Viernes, 31 de mayo de 2013

Las luces de las farolas y las miradas entre desconocidos, las calles de la ciudad y las ventanas iluminadas de madrugada, quedarse en silencio ante la lluvia y el mar y el paso del tiempo que da una vuelta de tuerca al pasado, las tardes de domingo y el cansancio, los días normales y los gestos cotidianos, los recuerdos de una mujer en bicicleta y la vida como una farola encendida a las once de la mañana.

El último poemario de Iribarren me habla con una voz melancólica, concisa y a veces socarrona de pérdidas, derrotas y, también, pequeñas victorias. Me gustan la claridad y sencillez de sus poemas, la forma de escribir sobre la vida, la memoria y lo que se esconde tras una ventana encendida.



Las ciudades

Me gustan las ciudades, sus plazas,
sus calles, sus esquinas,
sentarme en la terraza de un bar
con un café delante
y dejar que pase el tiempo,
sin hacer nada, sin prisa
observando estoy y aquello,
y luego ir a alguna librería y revolver
un poco en los estantes,
y si hay río cruzar el puente
y repetir la misma operación al otro lado.
Me gusta estar solo entre la gente,
no ser nadie, no tener que ir a ningún sitio
pero poder ir a todos.
Me gusta la primera vez que me asomo
al espejo del baño del hotel,
ese momento de suspense,
recién llegado, cuando
no sabes si va a aparecer tu rostro
o el del último huésped, atrapado aún
en la memoria del azogue.
Me gustan los parques y los ríos
urbanos, pasear por ellos, a su lado,
especialmente en otoño.
Me gustan las ciudades, sí: andar,
mirar, vivir, enamorarme
de esa mujer del vestido rojo...



Apunte desde el tren

Barriadas
del extrarradio,

con las primeras
ventanas
encendidas,

tras las cuales
-piensas-
la vida tuvo siempre
pocas posibilidades...



Vivir es eso

Estamos tan cerca
el uno del otro
que me veo reflejado en sus pupilas.
Pero dura poco.
Ya está sentada en el autobús.
Ya se aleja.
La vida hace que estas cosas
sean escasas
a propósito.
Para que nos levantemos
cada mañana
a buscar más.



Desperdiciada luz

Una farola
encendida,
a las once
de la mañana,
junto al quiosco.

Me quedé un rato
quieto,
mirándola,

pensando
en la vida,

la mía,
y la de tantos
y tantos otros...
Karmelo C. Iribarren
Las luces interiores (Renacimiento)


Tags: Las luces interiores, Karmelo C. Iribarren, Renacimiento

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Lunes, 27 de mayo de 2013

Recuerdo un café de baldosas blancas, estanterías en penumbra y una pequeña cafetería en la entrada, los mismos clientes sentados a la mesa, el sombrero en las rodillas, una taza en la mano, las conversaciones sobre Borges o el torneo apertura, el sonido del cruce de calles.
Recuerdo una habitación desordenada en una estación de tren, el dueño sentado fuera de la librería por falta de espacio, los libros en columnas torcidas o en el suelo, las estanterías con doble fondo y el olor a cerrado.
Recuerdo una librería frente a un templo egipcio, un pequeño pasillo que daba a una cortina que tapaba una habitación atestada de libros y otra librería que fue un vídeo club porno y un refugio antiaéreo.
Recuerdo conversaciones en cuclillas, hablar de nuestra vida a través de nuestras lecturas, saltar ante un libro descatalogado y bolsas con media docena de libros, estar en una cafetería y mezclar lecturas y vidas, la historia de Nueva York junto a los moteles de Shepard.
Recuerdo tardes entresacando libros de las estanterías, leer fragmentos al azar, creer que esos fragmentos son ventanas iluminadas, tardes en silencio y soledad donde veía un reflejo en cada gesto.

(coda)
empeñados en buscar
razones para el asombro


Los lunes de Anay. Efecto mariposa…

"Y la volví a mirar. Vi que era bella"
                                                 LUIS ROSALES


CORAZÓN LINTERNA

Que no se esconde
la vida,
que hay que saber hallarla;
que hay que ponerle ganas
y linterna al corazón,
para que a nuestro paso
concurra,
y nos encuentre
empeñados en buscar
razones para el asombro.

