miyamoto para cerciorarme de si le parecía bien. Pero ya se había metido en la habitación—. Muy bien, perfecto, pues vayamos…, uf…
—Bueno, sí, pues vamos, ¿le parece? ¡Ja, ja! ¡Quién lo hubiera dicho! ¡Jo, jo, jo, jo!
La señora Miyamoto se empezó a quitar el vestido de rayas azules y blancas, dejando a la vista el sostén y las bragas de color azul marino.
Yo me quité la camisa y los pantalones, le puse el brazo alrededor de los hombros y la llevé a la habitación. Todo el cuerpo le temblaba de excitación. Su marido y mi esposa ya estaban enrollados en la cama matrimonial.
—Perdonad, pero ¿nos podríais hacer un hueco?
—¡Sí, cómo no!
Miyamoto se movió hasta el borde de la cama mientras seguía haciéndole el amor a mi esposa. Yo me dejé caer pesadamente en el otro lado con la señora Miyamoto. Nos abrazamos y empezamos a hacerlo.
Las dos mujeres comenzaron a jadear y resoplar, estimulada cada una de ellas por la otra. Volvió a sonar el timbre.
—Esta vez vas tú —le dije a mi mujer.
—¡No! —respondió ella mientras jadeaba moviendo la cabeza con fuerza—. ¡Ve tú, por favor!
A regañadientes me levante desligándome del fuerte abrazo de la señora Miyamoto. Me puse la camisa y los pantalones y me dirigí a la puerta. En el porche se encontraba la vendedora de Cosméticos Lola, una mujer de una belleza incomparable. Yo siempre la había deseado en secreto.
—Perdone… ¿Está su esposa en casa? —preguntó.
—¡Ah, es usted! Je, je, je, je, je, je —asentí con parsimonia. Me lamí los labios y miré de arriba abajo su cuerpo voluptuoso, envuelto en un traje de un blanco inmaculado.
—Sí, por supuesto que está en casa. Pero ¡pase, por favor!
Me echó una mirada dudosa y se quedó en la entrada manteniendo la distancia en todo momento antes de cerrar la puerta.
—Por cierto, ¿ha oído hablar del árbol Dabadaba? —le pregunté sin dejar de mirar su cuerpo con lascivia.
—Pues no, ¿de qué se trata?
En verdad parecía no conocerlo. Me di cuenta de que tardaría bastante en explicárselo y me lo pensé mucho antes de contarle toda la historia.
—En pocas palabras, todo esto forma parte de un sueño erótico del señor Miyamoto —añadí para concluir—. Nosotros somos meros personajes de su sueño. Así que ¿qué le parece? Si no somos más que personajes del sueño erótico de otra persona, también podríamos hacer algo erótico. ¡Lo mínimo que podíamos hacer es montárnoslo y disfrutar!
Me miró como si estuviera loco.
—Nunca había oído nada tan ridículo en mi vida. ¡Que éste es el sueño erótico de otra persona! Usted debe de haber perdido el juicio.
—No, no me entiende —dije con un suspiro—. Estoy totalmente cuerdo, pero es que estamos en el sueño de otro. Y ahora, ¿se podría quitar la ropa cuanto antes?
Puso los ojos como platos.
—¡Qué depravación más increíble! Usted, aparentemente un respetable cabeza de familia, un, un, un respetable miembro de la sociedad…
Ya me había cansado. Me abalancé sobre ella.
—¡Si no nos damos prisa, Miyamoto se despertará! —Esta vendedora era más joven y bella que la señora Miyamoto. Sería una pareja mucho mejor para el sexo.
Mientras le quitaba el vestido, ella se resistía con todas sus fuerzas.
—Pero ¡para nosotros es la realidad! —gritaba ella, intentando resistirse—. Nuestras vidas seguirán después de que se despierte ese señor Miyamoto. ¿Y qué hará con estas marcas que tengo en el cuerpo?
—Sí, en parte tiene razón. Pero hay otra forma de verlo. Tan pronto como se despierte Miyamoto, es posible que nosotros dejemos de existir.
