Mi?rcoles, 11 de diciembre de 2013

El trampero es la aventura por la aventura, la soledad y el silencio de los días de invierno, la crueldad y la bondad de la naturaleza y los seres humanos, la locura y las presencias fantasmales en noches de luna, el movimiento continuo, los encuentros casuales entre tramperos y la lucha contra los depredadores, los hombres que se convierten en mitos y leyendas (no del todo reales, no del todo inventadas), El trampero es recuperar aquellas historias de infancia de cielos abiertos, fogatas nocturnas, los largos días a caballo, las peleas a cuchillo, vivir fuera de la civilización, sin fronteras, sin cargas, mirar el mundo circundante y sentirlo único, inexplorado.

Vardis Fisher habla de Sam Minard, un trampero experto, enamoradizo, sensible a los colores, sonidos e imágenes de la naturaleza, el placer por la música, la vida al aire libre, el amor puro por una mujer crow; de la locura de Kate Bowden al perder a sus hijos y cómo sobrevive en un pequeño terreno junto al río delimitado por cuatro cráneos, la mente desvariada, el abandono de la realidad, los hijos que se le aparecen en extrañas formas; de los crows y pies negros y sus costumbres atávicas; de tramperos como Cabellera perdida Dan, Jim Bridger, Windy Bill que aman su soledad sin fronteras, la lucha con animales y con otros hombres. El trampero es sensación de libertad de vivir bajo un cielo estrellado.

La escritura de Fisher es sencilla, suma diferentes voces, la pausa para describir un paisaje solitario, las aguas de un río, las costumbres de los indios, la tensión en los enfrentamientos entre tramperos e indios y entre depredadores y hombres, el humor para las conversaciones entre tramperos y su modo de entender la vida fuera de las reglas de la civilización, la dureza y crueldad en las escenas violentas. En unas pocas páginas se cruzan la crudeza de las muertes de tramperos e indios con las historias de hombres que son leyenda, la belleza que emociona a Sam Minard por el mundo que observa con la tristeza por estar ante un mundo que desaparece. Sam pasó dos noches con Jim y se enteró de todas las noticias, y todas ellas eran malas. Brigham Young y su horda de mormones estaban ocupados construyendo un reino en el valle del Lago Salado; y al oeste de ellos, a través de las llanuras alcalinas y las sierras, un millón de condenados idiotas corrían gritando oro, y brotaban ciudades como la antigua Babé. Había existido una ciudad llamada Babé, ¿verdad?, había preguntado Jim, lanzándole a Sam una mirada inquieta. Todo el territorio del Oeste, dijo, pronto estaría dirigido por criminales, charlatanes religiosos, pisaverdes y toda clase de simplones; y no quedarían bisontes ni castores, ni tampoco un lugar limpio donde uno pudiera estirarse y oler la dulce tierra; no habría nada excepto agua y aire sucios, albañales, montones de basura, ruido y gente. Estaba pensando en irse a Canadá.

El trampero me recuerda por momentos a los cuentos del norte de Jack London o a los personajes estrafalarios de Mark Twain. Un hombre que lleva los huesos de su mujer e hijo en un saquito e inicia una venganza contra toda una tribu india, un trampero con peluquín que aterroriza a los indios al quitárselo, un oso que descubre la ferocidad de los ataques de un tejón, una mujer que lee la biblia a sus hijos muertos, un ataque sangriento y cabelleras arrancadas. Y en mitad de esas imágenes, la naturaleza bondadosa, salvaje o cruel.

(Sidney Pollack adaptó El trampero en Las aventuras de Jeremiah Johnson, uno de lo westerns más hermosos que he visto)


Veía claramente a las siete personas tendidas, todas las cuales parecían muertas, y a la mujer cubierta de sangre que tenía un hacha ensangrentada en las manos. Había visto a hombres matar a otros hombres. Él mismo había matado y arrancado la cabellera a ocho indios desde que había salido de St. Louis en dirección al oeste. Que el fuerte matase al débil era la primera ley de vida en el mundo en el que ahora vivía, desde los más diminutos mosquitos y arañas al lobo, al alce y al grizzly. No pasaba un día sin que viese a algunas criaturas matar a otras. No pasaba un día en que los enemigos no le mirasen y desearan su carne. Aquella no era una tierra para personas dedicadas a evitar la crueldad de los seres vivos para con otros.