                                     ANAY SALA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay

 


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S?bado, 25 de mayo de 2013

Leo las primeras líneas de La tapia amarilla, la memoria, la muerte, hablar cuando ya nadie espera nada y todo ha desaparecido, y siento que estoy ante uno de esos libros que me dejará en silencio y desubicado, que me removerá por dentro y me mencionará.

Chivite me habla de la memoria y un mundo que desaparece, de abrir ventanas para que entren los símbolos y de gestos cotidianos que se desvanecen como las ondas en la superficie de un río, de la muerte y los objetos que dejamos atrás, de las vidas que se esconden tras las ventanas y los descampados alrededor de una nueva barriada, de incendios que son una huida y de estaciones de tren que alejan vidas y recuerdos, de renuncias y regresos, de la mirada del narrador que intenta volver a aquellos momentos cruciales donde todo cambia.

La tapia amarilla es repetición y tiempo desvanecido, pasamos una y otra vez por la muerte de la madre del narrador, los gestos cercanos de la abuela y las sentencias del abuelo, las miradas derrotadas y un incendio provocado, la mudanza a la ciudad y las vidas tras una ventana. Chivite no escribe una historia de estructura clásica sino fragmentos de una mirada, la forma de las ollas y los pequeños gestos que nos definen, las habitaciones en penumbra y un vestido amarillo, los caminos de tierra y la pérdida dentro de nosotros, ventanas que se iluminan y los ruidos antes del amanecer.

En La tapia amarilla está la tristeza por un mundo que olvidamos y el intento último de atrapar la estela que ha dejado tras de sí, está mirar alrededor para ubicarse y llenarse de otros gestos, está la convivencia con la muerte y buscar una seguridad que nos agrisa, están las señales que nos rodean y que al principio desconocemos y el fuego como una manera de escapar del la carga que soportamos.

Hay momentos inolvidables, la imagen de una planchadora tras la ventana, una cocina en penumbra y los pequeños ruidos al amanecer, un vestido floreado para una mujer muerta, el primer acercamiento al cuerpo femenino, las baldosas heladas y los fogones en invierno, la luz del sol sobre la tapia amarilla, todo contando con la voz del narrador, queda, envolvente, repetitiva, asombrada.

La tapia amarilla son gestos, miradas y piezas de un rompecabezas, alguien que mira y atrapa la estela de una vida antes de que desaparezca por completo.



Hay que abrir la ventana para que entren los símbolos, dijo el abuelo una noche. Habíamos terminado de cenar y estábamos sentados en torno a la mesa. Yo estaba comiendo higos. Los mosquitos y las polillas revolotean alrededor de la lámpara. Mi padre tenía la camisa abierta. Fumaba un cigarrillo, los codos sobre la mesa. Había ido a la ciudad y había vuelto con un vestido para mi madre. Un vestido amarillo con flores bordadas. Hay que abrir la ventana para que entren los símbolos, volvió a decir. Pero nadie le hizo caso. Nadie le escuchaba. Entonces se levantó y abrió el mismo la ventana y se quedó allí, de pie, mirando el cielo estrellado, conversando en silencio con el cielo. Aquella fue la noche en que llovieron los cometas. Aquella fue la noche en que murió mi madre. Aquella fue la noche en que enloquecieron los pájaros y comenzaron a volar en redondo y a chillar desesperadamente y a chocar uno tras otro contra los duros muros de la casa.
Ellos están allí, yo estoy allí. Las cosas ocurren. Me buscan al atardecer. Me llaman por mi nombre. El mundo es lo que empieza más allá de la punta de los dedos, decía el abuelo. El frío que rodea las cosas. La vida está acabada en todo momento, decía. Yo no quiero responder. No quiero saber. Los ojos cerrados, sin mover un músculo, bajo el silencio del mundo.