Ella llevaba un sostén marrón oscuro a juego con las bragas. Sus intentos por resistirse le habían hecho sudar copiosamente, pero cuando le quité las bragas, de repente pareció haberse quedado sin fuerzas. Se me tiró encima con un gemido.
—Eres malo, eres muy malo —dijo, y empezó a sollozar.
La rodeé con mis brazos y la llevé hasta el dormitorio.
—Con permiso, ¿podríais echaros un poco para allá? —les dije a los otros tres que estaban en la cama.
La señora Miyamoto permanecía echada con la mirada perdida, tal como la había dejado. Cuando vio a la vendedora, a la que yo estaba abrazando, gritó desesperada.
—¡No, no me puedes dejar así! ¡Primero me dejas satisfecha!
Miyamoto se había medio cepillado a mi esposa y se me quedó mirando.
—Está bien. ¡Sea esto un sueño o no, no permitiré que insulte a mi mujer!
En ese momento, volvió a sonar el timbre.
—Perdón, me tendrá que disculpar un momento.
Dejé a la vendedora durmiendo en un lado de la cama, volví al vestíbulo y abrí la puerta. En el porche había un hombre andrajoso de mediana edad con algo que se parecía a un contador Geiger colgándole de una mano.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy del Departamento de Higiene Municipal. ¿No tendrá usted por casualidad un bonsái Dabadaba?
—Pues sí, así es. ¿Cómo lo sabe?
—Me lo imaginaba —respondió el oficial de higiene—. Esto es un sensor de sueños eróticos. Nunca falla. Y ahora, si me permite examinar el árbol, por favor.
Entró como Pedro por su casa.
—¡Espere un momento! —le grité. Pero el oficial de higiene se fue derechito a nuestro dormitorio y sujetó el árbol Dabadaba que había en la cabecera de la cama—¿Por qué se lo quiere llevar? —le pregunté.
—¿Es que no ha leído el periódico esta mañana? Está bien, se lo contaré. Últimamente, estos árboles Dabadaba han estado provocando un gran malestar social. Por culpa de ellos, las personas ya no pueden distinguir entre los sueños y la realidad. Han estado haciendo el amor en las calles, violando conductores de autobús ante los pasajeros. Algunos hombres han abordado a las dependientas de los grandes almacenes. Algunas mujeres han retozado en plena calle totalmente desnudas, provocando a jóvenes a plena luz del día. Otras chicas han invitado a completos desconocidos a que se acostasen con ellas. Es un mundo de violencia sexual y de depravación desenfrenada. Por eso, el Gobierno ha empezado a confiscar los árboles Dabadaba.
—¡Cielos! No me imaginaba que hubiera tantos —dije con un suspiro—. Pero si es eso lo que dice el Gobierno, supongo que no tenemos otra opción, ¿no?
—¡No es justo! —gimió mi esposa, que estaba sentada en la cama escuchándonos—. ¡Si sólo lo hemos utilizado una noche!
—No se preocupe —Miyamoto levantó la cabeza de entre la ropa de la cama y le contestó al oficial de higiene, frunciendo el entrecejo—: Y es que, ¿sabe usted?, todo esto está sucediendo en mi sueño. Si así lo decido, este hombre dejará de existir. Desaparecerá sin más.
El oficial de higiene torció el gesto.
—Así que aquí hay otro loco, ¿eh?
—¿No me cree? —dijo Miyamoto, incorporándose en la cama—. Muy bien, se lo demostraré. Le demostraré que éste es mi sueño.
Y acto seguido se puso a chillar como un poseso.
Miyamoto se despertó por el ruido de su propia voz. En ese instante, todos nosotros simplemente dejamos de existir.
Yasutaka Tsutsui
El Bonsái Dabadaba (en Hombres salmonela en el planeta porno. Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo. Atalanta)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:12  | Libros...
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Lunes, 08 de abril de 2013

