Martes, 31 de diciembre de 2013

Sería difícil elegir sólo tres o cinco libros como resumen lector de este año (las decepciones están claras, 1Q84, repetitiva y aburrida historia de Murakami y Un chuchillo en la mirada, sin la intensidad de otros novelas de Thompson). Tal vez sea La tapia amarilla la mejor lectura de este año. Un mundo que desaparece y abrir ventanas para que entren los símbolos, una voz envolvente, fragmentada, repetitiva, la luz sobre una tapia y cierta tristeza.

Los poemas de Carver en Todos nosotros me hablan de barcos en el estrecho, instantes de felicidad, otros cuervos, familias que se rompen y pequeños gestos cotidianos. Cada libro de Carver es sentirse en casa.

Hrabal se ha convertido en una de las sorpresas de los últimos años, Una soledad demasiado ruidosa o La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo, toneladas de papel, una prensa, una sirena tatuada en el pecho de un chaval, un hombre que baila a pesar de los nazis, la vida vista con ternura, ironía, pérdida y lucha.

Los mejores cuentos del Gran Norte de Jack London son pura aventura, encender una hoguera como gesto de vida o muerte, los paisajes blancos, silenciosos, los hombres que envejecen y esperan sentados la muerte. Hay aventura por la aventura y la posibilidad de morir a cada paso.

La voz entrañable, reflexiva y puñetera de Vonnegut en Un hombre sin patria, pequeños ensayos que me hablan de lo estúpidos que podemos llegar a ser, Las sirenas de Titán, un hombre y su perro que aparecen y desaparecen en el espacio/tiempo, los cuentos de La cartera del cretino, incompletos pero que sirven para reencontrarse con la mirada de Vonnegut sobre el mundo que le rodeaba.

Naufragios, de Yoshimura, es una historia dolorosa de muerte y entrega, de fantasmas que habitan entre nosotros y árboles que cambian de color, ceremonias en la playa para atraer los naufragios como forma de supervivencia. Yoshimura me sorprende con cada nueva lectura.

Están los cuentos de Trilobites, austeros, secos, portentosos, está Nosotros de Zamiátin, la base que le sirvió a Aldous Huxley para su mundo feliz, está el cruce de realidades y las drogas como modo de crear nuevos mundos posibles de Los tres estigmas de Palmer Eldritch de Dick, están las imágenes como caricias de El árbol rojo de Shaun Taun, está el deambular hasta la derrota del protagonista de Hambre, de Knut Hamsun, que me lleva a algunos personajes posteriores de Paul Auster, están los personajes entrañables y el humor homérico de Steinbeck en Cannery Row y Dulce jueves, están la sensibilidad y la pausa de Soseki en Kokoro y La herencia del gusto, está volver a La máquina del tiempo de Wells y sentir la fascinación de antaño por los viajes en el tiempo, está la voz pausada de Richard Ford en Canadá, tan cercana a sus relatos de Rock Springs o su novela Incendios, está la Vida de un idiota y otras confesiones, relatos de Akutagawa que hablan de muerte, dolor y depresión, está el ensayo El elogio de la sombra, de Tanizaki, la belleza de la luz apagada sobre los objetos, está la sabiduría de Benedetti en Primavera con una esquina rota, está la oportunidad de leer antes de su edición Arquímedes está en el tejado, de Juan Pardo Vidal, y sentir que su lectura me sacaba de una crisis lectora y me conectaba con lo que leía.

Terminé el año con Hojas secas mojadas, de Isabel Bono, una de las lecturas de este año. Ahora está en mi mochila, junto a apuntes de psicología, billetes de tren, un par de mapas, cuadernos para registrar qué siento y qué pienso, libretas con listas de libros por comprar. Elijo algunas hojas secas mojadas al azar y me dejo llevar.



