Viernes, 20 de diciembre de 2013

Termino de leer La vida en minúscula y siento que Alfred Polgar escribe fotografías. Polgar se detiene en los andenes de tren y los coches cama, en los objetos que cobran vida tras una puerta y los gestos cotidianos que pasan desapercibidos a primera vista, en los muertos y nuestra relación con ellos (el uso que hacemos de su memoria, de su muerte), en las ciudades a las que nunca se pudo llegar y en músicos que hacen de modelos para actores y acaban por imitar a su imitación, en solitarios que fingen su propia muerte y deambulan por la vida como reflejos fantasmas y en hombres que son el centro de los acontecimientos. Los textos de Polgar tienen un humor irónico y, también entrañable, a veces son una mirada a vista de pájaro, a veces inteligentes observaciones de un mundo en cambio.

¡Así pues, aquellos dos eran exactamente como parecían! Que extraño y doloroso engaño. Aquella correspondencia entre lo externo y lo interno, entre lo superficial y lo profundo, me pareció una desagradable disonancia, cuya percepción me producía una leve sensación de vértigo. Así que es también un engaño que las apariencias engañen. ¿Cómo puede uno no hacerse un lío si ni siquiera las máscaras son auténticas máscaras, sino auténticos rostros? (Alfred Polgar. La vida en minúscula. Traducción de Manuel Lobo. Acantilado)


El primer acercamiento a Bret Harte fue a través de una antología del cuento norteamericano. El relato escogido estaba protagonizado por jugadores de póquer, prostitutas y mineros, una historia aventurera que, por momentos, me recordó a Mark Twain o Jack London. Sus Cuentos californianos están situados en yacimientos mineros y poblado de buscadores de oro, tahúres que aceptan su suerte y toman la vida como un juego incierto, mujeres decididas que renuncian a la sociedad, disputas, parajes desiertos, la sensación de libertad y fragilidad. Leer a Bret Harte es imaginar el polvo en los yacimientos y las ropas de los mineros, las peleas y los actos de generosidad, la aventura por la aventura y un mundo fuera de la ley.

Debía de haber unos cien hombres reunidos. Uno o dos eran en realidad fugitivos de la justicia, algunos eran delincuentes, y todos temerarios. Físicamente no mostraban señal alguna que delatara sus vidas y reputaciones pasadas. El mayor granuja poseía una cara sacada de una pintura de Rafael, con una gran mata de pelo rubio; Oakhurst, jugador, tenía el aire melancólico y la abstracción intelectual de un Hamlet; el hombre más sereno y valeroso apenas medía cinco pies de altura, tenía una voz dulce y una actitud vergonzosa y tímida. El término «toscos» que les era aplicado constituía más una distinción que una definición. El campamento era quizás deficitario en cuanto a dedos de manos, pies y orejas... pero estas ausencias no desmerecían la fuerza conjunta. El hombre más fuerte sólo tenía tres dedos en su mano derecha. El mejor tirado sólo tenía un ojo. (Bret Harte. Cuentos californianos. Traducción de Rebeca Bouvier. Navona)




Lenz habla de vacíos y abismos, un poeta que siente el mundo herido, que se adentra en un paisaje que parece desplegarse en consonancia con su interior, a veces misterioso y abandonado, a veces denso, inasible, extraño, a veces pequeños momentos de calma y luz. De Lenz me atrapa la escritura de Georg Büchner, la densidad de su relato, el dolor al describir a un hombre atormentado que intenta salir del vacío que siente dentro y fuera de él y despertar a la pasión, la descripción de un paisaje que es tanto amenaza como descanso. Las ilustraciones de Alfred Hrdlicka, desgarradoras y oscuras, acompañan y enfatizan el texto de Büchner.

Llegó a casa. Desde luego, la noche transcurrida le había causado una fuerte impresión. Pudo ver el mundo con claridad y percibió interiormente una agitación y una inquietud hacia un abismo, al que una violencia despiadada le arrastraba. Ahora escarbaba en su interior. Comía poco; se pasaba la mitad de la noche entre rezos y sueños febriles. Un ansia brutal y después, extenuado, caía rendido. Lloraba a lágrima viva y de repente, recobraba la fuerza y se levantaba frío e indiferente y entonces sus lágrimas parecían como el hielo, tenía que reírse. Cuando más arriba estaba, más hondo caía. Todo volvía a agolparse. Le sacudían presentimientos de su estado anterior que iluminaban con ráfagas el desolado caos de su espíritu. (Lenz. Georg Büchner. Traducción de María Teresa Ruiz Camacho. Nórdica libros)


Lenz, ilustración de Alfred Hrdlicka


Tags: Alfred Polgar, Bret Harte, Georg Büchner, Alfred Hrdlicka, Manuel Lobo, Rebeca Bouvier, M. Teresa Ruiz Camacho

Publicado por elchicoanalogo @ 6:51  | Libros...
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