Las gotas de lluvia difuminan su imagen tras el cristal. Levanta la mano derecha, me saluda y sonríe. Intento hacer algún gesto gracioso. Cada poco tiempo nos despedimos en una parada de autobús, nos damos un abrazo y las gracias por estar. En el asiento vacío, un libro y una poecamiseta.
Se disculpó por la tardanza en darme mis regalos de cumpleaños. Fumaba junto a la ventana, su silueta en penumbra, el humo del cigarrillo en una pequeña columna, las nubes blancas detrás de ella. El primer regalo, Cuentos breves para leer en el bus. Me dijo, lee un cuento por cada viaje en autobús.
Dejo el libro en el asiento y miro la poecamiseta. El segundo regalo, una camiseta negra con letras blancas. Leí: No diré quién / pero alguien olvidó / apagar la luz / de este silencio. La miré sorprendido. Hace tiempo hablamos de hacernos unas camisetas con los versos de Anay. Estábamos en nuestra librería, ella buscaba cuadernos y bolígrafos, yo poemarios y novelas de Philip K. Dick. A veces abríamos un libro por la página noventa y nueve, leíamos un párrafo y asentíamos o negábamos con la cabeza. En esa poecamiseta, un cruce de caminos.


(coda)
Me dice que le gusta pasear bajo la lluvia. Observa los murales en el techo de los soportales, sonríe y me cuenta que los descubrió hace poco, que esta ciudad aún le sorprende.


Los lunes de Anay. Percepciones...

"siento a todo mi cuerpo acostado en la realidad,
sé de verdad y soy feliz"
                                    FERNANDO PESSOA



JUEGO DE PIERNAS

Entre un paso que das
y el siguiente, se embosca
el paso que no has dado.

Si hoy te marchases, bueno,
sé que hay noches de alianza
como un nudo de piernas
y días de renuncia
como un niño que tira
sus objetos queridos.
Bueno, hay tiempos, hay lugares.

Mientras tanto, pequeña
grandeza que me ocurre
últimamente, amor
real por fin, modesto,
soplaré la ceniza
que has dejado caer
sobre tus medias cálidas.

                                       ANDRÉS NEUMAN



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:31  | Los lunes de Anay
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Viernes, 05 de abril de 2013

Me dice que le gusta el Murakami surrealista, el que habla de mundos y personajes extraños, la oscuridad de un pozo, hombres desollados, mujeres que desaparecen en otras dimensiones, haces de luz en medio de un bosque, seres que comen espaguetis durante un año de su vida. Le respondo que ése es el Murakami que me atrae, el que consigue mezclar la irrealidad de los sueños con los gestos cotidianos sin que parezca artificial, el que habla de una muralla que rodea el fin del mundo, un hotel en el que hay diferentes niveles de realidad, un pájaro que da cuerda al mundo, unos personajes que deciden bailar a pesar de no saber dónde se encuentran ni qué ocurre a su alrededor.

En los seis cuentos de Después del terremoto se cruzan hombres abandonados por sus mujeres, viajes y habitaciones de hotel que ayudan a tomar distancia con nuestra vida, adolescentes que bailan en un campo de béisbol, ranas gigantes que intentan salvar Tokio de un nuevo terremoto, escritores que cada noche inventan una historia a una niña y se pregunta qué camino seguir, viejas ancianas que ven piedras en el corazón, personajes que esperan la llegada de maderos a la costa para hacer una hoguera con ellos, mirar fijamente la forma de las llamas y sentir que algo se esconde en el crepitar del fuego. Y, de fondo, el terremoto que asoló Kobe en 1995.

Los cuentos de Después del terremoto no hablan directamente del terremoto de Kobe, los personajes viven el temblor en la distancia (como un efecto dominó ), se sientan delante de las noticias y algo les sacude, la idea de firmeza, las grietas que acaban por romper algo que parecía sólido, una nueva percepción de la realidad. Una mujer ve las noticias y siente que debe abandonar a su marido y volver a su tierra, un hombre frente a una hoguera olvida su pasado en Kobe, una mujer que se siente vacía y se pregunta cómo morirá, un joven que busca alguna pista de su padre siente lo que esconde la tierra bajo sus pies, una mujer que viaja a Tailandia y desea que el terremoto haya caído sobre un hombre de su pasado, un comercial que recibe la visita de una rana de dos metros que le pide ayuda para luchar con un gusano gigante bajo el suelo, un escritor que vive el terremoto de Kobe en Barcelona y siente que no está ligado a nada, que no tiene raíces. 

Los personajes de Murakami hablan y actúan de manera pausada y triste, se dejan llevar en silencio, les gusta observar el fuego de una hoguera, la luz en una habitación de hotel, la tierra de una base de béisbol, afrontan la pérdida con la serenidad con la que los personajes de Jack London encaran la muerte, sienten el terremoto como algo que se vislumbra por el rabillo del ojo y que acaba penetrando en la vida de los personajes para cambiarla, que “vivir y saber morir, en cierto sentido, tienen un valor equivalente”. 



En aquel instante, observando las llamas, Junko sintió de pronto que allí había algo. Algo profundo. Quizá pudiera llamársele una emoción en estado puro, aunque el tacto de aquello fuera demasiado vivo y poseyera un peso demasiado real para ser reducido a un concepto. Tras recoger su cuerpo despacio, ese algo se perdió en algún lugar y le dejó a Junko una extraña sensación de nostalgia y un nudo en la garganta. Por unos instantes se le puso la carne de gallina.

