S?bado, 30 de noviembre de 2013

Kappa podría ser uno de los viajes del marino Gulliver de Jonathan Swift, bajo un tono de sencillo e irónico se esconde una mirada crítica con el ser humano y su conducta. Akutagawa da la voz al paciente número 23 de un hospital psiquiátrico para describir su viaje al país subterráneo de los kappa, unas criaturas pequeñas y extrañas, mezcla de hombre, rana, pato y tortuga que viven cerca del agua (y, según la mitología japonesa, son seres malignos).

Akutagawa usa el país de los kappa para atacar el capitalismo y militarismo. En capítulos cortos y sencillos expone el peligro de la militarización de un país, las frágiles condiciones laborales de los obreros, las creencias y el arte. El paciente número 23 cae por un hoyo y llega a un mundo subterráneo y mitológico. Se encuentra con los kappa que le acogen y le dan un tratamiento especial, observa los comportamientos de los kappa, aprende su idioma, se sorprende por la persecución amorosa de las hembras a los machos, por los partos donde el padre se acerca a la vagina de la madre para preguntar al niño si quiere nacer o no, por los conciertos que se interrumpen si alguien no entiende la música, por los poetas que quieren trascender y dejar su nombre en el recuerdo, por las leyes arbitrarias y sacerdotes que no creen en la deidad que proclaman.

Hay buenos momentos dentro de Kappa donde se unen el humor, la locura y la incomprensión de la conducta humana. Un poeta que se suicida (como lo hizo poco después Akutagawa) y cuyo espíritu aparece en cada fotografía, las kappa hembra que persiguen a los machos hasta darles alcance, un kappa empresario que domina tanto el partido en el gobierno como el periódico de los obreros y confiesa que realmente, es su mujer quien está detrás de él, la asunción de los trabajadores como una masa informe a la que sacrificar en los momentos de crisis.


Lo que quiere decir es que sacrificamos a los obreros que pierden su trabajo y utilizamos su carne como alimento. Mire, aquí hay un periódico, a ver si dice algo al respecto, y se lo explico mejor... ¡Ah, aquí! -Y procedió a leer en voz alta-: «La cifra de nuevos desempleados de este mes asciende a 64.769; el precio de la carne ha bajado proporcionalmente...»
Horrorizado, atiné a preguntar:
-¿Y los trabajadores aceptan esta situación sin protestar? Morir masacrados a manos de sus patronos...
-No importa que protesten mucho o poco -dijo Pep desde detrás de una montaña de melocotón confitado-. Hay un estatuto que cubre cada aspecto de la matanza del trabajador.


Kappa es una novela corta, incisiva e irónica en algunos instantes me llevó a Jonathan Swift y Mark Twain, un paciente sin nombre, un mundo subterráneo, unos seres extraños cuya religión les dice, «Comed. Yaced. Vivid», y a la vez masacran a sus trabajadores y apuestan por la guerra y el rearme militar, un poeta kappa que se suicida y contempla la vida desde el otro lado.



-Nuestro dios creó el mundo en un solo día. Aunque utilizamos el término «árbol», nada es demasiado para el poder de nuestro Árbol de la Vida. Y por supuesto, también creo a la hembra kappa, cuando ésta se aburrió de su existencia tediosa, se puso a buscar un compañero y Dios se apiadó de su soledad, y a partir de su cerebro modeló al macho kappa. Luego, bendijo a la pareja de kappas y les ordenó: «Comed. Yaced. Vivid».
Ryunosuke Akutagawa
Kappa (Traducción de David Favard. Ático de libros)


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Viernes, 29 de noviembre de 2013
Jueves, 28 de noviembre de 2013

Recibo un correo de Aida Books&More, la librería solidaria de la asociación Aida. Del veintinueve de noviembre al uno de diciembre, libros solidarios a dos euros en Malasaña. Es una buena manera de celebrar el día de las librerías y, de paso, echar una mano.


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:32  | Notas de prensa
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Su maquillaje está algo corrido y sus pies cansados. Lee Chong saca los cubos de la basura y los coloca en el bordillo. El Viejo Chino sale del mar y cruza la calle haciendo sonar su suela desprendida, pasando el Palacio. Los vigilantes de las conserveras se asoman y parpadean ante la luz de la mañana. El gorila del Bandera del Oso sale al porche en mangas de camisa y se estira y bosteza y se rasca la barriga. Los ronquidos de los inquilinos del señor Malloy, en sus escalones, tienen la cualidad de una profunda cueva. Es la hora de la perla: el intervalo entre el día y la noche, cuando el tiempo se detiene y se examina a sí mismo.
En una mañana como esa y con esa luz, dos soldados y dos chicas paseaban despreocupadamente por la calle. Habían salido de La Ida y estaban muy cansados y muy felices. Las chicas eran robustas, pechugonas y fuertes y su pelo rubio estaba ligeramente desordenado. Llevaban unos vestidos de noche de viscosa estampada, ahora arrugados y ceñidos a sus formas. Y cada chica llevaba la gorra de un soldado, una bien echada hacia atrás y la otra tan calada que la visera casi le tapaba la nariz. Eran muchachas de labios gruesos y grandes narices y estaban muy cansadas.
Los soldados llevaban las casacas desabrochadas y los cinturones metidos en las charreteras. Las corbatas flojas, de modo que los botones de la camisa pudieran desabrocharse. Y llevaban los sombreros de las chicas, uno un pequeño gorro amarillo de paja con ramito de margaritas en la copa, el otro un medio sombrero blanco de punto con medallones de celofán prendidos. Caminaban cogidos de la mano, balanceando las manos rítmicamente.
John Steinbeck
Cannery Row (traducción de José Luis Piquero. Navona)


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Mi?rcoles, 27 de noviembre de 2013

Cerdeña como una infancia, un libro de viajes y de tiempos, el tiempo de los turistas que saben que tienen un límite antes de retomar su rutina, el tiempo del lugar, las casas de piedra de dos mil años, las habitaciones de hotel, las puertas que también son ventanas y están a un par de metros del suelo, el tiempo de los habitantes de Cerdeña, los mercados y el pastoreo, el propio tiempo del viaje, más lento y aquietado.

Siento que Cerdeña como una infancia es un diario de pequeños momentos, de miradas por el rabillo del ojo, un viaje organizado para jóvenes escritores donde Vittorini habla de la tierra y las rocas rojizas, las costas abruptas, las luces en la noche, los árboles y el aroma de los mercados, los silencios y las miradas huidizas de los sardos, de tartanas por caminos angostos y la cercanía del mar como fin de viaje.

