S?bado, 25 de mayo de 2013

Leo las primeras líneas de La tapia amarilla, la memoria, la muerte, hablar cuando ya nadie espera nada y todo ha desaparecido, y siento que estoy ante uno de esos libros que me dejará en silencio y desubicado, que me removerá por dentro y me mencionará.

Chivite me habla de la memoria y un mundo que desaparece, de abrir ventanas para que entren los símbolos y de gestos cotidianos que se desvanecen como las ondas en la superficie de un río, de la muerte y los objetos que dejamos atrás, de las vidas que se esconden tras las ventanas y los descampados alrededor de una nueva barriada, de incendios que son una huida y de estaciones de tren que alejan vidas y recuerdos, de renuncias y regresos, de la mirada del narrador que intenta volver a aquellos momentos cruciales donde todo cambia.

La tapia amarilla es repetición y tiempo desvanecido, pasamos una y otra vez por la muerte de la madre del narrador, los gestos cercanos de la abuela y las sentencias del abuelo, las miradas derrotadas y un incendio provocado, la mudanza a la ciudad y las vidas tras una ventana. Chivite no escribe una historia de estructura clásica sino fragmentos de una mirada, la forma de las ollas y los pequeños gestos que nos definen, las habitaciones en penumbra y un vestido amarillo, los caminos de tierra y la pérdida dentro de nosotros, ventanas que se iluminan y los ruidos antes del amanecer.

En La tapia amarilla está la tristeza por un mundo que olvidamos y el intento último de atrapar la estela que ha dejado tras de sí, está mirar alrededor para ubicarse y llenarse de otros gestos, está la convivencia con la muerte y buscar una seguridad que nos agrisa, están las señales que nos rodean y que al principio desconocemos y el fuego como una manera de escapar del la carga que soportamos.

Hay momentos inolvidables, la imagen de una planchadora tras la ventana, una cocina en penumbra y los pequeños ruidos al amanecer, un vestido floreado para una mujer muerta, el primer acercamiento al cuerpo femenino, las baldosas heladas y los fogones en invierno, la luz del sol sobre la tapia amarilla, todo contando con la voz del narrador, queda, envolvente, repetitiva, asombrada.

La tapia amarilla son gestos, miradas y piezas de un rompecabezas, alguien que mira y atrapa la estela de una vida antes de que desaparezca por completo.



Hay que abrir la ventana para que entren los símbolos, dijo el abuelo una noche. Habíamos terminado de cenar y estábamos sentados en torno a la mesa. Yo estaba comiendo higos. Los mosquitos y las polillas revolotean alrededor de la lámpara. Mi padre tenía la camisa abierta. Fumaba un cigarrillo, los codos sobre la mesa. Había ido a la ciudad y había vuelto con un vestido para mi madre. Un vestido amarillo con flores bordadas. Hay que abrir la ventana para que entren los símbolos, volvió a decir. Pero nadie le hizo caso. Nadie le escuchaba. Entonces se levantó y abrió el mismo la ventana y se quedó allí, de pie, mirando el cielo estrellado, conversando en silencio con el cielo. Aquella fue la noche en que llovieron los cometas. Aquella fue la noche en que murió mi madre. Aquella fue la noche en que enloquecieron los pájaros y comenzaron a volar en redondo y a chillar desesperadamente y a chocar uno tras otro contra los duros muros de la casa.
Ellos están allí, yo estoy allí. Las cosas ocurren. Me buscan al atardecer. Me llaman por mi nombre. El mundo es lo que empieza más allá de la punta de los dedos, decía el abuelo. El frío que rodea las cosas. La vida está acabada en todo momento, decía. Yo no quiero responder. No quiero saber. Los ojos cerrados, sin mover un músculo, bajo el silencio del mundo.

( … )

Y en ocasiones, el abuelo se ausenta por completo. Se ausenta por completo, aunque estemos todos delante de él. No escucha ni una palabra de lo que decimos. Tenemos que repetirle tres o cuatro veces las cosas, pues de lo contrario no se enteraría de nada. Está escuchando otras voces que hablan sólo para él. Está prestando atención a otras palabras, porque tales palabras proceden de un mundo que sólo él conoce. El abuelo sabía que su mundo estaba empezando a desaparecer. Ahora yo sé que hay una clase de belleza que consiste precisamente en eso. En lo que desaparece. Una especie de belleza sólo se manifiesta -y sólo para unos pocos- en los momentos en los que algo está a punto de desaparecer.

( … )

Mi padre sonríe porque sabe que ahora podrá olvidarse del mundo. Mi padre sonríe, y sonríe por eso. Yo lo sé. Porque sabe que ahora podrá olvidarse del mundo, al fin. Olvidar el mundo, eso es lo que todos quieren, decía el abuelo. Quiero olvidarme del mundo, dicen. Quiero conseguir un buen trabajo en la ciudad y olvidarme de todo, dicen. La gente quiere olvidarse de todo, de una vez. Quieren tener un buen trabajo y una buena casa para poder asomarse a la ventana y olvidarse de todo. Los hombres se asoman a las ventanas para ver pasar la vida a la que han renunciado. Apoyan los brazos y sacan la cabeza para mirar, pero nada más. La vida pasa bajo las ventanas, pero los hombres no quieren una vida. Lo que los hombres quieren es una casa en la ciudad para ver pasar la vida y olvidarse del mundo de una vez.

( … )

De repente todo desaparece, pienso ahora, echado en el suelo, en mitad de la cocina en penumbra, arropado entre dos mantas sobre cartones que mi padre ha colocado en el suelo para mí. De repente todo desaparece, pienso. Todo se olvida o no se olvida, aunque nada se olvida en realidad, pero de repente desaparece, y es como si todo se hubiera olvidado, pienso ahora que duermen. Ahora que todos duermen pero que yo no puedo dormir. Ahora que todos están dormidos y el brillo de la noche azula el cristal de la ventana. Es como si se hubiera olvidado todo, pienso. Como si se hubiera olvidado por completo y para siempre aquello que, en realidad, era lo único importante. El lugar del que venimos, el ser del que venimos, pienso ahora. O aunque no sea del todo así, puesto que nada es olvidado en realidad, nada es, en realidad, olvidado por completo, eso lo sabe también todo el mundo, es como si nada hubiera existido o como si, lo que ha existido desde siempre, ya no tuviera ninguna importancia. Lo que era ya no es, lo que se había pensado ya no se piensa. Así es como todos vemos desaparecer nuestra vida, y la perdemos. De repente aquello que éramos ya no lo somos, aquello que pensábamos ya no lo pensamos. Y no sabemos qué somos ni por qué hemos dejado de ser lo que éramos. Y no sabemos qué pensamos ni cuál ha sido la razón verdadera de que hayamos perdido nuestros pensamientos, pienso ahora, tirado aquí en la penumbra de esta cocina. Y conforme más perdida tenemos nuestra vida, conforme más desaparecido está el ser del que venimos, el lugar del que venimos, conforme más lejano está aquel que éramos, y más fragmentado y muerto está nuestro pensamiento, con mayor indiferencia admitimos todo lo que nos sucede. Con mayor indiferencia, y con total indiferencia, tendemos a asemejarnos a nuestros semejantes.
Fernando Luis Chivite
La tapia amarilla (Pre-textos)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:10  | Libros...
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