Mi?rcoles, 18 de diciembre de 2013

(artículo escrito para la revista ocio gay)

Admiraba las vidas desmesuradas y arriesgadas de los poetas, creía que escribir era una apuesta a vida o muerte donde lo último, lo estúpido, sería buscar perdurar, se declaraba lector de poesía y reconocía que su poesía derivaba hacia la prosa, hablaba con voz pausada y gestos sencillos y escribía de manera febril y voluptuosa, hasta las últimas fuerzas, hasta sus últimos días, en sus páginas se encuentran ecos de Nicanor Parra, Jorge Luis Borges, B. Traven o Philip K. Dick, escritores fronterizos como él que diluían el espacio entre la realidad y la leyenda, entre la literatura y la vida, construyó un mundo propio y reconocible, unas coordenadas únicas, desiertos, sangre y exilio, amor, fronteras y poetas malditos, el dolor por la muerte y las voces acalladas en Latinoamérica (por la Latinoamérica que no fue), los escritores que se convertían en sombras en las calles de París o en los parajes desérticos de México, los recuerdos de tiempos definidos por la pérdida, la ausencia y las derrotas, la distancia con la tierra propia y saber que no hay regreso posible, el encierro en una cárcel chilena esperando la muerte, los sonidos de las colonias y las cafeterías mexicanas y los campings de la costa catalana, los amores furtivos y locos hasta el vaciamiento y la violencia seca, la sombra de su compadre Mario Santiago y él mismo en los personajes de Belano y Lima, detectives que sustituyen a la figura del intelectual y boicotean lecturas poéticas para preservar su idea de la poesía, los personajes y las escenas que pasan de un libro a otro, una poeta en Los detectives salvajes que reaparece en Amuleto, por ejemplo, e inicia un monólogo intenso donde se fragmenta el espacio y el tiempo y habla casi hasta el delirio de revoluciones, poesía y muerte, los años de éxito y premios y los años tras su muerte, los libros póstumos que completan lo editado en vida o que parecen bosquejos o cuadernos de notas y que guardan una coherencia y unidad con las historias trabajadas hasta el final. Una vida de poeta desmesurado y arriesgado.



Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego
en el horizonte
Un muchacho hermoso y valiente
Un poeta latinoamericano
Un perdedor nada preocupado por el dinero
Un hijo de las clases medias
Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat
Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra
Un lector de Enrique Lihn
Un tipo que se enamora locamente
y que al cabo de dos años está solo
pero piensa que no puede ser
que es imposible no acabar reuniéndose
otra vez con ella
Un vagabundo
Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño
que atraviesa puestos fronterizos
hundido en el légamo de su propia pesadilla
Un trabajador de temporada
Un santo selvático
Un poeta latinoamericano lejos de los poetas
latinoamericanos
Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables
y desagradables cada vez más lejos
del punto de partida
Un cuerpo azotado por el viento
Un cuento o una historia que casi todos han olvidado
Un tipo obstinado probablemente de sangre india
criolla o gallega
Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar
el amor en una hora inesperada y terrible
Un lector de poesía
Un extranjero en Europa
Un hombre que pierde el pelo y los dientes
pero no el valor
Como si el valor valiera algo
Como si el valor fuera a devolverle
aquellos lejanos días de México
la juventud perdida y el amor
(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la juventud,
pero jamás el amor)
Un tipo con una extraña predisposición
a sobrevivir
Un poeta latinoamericano que al llegar la noche
se echa en su jergón y sueña
Un sueño maravilloso
que atraviesa países y años
Un sueño maravilloso
que atraviesa enfermedades y ausencias
Los años. Roberto Bolaño
(en Los perros románticos. Acantilado)


Tags: Roberto Bolaño, los perros románticos

Publicado por elchicoanalogo @ 9:22  | Libros...
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