Elio Vittorini inicia su viaje con el recuerdo de los momentos de bondad y felicidad, la sensación de aventura y sorpresa, el viaje como regreso a las emociones perdidas de la infancia, a la sorpresa continua por estar ante un paisaje siempre desconocido. El barco se acerca a la costa, el paisaje  parece lunar, el desembarco es sentirse un explorador de otros tiempos. La mirada de Vittorini es tenue, la pausa de las jornadas de viaje, las descripciones de los paisajes y las calles tras las ventanas de hotel, el desbroce de la corteza de un árbol y la sabia que moja las manos de los hombres, las zambullidas en el mar, por momentos Cerdeña como una infancia es un viaje introspectivo, por momentos el diario tranquilo de un turista que pisa por primera vez un lugar desconocido.

Los mejores momentos de Cerdeña como una infancia se detienen en el cruce de tiempos, viajar por una carretera de tierra y desembocar en casas en la roca, las tradiciones y los gestos de los habitantes, lo influencia española, el tiempo que se contrae o dilata según el momento del viaje en que se esté, sentir el viaje como parte de una infancia (el halo de misterio y fábula)



Yo sé qué significa ser feliz en la vida, y la bondad de la existencia, el gusto de la hora que pasa y de las cosas que se tienen alrededor, aun sin moverse, la bondad de amar esas cosas, fumando, y una mujer en ellas. Conozco la alegría de una tarde de verano leyendo un libro de aventuras caníbales, semidesnudo en una chaise-longue ante una casa en la colina que mira al mar. Y muchas otras alegrías a la vez: estar en un jardín al acecho y escuchar cómo el viento mueve apenas las hojas (las más altas) de un árbol; o en un arenal sentir agrietarse y derrumbarse una infinita existencia de arena; o en el mundo poblado de gallos levantarse antes del amanecer y nadar, solo en toda el agua del mundo, cerca de una playa rosa. Y no sé qué es lo que pasa por mi rostro en esas felicidades mías, cuando siento que viviendo se está tan bien: no sé si una dulzura soñolienta o más bien una sonrisa. ¡Pero cuánto anhelo de poseer cosas! No sólo mar o sol, ni sólo una mujer y el corazón de ella bajo los labios. ¡También tierras! ¡Islas! Puedo encontrarme en mi calma, a cubierto, en mi habitación, donde la ventana ha quedado abierta de par en par toda la noche, y de repente despertarme con el ruido del primer tranvía matutino; no es nada; un tranvía, un carricoche que rueda, pero el mundo está desierto alrededor y en ese aire recién creado todo es distinto de ayer, desconocido para mí, y una nueva tierra me asalta.

( … )

Se ven tejados en pendiente. Terrazas donde más gente acurrucada espía en dirección a la plaza. Se oye un rumor subterráneo, como de un molino. Después el canto de una pequeña multitud. Aceleramos el paso y el canto se acelera también. Cortamos por una travesía para alcanzarlo y desembocamos junto al flanco de una iglesia. Delante, la calle está llena de mujeres en procesión, ataviadas con sus vestidos rojos de fiesta. Ahora sacarán el santo, pienso. Sin embargo lo que sale es un ataúd. Un pequeñísimo cajón de niño, de abeto desnudo y sin adornos, sin barnizar, llevado sobre las cabezas de dos hombres en mangas de camisa. Otro, caminando a su lado, lleva a hombros una mesa, me imagino que la lleva de vuelta a casa, tras haber servido de tarima en la iglesia. Detrás corre una turba de niños, también con ropas festivas. Corren, con paso de nada, descalzos y no pierden de vista el cajoncito. Donde está uno de ellos, que saben quién es -que este verano ha jugado con ellos- y que tenía una escopeta. ¿Se la lleva ahora con él, esa escopeta?
Elio Vittorini
Cerdeña como una infancia (traducción de Atilio Pentimalli. Minúscula)


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Lunes, 25 de noviembre de 2013

Se acerca a la ventana, se pone de puntillas, da un par de golpes con los nudillos y nos miramos en silencio. Empaña el cristal con su aliento y escribe abre. Su cara de niño curioso me observa y me pregunta por qué me gusta estar solo en los atardeceres.
Abre desaparece letra a letra. Se sienta a mi lado y me cuenta que soñó que estaba soñando, que se despertaba del sueño dentro del sueño y sentía vértigo (las paredes se movían y parecían plegarse sobre su espalda), que quería despertarse porque sabía que aún estaba en un sueño pero que no podía desoñar.
Asiento con un pequeño gesto. Le digo que me gustan las palabras que se inventa y que desoñar me recuerda a una madeja que se convierte en un hilo fino y largo.


Los lunes de Anay. Cláusula de conciencia...

"¿Será cierto, como quiere Rouault, que todo arte es confesión?"
                                                                                            MAX AUB


SECRETO PROFESIONAL

A todo el que te pregunte
responde lo mismo siempre:
"Lo importante es el poema"

Lo demás, no les concierne.

Ampárate en el matiz,
distorsiona lo evidente.
El mal poeta desvela;
el buen poema sugiere.

¡Pues claro que se preguntan
qué hay detrás de lo aparente...!

Que duden.
Que se pregunten.

Jamás reveles tus fuentes.

                                               ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 24 de noviembre de 2013

Imagina reencontrarte con un viejo amigo tras años sin saber de él, la sorpresa inicial, la sonrisa y los abrazos, los recuerdos y las bromas. Imagina una conversación larga, caótica y cercana donde se mezcla el presente, los años de ausencia y los gestos del pasado. Imagina descubrir que hay algo extraño en tu amigo, algo que no acaba de cerrar. Imagina despedirte con una sensación agridulce, la sorpresa del reencuentro y la sensación de haber estado ante un reflejo no del todo completo de quien conocías. Algo así me pasó con La cartera del cretino de Kurt Vonnegut.

No esperaba leer el nombre de Vonnegut en una gran librería (recuerdo preguntar por él en librerías de Madrid o Cádiz, encontrarme con libros descatalogados en una librería de de viejo o en una feria del libro, los libreros que me decían que no era el único que preguntaba por él y que no sabían si alguna editorial reeditaría sus novelas). Paseaba por los pasillos sin ningún título en mente y descubrí una columna de libros de Vonnegut en una mesa. La sorpresa inicial, la sonrisa, el tacto de las hojas naranjas (preciosa edición de Malpaso), la página noventa y nueve, los primeros párrafos, la editorial desconocida, la sensación de reencontrarme con un viejo amigo.

La cartera del cretino reúne seis cuentos, un ensayo y un relato inacabado de Kurt Vonnegut. Está su humor a veces entrañable, a veces puñetero, están la estupidez del ser humano y los pequeños gestos reconfortantes, están la sonrisa triste y un puñado de personajes perdidos, están cierto optimismo y una visión aguda y certera sobre la condición humana. Está la voz de Vonnegut, sí, pero no con la intensidad de Madre noche, Galápagos o Bienvenido a la jaula de los monos. Por momentos La cartera del cretino me recordó a los cuentos inéditos editados por Sexto Piso.