( … )

Y en ocasiones, el abuelo se ausenta por completo. Se ausenta por completo, aunque estemos todos delante de él. No escucha ni una palabra de lo que decimos. Tenemos que repetirle tres o cuatro veces las cosas, pues de lo contrario no se enteraría de nada. Está escuchando otras voces que hablan sólo para él. Está prestando atención a otras palabras, porque tales palabras proceden de un mundo que sólo él conoce. El abuelo sabía que su mundo estaba empezando a desaparecer. Ahora yo sé que hay una clase de belleza que consiste precisamente en eso. En lo que desaparece. Una especie de belleza sólo se manifiesta -y sólo para unos pocos- en los momentos en los que algo está a punto de desaparecer.

( … )

Mi padre sonríe porque sabe que ahora podrá olvidarse del mundo. Mi padre sonríe, y sonríe por eso. Yo lo sé. Porque sabe que ahora podrá olvidarse del mundo, al fin. Olvidar el mundo, eso es lo que todos quieren, decía el abuelo. Quiero olvidarme del mundo, dicen. Quiero conseguir un buen trabajo en la ciudad y olvidarme de todo, dicen. La gente quiere olvidarse de todo, de una vez. Quieren tener un buen trabajo y una buena casa para poder asomarse a la ventana y olvidarse de todo. Los hombres se asoman a las ventanas para ver pasar la vida a la que han renunciado. Apoyan los brazos y sacan la cabeza para mirar, pero nada más. La vida pasa bajo las ventanas, pero los hombres no quieren una vida. Lo que los hombres quieren es una casa en la ciudad para ver pasar la vida y olvidarse del mundo de una vez.

( … )

De repente todo desaparece, pienso ahora, echado en el suelo, en mitad de la cocina en penumbra, arropado entre dos mantas sobre cartones que mi padre ha colocado en el suelo para mí. De repente todo desaparece, pienso. Todo se olvida o no se olvida, aunque nada se olvida en realidad, pero de repente desaparece, y es como si todo se hubiera olvidado, pienso ahora que duermen. Ahora que todos duermen pero que yo no puedo dormir. Ahora que todos están dormidos y el brillo de la noche azula el cristal de la ventana. Es como si se hubiera olvidado todo, pienso. Como si se hubiera olvidado por completo y para siempre aquello que, en realidad, era lo único importante. El lugar del que venimos, el ser del que venimos, pienso ahora. O aunque no sea del todo así, puesto que nada es olvidado en realidad, nada es, en realidad, olvidado por completo, eso lo sabe también todo el mundo, es como si nada hubiera existido o como si, lo que ha existido desde siempre, ya no tuviera ninguna importancia. Lo que era ya no es, lo que se había pensado ya no se piensa. Así es como todos vemos desaparecer nuestra vida, y la perdemos. De repente aquello que éramos ya no lo somos, aquello que pensábamos ya no lo pensamos. Y no sabemos qué somos ni por qué hemos dejado de ser lo que éramos. Y no sabemos qué pensamos ni cuál ha sido la razón verdadera de que hayamos perdido nuestros pensamientos, pienso ahora, tirado aquí en la penumbra de esta cocina. Y conforme más perdida tenemos nuestra vida, conforme más desaparecido está el ser del que venimos, el lugar del que venimos, conforme más lejano está aquel que éramos, y más fragmentado y muerto está nuestro pensamiento, con mayor indiferencia admitimos todo lo que nos sucede. Con mayor indiferencia, y con total indiferencia, tendemos a asemejarnos a nuestros semejantes.
Fernando Luis Chivite
La tapia amarilla (Pre-textos)


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Viernes, 24 de mayo de 2013

Tú escribes. De las cosas que ya existen.
Pero ellos dicen que estás inventando.

Te callas. Igual que una red lanzada
por pescadores furtivos. Como un ángel
que sabe lo que la noche traerá.

Y viajas. Olvidas,
para poder regresar.

Escribes, y no quieres recordar
la piedra, el mar, tampoco a los creyentes
que duermen con las manos separadas.
Nikola Madzirov
El que escribe (en Lo que dijimos nos persigue. Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Pre-textos)


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Lunes, 20 de mayo de 2013

Tenemos un trato. Nos contamos cuentos antes de dormir. Yo le hablo de naves espaciales, brújulas y cazadores de tesoros, él de fantasmas y momias. Me siento a su lado, la luz tenue sobre los libros y mapas en la oscuridad, me dice que está preparado, recuerdo La máquina del tiempo, Tom Sawyer, ¡Están vivos! o El Aleph y los transformo para él en pequeños cuentos. Susurro las palabras, él se acerca para escuchar mejor, me pregunta por los protagonistas, siempre un por qué en la boca, y yo continúo a trompicones, por momentos me siento atrapado en un laberinto. Cuando me quedo en silencio pregunta ¿fin? Le digo que sí y que es su turno. Se sorprende por nuestro trato, entonces le confieso que yo también necesito que me cuenten historias antes de dormir.


