Martes, 12 de noviembre de 2013

En Canadá está la voz de un adolescente norteamericano de los años sesenta que mira alrededor y descubre las aristas de la vida y de quienes le rodean. Es una voz sutil, pausada, inocente, una voz que habla de unos padres convertidos en atracadores, una hermana que desaparece calle abajo, un viaje a través de la frontera, una vida que cambia dramáticamente por un acto ajeno (la pérdida de la inocencia y el paso a la madurez, la asunción de la vida como un camino incierto y la frontera un eje entre lo que dejamos atrás y el presente).

Dell tiene quince años, una hermana gemela y unos padres que se equivocaron al casarse, él, un hombre del sur despreocupado, ella una mujer seria, con aspiraciones literarias. La familia se muda con frecuencia, el desarraigo de los hijos y el mundo reducido a cuatro paredes (una extraña patria de cuatro). Canadá se inicia de forma portentosa, la mención al atraco de los padres y la reconstrucción de la vida familiar hasta ese punto donde todo cambia.

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales - aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.

Un inicio que me lleva al del cuento Optimistas incluido en Rock Springs.

Lo que voy a contar sucedió cuando yo tenía tan sólo quince años, en 1959, el año en que mis padres se divorciaron, el año en que mi padre mató a un hombre y se fue a la cárcel por ello, el año en que dejé mi casa y el colegio, mentí acerca de mi edad para engañar al ejercito y ya no volví más. El año, dicho de otro modo, en que la vida cambio para todos nosotros para siempre, en que, a decir verdad concluyó de un modo que jamás habríamos llegado a imaginar ni en nuestros sueños más locos. (Optimistas. En Rock Springs. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)

Ese acto de sus padres volteará el mundo de Dell y su hermana Berner, pondrá bocabajo su extraña patria de cuatro, serán dos seres aún más desarraigados y solitarios que en su vida anterior. La inesperada acción de sus padres, verlos en la cárcel, sentir cómo se desmorona su mundo, el aturdimiento de saberse solos, el cuestionamiento de cada paso, de cada gesto. Ford maneja con habilidad todos estos elementos, la mirada sencilla y reflexiva de Dell intenta comprender y ubicarse en el mundo de los adultos, entender qué lleva a dos personas normales a atracar un banco y cómo esa decisión lleva a la perdición de los hermanos adolescentes.

Cruzar la frontera como símbolo de viaje iniciático. Dell vivirá en un pequeño pueblo canadiense, sentirá la cercanía de la frontera, la tierra al otro lado, el umbral entre su vida anterior y el presente. En Canadá Dell trabajará para un exiliado norteamericano, preparará las trampas de los cazadores, limpiará las habitaciones de hotel, vivirá solo en una casa auxiliar junto a una barriada semi abandonada, observará los actos de los adultos y tomará sus propias decisiones. Y la linea imaginaria de la frontera como invisible señal de cambio, de tener cerca una vida anterior a la que no se puede regresar.

Ford se acerca más al narrador de Incendios o a alguno de los cuentos de Rock Springs que a la trilogía protagonizada por Frank Bascombe (El periodista deportivo, El día de independencia, Acción de gracias), sitúa la primera parte en Great Falls, de nuevo los paisajes de sus cuentos, de nuevo la ciudad y los parajes invernales, esa capacidad que tiene de aunar paisaje y reflexión, de un mundo interior acorde con el exterior. En la segunda parte, Ford habla de llanuras y paisajes desolados, de montes y fronteras, de bandadas de gansos bajo cielos grises y pequeños hilos de luz. En Canadá, siento que Dell vive en un mundo en penumbra. Hay momentos de altibajos, repetitivos, pero hay algo en Canadá que me hace seguir leyendo a Richard Ford, una forma reflexiva de escribir, una mirada a la familia, la tierra y lo que significa madurar.



Mi ventana estaba justo debajo del alero, y el cartel rojo del Leonard teñía el aire negro de mi cuarto, mientras que en mi casucha sólo había habido luz de luna y velas y un cielo lleno de estrellas y el fulgor del remolque de Charley. Ahora no tenía radio. Así que para conciliar el sueño hacia recuento de las experiencias del día y los pensamientos a que habían dado lugar. Pensaba, como siempre, en mis padres, y en si sería duro para ellos comportarse debidamente en la cárcel, y en qué pensarían de mí ahora, y en cómo me habría comportado yo en el juicio si hubiera estado presente, y en qué nos habríamos dicho, y en si les habría contado qué era de Berner, y en si les habría dicho que les quería donde había gente que podía oírme. (Sí, lo habría hecho.) También pensaba en las broncas voces estadounidenses y en los logros de sus hijos, y en sus mujeres esperándoles en la puerta de la cocina, y en todas sus aventuras, nunguna de la cuales suscitaba en mí envidia o resentimiento. Yo no tenía logros hasta entonces, ni a nadie esperándome, ni siquiera una casa a la que poder volver. Lo único que tenía era mis quehaceres cotidianos y mis comidas y mi cuarto con mis escasas pertenencias. Y sin embargo, sorprendentemente, casi siempre me dormía aliviado de sentirme como me sentía. Mildred me había dicho que no tenía que pensar mal de mí, porque lo que había sucedido no era consecuencia de algo malo que hubiera hecho. Florence me había dicho que la vida nos la entregaban vacía, y que nuestra tarea consistía en inventar cómo ser felices. Y mi propia madre -que nunca había estado donde yo estaba ahora, y que no sabía nada de Canadá salvo que era una vista al otro lado de un río, y que ni siquiera conocía a la gente en cuyas manos me había puesto-, incluso ella se había dado cuenta de que era mucho mejor para mí estar allí que en alguna cárcel de menores de Montana. Y mi madre, sin duda alguna, me quería.
Richard Ford
Canadá (Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:12  | Libros...
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