Los cuentos de La cartera del cretino hablan de lo estúpidos que podemos llegar a ser, de los momentos donde sacamos lo mejor de nosotros, de mujeres virginales que actúan por primera vez en una obra de teatro y hombres que quieren morir por unos segundos para viajar en el tiempo, de parejas que viajan a París con un anillo falso, miradas de amor y admiración y de solitarios en una parada de autobús. Hay momentos entrañables y otros delirantes.

Lo mejor de La cartera del cretino está en el ensayo El último de Tasmania. Ahí, la voz de Vonnegut  recuerda a la de Un hombre sin patria, es divertida, reflexiva, irónica, punzante, un viaje que empieza en 1492 y termina quinientos años más tarde en la cocina de Vonnegut, y en ese paréntesis, la conquista del paraíso y cómo echarlo a perder con nuestra manera de actuar.

La cartera del cretino ha sido una lectura agridulce, el encuentro con un Vonnegut inédito, las páginas donde recuperé al viejo Vonnegut y la pregunta (como con Bolaño o Carver) de si estos textos habrían salido a la luz tal y como los leí de haber estado Kurt Vonnegut vivo. Seguiré buscando sus libros descatalogados y leyendo cada cosa que encuentre de Vonnegut.



David cerró los ojos y se dijo nuevamente que ninguna expedición en la historia de la humanidad había sido más importante que la que ahora se iba a obligar a emprender. Moriría un instante, exploraría la eternidad, reviviría y les diría a sus semejantes que cada instante vivido formaba parte del universo de manera tan permanente como la mayor de las constelaciones. En la mente humana, el tiempo dejaría de ser un asesino.

( … )

Nuestro amigo Kirkpatrick concluye en su libro que los europeos llegaron a las costas de «lo que ellos consideraban un lugar paradisíaco… pero lo único que encontraron fue medio mundo de tesoros naturales que sustraer y gente simple a la que se podía sojuzgar, cosas que acabaron haciendo, pero nunca reconocieron y nunca aprendieron el auténtico poder regenerativo que allí había, y esa oportunidad se perdió. Fue la suya, ciertamente, una conquista del Paraíso, pero como resulta inevitable en toda guerra contra el mundo de la naturaleza, los que ganan, pierden… Se pierden de nuevo y puede que esta vez para siempre».
¡Zas! De repente, Kirkpatrick nos transporta al momento actual, ¡en el que seguimos destrozando este lugar como vándalos! La cantidad de basura que yo genero cada semana es, sin duda alguna, un buen ejemplo. La recogen cada día en este pueblo con nombre indio situado en la punta de Long Island. No sé a dónde se la llevan. Se limita a desaparecer como cualquiera de esas cosas que parecían tan importantes hace unos días por televisión. Sólo se me permiten tres cubos de basura a la semana. Lo que sobre, me toca a mí deshacerme de ello, y ya tengo tres cubos llenos de basura. ¿Qué hacer? El The New York Times del domingo, que recogeré mañana por la mañana, ya ocupa el espacio suficiente como para llenar un cuarto cubo de basura.

( … )

Otro alemán llamado Heinrich —aunque apellidado Böll y que es un gran escritor— y yo nos hicimos amigos pese a haber sido cabos en ejércitos enemigos. Una vez le pregunté cuál era para él el defecto principal del carácter alemán y me contestó, «la obediencia». Cuando pienso en las siniestras órdenes obedecidas por los secuaces de Colón, o en esos sacerdotes aztecas que supervisaban los sacrificios humanos, o en esos burócratas chinos seniles dispuestos a silenciar a los que protestaban pacíficamente y sin armas en la Plaza de Tian’anmen hace apenas tres años, cuando escribo esto, debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.

( … )

Hace muchos años, en la Universidad de Chicago, estudié para antropólogo, pero no pude encontrar trabajo como tal porque no tenía un doctorado. Desde entonces, he hecho indagaciones sobre el destino de mis compañeros de clase que sí se doctoraron aunque ya no quedaran muchos seres primitivos por ahí. Me dijeron que se habían convertido en «antropólogos urbanos». Las afueras de la nación más rica de la tierra son ahora sus desiertos, sus casquetes polares, sus oscuras selvas, los lugares en los que todo el mundo, a excepción de los antropólogos urbanos y por cortesía de la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América, parece disponer de un arma de fuego. Las balas vuelan que da gusto.
La Segunda Enmienda, redactada por el anglosajón James Madison, propietario de esclavos, reza: «Una milicia bien regulada es necesaria para garantizar la seguridad de un Estado libre, y el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe ser infringido». Mientras los pobre de este país se matan entre ellos, que es lo que hacen muchos a diario, el gobierno federal, evidentemente, se limita a considerarles, como podría haber hecho Colón, una milicia bien regulada.
Kurt Vonnegut
La cartera del cretino (traducción de Ramón de España. Malpaso)


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S?bado, 23 de noviembre de 2013
Viernes, 22 de noviembre de 2013

