Mi?rcoles, 27 de noviembre de 2013

Cerdeña como una infancia, un libro de viajes y de tiempos, el tiempo de los turistas que saben que tienen un límite antes de retomar su rutina, el tiempo del lugar, las casas de piedra de dos mil años, las habitaciones de hotel, las puertas que también son ventanas y están a un par de metros del suelo, el tiempo de los habitantes de Cerdeña, los mercados y el pastoreo, el propio tiempo del viaje, más lento y aquietado.

Siento que Cerdeña como una infancia es un diario de pequeños momentos, de miradas por el rabillo del ojo, un viaje organizado para jóvenes escritores donde Vittorini habla de la tierra y las rocas rojizas, las costas abruptas, las luces en la noche, los árboles y el aroma de los mercados, los silencios y las miradas huidizas de los sardos, de tartanas por caminos angostos y la cercanía del mar como fin de viaje.

Elio Vittorini inicia su viaje con el recuerdo de los momentos de bondad y felicidad, la sensación de aventura y sorpresa, el viaje como regreso a las emociones perdidas de la infancia, a la sorpresa continua por estar ante un paisaje siempre desconocido. El barco se acerca a la costa, el paisaje  parece lunar, el desembarco es sentirse un explorador de otros tiempos. La mirada de Vittorini es tenue, la pausa de las jornadas de viaje, las descripciones de los paisajes y las calles tras las ventanas de hotel, el desbroce de la corteza de un árbol y la sabia que moja las manos de los hombres, las zambullidas en el mar, por momentos Cerdeña como una infancia es un viaje introspectivo, por momentos el diario tranquilo de un turista que pisa por primera vez un lugar desconocido.

Los mejores momentos de Cerdeña como una infancia se detienen en el cruce de tiempos, viajar por una carretera de tierra y desembocar en casas en la roca, las tradiciones y los gestos de los habitantes, lo influencia española, el tiempo que se contrae o dilata según el momento del viaje en que se esté, sentir el viaje como parte de una infancia (el halo de misterio y fábula)



Yo sé qué significa ser feliz en la vida, y la bondad de la existencia, el gusto de la hora que pasa y de las cosas que se tienen alrededor, aun sin moverse, la bondad de amar esas cosas, fumando, y una mujer en ellas. Conozco la alegría de una tarde de verano leyendo un libro de aventuras caníbales, semidesnudo en una chaise-longue ante una casa en la colina que mira al mar. Y muchas otras alegrías a la vez: estar en un jardín al acecho y escuchar cómo el viento mueve apenas las hojas (las más altas) de un árbol; o en un arenal sentir agrietarse y derrumbarse una infinita existencia de arena; o en el mundo poblado de gallos levantarse antes del amanecer y nadar, solo en toda el agua del mundo, cerca de una playa rosa. Y no sé qué es lo que pasa por mi rostro en esas felicidades mías, cuando siento que viviendo se está tan bien: no sé si una dulzura soñolienta o más bien una sonrisa. ¡Pero cuánto anhelo de poseer cosas! No sólo mar o sol, ni sólo una mujer y el corazón de ella bajo los labios. ¡También tierras! ¡Islas! Puedo encontrarme en mi calma, a cubierto, en mi habitación, donde la ventana ha quedado abierta de par en par toda la noche, y de repente despertarme con el ruido del primer tranvía matutino; no es nada; un tranvía, un carricoche que rueda, pero el mundo está desierto alrededor y en ese aire recién creado todo es distinto de ayer, desconocido para mí, y una nueva tierra me asalta.

( … )

Se ven tejados en pendiente. Terrazas donde más gente acurrucada espía en dirección a la plaza. Se oye un rumor subterráneo, como de un molino. Después el canto de una pequeña multitud. Aceleramos el paso y el canto se acelera también. Cortamos por una travesía para alcanzarlo y desembocamos junto al flanco de una iglesia. Delante, la calle está llena de mujeres en procesión, ataviadas con sus vestidos rojos de fiesta. Ahora sacarán el santo, pienso. Sin embargo lo que sale es un ataúd. Un pequeñísimo cajón de niño, de abeto desnudo y sin adornos, sin barnizar, llevado sobre las cabezas de dos hombres en mangas de camisa. Otro, caminando a su lado, lleva a hombros una mesa, me imagino que la lleva de vuelta a casa, tras haber servido de tarima en la iglesia. Detrás corre una turba de niños, también con ropas festivas. Corren, con paso de nada, descalzos y no pierden de vista el cajoncito. Donde está uno de ellos, que saben quién es -que este verano ha jugado con ellos- y que tenía una escopeta. ¿Se la lleva ahora con él, esa escopeta?
Elio Vittorini
Cerdeña como una infancia (traducción de Atilio Pentimalli. Minúscula)


Tags: Elio Vittorini, Minúscula, Atilio Pentimalli

Publicado por elchicoanalogo @ 6:03  | Libros...
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