Jugada de presión - Paul Benjamin (Paul Auster)
Trilobites - Breece D´J Pancake
Las sirenas de Titán - Kurt Vonnegut
Un cuchillo en la mirada - Jim Thompson
Una soledad demasiado ruidosa - Bohumil Hrabal
Naufragios - Akira Yoshimura
La herencia del gusto - Natsume Soseki
Train - Pete Dexter
Los pájaros amarillos - Kevin Powers
Bola de sebo y otros relatos - Guy de Maupassant
Amberes - Roberto Bolaño
Lenz - Georg Büchner
El árbol rojo - Shaun Taun
Exploradores del abismo - Enrique Vila-Matas
Después del terremoto - Haruki Murakami
Punto Omega - Don DeLillo
Los mejores cuentos del Gran Norte - Jack London
La flecha del tiempo - Martin Amis
La buena letra - Rafael Chirbes
Cuentos californianos - Bret Harte
La felicidad de los ogros - Daniel Pennac
Llega un hombre y dice - Nicole Krauss
Tú, mío - Erri De Luca
Paisaje aproximado - Peter Stamm
La lluvia amarilla - Jesús Llamazares
Las aventuras de Wesley Jackson - William Saroyan
Miss Lonelyhearts / El día de la langosta - Nathanael West
La ofensa - Ricardo Menéndez Salmón
La historia de mi máquina de escribir - Paul Auster
Panóptico - Ricardo Menéndez Salmón
Kokoro - Natsume Soseki
El elogio de la sombra - Junichiro Tanizaki
Un hombre sin patria - Kurt Vonnegut
La tapia amarilla - Fernando Luis Chivite
Nosotros - Evgueni Ivánovich Zamiátin
Escribir - Marguerite Duras
Singapur - A.G.Porta
Las luces interiores - Karmelo C. Iribarren
Sukkwan Island - David Vann
La vida en minúscula - Alfred Polgar
El puerto de los aromas - John Lanchester
Los tres estigmas de Palmer Eldritch - Philip K. Dick
Hijos de hombres - P.D. James
La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo - Bohumil Hrabal
Zona - Geoff Dyer
Hambre - Knut Hamsun
¿Está lleno su cubo? - Tom Rath / Donald Clifton
La máquina del tiempo y otros relatos - H.G.Wells
Carver Country - Raymond Carver
1Q84 (libro 1 y 2) - Haruki Murakami
Moscas en los incunables - Michel Gaztambide
1Q84 (libro 3) - Haruki Murakami
Canadá - Richard Ford
La verdadera historia de la banda de Kelly - Peter Carey
El sistema periódico - Primo Levi
Kappa - Ryunosuke Akutagawa
El abrazo - David Grossman/Michal Rovner
Vida de un idiota y otras confesiones - Ryunosuke Akutagawa
El trampero - Vadis Fisher
Ojalá estuvieras aquí - Graham Swift
La cartera del cretino - Kurt Vonnegut
Cerdeña como una infancia - Elio Vittorini
Todos nosotros - Raymond Carver
La señora Kirchgessner. El níspero. Los lugares del delito - Luigi Pintor
El dios de las pequeñas cosas - Arundhati Roy
Viajes y novelerías - Fernando Sanmartín
Arquímedes está en el tejado - Juan Pardo Vidal
Cannery Row - John Steinbeck
Dulce jueves - John Steinbeck
La frontera - Franco Vegliani
Lo que dijimos nos persigue - Nikola Madzirov
Primavera con una esquina rota- Mario Benedetti
El oasis - Bahaa Taher
Manazuru - Hiromi Kawakami
Hojas secas mojadas - Isabel Bono


las sombras no se apartan (espacios en blanco)


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Lunes, 30 de diciembre de 2013

"El amor era un huésped"
                                      JULIA PRILUTZKY


ENTRE NOSOTROS

El huésped me pregunta
-sin recato-
por el sentido exacto
de mis versos.
A quién y para quién
- le lanzo un beso
por triste y descarado, coloquial.

                                                ANAY SALA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 29 de diciembre de 2013

Me desperté de madrugada, la pequeña victoria de ver amanecer y esperar a que la luz del domingo se afianzase para leer Hojas secas mojadas. Me acerqué de a poco a Hojas secas mojadas, primero páginas al azar, luego en orden, me pregunté cómo definir este libro, poemario, miniaturas, microrrelatos. Cerré el libro y la luz del amanecer sobre las paredes.

Hace unos meses Isabel Bono me habló de este proyecto, recopilar cien entradas de su blog Hojas secas mojadas, sólo los textos, no las fotografías, y editarlos en papel. Al terminar de leer estas hojas secas mojadas sentí curiosidad por saber qué imágenes acompañaban a los textos, pero preferí la libertad de ser yo quien completase los espacios en blanco.

Leer este libro es leer sobre la luz, el dolor, los miedos, el silencio, el Amor, las grúas, los objetos que se mueven con lentitud, la fragilidad, los deseos y los sueños, los pájaros en la cabeza y en los árboles. Me gusta la división, dos entradas por página, que una me deje del revés y otra me haga sonreír, mezclar el miedo con la sensación de que todo es posible en las primeras horas de la mañana.

