Jueves, 28 de noviembre de 2013

Su maquillaje está algo corrido y sus pies cansados. Lee Chong saca los cubos de la basura y los coloca en el bordillo. El Viejo Chino sale del mar y cruza la calle haciendo sonar su suela desprendida, pasando el Palacio. Los vigilantes de las conserveras se asoman y parpadean ante la luz de la mañana. El gorila del Bandera del Oso sale al porche en mangas de camisa y se estira y bosteza y se rasca la barriga. Los ronquidos de los inquilinos del señor Malloy, en sus escalones, tienen la cualidad de una profunda cueva. Es la hora de la perla: el intervalo entre el día y la noche, cuando el tiempo se detiene y se examina a sí mismo.
En una mañana como esa y con esa luz, dos soldados y dos chicas paseaban despreocupadamente por la calle. Habían salido de La Ida y estaban muy cansados y muy felices. Las chicas eran robustas, pechugonas y fuertes y su pelo rubio estaba ligeramente desordenado. Llevaban unos vestidos de noche de viscosa estampada, ahora arrugados y ceñidos a sus formas. Y cada chica llevaba la gorra de un soldado, una bien echada hacia atrás y la otra tan calada que la visera casi le tapaba la nariz. Eran muchachas de labios gruesos y grandes narices y estaban muy cansadas.
Los soldados llevaban las casacas desabrochadas y los cinturones metidos en las charreteras. Las corbatas flojas, de modo que los botones de la camisa pudieran desabrocharse. Y llevaban los sombreros de las chicas, uno un pequeño gorro amarillo de paja con ramito de margaritas en la copa, el otro un medio sombrero blanco de punto con medallones de celofán prendidos. Caminaban cogidos de la mano, balanceando las manos rítmicamente.
John Steinbeck
Cannery Row (traducción de José Luis Piquero. Navona)


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