Mi?rcoles, 20 de noviembre de 2013

La lluvia amarilla es la voz de alguien que se sabe muerto, es el sonido del abandono y la soledad de una aldea, es ver las zarzas y los árboles adueñándose de casas y caminos, es la madera podrida y los tejados derrumbados, es la luz brillante y fría de la luna que crea sombras y aparecidos, es el peso del tiempo y la locura, es, sobre todo, la mirada de Andrés, el último habitante de la aldea de Anielle a un mundo que se colapsa y, con él, su propia mente.

En La lluvia amarilla asisto a la descomposición de una aldea, un microcosmos que desaparece delante de Andrés poco a poco, los primeros vecinos que cargan sus muebles en un carro y se van a la ciudad, los hijos que emigran por estudios y trabajo, aquellos que mueren sin haber salido de la aldea, aquellos que, como su mujer, acaban con su vida porque no soportan el frío y la soledad. Andrés vive en una aldea fantasma, el mundo que le rodea y su interior se intercambian para crear sombras, dureza y ruinas. La aldea de Anielle como personaje envuelve a Andrés, lo vampiriza y lo mantiene atado al abandono, necesita un último testigo que vea crecer los huecos en los tejados, el sonido del derrumbe, el cierre de los caminos.

Llamazares se detiene en los ruidos y la herrumbre del abandono, vivir en un mundo que llega a su fin, el umbral de la muerte y la inercia como única motivación de Andrés (su mirada es dura, sombría, pasa por las casas abandonadas, por los trabajos del campo, por las huellas de un pasado que se esconde tras la naturaleza). La soledad adquiere un peso tangible, una carga cercana a la que soportaba Sísifo, imposible de dejar atrás. Las reflexiones y recuerdos de Andrés, su mente que divaga entre lo real, lo pasado y la imaginación, su silencio y los sonidos que vienen de las casas que caen o la nieve y las tormentas. Salvo la de Gavín, que un rayo atravesó de arriba abajo cuando aún prácticamente estaba intacta, el proceso de destrucción siempre era el mismo, e igual de irreparable, en cada casa. El moho y la humedad roían en silencio, primero, las paredes, más tarde, los tejados, y, luego ya, como si de una lenta lepra se tratara, el esqueleto descarnado de las vigas en que aquéllos se apoyaban. Después, aparecían los líquenes silvestres, las negras garras muertas del musgo y la carcoma, y, al fin, cuando la casa entera estaba ya podrida hasta sus últimas sustancias, el viento o una nevada acababan arrumbándola. Yo escuchaba en la noche el crujido del óxido, la oscura podredumbre del moho en las paredes, sabiendo que, muy pronto, sus brazos invisibles alcanzarían también mi propia casa. Y, a veces, cuando la lluvia y la ventisca arreciaban detrás de los cristales y el río retumbaba como un trueno en la distancia, de repente, me despertaba en medio de la noche el estruendo brutal de una pared al desplomarse.

La lluvia amarilla me recuerda las aldeas gallegas en las que jugaba a romper cristales de las casas abandonadas, las casas de piedra y tejas de pizarra que parecían se habían replegado hacia el centro, dejando un boquete por donde mirar hierbas y madrigueras. Julio Llamazares escribe una novela corta, densa y dura, pequeños párrafos que hacen palpables el frío, la soledad, el silencio y la espera de la muerte.



La soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo. Pero, también, como respuesta, a construir sobre recuerdos las pesadas paredes del olvido. Nada produce a un hombre tanto miedo como otro hombre —sobre todo si los dos son uno mismo— y ésa era la única manera que tenía de sobrevivir entre tanta ruina y tanta muerte, la única posibilidad de soportar la soledad y el miedo a la locura. Recuerdo que, de niño, escuchaba a mi padre historias y sucesos de otro tiempo, veía a mis abuelos y a los viejos del pueblo sentados junto al fuego y el pensamiento de que ellos ya existían cuando yo ni siquiera había nacido me llenaba de angustia y me dolía. Entonces, sin que nadie lo supiera —sentado en el escaño, en un rincón, seguramente ni siquiera me veían—, escuchaba hasta dormirme sus relatos y adoptaba sus recuerdos como míos. Imaginaba los lugares y personas de que hablaban, les otorgaba los rostros que creía habrían tenido y, al igual que se dibuja y se da forma a la imagen de un deseo o un pensamiento, construía de ese modo mi memoria con las suyas. Cuando murió Sabina, la soledad me obligó otra vez a hacer lo mismo. Como un río encharcado, de repente el curso de mi vida se había detenido y, ahora, ante mí, ya sólo se extendía el inmenso paisaje desolado de la muerte y el otoño infinito donde habitan los hombres y los árboles sin sangre y la lluvia amarilla del olvido.
Julio Llamazares
La lluvia amarilla (Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:26  | Libros...
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