Hojas secas mojadas será mi último libro del año, estos dos días serán para releerlo con calma y en desorden, tirar del hilo y descubrir algo que pasé por alto en cada lectura del libro de Isabel Bono.

Se nos olvida todo el tiempo que estamos vivos.


página 16
deseos para el otoño
Deseo un huerto con cebollas y rosas. Deseo poder beber café por las noches y vivir sin dar explicaciones. Deseo que sólo se oigan pájaros. Deseo tener un gato que sólo pase por casa cuando tenga hambre. Deseo que mi madre no se muera nunca y que a ti nunca te pase nada malo. Y ya no tengo más deseos.

Sin ningún tipo de duda
Sé que podríamos volar. No durante mucho tiempo, pero sí el suficiente para lograr comprender.


página 25
dentro, tan dentro
La claridad del rayo, la velocidad del rayo. Un dolor sólo mío, un dolor muy grande.

ojalá
Creo firmemente que algunas palabras son ramas frágiles que buscan la luz. Ojalá pudiera ser luz, alguna vez, y no rama frágil. Ojalá pudiera dejarme encontrar.


página 35
rebelde sin causa (pero con tilde)
Me acuerdo de tí, escribes. Y el peso de esa í me asegura que no mientes. Y me da por pensar en un comando rebelde que a partir de hoy tildara todos los monosílabos. Pronto seríamos miles. De momento, tú y yó.

no le digas que estoy loca
No le hables de la velocidad ni del miedo a caer. Háblale de lo que llevaba envuelto. Háblale de lo que no viste.
Isabel Bono
Hojas secas mojadas (La isla de Siltolá )


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S?bado, 28 de diciembre de 2013

Dulce jueves retoma los personajes y lugares de Cannery Row, el tono sencillo y pausado, el humor homérico y las digresiones, las fiestas que acaban en un desastre y la felicidad como algo que se atisba por el rabillo del ojo. El reencuentro emociona, las ideas del vagabundo Mack, las voces interiores de Doc, las peregrinas cavilaciones de Hazel y su gusto por las conversaciones, las calles de Cannery Row, la costa y los mares donde Doc busca sus capturas, las tiendas de comestibles, el prostíbulo, el laboratorio de Biología con su gramófono y sus discos de música clásica, los bares y las garrafas de licor enterradas, ese lugar utópico que es el palacio de la cabaña donde Mack y sus amigos viven de manera tranquila.

Entre Cannery Row y Dulce jueves ha pasado una guerra mundial, las conserveras de la zona han cerrado, algunos personajes han desaparecido y aparecen otros nuevos y estrafalarios. Doc vuelve de la guerra y siente que algo ha cambiado, que ha perdido la esencia de quien era y nada consigue emocionarle. Es ahí donde se inicia la pequeña fiesta que es Dulce jueves, el intento de Mack y sus amigos por devolverle la ilusión a Doc.

Si en Las uvas de ira la escritura de Steinbeck era intensa y dura, en Dulce jueves se vuelve sencilla, luminosa, eufórica. Hay momentos inolvidables, los intentos de Hazel por entender el mundo que le rodea y entrar en la cabeza de Doc, la idea de los amigos de Doc de buscarle una esposa, una fiesta de disfraces que, como anteriores fiestas, acaba en desastre, las discusiones entre Doc y Suzy, una chica desarraigada que aparece en la pequeñas comunidad en busca de una oportunidad, las digresiones que se detienen en la historia de Cannery Row y sus habitantes, los gestos mafiosos de José y María, el nuevo dueño de la tienda de comestibles, o las arengas de Fauna, la madame del prostíbulo, a sus chicas para ser una estrella amarilla en la pared (cada estrella, un destino mejor).

Hay algo de las comedias de Frank Capra y las escenas costumbristas de John Ford en estos libros de Steinbeck, un amor sencillo por los desarraigados y un humor tierno y homérico, una pequeña comunidad que funciona como familia para sus habitantes, un humanismo hondo, decir grandes cosas sin alardes ni malabarismos. En Dulce jueves Steinbeck detiene la acción principal para centrarse en los personajes secundarios y la vida en el arrabal, construye una historia de amor tierna y endiablada y, como en Cannery Row, las historias se deslizan.




