Viernes, 10 de mayo de 2013

Me despierto y lo primero que siento no es la desorientación tras el sueño sino el aroma de una pequeña flor de papel. Luego, a oleadas, la penumbra de la habitación, los contornos indefinidos de los libros en las estanterías y la lluvia contra la ventana. Recuerdo su gesto al ponerme la flor perfumada en el ojal de mi chaqueta, la nota en el tallo que comparaba el amor con el agua, una humedad que nos marca para siempre. Callejeamos por el centro de la ciudad, rodeamos un templo egipcio, observamos nuestro reflejo en los escaparates de las pastelerías (nos creímos fantasmas) y nos sentamos a descansar bajo el árbol de una plaza. Repasé el camino hasta llegar a ese árbol, una línea que partía de mí y terminaba en el primer paso fuera de una estación de metro. Por momentos me reencontraba con mi pasado en la ciudad, estelas de otras miradas y silencios. En cada viaje amplío estas calles con nuevos recuerdos.
Subo la persiana y escucho el sonido de la lluvia, una mezcla de susurro y electricidad. En Galicia me dormía con el crepitar de los grillos y del río Eo. Eran noches sin farolas. Al otro lado de la ventana, un camino de tierra blanquecina, la luz de las luciérnagas, el bosque que acogía jabalíes, corzos, cabañas podridas o una pequeña fuente natural. El empuje de la penumbra y los sonidos de la noche. Me despertaba la primera luz de la mañana, descorría las cortinas, veía el polvo y la tierra en los cristales de la ventana y me creía un superhéroe. 
Me quedo en silencio, intento amplificar un eco.

 

 


Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | diapositivas
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