Los lunes de Anay. Hálito...

"No son los fantasmas inventados:
la mirada que me dicta un sendero,
una mano sobre el hombro
serenándome"

                                    DARÍO JARAMILLO AGUDELO


TEMBLANDO TODAVÍA

Temblando todavía
Bajo la piel de sombra,
Cada amanecer debo
Recomponer un hombre
Con la mezcla confusa
De mis días pasados
Y lo poco que queda
De mis días futuros.
Heme aquí todo entero,
Voy hacia la ventana.
Rayo del día, surjo
Del fondo de los tiempos,
Respeta dulcemente
Mis minutos oscuros,
Aleja una hora más
Lo que hay en mí de noche,
De estrellado por dentro,
De dispuesto a morir
Bajo este sol naciente
Que crece sin cesar.

                                  JULES SUPERVIELLE



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Jueves, 16 de mayo de 2013

Un iceberg ha recogido
la soledad de un náufrago.

Iceberg y náufrago
van a la deriva, helados.

El náufrago consigue
prender una fogata.

El corazón del iceberg
comienza a calentarlo.

A medida que el iceberg se derrite
la muerte se aproxima al náufrago.
Mercedes Escolano
La isla de hielo (en Juegos reunidos. Poesía 1984-2004. Monosabio)


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Mi?rcoles, 15 de mayo de 2013

Cada cierto tiempo leo fragmentos al azar de El elogio de la sombra. Tanizaki me habla de la importancia de la luz como creadora de sombras, de la disposición de los objetos en una habitación, de velas que alumbran ténuamente la oscuridad hasta hacerla corpórea, del brillo como contrapunto a la belleza, de una luz difuminada donde los objetos adquieren una mayor relevancia. Desde que destapas un cuenco de laca hasta que te lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del continente y que se estanca, silencioso, en el fondo. Imposible discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida, una ligera exudación que cubre los bordes del cuenco y que dice que hay un vapor y el perfume que exhala dicho vapor ofrece un sutil anticipo del sabor del líquido antes de que te llene la boca. ¡Qué placer ese instante, qué diferente del que experimentas ante una sopa presentada en un plato plano y blancuzco de estilo occidental! No resulta muy exagerado afirmar que es un placer de naturaleza mística, con un ligero saborcillo zen.

Tanizaki me acerca la mirada del Japón sobre la luz y las sombras, la belleza y la contemplación silenciosa del mundo que nos rodea, la diferencia entre un occidente que busca lo bello en el brillo y un oriente que encuentra el equilibrio en la luz difusa y las sombras que produce. Hay algo de misterio en este ensayo de Tanizaki, de llegar a la esencia y la belleza de lo que nos rodea no a través de una mirada directa sino de una mirada que busca el contraste entre oscuridad y luz. Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.

Tanizaki parte del misterio de la sombra como búsqueda de la belleza. Las lacas y los trajes y máscaras teatrales, los papeles y los aleros de los tejados, las habitaciones austeras y las sombras sobre una pared, la luz de una vela y las tinieblas, el vacío y la contemplación. Releer El elogio de la sombra es detenerse en un punto, mirar alrededor en silencio y encontrar en la penumbra silencio y belleza.