Para un observador casual, Cannery Row podía parecer una serie de unidades independientes y egoístas, cada una funcionando sola sin tener nada que ver con las otras. Había poca conexión visible entre La Ida, el Bandera del Oso, la tienda de comestibles (aún conocida como La Tienda de Comestibles de la Flor Celestial de Lee Chong), la Parrilla Palacio de la Cabaña y el Laboratorio de Biología del Oeste. Lo cierto es que cada uno estaba ligado con los demás con tenues hilos de acero: daña a uno y te llegará la venganza de todos. Si la tristeza alcanzaba a uno, todos lloraban.
Doc era más que el primer ciudadano de Cannery Row. Era el sanador de las almas heridas y los dedos cortados. Atrincherado como estaba en la legalidad, se veía constantemente en la situación de tener que infringirla a causa de las necesidades de sus amigos, y todo el mundo podía buscarle para pedirle un pavo sin demasiadas dificultades. Si Doc tenía un problema, el problema pasaba a ser de todos.
¿Cuál era el problema de Doc? Ni siquiera él lo sabía. Era profunda y dolorosamente desdichado. Permanecía horas y horas en su escritorio con un cuaderno amarillo ante él y sus afilados lápices alineados. A veces, el cesto de papeles estaba lleno de hojas garabateadas y arrugadas y otras no hacía ni el más mínimo garabato. Entonces se acercaba al acuario y miraba dentro. Y sus voces aullaban y gritaban y gemían. «¡Escribe!», decía la voz principal; y «¡Busca!», cantaba la voz de en medio; y la voz más baja suspiraba «¡Solitario!»
John Steinbeck
Dulce jueves (traducción de José Luis Piquero. Navona)



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Jueves, 26 de diciembre de 2013

Parece que no pasa nada en Cannery Row, que las historias y los personajes se deslizan, como dice Steinbeck al inicio del libro, que más que una historia se recolectan anécdotas de un puñado de personajes libres. Pero bajo esa apariencia de sencillez y placidez, Steinbeck da voz a una pequeña comunidad donde sobreviven vagabundos despreocupados, pescadores, prostitutas, comerciantes o científicos y habla de amistad, de la vida como una lucha entre el bien y el mal, de las diferentes maneras de encarar el día a día, de construir un hogar utópico en una cabaña con media docena de desarraigados, de las huellas que dejó la depresión. Cannery Row, en Monterrey, California, es un poema, un hedor, un ruido chirriante, una cualidad de la luz, una tonalidad, un hábito, una nostalgia, un sueño. Cannery Row es el orden y la dispersión, la hojalata y el hierro, la herrumbre y la madera astillada, las aceras descascarilladas, los solares invadidos de hierbajos y las pilas de escombros, las conserveras de sardinas construidas con chapa acanalada, los bares ruidosos, los restaurantes y los prostíbulos y las pequeñas tiendas de comestibles atestada y un los laboratorios y las cabañas. Sus habitantes son, como un hombre dijo una  vez, «putas, chulos, tahúres e hijos de puta», dando a entender que se refería a Todos. Si el hombre hubiera atisbado por otro agujero podría haber dicho «santos y ángeles y mártires y seres benditos», lo que hubiera significado lo mismo.

Cannery Row me recuerda a Tortilla Flat, hay euforia y humor, la mirada sobre una parte invisible de la sociedad, los solares donde se acumula el abandono, los vagabundos que hacen de una cabaña un hogar y una manera de entender la vida fuera de las reglas de la sociedad. Como en Tortilla Flat, las peleas, el alcohol, las ideas peregrinas y estrafalarias que acaban de manera desastrosa, los personajes que aspiran a vivir con tranquilidad, sin grandes deseos más allá de un hogar, algo de whisky, una buena pelea.

En Cannery Row viven Doc, un biólogo bondadoso que ama los libros y la música y Mack, un tipo entrañable que crea una comunidad utópica donde descansar y preocuparse de las pequeñas cosas, Lee Chong, un comerciante con una larga lista de cuentas por cobrar y Frankie, un niño que se escabulle en el laboratorio de Doc para sentirse a salvo, también viven presencias fantasmales, un misterioso chino y el sonido de su suela suelta al andar, un par de fantasmas dentro de un barco, el rostro de una mujer muerta en la costa. En Cannery Row hay cabañas herrumbrosas y solares donde pasar una noche, hay una luz plateada y el sonido de las conserveras, hay un laboratorio con gramófono y libros y extrañas especies marinas, hay pintores que construyen barcos que nunca terminarán por miedo al mar.