Los sabios ignoran cómo y para qué encienden sus lucecitas las luciérnagas; los poetas…, los poetas han dicho muchas tonterías a propósito de esos gusanos; los chiquillos de Cecebre afirman que el vermes luminoso oculto en el zarzal es una viejecita que cuida el fuego de su cena de harina de maíz. Tampoco es verdad. La verdad la sé yo y voy a contárosla. Llueve a torrentes, el viento hace caer la fruta de los manzanos que hay ante mi balcón y en la fraga —sonora como el mar— todos los bichejos se han escondido en sus madrigueras. Las noches así parecen creadas para narrar historias.
Ocurrió, amigos míos, que la luciérnaga, cuando no era más que un gusano tan oscuro y vulgar como cualquier gusano, vio en una mañana de sol la tela sutil de una araña, luciendo con los colores del iris y adornada con unas gotitas de rocío, que fulguraban como polvo de estrellas, y el humilde animalito quedó deslumbrado ante tanta magnificencia. Recogido e inmóvil sobre la hoja de zarza, meditó mucho tiempo.
«La verdad es —se dijo— que todas somos criaturitas de Dios, pero la Naturaleza me ha postergado injustamente. Nadie hay más feo que yo, ni más inútil ni más débil. No soy sino un pobre gusano, y ni en mí ni en mis obras podría encontrarse la menor belleza. Sin embargo, tengo un buen corazón y me gustaría alegrar la vida de los demás, cantando como el ruiseñor o tejiendo telas brillantes como la araña. A la fuerza, algo he debido de hacer o de omitir para que se me haya impuesto este castigo, y bien quisiera saber lo que fue».
Marchó a ver a la araña y le habló así:
—Tú, que tienes ágiles patas y eres fuerte contra tus enemigos y sabes urdir tan hermosos tapices, ¿qué bien has hecho para merecer tanto bien?
La araña nunca había pensado en semejante asunto. Vaciló un instante y respondió:
—No sé… Como no sea que procuro librar a los hombres de las impertinencias de las moscas. Las moscas son pesadísimas y antihigiénicas.
Y se relamió.
Caviló después de oírla el gusano:
—Ciertamente hay que procurar el bien de los demás seres para ganar el amor de la madre Naturaleza.
Y sintió su corazoncito inflamado en caridad. Abandonó la zarza y se marchó peregrinando por el mundo adelante.
Sus afanes crecieron con sus caminatas, porque vio animales más hermosos y más fuertes que él: moscas que parecían tener hecho su cuerpo de un trozo de zafiro o de esmeralda; víboras agudas como puñales y con el color de acero de un puñal; liebres ágiles, de duros dientecillos, y en lo alto, gavilanes de amplias alas y de mirada penetrante. Y la luciérnaga, en su insignificancia, se humillaba ante todos y sentía renovada su ansia de ganar merced.
Un día encontró a un tábano, que reposaba en una ramita de morera, y lo admiró porque podía volar y remontarse, y porque su zumbido rimaba con el sopor y la quietud de las siestas. Y habló con él. El tábano contó que había comido hasta saciarse de un buey desenterrado en el monte por los perros, y que llevaba en su trompa veneno para matar otro buey. Estaba orgulloso de su poderío y confesó que acaso se decidiera a inyectar el carbunco al hombre que guardaba los bueyes para demostrar que era capaz de aniquilarlo.
Entonces la luciérnaga le reprochó con palabras amables, y habló de lo hermosa que es la vida para todos los seres, y de la alegría de templarse al sol y de aspirar _ el aroma del campo y de ver cómo el grano verde de la mora se torna rojo, y negro después; y habló también de la hosca y profunda y fría noche de la muerte y de la horrible inmovilidad de los cuerpos que devoran después las aves carniceras y las alimañas del bosque, y cuyos huesos mondan las voraces hormigas… Muchas cosas dijo, y en todas ellas iba un poco de su buen corazón. Y al fin, el tábano lloró, enternecido, y lavó el carbunco de su trompa en el agua pura de un manantial.
El gusano siguió su ruta, satisfecho de la benéfica tarea, y andando, andando, conoció nuevos animales hermosos: el búfalo imponente, de melenuda giba, y el buitre de calva cabeza que emerge entre la gola de plumas, y el listado tigre, y el león de garras cortantes, y las serpientes de pintada piel y rápidos anillos. Y la luciérnaga se humilló ante ellos y comprendió más intensa y dolorosamente su pequeñez.
Por entonces fue cuando se enamoró de otra luciérnaga. Durante algún tiempo pensó en desistir de sus ansias de perfección y crear una honrada familia en cualquier frondosa mata de la selva, pero le conmovió el dolor de un rival. Otro gusano que amaba a la misma luciérnaga quiso olvidar en la muerte su fracaso. El vermes peregrino lo contuvo.
—Sé bueno con ella —dijo—; yo seré el que se vaya.
—¿Cómo podré pagarte este favor? —le preguntó el rival.
—Poned mi nombre a vuestro primer hijo.
—Así se hará —ofreció el gusano afortunado con tan profunda emoción, que se olvidó de preguntarle cómo se llamaba.
Aquel sacrificio fue muy doloroso para el peregrino y aun le pareció que la herida causada por el renunciamiento en su corazón no curaría nunca; pero se fortaleció pensando que había procurado la ajena felicidad. Se alejó y vio otros países y otros seres. Envidió noblemente, desde los cantiles, los corvos colmillos de las morsas, y la mole ingente de las ballenas, y la blanca piel de los osos del Norte; y consideró en otras tierras las largas patas rojas y la esbelta figura de la garza real.
Y un día le detuvieron unos lamentos angustiosos, y vio cerca de él, tendida sobre las hierbas, un ave herida por la flecha de un cazador.
—Aquí moriré —dijo el ave—, pero no es mi triste suerte lo que más me apena. En ese árbol próximo está mi nido, y en el nido agoniza de hambre mi hijo. He escuchado dos días y dos noches sus pitidos sin poderle valer.
El gusano sintió su alma estremecida por aquella grande aflicción, y habló:
—Nada valgo y en nada me es dado auxiliarte. Una sola cosa puedo hacer. Subiré al árbol y ofreceré mi propio cuerpo a tu hijo.
Y subió.
Asomose al borde del nido y vio cerca de él un ser pelado y deforme, y un pico negruzco, ávidamente abierto, El gusano cerró los ojos al horror de su destino y murmuró apagadamente:
—Aquí estoy.
Pero el abierto pico no avanzó hacia él. Había muerto ya el polluelo. La luciérnaga bajó del árbol y continuó su caminata.
Al fin llegó al más recóndito lugar de un inmenso bosque, y allí encontró a la madre Naturaleza atareada en la elaboración de grandes cantidades de tintura verde, porque la primavera se aproximaba ya.
La luciérnaga se postró en el polvo, deslumbrada por la esplendidez de la visión, y esperó el permiso para exponer sus cuitas.
—Madre —dijo, cuando le fue otorgado—, lo que tú haces bien hecho está siempre, y yo no soy sino el último de los gusanos. Es tu clemencia y la generosa bondad con que repartes tus gracias las que me animan a venir junto a ti. Madre, los dones que me hiciste son tan escasos que cualquier criatura, aun la menos galana, puede ufanarse de poseer más.
Calló. La diosa, soberbia, ni aun se dignó mirarle.
—Madre —continuó—, desde que abandoné mi zarzal para venir a implorarte se han secado y vuelto a nacer varias veces las hojas de los árboles, y en todo ese tiempo me he dejado guiar como de un lazarillo por mi buen corazón. He limpiado un aguijón de ponzoña, salvé algunas vidas, preferí al bien propio el contento ajeno, ofrecí mi propio cuerpo al último sacrificio. Amé a todos los seres. Hazme una merced de belleza.
Y la diosa siguió con sus grandes ojos misteriosos fijos en el confín.
—Sin embargo —gimió el vermes—, ¿qué ha hecho mejor que yo la araña? Y tú has enseñado a la araña a tejer sus telas sutilísimas.
La madre Naturaleza habló:
—Son trampas mortales.
—Y pusiste marfil en los cuernos del rinoceronte.
—Porque con ellos abre el vientre de sus víctimas.
—Y diste corpulencia a la ballena.
—Porque en cada una de sus comidas perecen millares de seres.
—También has pintado bellamente la piel del tigre.
—Para disimularlo en el cañaveral cuando aguarda a su presa.
—¡Entonces —exclamó el gusano— tú no eres sino una deidad monstruosa, enamorada del mal, que te nutres del sufrimiento y de la muerte de sus propias criaturas y otorgas más a las feroces! El camino del bien pasa muy lejos de tu pecho insensible.
Y volvió a su zarzal. Y en cuanto hubo llegado e hizo su salida nocturna, vio que brotaba de su cuerpo un resplandor pálido, entre verdoso y azul, que hacía de ella un brillante a la luz o un trocito de estrella. Comprendió que la Naturaleza había querido castigar su osadía, haciendo que hasta en las tinieblas se viese su humilde condición de gusano que la delatase a sus enemigos. Pero aun en lo que da como castigo, pone novedad y hermosura la Naturaleza. Desde entonces, la luciérnaga va condenada a decir:
—Ved qué humilde soy.
¡Pero lo dice tan bellamente…!
Wenceslao Fernández Flórez
La lucecita pálida (Estancia XIII de El bosque animado. Austral)


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Mi?rcoles, 20 de noviembre de 2013

La lluvia amarilla es la voz de alguien que se sabe muerto, es el sonido del abandono y la soledad de una aldea, es ver las zarzas y los árboles adueñándose de casas y caminos, es la madera podrida y los tejados derrumbados, es la luz brillante y fría de la luna que crea sombras y aparecidos, es el peso del tiempo y la locura, es, sobre todo, la mirada de Andrés, el último habitante de la aldea de Anielle a un mundo que se colapsa y, con él, su propia mente.

