Domingo, 24 de noviembre de 2013

Imagina reencontrarte con un viejo amigo tras años sin saber de él, la sorpresa inicial, la sonrisa y los abrazos, los recuerdos y las bromas. Imagina una conversación larga, caótica y cercana donde se mezcla el presente, los años de ausencia y los gestos del pasado. Imagina descubrir que hay algo extraño en tu amigo, algo que no acaba de cerrar. Imagina despedirte con una sensación agridulce, la sorpresa del reencuentro y la sensación de haber estado ante un reflejo no del todo completo de quien conocías. Algo así me pasó con La cartera del cretino de Kurt Vonnegut.

No esperaba leer el nombre de Vonnegut en una gran librería (recuerdo preguntar por él en librerías de Madrid o Cádiz, encontrarme con libros descatalogados en una librería de de viejo o en una feria del libro, los libreros que me decían que no era el único que preguntaba por él y que no sabían si alguna editorial reeditaría sus novelas). Paseaba por los pasillos sin ningún título en mente y descubrí una columna de libros de Vonnegut en una mesa. La sorpresa inicial, la sonrisa, el tacto de las hojas naranjas (preciosa edición de Malpaso), la página noventa y nueve, los primeros párrafos, la editorial desconocida, la sensación de reencontrarme con un viejo amigo.

La cartera del cretino reúne seis cuentos, un ensayo y un relato inacabado de Kurt Vonnegut. Está su humor a veces entrañable, a veces puñetero, están la estupidez del ser humano y los pequeños gestos reconfortantes, están la sonrisa triste y un puñado de personajes perdidos, están cierto optimismo y una visión aguda y certera sobre la condición humana. Está la voz de Vonnegut, sí, pero no con la intensidad de Madre noche, Galápagos o Bienvenido a la jaula de los monos. Por momentos La cartera del cretino me recordó a los cuentos inéditos editados por Sexto Piso.

Los cuentos de La cartera del cretino hablan de lo estúpidos que podemos llegar a ser, de los momentos donde sacamos lo mejor de nosotros, de mujeres virginales que actúan por primera vez en una obra de teatro y hombres que quieren morir por unos segundos para viajar en el tiempo, de parejas que viajan a París con un anillo falso, miradas de amor y admiración y de solitarios en una parada de autobús. Hay momentos entrañables y otros delirantes.

Lo mejor de La cartera del cretino está en el ensayo El último de Tasmania. Ahí, la voz de Vonnegut  recuerda a la de Un hombre sin patria, es divertida, reflexiva, irónica, punzante, un viaje que empieza en 1492 y termina quinientos años más tarde en la cocina de Vonnegut, y en ese paréntesis, la conquista del paraíso y cómo echarlo a perder con nuestra manera de actuar.

La cartera del cretino ha sido una lectura agridulce, el encuentro con un Vonnegut inédito, las páginas donde recuperé al viejo Vonnegut y la pregunta (como con Bolaño o Carver) de si estos textos habrían salido a la luz tal y como los leí de haber estado Kurt Vonnegut vivo. Seguiré buscando sus libros descatalogados y leyendo cada cosa que encuentre de Vonnegut.



David cerró los ojos y se dijo nuevamente que ninguna expedición en la historia de la humanidad había sido más importante que la que ahora se iba a obligar a emprender. Moriría un instante, exploraría la eternidad, reviviría y les diría a sus semejantes que cada instante vivido formaba parte del universo de manera tan permanente como la mayor de las constelaciones. En la mente humana, el tiempo dejaría de ser un asesino.

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Nuestro amigo Kirkpatrick concluye en su libro que los europeos llegaron a las costas de «lo que ellos consideraban un lugar paradisíaco… pero lo único que encontraron fue medio mundo de tesoros naturales que sustraer y gente simple a la que se podía sojuzgar, cosas que acabaron haciendo, pero nunca reconocieron y nunca aprendieron el auténtico poder regenerativo que allí había, y esa oportunidad se perdió. Fue la suya, ciertamente, una conquista del Paraíso, pero como resulta inevitable en toda guerra contra el mundo de la naturaleza, los que ganan, pierden… Se pierden de nuevo y puede que esta vez para siempre».
¡Zas! De repente, Kirkpatrick nos transporta al momento actual, ¡en el que seguimos destrozando este lugar como vándalos! La cantidad de basura que yo genero cada semana es, sin duda alguna, un buen ejemplo. La recogen cada día en este pueblo con nombre indio situado en la punta de Long Island. No sé a dónde se la llevan. Se limita a desaparecer como cualquiera de esas cosas que parecían tan importantes hace unos días por televisión. Sólo se me permiten tres cubos de basura a la semana. Lo que sobre, me toca a mí deshacerme de ello, y ya tengo tres cubos llenos de basura. ¿Qué hacer? El The New York Times del domingo, que recogeré mañana por la mañana, ya ocupa el espacio suficiente como para llenar un cuarto cubo de basura.

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Otro alemán llamado Heinrich —aunque apellidado Böll y que es un gran escritor— y yo nos hicimos amigos pese a haber sido cabos en ejércitos enemigos. Una vez le pregunté cuál era para él el defecto principal del carácter alemán y me contestó, «la obediencia». Cuando pienso en las siniestras órdenes obedecidas por los secuaces de Colón, o en esos sacerdotes aztecas que supervisaban los sacrificios humanos, o en esos burócratas chinos seniles dispuestos a silenciar a los que protestaban pacíficamente y sin armas en la Plaza de Tian’anmen hace apenas tres años, cuando escribo esto, debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.

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Hace muchos años, en la Universidad de Chicago, estudié para antropólogo, pero no pude encontrar trabajo como tal porque no tenía un doctorado. Desde entonces, he hecho indagaciones sobre el destino de mis compañeros de clase que sí se doctoraron aunque ya no quedaran muchos seres primitivos por ahí. Me dijeron que se habían convertido en «antropólogos urbanos». Las afueras de la nación más rica de la tierra son ahora sus desiertos, sus casquetes polares, sus oscuras selvas, los lugares en los que todo el mundo, a excepción de los antropólogos urbanos y por cortesía de la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América, parece disponer de un arma de fuego. Las balas vuelan que da gusto.
La Segunda Enmienda, redactada por el anglosajón James Madison, propietario de esclavos, reza: «Una milicia bien regulada es necesaria para garantizar la seguridad de un Estado libre, y el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe ser infringido». Mientras los pobre de este país se matan entre ellos, que es lo que hacen muchos a diario, el gobierno federal, evidentemente, se limita a considerarles, como podría haber hecho Colón, una milicia bien regulada.
Kurt Vonnegut
La cartera del cretino (traducción de Ramón de España. Malpaso)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:16  | Libros...
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