En realidad, la belleza de una habitación japonesa, producida únicamente por un juego sobre el grado de opacidad de la sombra, no necesita ningún accesorio. Al occidental que lo ve le sorprende esa desnudez y cree estar tan sólo ante unos muros grises y desprovistos de cualquier ornato, interpretación totalmente legítima desde su punto de vista, pero que demuestra que no ha captado en absoluto el enigma de la sombra.
Pero nosotros, no contentos con ello, proyectamos un amplio alero en el exterior de esas estancias donde los rayos de sol entran ya con mucha dificultad, construimos una galería cubierta para alejar aún más la luz solar. Y, por último, en el interior de la habitación, los shòji no dejan entrar más que un reflejo tamizado de la luz que proyecta el jardín.
Ahora bien, precisamente esa luz indirecta y difusa es el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Y para que esta luz gastada, atenuada, precaria, impregne totalmente las paredes de la vivienda, pintamos a propósito con colores neutros esas paredes enlucidas. Aunque se utilizan pinturas brillantes para las cámaras de seguridad, las cocinas o los pasillos, las paredes de las habitaciones casi siempre se enlucen y muy pocas veces son brillantes. Porque si brillaran se desvanecerían todo el encanto sutil y discreto de esa escasa luz.
A nosotros nos gusta esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apneas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás.

( … )

No sé ya cuándo, hace años, llevé a un visitante procedente de Tokio a la casa Sumiya de Shimabara y allí percibí, sólo una vez, cierta oscuridad cuya calidad no pude olvidar. Era una vasta sala que se llamaba, creo, la “sala de los pinos”, destruida posteriormente por un incendio; las tinieblas que reinaban en aquella habitación inmensa, apenas iluminada por la llama de una única vela, tenían una densidad de una naturaleza muy diferente a las que pueden reinar en un salón pequeño. Cuando entré en la sala, una criada de edad madura, con las cejas afeitadas y los dientes ennegrecidos, estaba arrodillada colocando el candelabro ante un gran biombo; detrás de ese biombo que delimitaba un espacio luminoso de dos esteras aproximadamente, caía, como suspendida del techo una profunda oscuridad, densa y de color uniforme, sobre la que rebotaba, como sobre un muro negro, la luz indecisa del candelabro, incapaz de reducir su espesura. ¿Ha visto usted alguna vez, lector, “el color de las tinieblas a la luz de una llama”? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y, si me atrevo a hacer una comparación, parecen estar formadas de corpúsculos como de una ceniza tenue, cuyas parcelas resplandecieran con todos los colores del arco iris. Me pareció que iban a meterse en mis ojos y, a pesar mío, parpadeé.
Junichiro Tanizaki
El elogio de la sombra (traducción del francés de Julia Escobar. Siruela)


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Martes, 14 de mayo de 2013

cualquier cosa que digas
será una invitación al desastre

no puedes mejorar
las luces de casa
a 120 desde un tren
en una tarde de lluvia
cuando ya todo ha caído
y sólo queda un cielo negro y rojo
campos inundados
vaho en los cristales
mil pesetas para el taxi
Joan Masip
Cualquier cosa que digas (en Comida china y subfusiles. Monosabio)


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Lunes, 13 de mayo de 2013

Encuentro sus gafas en la mesa, las sostengo unos segundos en mis manos y cambio las mías por las suyas. Intento adivinar la vida a través de su mirada. Miro alrededor, los objetos y los dibujos sobre la mesa, las hojas escritas a mano, el lomo de los libros. Sonrío. Todo está desenfocado. Me digo que tal vez el truco no sea intercambiar las gafas para saber cómo mira, que tal vez lo que importa sea encontrar mi reflejo en sus ojos.


Los lunes de Anay. Atolón...

"Tengo para tu voz tan solo este nombre,
tengo un pronombre para resistir"
                                                   CARMEN MORENO


MURCIÉLAGOS

Creí que un gran dolor desplazaría
los pequeños dolores.
Y sin embargo
chillan allí, debajo de su ala,
hacen
crujir sus dientes, no renuncian
al pedazo de carne al que se aferran

mientras que yo suspiro
me canto una canción
y digo soy la madre que los pare,

tendré que hacer del hueso mi instrumento
y de mis días una pared ardua
para que ya no trepen, ya no aturdan,

y pueda concentrarme en el silencio
donde el Dolor empolla su gran huevo.

