Domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi guerra fue fundamentalmente cosa de caballos, porque los vehículos de motor resultaban inútiles en el fango de Flandes; y si alguien se encontraba entre los caballos durante un bombardeo, los animales eran, como tuve ocasión de comprobar en cierta ocasión, tan peligrosos como los obuses alemanes. Incluso vi en acción a la caballería, porque todavía quedaban generales que pensaban que, si lograban llegar a caballo hasta el enemigo, las ametralladoras serían rápidamente silenciadas. Aquellos jinetes me parecieron tan maravillosos como los cruzados, pero no me habría montado en uno de esos caballos por nada del mundo. Y por supuesto que vi cadáveres, y llegué a acostumbrarme a su insignificante aspecto, porque sin la panoplia de la muerte, un hombre muerto es un objeto desesperadamente carente de importancia. Había algo peor: vi hombres que no eran cadáveres, pero que lo serían pronto y que anhelaban la muerte.
Lo que más daño me hacía eran la indignidad, la ignominia y el suplicio a los que la guerra reducía a un hombre herido. Los hombres agonizantes, destrozados de tal forma que nunca volverían a estar completos aunque sobrevivieran, no eran algo que se pueda pasar por alto. Pero aprendimos a hacer caso omiso, y yo planté mis pies sobre muchos compañeros heridos y los hundí aún más en el barro, porque tenía que pasar por encima y llegar a algún lugar que nos ordenaban tomar o morir en el intento.
Aquello era el combate, lo que suponía que, al menos, estábamos haciendo algo. Sin embargo, pasábamos días e incluso semanas sin apenas refriegas, periodos que vivíamos en las trincheras, en un barro del color del estiércol y lleno de inmundicias, con nuestros uniformes del color del estiércol. Teníamos frío, estábamos mal alimentados, y nuestro aspecto era terrible.
Robertson Davies
Trilogía de Deptford (traducción de Natalia Cervera de la Torre. Libros del Asteroide. Círculo de lectores)


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