Jueves, 26 de diciembre de 2013

Parece que no pasa nada en Cannery Row, que las historias y los personajes se deslizan, como dice Steinbeck al inicio del libro, que más que una historia se recolectan anécdotas de un puñado de personajes libres. Pero bajo esa apariencia de sencillez y placidez, Steinbeck da voz a una pequeña comunidad donde sobreviven vagabundos despreocupados, pescadores, prostitutas, comerciantes o científicos y habla de amistad, de la vida como una lucha entre el bien y el mal, de las diferentes maneras de encarar el día a día, de construir un hogar utópico en una cabaña con media docena de desarraigados, de las huellas que dejó la depresión. Cannery Row, en Monterrey, California, es un poema, un hedor, un ruido chirriante, una cualidad de la luz, una tonalidad, un hábito, una nostalgia, un sueño. Cannery Row es el orden y la dispersión, la hojalata y el hierro, la herrumbre y la madera astillada, las aceras descascarilladas, los solares invadidos de hierbajos y las pilas de escombros, las conserveras de sardinas construidas con chapa acanalada, los bares ruidosos, los restaurantes y los prostíbulos y las pequeñas tiendas de comestibles atestada y un los laboratorios y las cabañas. Sus habitantes son, como un hombre dijo una  vez, «putas, chulos, tahúres e hijos de puta», dando a entender que se refería a Todos. Si el hombre hubiera atisbado por otro agujero podría haber dicho «santos y ángeles y mártires y seres benditos», lo que hubiera significado lo mismo.

Cannery Row me recuerda a Tortilla Flat, hay euforia y humor, la mirada sobre una parte invisible de la sociedad, los solares donde se acumula el abandono, los vagabundos que hacen de una cabaña un hogar y una manera de entender la vida fuera de las reglas de la sociedad. Como en Tortilla Flat, las peleas, el alcohol, las ideas peregrinas y estrafalarias que acaban de manera desastrosa, los personajes que aspiran a vivir con tranquilidad, sin grandes deseos más allá de un hogar, algo de whisky, una buena pelea.

En Cannery Row viven Doc, un biólogo bondadoso que ama los libros y la música y Mack, un tipo entrañable que crea una comunidad utópica donde descansar y preocuparse de las pequeñas cosas, Lee Chong, un comerciante con una larga lista de cuentas por cobrar y Frankie, un niño que se escabulle en el laboratorio de Doc para sentirse a salvo, también viven presencias fantasmales, un misterioso chino y el sonido de su suela suelta al andar, un par de fantasmas dentro de un barco, el rostro de una mujer muerta en la costa. En Cannery Row hay cabañas herrumbrosas y solares donde pasar una noche, hay una luz plateada y el sonido de las conserveras, hay un laboratorio con gramófono y libros y extrañas especies marinas, hay pintores que construyen barcos que nunca terminarán por miedo al mar.

Me gusta esta novela de Steinbeck, la otra cara de Las uvas de la ira, su mirada a pequeñas comunidades que parecen fuera de la sociedad, a hombres y mujeres que no rehuyen las peleas y que tienen una visión de la vida pausada y tranquila, la escritura a veces reflexiva, a veces humorística, siempre sencilla, tierna, costumbrista.




Doc estaba sentado en el laboratorio con Richard Frost. Bebían cerveza y escuchaban un nuevo álbum de Scarlatti y miraban por la ventana. Frente al Palacio de la Cabaña había un ancho madero y en él estaban sentados Mack y los muchachos, tomando el sol del mediodía. Miraban en dirección al laboratorio.
-Mírelos -dijo Doc-. Son auténticos filósofos. Creo -prosiguió- que Mack y los muchachos saben absolutamente todo lo que ha ocurrido en el mundo y posiblemente todo lo que sucederá. Creo que sobreviven en este peculiar mundo mejor que cualquier otra persona. En un tiempo en que las personas se despedazan unas a otras con ambición y crispación y codicia, ellos viven tranquilos. Todos los que llamamos hombres de éxito son enfermos, con malos estómagos y almas miserables, pero Mack y los muchachos son saludables y extrañamente limpios. Pueden hacer lo que quieran. Pueden satisfacer sus apetitos sin rebautizarlos con otros nombres.
El discurso le secó tanto la garganta que Doc vació su vaso. Chasqueó los dedos y sonrió.
-No hay nada en el mundo como el sabor de la cerveza -dijo.
-Creo que son como cualquiera -dicho Richard Frost-. Simplemente no tienen dinero.
-Podrían tenerlo -dijo Doc-. Podrían arruinarse la vida y conseguir dinero. Mack tiene talentos de genio. Son muy listos cuando desean algo. Simplemente conocen demasiado la naturaleza de las cosas como para dejarse atrapar por los deseos.
John Steinbeck
Cannery Row (traducción de José Luis Piquero. Navona)


Tags: John Steinbeck, Cannery Row, José Luis Piquero, Navona

Publicado por elchicoanalogo @ 5:14  | Libros...
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