Viernes, 08 de noviembre de 2013

Era primavera. Cosimo una mañana vio el aire como enloquecido, vibrante con un sonido nunca oído, un zumbido que llegaba a extremos de estruendo, y atravesado por un pedrisco que en vez de caer se desplazaba en dirección horizontal, y remolineaba lentamente, diseminado alrededor, pero siguiendo una especie de columna más densa. Era una multitud de abejas: alrededor estaba el verde y las flores y el sol; y Cosimo, que no sabía qué era, se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz. -¡Se escapan las abejas! ¡Caballero Abogado! ¡Se escapan las abejas! -empezó a gritar, corriendo por los árboles en busca de Carrega.
-No se escapan: enjambran -dijo la voz del Caballero, y Cosimo lo vio debajo, apareciendo de pronto como un hongo, mientras le hacía señas de que estuviera callado. Después de inmediato se fue corriendo, desapareció. ¿Dónde se había metido?
Era la época de los enjambres. Un tropel de abejas estaba siguiendo a una reina que salía de la vieja colmena. Cosimo miró a su alrededor. El Caballero Abogado reaparecía por la puerta de la cocina el Caballero Abogado y llevaba en la mano un caldero y una sartén. Ahora golpeaba la sartén contra el caldero y lanzaba un ¡ding!, ¡ding! altísimo, que atronaba los tímpanos y se apagaba en una larga vibración, tan molesta que daban ganas de taparse las orejas. Percutiendo esos utensilios de cobre cada tres pasos, el Caballero Abogado caminaba detrás del tropel de abejas. Con cada uno de aquellos sonidos el enjambre parecía asaltado por una sacudida, un rápido bajar y subir, y el zumbido parecía más bajo y el vuelo más incierto.
Italo Calvino
El barón rampante (Traducción de Esther Benítez. Siruela)


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