                                                          PIEDAD BONNETT




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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S?bado, 11 de mayo de 2013

Yo no creo en dioses, pero creo en los santos. Kurt Vonnegut, por ejemplo, es un santo. Bram van Velde es un santo. Antes que nada me he ido al María Moliner. Santo: “De Dios o de la religión”. Pues no. “Se aplica a las personas a quien la iglesia les ha concedido ese título, considerándolas como mediadoras entre los hombres y Dios”. Pues tampoco. “Se aplica al ladrillo que resulta parcialmente vitrificado al cocerlo”. Mira, ya he aprendido algo hoy. “Se aplica a algo que produce un efecto muy bueno o maravilloso”. Ésta va a ser.
Hablemos del viejo Kurt. Su libro Madre noche cayó en mis manos dos veces. Cuando digo caer, digo precipitarse hacia. Estaba en una balda de la “Julian’s Librería” y, al sacar otro libro, resbaló a mis manos. Dos veces, dos días distintos. Alguien lo llamaría milagro o, al menos, señal divina. Detesto los libros de tapas duras, esto tengo que decirlo, por eso volvió a su balda antes de salir por la puerta y entrar en mi vida para cambiarla. Y es que no pude negarlo tres veces.
“Bienvenidos a Madre noche”, advierte en mayúsculas el prólogo y asegura que el autor volvió a nacer la noche del 13 de febrero de 1945 (fecha del absurdo bombardeo a Dresde), y entré. Al igual que hay ciudades que son estados de ánimo, hay libros que son países enteros. Madre noche fue encontrar mi país. Me enamoré perdidamente de Howard W. Campell Jr., el hombre quieto en mitad de la calle que espera la orden de seguir caminando, venga de quien venga.
Vonnegut cuenta en el prólogo de Pájaro de celda que una vez recibió la carta de un desconocido, donde le exponía que la única idea que subyacía en su obra era: “Puede fallar el amor, pero prevalecerá la cortesía”. Al viejo le pareció acertadísimo, y admite que no tenía que haberse molestado en escribir varios libros ya que habría bastado con un telegrama de ocho palabras.
Kurt Vonnegut me produjo un efecto tan bueno y maravilloso que vitrificó mi corazón de ladrillo para siempre.
Yo rezo al pie de la letra algunas máximas de sus personajes. Por ejemplo, esos versos de Blake que Eliot Rosewater tenía repartidos en los escalones de entrada a su despacho: “ama / sin / ayuda / de nada”. No creo que la vida merezca mejor resumen. Si esto no es un santo, que baje Dios y lo lea.
Isabel Bono
Santos que yo te pinte (en Manual de uso cultural, número cuatro)


Tags: Kurt Vonnegut, Isabel Bono

Publicado por elchicoanalogo @ 10:25  | Isabel Bono
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Viernes, 10 de mayo de 2013

Me despierto y lo primero que siento no es la desorientación tras el sueño sino el aroma de una pequeña flor de papel. Luego, a oleadas, la penumbra de la habitación, los contornos indefinidos de los libros en las estanterías y la lluvia contra la ventana. Recuerdo su gesto al ponerme la flor perfumada en el ojal de mi chaqueta, la nota en el tallo que comparaba el amor con el agua, una humedad que nos marca para siempre. Callejeamos por el centro de la ciudad, rodeamos un templo egipcio, observamos nuestro reflejo en los escaparates de las pastelerías (nos creímos fantasmas) y nos sentamos a descansar bajo el árbol de una plaza. Repasé el camino hasta llegar a ese árbol, una línea que partía de mí y terminaba en el primer paso fuera de una estación de metro. Por momentos me reencontraba con mi pasado en la ciudad, estelas de otras miradas y silencios. En cada viaje amplío estas calles con nuevos recuerdos.
Subo la persiana y escucho el sonido de la lluvia, una mezcla de susurro y electricidad. En Galicia me dormía con el crepitar de los grillos y del río Eo. Eran noches sin farolas. Al otro lado de la ventana, un camino de tierra blanquecina, la luz de las luciérnagas, el bosque que acogía jabalíes, corzos, cabañas podridas o una pequeña fuente natural. El empuje de la penumbra y los sonidos de la noche. Me despertaba la primera luz de la mañana, descorría las cortinas, veía el polvo y la tierra en los cristales de la ventana y me creía un superhéroe. 
Me quedo en silencio, intento amplificar un eco.