En La lluvia amarilla asisto a la descomposición de una aldea, un microcosmos que desaparece delante de Andrés poco a poco, los primeros vecinos que cargan sus muebles en un carro y se van a la ciudad, los hijos que emigran por estudios y trabajo, aquellos que mueren sin haber salido de la aldea, aquellos que, como su mujer, acaban con su vida porque no soportan el frío y la soledad. Andrés vive en una aldea fantasma, el mundo que le rodea y su interior se intercambian para crear sombras, dureza y ruinas. La aldea de Anielle como personaje envuelve a Andrés, lo vampiriza y lo mantiene atado al abandono, necesita un último testigo que vea crecer los huecos en los tejados, el sonido del derrumbe, el cierre de los caminos.

Llamazares se detiene en los ruidos y la herrumbre del abandono, vivir en un mundo que llega a su fin, el umbral de la muerte y la inercia como única motivación de Andrés (su mirada es dura, sombría, pasa por las casas abandonadas, por los trabajos del campo, por las huellas de un pasado que se esconde tras la naturaleza). La soledad adquiere un peso tangible, una carga cercana a la que soportaba Sísifo, imposible de dejar atrás. Las reflexiones y recuerdos de Andrés, su mente que divaga entre lo real, lo pasado y la imaginación, su silencio y los sonidos que vienen de las casas que caen o la nieve y las tormentas. Salvo la de Gavín, que un rayo atravesó de arriba abajo cuando aún prácticamente estaba intacta, el proceso de destrucción siempre era el mismo, e igual de irreparable, en cada casa. El moho y la humedad roían en silencio, primero, las paredes, más tarde, los tejados, y, luego ya, como si de una lenta lepra se tratara, el esqueleto descarnado de las vigas en que aquéllos se apoyaban. Después, aparecían los líquenes silvestres, las negras garras muertas del musgo y la carcoma, y, al fin, cuando la casa entera estaba ya podrida hasta sus últimas sustancias, el viento o una nevada acababan arrumbándola. Yo escuchaba en la noche el crujido del óxido, la oscura podredumbre del moho en las paredes, sabiendo que, muy pronto, sus brazos invisibles alcanzarían también mi propia casa. Y, a veces, cuando la lluvia y la ventisca arreciaban detrás de los cristales y el río retumbaba como un trueno en la distancia, de repente, me despertaba en medio de la noche el estruendo brutal de una pared al desplomarse.

La lluvia amarilla me recuerda las aldeas gallegas en las que jugaba a romper cristales de las casas abandonadas, las casas de piedra y tejas de pizarra que parecían se habían replegado hacia el centro, dejando un boquete por donde mirar hierbas y madrigueras. Julio Llamazares escribe una novela corta, densa y dura, pequeños párrafos que hacen palpables el frío, la soledad, el silencio y la espera de la muerte.



La soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo. Pero, también, como respuesta, a construir sobre recuerdos las pesadas paredes del olvido. Nada produce a un hombre tanto miedo como otro hombre —sobre todo si los dos son uno mismo— y ésa era la única manera que tenía de sobrevivir entre tanta ruina y tanta muerte, la única posibilidad de soportar la soledad y el miedo a la locura. Recuerdo que, de niño, escuchaba a mi padre historias y sucesos de otro tiempo, veía a mis abuelos y a los viejos del pueblo sentados junto al fuego y el pensamiento de que ellos ya existían cuando yo ni siquiera había nacido me llenaba de angustia y me dolía. Entonces, sin que nadie lo supiera —sentado en el escaño, en un rincón, seguramente ni siquiera me veían—, escuchaba hasta dormirme sus relatos y adoptaba sus recuerdos como míos. Imaginaba los lugares y personas de que hablaban, les otorgaba los rostros que creía habrían tenido y, al igual que se dibuja y se da forma a la imagen de un deseo o un pensamiento, construía de ese modo mi memoria con las suyas. Cuando murió Sabina, la soledad me obligó otra vez a hacer lo mismo. Como un río encharcado, de repente el curso de mi vida se había detenido y, ahora, ante mí, ya sólo se extendía el inmenso paisaje desolado de la muerte y el otoño infinito donde habitan los hombres y los árboles sin sangre y la lluvia amarilla del olvido.
Julio Llamazares
La lluvia amarilla (Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:26  | Libros...
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Lunes, 18 de noviembre de 2013

"Recuérdalo, hubo un río."
                                        BENJAMÍN PRADO


Como esas palabras desconocidas
que se quedan en la memoria,
desapercibidas aparentemente en la primera escucha
o en la segunda lectura incluso,
para resurgir después
y volar y perseguirme
con la necesidad inexplicable
de ser reescritas,
reutilizadas.
Exactamente así
te estoy mirando ahora.

                                     ALMUDENA VIDORRETA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:08  | Los lunes de Anay
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Domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi guerra fue fundamentalmente cosa de caballos, porque los vehículos de motor resultaban inútiles en el fango de Flandes; y si alguien se encontraba entre los caballos durante un bombardeo, los animales eran, como tuve ocasión de comprobar en cierta ocasión, tan peligrosos como los obuses alemanes. Incluso vi en acción a la caballería, porque todavía quedaban generales que pensaban que, si lograban llegar a caballo hasta el enemigo, las ametralladoras serían rápidamente silenciadas. Aquellos jinetes me parecieron tan maravillosos como los cruzados, pero no me habría montado en uno de esos caballos por nada del mundo. Y por supuesto que vi cadáveres, y llegué a acostumbrarme a su insignificante aspecto, porque sin la panoplia de la muerte, un hombre muerto es un objeto desesperadamente carente de importancia. Había algo peor: vi hombres que no eran cadáveres, pero que lo serían pronto y que anhelaban la muerte.
Lo que más daño me hacía eran la indignidad, la ignominia y el suplicio a los que la guerra reducía a un hombre herido. Los hombres agonizantes, destrozados de tal forma que nunca volverían a estar completos aunque sobrevivieran, no eran algo que se pueda pasar por alto. Pero aprendimos a hacer caso omiso, y yo planté mis pies sobre muchos compañeros heridos y los hundí aún más en el barro, porque tenía que pasar por encima y llegar a algún lugar que nos ordenaban tomar o morir en el intento.
Aquello era el combate, lo que suponía que, al menos, estábamos haciendo algo. Sin embargo, pasábamos días e incluso semanas sin apenas refriegas, periodos que vivíamos en las trincheras, en un barro del color del estiércol y lleno de inmundicias, con nuestros uniformes del color del estiércol. Teníamos frío, estábamos mal alimentados, y nuestro aspecto era terrible.
Robertson Davies
Trilogía de Deptford (traducción de Natalia Cervera de la Torre. Libros del Asteroide. Círculo de lectores)