( … )

¿Cuánto tiempo continuó bailando? Yoshiya no lo sabía. Pero fue un rato largo. Bailó hasta que el sudor manó de sus axilas. Luego, de pronto, pensó en lo que existía bajo aquel suelo que él pisaba con fuerza. Allí moraba el rugido funesto de las tinieblas profundas, moraba el negro flujo secreto que transportaba los deseos, moraba el viscoso rebullir de gusanos, moraba el cubil del terremoto que transforma ciudades en montañas de escombros. También ellos eran elementos que creaban el ritmo de la Tierra. Yoshiya dejó de bailar y, mientras acompasaba su respiración, dirigió la vista hacia el suelo, a sus pies, como si atisbara por un agujero sin fondo.

( … )

- Es algo muy extraño. Me refiero a los terremotos. Nosotros estamos firmemente convencidos de que, bajo nuestros pies, la tierra es algo consistente, sólido, inamovible. Existe incluso la expresión: «Tocar de pies en el suelo». Sin embargo, un día, de repente nos damos cuenta de que no es así. La tierra y las rocas, que se suponían sólidas, se reblandecen. Eso es lo que he oído en las noticias de la televisión. Creo que han hablado de «licuación».

( … )

-Una vez me contó una historia sobre los oso polares. Sobre los solitarios que llegan a ser. Sólo se aparean una vez al año. Una sola vez. En su mundo no existe nada parecido a una relación de pareja. En una tierra helada, un oso polar macho y un oso polar hembra copulan. No es una cópula muy larga. Al acabar el acto, el macho se retira un salto de encima de la hembra, veloz como si temiera algo, y huye corriendo del lugar del apareamiento. Huye a todo correr, literalmente hablando, sin volver la vista atrás. Y vive el año siguiente inmerso en la soledad más absoluta. No hay menor comunicación entre uno y otro. El menor contacto. Ésta es la historia de los osos polares. En todo caso, al menos, eso es lo que él me contó.
-¡Qué historia más extraña! -dijo Satsuki.
-Pues sí. Es una historia extraña -admitió Nimit con rostro grave-. En aquel instante, yo le hice una pregunta a mi señor: «Entonces, ¿para qué viven los osos polares?». Y él, con una sonrisa satisfecha, como si hubiera adivinado sus pensamientos, me hizo, a su vez, otra pregunta: «Y entonces, Nimit, ¿para qué vivimos nosotros?».
Haruki Murakami
Después del terremoto (traducción de Lourdes Porta. Tusquets)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:48  | Libros...
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Jueves, 04 de abril de 2013

No huyo de lo que soy 
ni siquiera 
persigo lo que soy. 
Miento, vacío copas, 
cuento lo que vine a contar 
rozo tu nombre 
con mi mano cansada y 
viajo sólo por carreteras bien conocidas 

pero sé 
que regreso siempre 
a la mitad de ti 
a un territorio que fue mío 
a tu cuerpo fingido en esta cama. 
Antonio Muñoz Quintana 
No huyo de lo que soy (en Miedo a los perros. PUZ)


Información sobre Antonio Muñoz Quinta en aforolibre


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Mi?rcoles, 03 de abril de 2013

Tú, mío es un juego de espejos, es un adolescente que imita, sin saberlo, los gestos y las palabras de un muerto y encuentra en una isla una libertad diferente a la de la ciudad, es un verano donde confluyen los días de pesca, las historias de la guerra y la supervivencia de la posguerra, la memoria, el olvido y un primer amor, es aprender a vivir en el tiempo que nos corresponde y que nada que hagamos en el presente podrá corregir el pasado, es la mirada agrandada de un pescador que vive del mar, en el mar, y no lo entiende, no consigue descifrar sus códigos, es un grupo de jóvenes que se enamoran por una noche y que, como el marinero con el mar, no entienden el amor, es gobernar una barca y encontrar el equilibrio sobre las olas, es un fuego inútil que no purifica ni borra huellas.

Erri De Luca escribe una historia iniciática, un muchacho que vive un primer amor desvirtuado por los gestos del pasado, que aprende a guardar el equilibrio en una barca y busca corregir el pasado sin saber lo inútil de su gesto. El adolescente protagonista habla con voz pausada de su verano en una isla de la costa napolitana, de sus jornadas de pesca y su piel cubierta de sal y tierra, de sus pies descalzos, de cómo sus gestos y su voz se convierten en el reflejo del padre muerto de una extraña muchacha. A lo largo de un verano, el muchacho descubrirá el amor, la pesca, los ecos de la última guerra y las decisiones tomadas que no se pueden cambiar y con las que hay que convivir.