( … )

¿Cómo moriré?, se preguntaba Sam mientras buscaba en el aire de la noche el olor de los Pies Negros. ¿Cómo morirá Lotus? Estaba seguro de que ninguno de los dos moriría en la cama. Pocos hombres blancos en aquella tierra habían tenido el sentido común suficiente, cuando empezaban a fallarles la vista y el gatillo, de recoger sus pertenencias y marcharse. Puede que Tom Fitzpatrick muriese en la cama, pero ¿cuántas veces había estado a punto de morir? No se había vuelto canoso de la noche a la mañana porque sí. Alto, entrecano, musculoso, Fitz había sido uno de los más  grandes y mejores hasta aquel día en 1831 en que el pelo se le volvió blanco, la mayor parte de la carne se le escapó de los huesos y, demasiado débil para mantenerse en pie, había sido encontrado por dos mestizos arrastrándose por el fondo de un arroyuelo. Un día, mientras estaba solo en el Big Sandy, se había visto cara a cara con una banda de Gros Ventres y había cabalgado para salvar la vida hasta que su caballo cayó muerto. Se metió entonces en una gruta en la ladera de una montaña, tapó la entrada con rocas y hojas y se quedó allí hasta casi morir de hambre y sed. Salió arrastrándose y se dirigió hacia Pierre's Hole, pero al cruzar aguas bravas en una balsa perdió su rifle, la bolsa y el cuchillo. Indefenso, tuvo que subirse a un árbol y quedarse allí sentado toda la noche, cuando lo atacó una manada de lobos. No había palabras, suponía Sam, para expresar cuánto había sufrido un hombre a quien el pelo y la barba habían pasado de castaño a blanco en unos pocos días.

( … )

En el infierno de Colter, con sus olores penetrantes que salían de las calderas de azufre y los geiseres humeantes, o de los vastos bosques de piceas, pinos y abetos, Sam miró a su alrededor y se preguntó cómo sería después de que hombres con ollas de oro, hachas y arados hubiesen pasado por allí. Trató de imaginárselo cincuenta o cien años después. ¿Por qué estaba poniendo el Creador a tanta gente sobre la tierra? Maldita sea, ahora eran cientos de millones; Sam creía que unos pocos cientos de miles bastarían. Había demasiados pieles rojas, tantos que los sitios donde habían montado sus aldeas despedían durante años hedores infames y sobre la tierra quedaban manchas de muerte. Deja a los pieles rojas asentarse durante un año o dos en un sitio y todo lo que había debajo y alrededor empezaba a morir y a oler mal, como flores empapadas de orina de lobo, hasta que podías señalar, allí en el Rosebud, en el Bighorn, en el Belle Fourche, el Chugwater, el Teton, el Snake, el Colorado, el Green, aquí y allá, las manchas de muerte donde aquella gente había arruinado lo que había tocado hasta que la Naturaleza ya no podía limpiarlo y reemplazar el hedor con fragancia. La gente era otra cosa, decidió Sam, y se olió las manos. Había millones de bisontes; mares y océanos de ellos, y en veinticuatro horas apilaban montañas de heces; pero enseguida las heces se convertían en pedazos sin olor que parecían puñados de hierba seca. Pero un sitio donde personas, blancas o rojas, acampasen durante unas semanas, hacía que uno quisiera subirse a los picos más altos por culpa de la hediondez. El hombre era, de hecho, una criatura tan maloliente que todas las bestias y aves de la tierra lo temían por su mal olor. Esa broma provocó que Sam se riese. El Creador estaba fallando ahí. A Sam le parecía que llegaría un tiempo en el que por toda la tierra no hubiese un río sin contaminar ni un valle boscoso intacto; un soto donde uno no tuviese que mirar a su alrededor antes de sentarse; una cuenca que no estuviese sucia y azotada por la fealdad humana. Sam se hubiese sentido sombríamente divertido si le hubiesen dicho que dentro de cien años habría entusiasmo por las zonas naturales, que a esas mismas tierras que ahora lo rodeaban acudirían de los hervideros de masas arracimadas para pasar una hora o dos llenándose los pulmones de aire limpio, oír cantar a los pájaros o sentir el significado de la paz.
Vardis Fisher
El trampero (traducción de Gonzalo Quesada. Valdemar)



Tags: Vardis Fisher, El trampero, Gonzalo Quesada, Valdemar, Sidney Pollack, Jeremiah Johnson

Publicado por elchicoanalogo @ 6:31  | Libros...
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