Me gusta esta novela de Steinbeck, la otra cara de Las uvas de la ira, su mirada a pequeñas comunidades que parecen fuera de la sociedad, a hombres y mujeres que no rehuyen las peleas y que tienen una visión de la vida pausada y tranquila, la escritura a veces reflexiva, a veces humorística, siempre sencilla, tierna, costumbrista.




Doc estaba sentado en el laboratorio con Richard Frost. Bebían cerveza y escuchaban un nuevo álbum de Scarlatti y miraban por la ventana. Frente al Palacio de la Cabaña había un ancho madero y en él estaban sentados Mack y los muchachos, tomando el sol del mediodía. Miraban en dirección al laboratorio.
-Mírelos -dijo Doc-. Son auténticos filósofos. Creo -prosiguió- que Mack y los muchachos saben absolutamente todo lo que ha ocurrido en el mundo y posiblemente todo lo que sucederá. Creo que sobreviven en este peculiar mundo mejor que cualquier otra persona. En un tiempo en que las personas se despedazan unas a otras con ambición y crispación y codicia, ellos viven tranquilos. Todos los que llamamos hombres de éxito son enfermos, con malos estómagos y almas miserables, pero Mack y los muchachos son saludables y extrañamente limpios. Pueden hacer lo que quieran. Pueden satisfacer sus apetitos sin rebautizarlos con otros nombres.
El discurso le secó tanto la garganta que Doc vació su vaso. Chasqueó los dedos y sonrió.
-No hay nada en el mundo como el sabor de la cerveza -dijo.
-Creo que son como cualquiera -dicho Richard Frost-. Simplemente no tienen dinero.
-Podrían tenerlo -dijo Doc-. Podrían arruinarse la vida y conseguir dinero. Mack tiene talentos de genio. Son muy listos cuando desean algo. Simplemente conocen demasiado la naturaleza de las cosas como para dejarse atrapar por los deseos.
John Steinbeck
Cannery Row (traducción de José Luis Piquero. Navona)


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Mi?rcoles, 25 de diciembre de 2013

–Navidad Blanca –le dije–. Me gusta Navidad Blanca, cantada por Bing Crosby.
–No entiendo.
–Es mi pieza favorita. Me gusta tanto que tengo veintiséis copias del disco.
Me miró sin comprender.
–Ah, ¿si?
–Es... Es un chiste personal –dije débilmente.
–Oh.
–Personal... He vivido tanto tiempo solo que todo lo que me rodea es personal. Me sorprende que alguien pueda entender una palabra de lo que digo.
–Yo te entenderé –me dijo tiernamente–. Dame un poco de tiempo. No mucho: sólo un poco... y te prometo que entenderé todo lo que digas. Lo entenderé de nuevo.
Hizo un movimiento de cabeza.
–Yo también tengo mis chistes personales...
–En adelante –dije– construiremos otra vez un mundo personal para dos.
–Será hermoso.
–Una nación de dos, de nuevo.
–Sí, Howard. Quiero preguntarte algo.
–Lo que quieras.
–Sé cómo murió mi padre; pero no he podido averiguar nada sobre mamá y Resi. ¿Has tenido noticias?
–No.
–¿Cuándo las viste por última vez?
Recordé. Era capaz de recordar la fecha exacta en que había visto por última vez al padre de Helga, a la madre y a su preciosa, imaginativa hermanita Resi Noth.
–El 12 de febrero de 1945 –le dije.
Y le conté lo que había pasado ese 12 de febrero.
Aquel día hizo tanto frío que sentí hasta dolor en los huesos. Robé una moto y fui a visitar a mi familia política. La familia de Werner Noth, el jefe de policía de Berlín.
Werner Noth vivía en las afueras de la ciudad, lejos del área considerada objetivo de los bombardeos.
Kurt Vonnegut
Madre noche (traducción de J. C. Guiral. Círculo de lectores. Anagrama)



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Lunes, 23 de diciembre de 2013

"La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos"
                 JOAN GARRIGA BACARDÍ


RUEGOS

Ayúdame, Señora, a encontrar los poemas
que aún no he escrito y que acaso me tienes destinados,
los que de ti provengan y te canten y digan
algo más que palabras, palabras y palabras.

Ta vez no serán muchos pues largo es el camino
que desde siempre anduve con este afán tan sólo,
y puede que mi mano alcanzara en gran parte
los que pensaste darle y llegó a merecer.