De Tú, mío, me quedo con los momentos donde parece que no pasa nada, un muchacho en una barca que aprende a pescar y a saber manejarse en el mar, los pies descalzos, la piel morena por el sol y salada por el mar, las noches de ferias y cine al aire libre, los movimientos de los pescadores, las tormentas de verano y el siroco que todo lo enloquece. También con esa toma de conciencia de un muchacho por la guerra reciente y dar una respuesta aunque se sepa a destiempo. Imagino esas escenas en blanco y negro. Cuando De Luca se centra en la relación entre los dos adolescentes la historia se desequilibra, se pierde el tono del resto del relato: el muchacho que conoce a una chica rumana, que imagina un secreto en sus gestos, que la mira en la distancia y aprende a pronunciar su nombre, la chica que descubre en el muchacho su pasado, las conversaciones que empiezan inocentes y acaban con una trascendencia extraña.




El pescado es pescado cuando está en la barca. Es un error gritar que lo has cogido cuando sólo ha picado y sientes que su peso baila en la mano que sostiene el sedal. El pescado sólo es pescado cuando está a bordo. Debes sacarlo del fondo agarrándolo de forma suave y regular, rápido y sin tirones. De otro modo lo pierdes. No te inquietes cuando lo sientas debatirse allá abajo y te parezca tan grande por la fuerza con que intenta arrancar el anzuelo y el cebo de su cuerpo.

( … )

Desde hace un año sólo veo errores, me entero de las deudas contraídas. El año pasado mamá y tú habéis debido formar un acta de renuncia a la herencia del abuelo a causa de las deudas. Este año he descubierto que no puedo hacer como vosotros. Veo nuestra ciudad en manos de gentes que la han vendido al ejército americano. Veo a los soldados extranjeros que hacen pis por las calles, borrachos, veo a las mujeres ceñidas en sus pantalones. Estas cosas ya existían, pero yo lo estoy descubriendo ahora. Veo que a nadie le importan, nadie se siente afectado ni se avergüenza de ello. Veo que la guerra nos ha anestesiado. En otros sitios ha acabado hace mucho, entre nosotros continúa. No sé responder a tu pregunta, no sé responder a nada, pero en el cuerpo se me va imponiendo una necesidad de responder.
Erri De Luca
Tú, mío (traducción de Juan Carlos Gentile Vitale. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Libros...
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Martes, 02 de abril de 2013

La mirada recorre un mapa.

Ojo viajero
de ciudad en ciudad, de puerto en puerto
a través del azul, verde, amarillo
de países distantes.

Y más lejos, más lejos.

Y busca nombres raros en Islandia
en Australia, en islitas de Oceanía...

Pero no son lugares los que quiere
la mirada viajera:
son signos de lo lejos.

Un guiño fantasmal llama y espera
y da un salto hacia atrás si te aproximas.
La mano que llamaba retrocede.

¿Llamaría?
¿Esperaba?
No se sabe. Está lejos.
Circe Maia
El llamado


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:15  | Poes?a
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Lunes, 01 de abril de 2013

Jugamos en el parque. Lleva una camiseta del Athletic, guantes de portero, dice que es Casillas, Iribar o Iraizoz, se mueve nervioso bajo la portería, aplaude cuando desvía un balón alto o se queda tumbado en el suelo después de encajar un gol.
Una niña patina alrededor del parque, la coleta rubia bajo un casco rojo, los brazos que se mueven para tomar impulso, la sonrisa al salir de una curva.
A veces hace una buena parada, se queda quieto con el balón en las manos, busca a la niña patinadora y sonríe, tímido.


Los lunes de Anay. Superávit...

A la memoria del Dr. Ignacio Latorre.

"Eso que no comprendes es tu historia."
                                                           FRANCISCA AGUIRRE


CÍRCULOS

Otro círculo
amor
que hemos cumplido.
¿Será este el último
en cerrarse?

                        CLARIBEL ALEGRÍA




...Feliz lunes.

Un beso

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Francisca Aguirre, Claribel Alegría, Lluis Llach

Publicado por elchicoanalogo @ 18:37  | Los lunes de Anay
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