Mi?rcoles, 04 de diciembre de 2013

Los textos de Luigi Pintor me recuerdan a pequeñas diapositivas, a imágenes entrevistas por el rabillo del ojo, una mirada pausada ante lo que ocurre delante de nosotros, y en esa mirada al mundo circundante, las preguntas y las reflexiones sobre la memoria, la política y la muerte, la fortuna de quien decide sentarse en un níspero a ver pasar las nubes y el dolor por las revoluciones fallidas, las guerras cruentas, las zanjas y las revoluciones perdidas. Hay una armonía hipnótica en la escritura de Pintor, la sensación de estar ante una conversación que se desenreda de manera lenta y suave y te atrapa poco a poco, el cruce de los recuerdos de infancia y la visión inteligente (a veces irónica, a veces amarga) del mundo en que vivimos.

Pintor habla sobre la memoria, sobre los propios recuerdos, qué es real, que leyenda, cómo se construyen los recuerdos personales y colectivos, poner la distancia justa para mirar atrás y descubrir engaños, pequeñas victorias, las derivas políticas, dos guerras mundiales (de las zanjas de la primera guerra mundial a las bombas atómicas de la segunda). Cruza el recuerdo de un tranvía con los muertos de una guerra, la luz de Cerdeña con un anciano que cumple cien años y sólo quiere dejar vagar sus pensamientos, las confesiones de un moribundo  y su intento de ser honesto con la muerte de los hijos y el vacío que dejan tras de sí.

La señora Kirchgessner se inicia con una cita anónima que habla de no poder ser pesimistas con respecto al hombre, Pintor escribe en capítulos cortos pequeños recuerdos de infancia y madurez, la llegada a Cerdeña y las primeras imágenes captadas por un bebé, la muerte que se manifiesta de manera temprana y la lámpara de Aladino, la vuelta a la ciudad y encontrarse con las calles ocupadas, jóvenes que creen que están ante la última guerra, la muerte del hijo y sus palabras en una carta. Son pequeñas confidencias susurradas, un mapa de lo que fue la vida de un hombre en la Europa de las guerras mundiales y las luchas políticas.

El níspero empieza de manera atractiva. Jano tiene cien años y ha decidido sentarse bajo el níspero a contar los días, sin ceder a las tentaciones mundanas. Le parece una decisión juiciosa y adecuada a las circunstancias. No hará nada, dejará vagar sus pensamientos como nubes, más allá de las hojas. De nuevo, capítulos cortos y un hombre que cruza sus recuerdos con las reflexiones del siglo vivido. La  nostalgia y los ajustes de cuentas con nuestro pasado, los pequeños momentos cotidianos, las preguntas sobre religión, política, caridad, el tiempo, el mundo material y el mundo inmaterial, la amargura por el papel del hombre y, aún así, la necesidad de lucha y honestidad. El níspero tiene un ritmo pausado, una mirada inteligente, pequeños fragmentos de alguien que se detiene y mira alrededor de sí.

Los lugares del delito es el intento de confesión de un moribundo, Desperdicio un tiempo precioso, deambulo sin meta, me pierdo en preliminares, he enterrado mis secretos tan lejos que ya no sé dónde están. Tal vez sea incapaz de realizar este acto de honestidad. El narrador habla de esos últimos momentos, entremezcla sus pensamientos sobre la muerte y las guerras modernas con su propia vida y sueños que se tienen despierto. Los tres libros parecen cruzarse como afluentes los unos de los otros, la voz pausada, irónica, cercana, cálida, incompleta, los recuerdos y el repaso a cien años de revoluciones, luchas y crisis políticas y personales, el intento de una confesión fragmentada.




Mi pasaporte caduca en 2001. Es significativo. Espero esa posible fecha con el ánimo relajado, ya que, tal como Séneca le escribió a Lucilio, la muerte no está frente a mí, sino detrás de mí. Está en el tiempo consumido. El niño que todavía juega en estas páginas murió hace muchos años. Por eso la sepultura me causa menos temor y no pienso dejar instrucciones minuciosas para tener una pira en el Ganges o una fosa común en Spoon River.
Los domingos soleados mi padre me llevaba a visitar la tumba de sus tres hermanitos, muertos antes de que él naciera. Había tres ángeles de mármol y yo los identificaba con esos niños apresados bajo tierra, que deseaban tener alas y volar lejos de allí. Hoy no experimento sensaciones tan crudas. Y pienso que la tierra puede ser leve.