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S?bado, 16 de noviembre de 2013
Jueves, 14 de noviembre de 2013

i
Sacude el polvo de las páginas del libro (es de tapa dura, las páginas ocres y la sobrecubierta desgastada). Sonríe, da la vuelta al libro, lo abre por una página al azar y lo cierra con un rápido gesto que origina una pequeña nube de polvo. Tiene una mirada ágil, la cabeza calva, las manos curiosas. Lleva una bolsa de tela al hombro, mira cada libro en de las diferentes hileras, escoge novelas, un libro sobre la historia del aeropuerto de Bilbao, algunas postales y calendarios viejos, un par de guías de viaje. En la bolsa, la forma de los libros. Observo su búsqueda entre las mesas del rastrillo y creo ver un reflejo. Me dice que los libros se esconden unos entre otros y que suele encontrar algo interesante a la tercera pasada, que tiene un desván con miles de libros, que coloca un plástico delante de las estanterías para evitar que entre el polvo y dañe los libros. Le cuento que hago lo mismo en las ferias de segunda mano, que a veces descubro a Shepard o Dexter tras varias búsquedas en la misma caseta, que compro un libro por las huellas que encuentro, una dedicatoria, una fotografía, una pequeña hoja aplastada, frases subrayadas o una fecha, que dejo billetes de metro, hojas o mapas dentro de los libros para crear una huella futura.

ii
Descargamos cajas y bolsas de los coches y las dejamos bajo las mesas. Hay ropa, libros, juguetes, robots de cocina, tazas, abalorios. Saco los libros de las cajas de cartón, hago columnas que se tambalean por el peso, leo títulos y nombres de escritores mientras formo las primeras hileras, busco a Kurt Vonnegut o Ángel González (no hay suerte), me detengo cuando sobresale alguna hoja entre las páginas y leo fragmentos de novelas que otra persona sintió hablaban de ella (es un diálogo en el espacio y en el tiempo). Se mezclan las novelas de Jack London y Barbara Wood con manuales de cocina y guías de Viena en inglés. Sonrío por la diversidad de historias, por sentirme al otro lado y poder ver la mirada incisiva y los gestos torpes de los curiosos, la sorpresa de los niños al hojear tebeos antiguos (uno pregunta a su madre qué significa quince pesetas), las mujeres mayores con la mano apoyada en un bastón, la mirada acuosa y la voz baja al preguntarme por Bolaño o Saramago.

iii
Encuentro una fotografía en blanco y negro dentro de un libro de Trevanian. Me extraña la imagen, un hombre de pie dentro de una casa, un cigarrillo en la mano, la mirada esquinada, el exterior difuminado tras una ventana. Observo su cara menuda, el bigote negro, el gesto concentrado (me recuerda a Tarkovski), me pregunto qué originó esa foto (es una imagen cotidiana), por qué se quedó dentro de un libro, quién la dejó ahí, si alguien recordará a ese hombre. Guardo la fotografía entre las páginas del libro.

iv
Me cuenta que lleva cincuenta y cuatro años en París, que de niña venía a esta plaza a ver a las “niñas tontitas” del colegio, que le gusta la novela histórica y los libros de segunda mano, que una vez terminada una lectura deja el libro en un banco o en un vagón de tren para que sea otro quien lo encuentre y, por un instante, se sorprenda.

v
Me detengo delante de las estanterías. Abro En tierras bajas y me encuentro un marcapáginas con una pequeña oración y el olor de los libros de segunda mano. En El sistema periódico se esconden una factura de una librería catalana y un billete de tren. En Las sirenas de Titán están las postales que nos escribíamos mi padre y yo en mi infancia (la letra pulcra de mi padre, los trazos infantiles de la mía, los pequeños mensajes que hablan de un pájaro que le contaba si me portaba bien).


(coda)
Este sábado, dieciseis de noviembre, la protectora SOS Bilbao organizará un nuevo rastrillo solidario en el parque gernika de Santurtzi de diez de la mañana a tres de la tarde, todo lo recaudado irá para los perros y gatos abandonados que atienden.

http://www.sosbilbao.org/




Publicado por elchicoanalogo @ 6:29  | segunda mano
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Martes, 12 de noviembre de 2013

En Canadá está la voz de un adolescente norteamericano de los años sesenta que mira alrededor y descubre las aristas de la vida y de quienes le rodean. Es una voz sutil, pausada, inocente, una voz que habla de unos padres convertidos en atracadores, una hermana que desaparece calle abajo, un viaje a través de la frontera, una vida que cambia dramáticamente por un acto ajeno (la pérdida de la inocencia y el paso a la madurez, la asunción de la vida como un camino incierto y la frontera un eje entre lo que dejamos atrás y el presente).

Dell tiene quince años, una hermana gemela y unos padres que se equivocaron al casarse, él, un hombre del sur despreocupado, ella una mujer seria, con aspiraciones literarias. La familia se muda con frecuencia, el desarraigo de los hijos y el mundo reducido a cuatro paredes (una extraña patria de cuatro). Canadá se inicia de forma portentosa, la mención al atraco de los padres y la reconstrucción de la vida familiar hasta ese punto donde todo cambia.

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales - aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.

Un inicio que me lleva al del cuento Optimistas incluido en Rock Springs.

Lo que voy a contar sucedió cuando yo tenía tan sólo quince años, en 1959, el año en que mis padres se divorciaron, el año en que mi padre mató a un hombre y se fue a la cárcel por ello, el año en que dejé mi casa y el colegio, mentí acerca de mi edad para engañar al ejercito y ya no volví más. El año, dicho de otro modo, en que la vida cambio para todos nosotros para siempre, en que, a decir verdad concluyó de un modo que jamás habríamos llegado a imaginar ni en nuestros sueños más locos. (Optimistas. En Rock Springs. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)

Ese acto de sus padres volteará el mundo de Dell y su hermana Berner, pondrá bocabajo su extraña patria de cuatro, serán dos seres aún más desarraigados y solitarios que en su vida anterior. La inesperada acción de sus padres, verlos en la cárcel, sentir cómo se desmorona su mundo, el aturdimiento de saberse solos, el cuestionamiento de cada paso, de cada gesto. Ford maneja con habilidad todos estos elementos, la mirada sencilla y reflexiva de Dell intenta comprender y ubicarse en el mundo de los adultos, entender qué lleva a dos personas normales a atracar un banco y cómo esa decisión lleva a la perdición de los hermanos adolescentes.

