S?bado, 11 de mayo de 2013

Yo no creo en dioses, pero creo en los santos. Kurt Vonnegut, por ejemplo, es un santo. Bram van Velde es un santo. Antes que nada me he ido al María Moliner. Santo: “De Dios o de la religión”. Pues no. “Se aplica a las personas a quien la iglesia les ha concedido ese título, considerándolas como mediadoras entre los hombres y Dios”. Pues tampoco. “Se aplica al ladrillo que resulta parcialmente vitrificado al cocerlo”. Mira, ya he aprendido algo hoy. “Se aplica a algo que produce un efecto muy bueno o maravilloso”. Ésta va a ser.
Hablemos del viejo Kurt. Su libro Madre noche cayó en mis manos dos veces. Cuando digo caer, digo precipitarse hacia. Estaba en una balda de la “Julian’s Librería” y, al sacar otro libro, resbaló a mis manos. Dos veces, dos días distintos. Alguien lo llamaría milagro o, al menos, señal divina. Detesto los libros de tapas duras, esto tengo que decirlo, por eso volvió a su balda antes de salir por la puerta y entrar en mi vida para cambiarla. Y es que no pude negarlo tres veces.
“Bienvenidos a Madre noche”, advierte en mayúsculas el prólogo y asegura que el autor volvió a nacer la noche del 13 de febrero de 1945 (fecha del absurdo bombardeo a Dresde), y entré. Al igual que hay ciudades que son estados de ánimo, hay libros que son países enteros. Madre noche fue encontrar mi país. Me enamoré perdidamente de Howard W. Campell Jr., el hombre quieto en mitad de la calle que espera la orden de seguir caminando, venga de quien venga.
Vonnegut cuenta en el prólogo de Pájaro de celda que una vez recibió la carta de un desconocido, donde le exponía que la única idea que subyacía en su obra era: “Puede fallar el amor, pero prevalecerá la cortesía”. Al viejo le pareció acertadísimo, y admite que no tenía que haberse molestado en escribir varios libros ya que habría bastado con un telegrama de ocho palabras.
Kurt Vonnegut me produjo un efecto tan bueno y maravilloso que vitrificó mi corazón de ladrillo para siempre.
Yo rezo al pie de la letra algunas máximas de sus personajes. Por ejemplo, esos versos de Blake que Eliot Rosewater tenía repartidos en los escalones de entrada a su despacho: “ama / sin / ayuda / de nada”. No creo que la vida merezca mejor resumen. Si esto no es un santo, que baje Dios y lo lea.
Isabel Bono
Santos que yo te pinte (en Manual de uso cultural, número cuatro)


Tags: Kurt Vonnegut, Isabel Bono

Publicado por elchicoanalogo @ 10:25  | Isabel Bono
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