Mas déjame escribirlos poco a poco hasta el último,
hasta que se vacíe mi pecho de tu música.
No te pido otra cosa. Después toma mi vida,
ya cumplida del todo, y haz de mí lo que quieras.

                                                                  ELOY SÁNCHEZ ROSILLO





...Feliz lunes y feliz Navidad.

Un beso.

Anay


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Domingo, 22 de diciembre de 2013
S?bado, 21 de diciembre de 2013

días de poda
Eliminar lo prescindible. Conservar lo estrictamente necesario para que, lo que antes dio sombra y fruto, parezca vivo.


dragón de agua
No necesito propósitos, deseos o la buena suerte que promete cada nuevo año. Sólo necesito que algunas sombras sigan deteniéndome.
Isabel Bono
hojas secas mojadas (La isla de Siltolá )




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Viernes, 20 de diciembre de 2013

Termino de leer La vida en minúscula y siento que Alfred Polgar escribe fotografías. Polgar se detiene en los andenes de tren y los coches cama, en los objetos que cobran vida tras una puerta y los gestos cotidianos que pasan desapercibidos a primera vista, en los muertos y nuestra relación con ellos (el uso que hacemos de su memoria, de su muerte), en las ciudades a las que nunca se pudo llegar y en músicos que hacen de modelos para actores y acaban por imitar a su imitación, en solitarios que fingen su propia muerte y deambulan por la vida como reflejos fantasmas y en hombres que son el centro de los acontecimientos. Los textos de Polgar tienen un humor irónico y, también entrañable, a veces son una mirada a vista de pájaro, a veces inteligentes observaciones de un mundo en cambio.

¡Así pues, aquellos dos eran exactamente como parecían! Que extraño y doloroso engaño. Aquella correspondencia entre lo externo y lo interno, entre lo superficial y lo profundo, me pareció una desagradable disonancia, cuya percepción me producía una leve sensación de vértigo. Así que es también un engaño que las apariencias engañen. ¿Cómo puede uno no hacerse un lío si ni siquiera las máscaras son auténticas máscaras, sino auténticos rostros? (Alfred Polgar. La vida en minúscula. Traducción de Manuel Lobo. Acantilado)


El primer acercamiento a Bret Harte fue a través de una antología del cuento norteamericano. El relato escogido estaba protagonizado por jugadores de póquer, prostitutas y mineros, una historia aventurera que, por momentos, me recordó a Mark Twain o Jack London. Sus Cuentos californianos están situados en yacimientos mineros y poblado de buscadores de oro, tahúres que aceptan su suerte y toman la vida como un juego incierto, mujeres decididas que renuncian a la sociedad, disputas, parajes desiertos, la sensación de libertad y fragilidad. Leer a Bret Harte es imaginar el polvo en los yacimientos y las ropas de los mineros, las peleas y los actos de generosidad, la aventura por la aventura y un mundo fuera de la ley.

Debía de haber unos cien hombres reunidos. Uno o dos eran en realidad fugitivos de la justicia, algunos eran delincuentes, y todos temerarios. Físicamente no mostraban señal alguna que delatara sus vidas y reputaciones pasadas. El mayor granuja poseía una cara sacada de una pintura de Rafael, con una gran mata de pelo rubio; Oakhurst, jugador, tenía el aire melancólico y la abstracción intelectual de un Hamlet; el hombre más sereno y valeroso apenas medía cinco pies de altura, tenía una voz dulce y una actitud vergonzosa y tímida. El término «toscos» que les era aplicado constituía más una distinción que una definición. El campamento era quizás deficitario en cuanto a dedos de manos, pies y orejas... pero estas ausencias no desmerecían la fuerza conjunta. El hombre más fuerte sólo tenía tres dedos en su mano derecha. El mejor tirado sólo tenía un ojo. (Bret Harte. Cuentos californianos. Traducción de Rebeca Bouvier. Navona)




Lenz habla de vacíos y abismos, un poeta que siente el mundo herido, que se adentra en un paisaje que parece desplegarse en consonancia con su interior, a veces misterioso y abandonado, a veces denso, inasible, extraño, a veces pequeños momentos de calma y luz. De Lenz me atrapa la escritura de Georg Büchner, la densidad de su relato, el dolor al describir a un hombre atormentado que intenta salir del vacío que siente dentro y fuera de él y despertar a la pasión, la descripción de un paisaje que es tanto amenaza como descanso. Las ilustraciones de Alfred Hrdlicka, desgarradoras y oscuras, acompañan y enfatizan el texto de Büchner.