Cruzar la frontera como símbolo de viaje iniciático. Dell vivirá en un pequeño pueblo canadiense, sentirá la cercanía de la frontera, la tierra al otro lado, el umbral entre su vida anterior y el presente. En Canadá Dell trabajará para un exiliado norteamericano, preparará las trampas de los cazadores, limpiará las habitaciones de hotel, vivirá solo en una casa auxiliar junto a una barriada semi abandonada, observará los actos de los adultos y tomará sus propias decisiones. Y la linea imaginaria de la frontera como invisible señal de cambio, de tener cerca una vida anterior a la que no se puede regresar.

Ford se acerca más al narrador de Incendios o a alguno de los cuentos de Rock Springs que a la trilogía protagonizada por Frank Bascombe (El periodista deportivo, El día de independencia, Acción de gracias), sitúa la primera parte en Great Falls, de nuevo los paisajes de sus cuentos, de nuevo la ciudad y los parajes invernales, esa capacidad que tiene de aunar paisaje y reflexión, de un mundo interior acorde con el exterior. En la segunda parte, Ford habla de llanuras y paisajes desolados, de montes y fronteras, de bandadas de gansos bajo cielos grises y pequeños hilos de luz. En Canadá, siento que Dell vive en un mundo en penumbra. Hay momentos de altibajos, repetitivos, pero hay algo en Canadá que me hace seguir leyendo a Richard Ford, una forma reflexiva de escribir, una mirada a la familia, la tierra y lo que significa madurar.



Mi ventana estaba justo debajo del alero, y el cartel rojo del Leonard teñía el aire negro de mi cuarto, mientras que en mi casucha sólo había habido luz de luna y velas y un cielo lleno de estrellas y el fulgor del remolque de Charley. Ahora no tenía radio. Así que para conciliar el sueño hacia recuento de las experiencias del día y los pensamientos a que habían dado lugar. Pensaba, como siempre, en mis padres, y en si sería duro para ellos comportarse debidamente en la cárcel, y en qué pensarían de mí ahora, y en cómo me habría comportado yo en el juicio si hubiera estado presente, y en qué nos habríamos dicho, y en si les habría contado qué era de Berner, y en si les habría dicho que les quería donde había gente que podía oírme. (Sí, lo habría hecho.) También pensaba en las broncas voces estadounidenses y en los logros de sus hijos, y en sus mujeres esperándoles en la puerta de la cocina, y en todas sus aventuras, nunguna de la cuales suscitaba en mí envidia o resentimiento. Yo no tenía logros hasta entonces, ni a nadie esperándome, ni siquiera una casa a la que poder volver. Lo único que tenía era mis quehaceres cotidianos y mis comidas y mi cuarto con mis escasas pertenencias. Y sin embargo, sorprendentemente, casi siempre me dormía aliviado de sentirme como me sentía. Mildred me había dicho que no tenía que pensar mal de mí, porque lo que había sucedido no era consecuencia de algo malo que hubiera hecho. Florence me había dicho que la vida nos la entregaban vacía, y que nuestra tarea consistía en inventar cómo ser felices. Y mi propia madre -que nunca había estado donde yo estaba ahora, y que no sabía nada de Canadá salvo que era una vista al otro lado de un río, y que ni siquiera conocía a la gente en cuyas manos me había puesto-, incluso ella se había dado cuenta de que era mucho mejor para mí estar allí que en alguna cárcel de menores de Montana. Y mi madre, sin duda alguna, me quería.
Richard Ford
Canadá (Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:12  | Libros...
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Lunes, 11 de noviembre de 2013

Entro en la habitación, le doy dos besos, le pregunto cómo ha pasado la noche. Me dice que bien, que se ha despertado a medianoche y a las dos de la madrugada. Se incorpora y juega con una pequeña radio en su mano, me dice que no sintoniza radio nervión (pienso en el poema ondas de radio de Raymond Carver, la oscuridad, la radio encendida, el viento en el estrecho, imágenes que no me pertenecen).
Me pregunta si recuerdo las pequeñas casas al otro lado de la ventana del hospital. Recuerdo imágenes inconexas, la copa de un árbol, el cielo gris, los puntos negros de las bandadas de pájaros, el ruido de un parque de juegos. Tenía cinco años, me acababan de operar de apendicitis, él a mi lado y yo en un lugar desconocido.
La enfermera le cambia el suero, le dice que sentirá sopor y sueño, le pregunta si es dormilón. Responde que ahora sí, matiza que madruga cada día, y que duerme más que antes. Es la edad, dice. Y se queda en silencio.
Salgo a tomar un café, los pacientes y familiares en las puertas entreabiertas de las habitaciones, la sala de espera vacía, el sirimiri tras las ventanas. Me siento en una esquina y miro la televisión, unos hombres buscan vetas de minerales entre rocas rojizas. Hablo con el camarero sobre el tiempo, le digo, cuando empieza la lluvia, ya no para, y, por un instante, siento que tengo ochenta años.

(Le dan el alta. El mar entre los edificios, la niebla en el horizonte, el reflejo verde de los semáforos en las aceras mojadas)


Los lunes de Anay. Recodos...

"No fuimos educados para el vértigo."
                                                       JUAN VICENTE PIQUERAS


"CHE FECE...IL GRAN RIFUTO"

A cada uno le llega el día
de pronunciar el gran Sí o el gran
No. Quien dispuesto lo lleva
Sí manifiesta, y diciéndolo
progresa en el camino de la estima y la seguridad.
El que rehúsa no se arrepiente. Si de nuevo lo
interrogasen
diría no de nuevo. Pero ese
no - legítimo - lo arruina para siempre.