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El viejo es consciente de que vivir de recuerdos es morir lentamente, como suele decirse. Pero al final siempre es así, no hay elección. Puede parecer un abandono voluntario, cuando en realidad es una ley de la naturaleza.
Disminuyen las energías, los estímulos, los objetivos. Disminuye la curiosidad, porque ya has hurgado en todas partes y conocer a las personas y las cosas, los sabores y los aromas, los árboles y los animales, el mar y la luna, las albas y los crepúsculos, el sueño y la vigilia, los bautizos y los entierros, las armas y los amores, los templos y los burdeles, el derecho y el revés, las olimpiadas y las guerras, el entusiasmo y la decepción, los cursos y los recursos de la historia.
¿Qué satisfacción produce recordar los vagones blancos del tranvía que iba hasta la playa? Ninguna. Lo que produce es pena, nostalgia o rencor, porque entonces estabas y ahora no. Pero deseas volver al lugar del delito y por eso eres puntilloso y haces memoria de cada detalle: las plataformas con barandilla, las estaciones y la última parada, donde los raíles se hundían en la arena.


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Historiadores, periodistas, libros negros y documentos de colores recuerdan con insistencia que las revoluciones más recientes han costado ochenta y cinco millones de muertos, lo cual vendría a ser casi un millón al año a lo largo de un siglo. El doble que en la segunda guerra mundial, aunque esta supo concentrarlos en seis años. Jano fue partidario de dichas revoluciones y se siente culpable por ello. Lamentablemente cualquier rebelión de esclavos, de Espartaco en adelante, tiene el poder de seducirlo, pese al coste y a la vanidad de la empresa.
Además cree que la cuenta es parcial y se siente responsable de mucho más. Si Voltaire, una vez al año, encendía una vela y la ponía en la ventana para recordar la matanza de San Bartolomé, Jano habría necesitado un candelabro entero y un amplio balcón para honrar los osarios sobre los que se han edificado los estados modernos.

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Habría que hacer un censo de los bajos fondos y subfondos de las metrópolis y encargarle a Dante que dibujara un mapa. Antes los novelistas se dedicaban a este tipo de exploraciones, alcantarillas parisinas y muelles londinenses. Hoy el cine los ha convertido en temas de ciencia ficción.
El detalle más interesante del metro de Moscú no son los fastuosos mosaicos ni los mendigos andrajosos que lo puebla, sino la combinación de ambos, del orgullo pasado y la humillación presente. Con todo, ocupan el primer puesto los bajos fondos de las metrópolis americanas, a consecuencia del producto interior bruto de dicho continente.
Existen dos sistemas de alcantarillado, uno sirve para canalizar los residuos orgánicos y el otro para descargar los residuos sociales.

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Miro el cielo nocturno como el poeta virgilio, en las últimas horas de vida, pero, a diferencia del maestro de la antigüedad, no conozco las constelaciones, no distingo sagitario de escorpión. Me avergüenzo de la ignorancia que he ido acumulando a lo largo de los años. Solo veo innumerables estrellas, más luminosas de lo habitual.
Pienso con alivio que la muerte me devolverá donde estaba, es decir, a ninguna parte. Pero el cielo nocturno me seduce y me hace creer por momentos en un más allá donde podamos comprender las cosas incomprensibles de este mundo. Una adivinanza con una respuesta mágica, un laberinto con salida, la esfinge que resuelve el enigma, los misterios de la existencia terrenal desvelados ante el pobre hombre que buscó en vano la lave de toda su vida.
Luigi Pintor
La señora Kirchgessner. El níspero. Los lugares del delito (traducción de Helena Aguilà Ruzola. El Aleph editores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:54  | Libros...
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