 

 


Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | diapositivas
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Mi?rcoles, 08 de mayo de 2013

Descubrí a Vonnegut en la antología el cuento norteamericano que elaboró Richard Ford. Recuerdo su relato, Bienvenido a la jaula de los monos, como uno de los más extraños y fascinantes de la antología. Vonnegut me mostraba la estupidez humana con un estilo sencillo y humor negro. Después vinieron Matadero 5, Galápagos o Madre noche. Cada nuevo libro me hablaba de lo absurdo que llega a ser el comportamiento humano.

Un hombre sin patria es una colección de textos cortos donde Vonnegut escribe sobre la fiebre por los combustibles fósiles, lo innecesario del punto y coma, las elecciones donde Bush consiguió su primer mandato, el humanismo como conducta a imitar, el bombardeo de Dresde, la risa y la amabilidad, salir a la calle con un sobre en la mano y hablar con los desconocidos que se encuentra en la cola de correos, los santos (la gente que actúa con decencia en una sociedad asombrosamente indecente), el sermón de la Montaña o la conjetura como base de los gobiernos.

Vonnegut vivía en un perpetuo asombro ante el mundo que veía (la rapidez con la que nos encaminamos a nuestra destrucción, la falta de empatía, el mundo gobernado a través de conjeturas estúpidas), escribía de forma lúcida socarrona y divertida, imaginaba un fin del mundo iniciado por una crisis económica donde sobrevivían media docena de los ejemplares más estúpidos de los seres humanos, nos advertía del peligro de las apariencias, mostraba la estupidez de las guerras, hablaba de los santos y héroes que con pequeños gestos hacían este planeta un lugar menos perverso.

Leo Un hombre sin patria y asiento cada poco tiempo con las palabras de Vonnegut, me saca una sonrisa bajo la cual se esconde el dolor de la lucidez, siento que un capítulo de este libro dice y revoluciona más que algunos panfletos surgidos en estos últimos años, me divierten los momentos delirantes sobre lo inútil de los punto y coma o los coches Saab y su facilidad para arder, cita a a Mark Twain, Ray Bradbury o Confucio y vuelvo a encontrarme con Kilgore Trout. “La verdad es que sabemos tan poco de la vida que en realidad no sabemos distinguir cuáles son las buenas noticias y cuáles son las malas noticias”.

Como con Carver, Bono o Kawabata, necesito volver a Vonnegut cada poco tiempo.



Las conjeturas convincentes han sido la base del liderazgo desde hace tanto tiempo (en realidad desde que empezó la existencia humana), que de ningún modo sorprende que la mayoría de los dirigentes de nuestro planeta, a a pesar de toda la información de la que dispones ahora repentinamente, no quieran que se deje de conjeturar. Ahora les toca a ellos conjeturar y seguir conjeturando y lograr que se les escuche. Parte de las conjeturas más desmedidas jactanciosamente ignorantes del mundo se concentran hoy en Washington. Nuestros dirigentes están hartos de toda la información que la ciencia, el estudio y el periodismo han vertido sobre la humanidad. Creen que el pais entero también está harto de tanta información, y tal vez estén en lo cierto. No pretenden que volvamos a seguir el patrón del oro. Quieren algo todavía más básico: pretenden que volvamos a seguir la voz del charlatán.
Las pistolas cargadas son buenas para todos excepto para los internos de las cárceles y de los manicomios.
Correcto
Invertir millones en la sanidad pública crea inflación.
Correcto.
Invertir miles de millones en armas baja la inflación.
Correcto.
Las dictaduras de derechas son mucho más afines a los ideales estadounidenses que las dictaduras de izquierdas.
Correcto.
Cuantos más misiles con bombas de hidrógeno tengamos a punto para su lanzamiento en cuanto se dé la orden, más a salvo está la humanidad y mejor será el mundo que heredarán nuestros nietos.
Correcto.
Los residuos industriales apenas son dañinos, y menos aún los radiactivos, de modo que nadie debería quejarse.
Correcto.
Debería permitirse a las industrias que hicieran lo que les apetezca: sobornar, degradar un poquito el medio ambiente, fijar los precios, joder al tonto del consumidor, poner fin a la competencia y saquear el tesoro público cuando quiebre.
Correcto
La libre empresa consiste en eso.
También correcto.
Algo muy malo habrá hecho la gente pobre para serlo, de modo que sus hijos deberán pagar las consecuencias.
Correcto.
No se puede pretender que los Estados Unidos de América cuiden de su propia gente.
Correcto.
El libre mercado es un sistema de justicia automático.
Correcto.
Es broma.
Y si resulta que eres una persona instruida y reflexiva, no te recibirán bien en Washington. Conozco a un par de buenos estudiantes de trece años que ya no serían bien recibidos en Washington. ¿Se acuerdan de esos médico que se unieron hace meses para anunciar que era una simple y evidente certeza médica que no sobreviviríamos siquiera a un ataque moderado con bombas de hidrógeno? Ellos no fueron bien recibidos en Washington.