                                                       KONSTANTINO KAVAFIS




....Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 23:19  | Los lunes de Anay
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Viernes, 08 de noviembre de 2013

Era primavera. Cosimo una mañana vio el aire como enloquecido, vibrante con un sonido nunca oído, un zumbido que llegaba a extremos de estruendo, y atravesado por un pedrisco que en vez de caer se desplazaba en dirección horizontal, y remolineaba lentamente, diseminado alrededor, pero siguiendo una especie de columna más densa. Era una multitud de abejas: alrededor estaba el verde y las flores y el sol; y Cosimo, que no sabía qué era, se sintió presa de una excitación ansiosa y feroz. -¡Se escapan las abejas! ¡Caballero Abogado! ¡Se escapan las abejas! -empezó a gritar, corriendo por los árboles en busca de Carrega.
-No se escapan: enjambran -dijo la voz del Caballero, y Cosimo lo vio debajo, apareciendo de pronto como un hongo, mientras le hacía señas de que estuviera callado. Después de inmediato se fue corriendo, desapareció. ¿Dónde se había metido?
Era la época de los enjambres. Un tropel de abejas estaba siguiendo a una reina que salía de la vieja colmena. Cosimo miró a su alrededor. El Caballero Abogado reaparecía por la puerta de la cocina el Caballero Abogado y llevaba en la mano un caldero y una sartén. Ahora golpeaba la sartén contra el caldero y lanzaba un ¡ding!, ¡ding! altísimo, que atronaba los tímpanos y se apagaba en una larga vibración, tan molesta que daban ganas de taparse las orejas. Percutiendo esos utensilios de cobre cada tres pasos, el Caballero Abogado caminaba detrás del tropel de abejas. Con cada uno de aquellos sonidos el enjambre parecía asaltado por una sacudida, un rápido bajar y subir, y el zumbido parecía más bajo y el vuelo más incierto.
Italo Calvino
El barón rampante (Traducción de Esther Benítez. Siruela)


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Mi?rcoles, 06 de noviembre de 2013

Las primeras fotografías de Carver Country nos enseñan el cuaderno de notas, el escritorio y el estudio de Raymond Carver. En el cuaderno de notas se puede leer write stories; en el escritorio y estudio: ceniceros, cigarrillos apagados, manuscritos, una foto de Chéjov, una pila de hojas, fotografías de Carver y Tess Galleguer. Carver Country se inicia con una pequeña descripción del estudio de Carver y continúa con una selección de sus cuentos y poemas entremezclados con las fotografías de Bob Adelman (pienso en miradas que se cruzan).

Bob Adelman intenta captar el mundo de Carver, serrerías, campos abiertos, barras de bar, la mirada de Tess Gallagher, ríos y moteles, los amigos del escritor, la casa de Chef. Sus fotografías complementan las palabras de Carver, hace reconocibles sus palabras, sus lugares comunes, la tristeza, desnudez y cercanía de sus cuentos y poemas. Hay moteles y barras de bar, hay personajes que miran a cámara y parece que han perdido algo en su mirada, hay campos abiertos, ríos y porches solitarios.

Avanzo por Carver Country, el orden de los cuentos y poemas, las cartas a lectores, la voz final de Tess Gallagher, este libro como una biografía de Raymond Carver, la realidad que hay en la ficción de sus libros, los recuerdos, personas, trabajo y lugares que Carver  de su vida a su obra. Las parejas que se despiden en moteles, las casas donde intentar una segunda oportunidad, el campo donde se entrevé un atisbo de felicidad, las copas y los cigarrillos, los primeros planos de la familia de Carver, los alcohólicos y los trabajadores de serrerías, la relación entre padres e hijos, los gestos cotidianos y la pérdida. Cada página, cada fotografía, forman parte de un mapa, del territorio Carver.

Carver Country es desandar el camino y volver a encontrarse con un mundo que reconozco, recordar los cuentos de Catedral o los poemas de Bajo una luz marina, es ubicarme en el mundo de Carver y descubrir guiños, señales y lugares que pasé por alto en una primera lectura, es volver a la emoción que me transmiten sus cuentos y descubrir la mirada de Adelman, sus imágenes en blanco y negro que retratan el mundo de Carver de manera acertada (imágenes que tienen su propio peso y emoción, como la última fotografía del libro, la mesa de trabajo de Carver, un retrato de Chéjov y una máquina de escribir sin papel).



De Cajas. La gente, en verano, suele tomarse vacaciones. Mi madre se muda. Empezó a mudarse años atrás, cuando mi padre se quedó sin trabajo. Cuando lo despidieron y se vio en el paro, vendieron la casa (como si fuera lo que debiera hacerse en esos casos) y se mudaron a otras latitudes que pensaron más propicias. Pero las cosas tampoco mejoraron en su nuevo hogar. Así que volvieron a mudarse. Y siguieron mudándose una y otra vez. Vivían en casas alquiladas, en apartamentos, en roulottes, e incluso en moteles. Siempre de un sitio a otro, siempre más ligeros de equipaje en cada mudanza. En un par de ocasiones recalaron en la ciudad donde yo vivía. Se instalaron en mi casa, vivieron con mi mujer y conmigo un tiempo y volvieron a partir. Eran algo así como aves migratorias, sólo que sus desplazamientos no seguían ninguna pauta definida. Viajaron de un lado a otro durante años, y hubo veces en que salieron incluso del estado en busca de pastos más verdes. Pero en general sus peregrinajes se mantenían dentro de los límites del norte de California. Al morir mi padre, pensé que mi madre dejaría de ir de un lado para otro y se quedaría en algún lugar durante un tiempo. Pero no fue así. Siguió mudándose. Una vez le sugerí que fuera a ver a un psiquiatra. Me ofrecí incluso a costeárselo. Pero ella no quiso ni oír hablar del asunto. En lugar de hacerme caso, lo que hizo fue dejar la ciudad e irse a vivir a otra parte. Debí de sentirme muy desesperado para que se me ocurriera hablarle de un psiquiatra.
Se pasaba la vida haciendo o deshaciendo las maletas. A veces se mudaba dos o tres veces al año. Hablaba con resentimiento del sitio que dejaba y con optimismo del que acababa de elegir. Su correo quedaba siempre atrás, la pensión le llegaba siempre a direcciones en las que ya no estaba, y se pasaba horas y horas escribiendo cartas para arreglar las cosas. Había veces en que se mudaba de una casa de apartamentos a otra situada a unas manzanas más allá, para luego volver al mismo edificio un mes después, sólo que a otro piso, a otra escalera. Así que cuando se mudó aquí decidí alquilarle una casa que estuviera amueblada a su gusto.
—Es esa manía de mudarse lo que la mantiene viva —decía Jill—. Lo que la mantiene ocupada. Debe de producirle una especie de placer morboso, imagino.
Acierte o no en lo del placer, Jill piensa que mi madre empieza a chochear. Y yo también lo pienso. Pero ¿cómo le dices a tu madre una cosa semejante? ¿Cómo tratarla en tal caso? El hecho de empezar a chochear no le impide planear y llevar a cabo su siguiente mudanza.
Raymond Carver
Carver Country (Textos de Raymond Carver. Fotografías de Bob Adelman. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


carver country


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Lunes, 04 de noviembre de 2013

"Lo visible es sólo un ejemplo de lo real"
                                                           PAUL KLEE


LA CITA

Es posible que no sepas
que ayer tomamos café juntos,
que estaba un poco amargo,
(como a ti te gusta),
que hablamos de muchas cosas,
(aunque no vinieses),
y que cuando el camarero
vino a traer la cuenta,
sólo nos cobró una consumición.
El muy idiota.

                                             ALFONSO BREZMES



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Los lunes de Anay
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