( … )

Cuando yo volví de la segunda guerra mundial, mi tío Dan me dio unas palmaditas en la espalda y me dijo: “Ya eres un hombre.” Por eso le maté. Bueno, la verdad es que no lo hice, pero les aseguro que tuve ganas.
Dan era mi tío malo, el que dijo que un varón no se hace hombre a menos que haya ido a la guerra.
Pero también tuve un tío bueno, mi difunto tío Alex. Era el hermano pequeño de mi padre, un licenciado en Harvard sin hijos que se ganaba el pan honradamente vendiendo seguros de vida en Indianápolis. Había leído mucho y era muy sensato. Su principal queja sobre los demás seres humanos era que, cuando son felices, pocas veces se dan cuenta. Por eso cuando bebíamos limonada a la sombra de un manzano en verano, por ejemplo, y hablábamos ociosamente a cerca de esto y de lo otro, zumbando casi como abejas, el tío Alex interrumpía de pronto la agradable charla para exclamar: “Si esto no es bonito, no sé qué puede serlo.”
Y ahora yo hago lo mismo, igual que lo hacen mis hijos y nietos. Y, por favor, les insto también a ustedes a fijarse en los momentos felices y a exclamar o murmurar o pensar: “Si esto no es bonito, no sé qué puede serlo.”
Kurt Vonnegut
Un hombre sin patria (traducción de Daniel Cortés. Ediciones Bronce)





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Lunes, 06 de mayo de 2013

a)
Nos encontramos en años impares y en ciudades diferentes, bailamos salsa o valses en gasolineras o junto al Danubio, mezcla el español con el serbio y el inglés y mueve la cabeza cuando busca decantarse por uno de los tres idiomas, me enseña edificios bombardeados de los que salen pequeños árboles entre las grietas o fachadas que conservan agujeros de bala, se siente incómoda si le regalo libros y películas, viajamos en el tren más lento del mundo o por carreteras sin curvas, nos sentamos cansados bajo un árbol y nos asombra el bullicio de la ciudad, nos despedimos con un abrazo abarcador (hago un gesto de despedida con la mano y me doy la vuelta con la mochila al hombro).

b)
Me siento en el metro, dejo la mochila roja entre mis pies y hojeo Un hombre sin patria. Vonnegut me habla de la estupidez humana, del follón que hemos montado en este planeta, de ser amable y hacer el ganso. Miro mi reflejo en la ventanilla del metro, una flor de papel en el ojal de mi chaqueta, un colgante encontrado en el rastro, una sonrisa cansada. Leo la pequeña nota bajo los pétalos de la flor, el amor se filtra como el agua dejando humedad para siempre.


(coda)
Hemos venido a este planeta para hacer el ganso. Que nadie les convenza de lo contrario (Kurt Vonnegut. Un hombre sin patria).


Los lunes de Anay. Historial...

"Y al final desplomarme
con todo el esqueleto
y confiar en mantenerlo unido."
                                              CARMEN PLAZA


Mi corazón no es sólo una metáfora.
Mi corazón es un músculo supremo,
un gorrión en el pecho
y de la misma forma que el gorrión
ha aprendido a dormir en las acacias,
a ganarse el vuelo en las esquinas
en el ir y venir de una ciudad que llora
y no sabe que llora,
que ama
y no sabe que ama,
que mata y muere cada día
desangrada en ocasos,
así mi corazón
logró sobrevivir
acunando latidos
en tardes de tragedia
cuando echarse a morir era tan fácil,
tan tentador,
tan dulce.
                     ANDRÉS ABERASTURI



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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