Llegó a casa. Desde luego, la noche transcurrida le había causado una fuerte impresión. Pudo ver el mundo con claridad y percibió interiormente una agitación y una inquietud hacia un abismo, al que una violencia despiadada le arrastraba. Ahora escarbaba en su interior. Comía poco; se pasaba la mitad de la noche entre rezos y sueños febriles. Un ansia brutal y después, extenuado, caía rendido. Lloraba a lágrima viva y de repente, recobraba la fuerza y se levantaba frío e indiferente y entonces sus lágrimas parecían como el hielo, tenía que reírse. Cuando más arriba estaba, más hondo caía. Todo volvía a agolparse. Le sacudían presentimientos de su estado anterior que iluminaban con ráfagas el desolado caos de su espíritu. (Lenz. Georg Büchner. Traducción de María Teresa Ruiz Camacho. Nórdica libros)


Lenz, ilustración de Alfred Hrdlicka


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Jueves, 19 de diciembre de 2013

La realidad, el sueño, el deseo: a Herman le gustaba moverse y escribir entre esos límites, entre esas fronteras. Escribió también un ensayo sobre lo que se ha venido a llamar «realismo mágico». En efecto, Herman fue un precursor en Europa de ese movimiento. En sus obras el sueño y la realidad aparecen siempre mezclados, quizá como una forma de enfrentarse al desastre de las dos contiendas mundiales que había vivido su pueblo. La guerra cambia la percepción de la realidad, no queda ni rastro de los valores que nos inculcan en la infancia. En ese infierno no sirven de nada. Por eso Herman intentaba en sus obras volver a esa forma de entender el mundo que tienen los niños; la lógica infantil lo satisfacía más que la de los adultos. Pero este realismo mágico no tiene nada que ver con el movimiento literario latinoamericano del mismo nombre. El de Europa era más individualista, heredero del surrealismo. El de Hispanoamérica fue más popular. En la era del poscolonialismo, trataban de recuperar una forma de contar autóctona.
Después de la guerra, igual que otros muchos autores, Herman pasó del compromiso al sueño, de pensar en salvar a su pueblo a reivindicar la libertad personal, del nosotros al yo. La guerra se había ganado, cierto, pero el precio había sido tan alto que los escritores perdieron su fe en la bondad del ser humano.
Kirmen Uribe
Lo que mueve el mundo (Traducción de Gerardo Markuleta. Seix Barral. Círculo de lectores)


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Mi?rcoles, 18 de diciembre de 2013

(artículo escrito para la revista ocio gay)

Admiraba las vidas desmesuradas y arriesgadas de los poetas, creía que escribir era una apuesta a vida o muerte donde lo último, lo estúpido, sería buscar perdurar, se declaraba lector de poesía y reconocía que su poesía derivaba hacia la prosa, hablaba con voz pausada y gestos sencillos y escribía de manera febril y voluptuosa, hasta las últimas fuerzas, hasta sus últimos días, en sus páginas se encuentran ecos de Nicanor Parra, Jorge Luis Borges, B. Traven o Philip K. Dick, escritores fronterizos como él que diluían el espacio entre la realidad y la leyenda, entre la literatura y la vida, construyó un mundo propio y reconocible, unas coordenadas únicas, desiertos, sangre y exilio, amor, fronteras y poetas malditos, el dolor por la muerte y las voces acalladas en Latinoamérica (por la Latinoamérica que no fue), los escritores que se convertían en sombras en las calles de París o en los parajes desérticos de México, los recuerdos de tiempos definidos por la pérdida, la ausencia y las derrotas, la distancia con la tierra propia y saber que no hay regreso posible, el encierro en una cárcel chilena esperando la muerte, los sonidos de las colonias y las cafeterías mexicanas y los campings de la costa catalana, los amores furtivos y locos hasta el vaciamiento y la violencia seca, la sombra de su compadre Mario Santiago y él mismo en los personajes de Belano y Lima, detectives que sustituyen a la figura del intelectual y boicotean lecturas poéticas para preservar su idea de la poesía, los personajes y las escenas que pasan de un libro a otro, una poeta en Los detectives salvajes que reaparece en Amuleto, por ejemplo, e inicia un monólogo intenso donde se fragmenta el espacio y el tiempo y habla casi hasta el delirio de revoluciones, poesía y muerte, los años de éxito y premios y los años tras su muerte, los libros póstumos que completan lo editado en vida o que parecen bosquejos o cuadernos de notas y que guardan una coherencia y unidad con las historias trabajadas hasta el final. Una vida de poeta desmesurado y arriesgado.



Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego
en el horizonte
Un muchacho hermoso y valiente
Un poeta latinoamericano
Un perdedor nada preocupado por el dinero
Un hijo de las clases medias
Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat
Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra
Un lector de Enrique Lihn
Un tipo que se enamora locamente
y que al cabo de dos años está solo
pero piensa que no puede ser
que es imposible no acabar reuniéndose
otra vez con ella
Un vagabundo
Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño
que atraviesa puestos fronterizos
hundido en el légamo de su propia pesadilla
Un trabajador de temporada
Un santo selvático
Un poeta latinoamericano lejos de los poetas
latinoamericanos
Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables
y desagradables cada vez más lejos
del punto de partida
Un cuerpo azotado por el viento
Un cuento o una historia que casi todos han olvidado
Un tipo obstinado probablemente de sangre india
criolla o gallega
Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar
el amor en una hora inesperada y terrible
Un lector de poesía
Un extranjero en Europa
Un hombre que pierde el pelo y los dientes
pero no el valor
Como si el valor valiera algo
Como si el valor fuera a devolverle
aquellos lejanos días de México
la juventud perdida y el amor
(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la juventud,
pero jamás el amor)
Un tipo con una extraña predisposición
a sobrevivir
Un poeta latinoamericano que al llegar la noche
se echa en su jergón y sueña
Un sueño maravilloso
que atraviesa países y años
Un sueño maravilloso
que atraviesa enfermedades y ausencias
Los años. Roberto Bolaño
(en Los perros románticos. Acantilado)


Tags: Roberto Bolaño, los perros románticos

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Martes, 17 de diciembre de 2013
Lunes, 16 de diciembre de 2013

Las tormentas nos dejaban sin luz. Buscábamos una vela entre los cajones de casa, la colocábamos en un plato en la mesa de la cocina (la vela quieta sobre una base de cera caliente) y nos sentábamos alrededor de su luz. Soplaba con suavidad para alterar el movimiento de la llama e imaginaba que las sombras en la pared eran apariciones fantasmales, un baile hipnótico o trigo. Acercaba mi mano a la llama hasta sentir el roce del fuego en mi mano.


Los lunes de Anay. Heridas...

A mi hijo, siempre.

"Y a pesar de todo,
el amor ileso"
                          JAVIER MAYORAL SÁNCHEZ


AMOR SOLDADO

Amor
que fulmina la batalla.

Amor
que conquista la verdad.

Amor
insurgente hasta el final.

Amor, a todas luces, reverente.

                                                      ANAY SALA


 


...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Javier mayoral Sánchez, Miguel Bosé

Publicado por elchicoanalogo @ 20:25  | Los lunes de Anay
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Domingo, 15 de diciembre de 2013

A pesar del título poco atractivo, La historia del amor hizo que me fijase en Nicole Krauss. La vida de un viejo solitario y de las diferentes mujeres con el mismo hombre, Alma, los recuerdos reales o inventados, la búsqueda de las raíces, las preguntas sobre la propia vida, hicieron de La historia del amor una de las lecturas más extrañas y cercanas de los últimos años. Su libro La gran casa lo recuerdo como una buena lectura, laberintos y seres que se cruzan, voces apagadas y una búsqueda.

Llega un hombre y dice es la primera novela de Nicole Krauss. Se inicia con una imagen poderosa y terrible, el resplandor de una bomba atómica, y continúa con un hombre vagando por el desierto, sin saber quién es ni dónde está. Samson Greene sale del desierto y pierde todos sus recuerdos a partir de los doce años de edad, su mundo detenido en esa frontera entre la infancia y la adolescencia, el umbral de los cambios y el primer paso a la madurez. Samson regresa a su vida en Nueva York, convive con su mujer, pasea por calles que ahora le son desconocidas y con los recuerdos que sólo llegan hasta sus doce años (la quiebra entre lo que ve y lo que recuerda, el espacio en blanco entre esos dos extremos). Samson siente un vacío con límites dentro de su cerebro, un agujero que se ha tragado cada instante de su vida adulta, y se siente atraído por ese vacío, por ese lugar yermo dentro de él que necesita preservar. Es lo atractivo de esta novela, un hombre que se niega a recordar, que prefiere preservar el vacío a recuperar sus últimos recuerdos, que busca sentirse fuera del espacio y del tiempo. 

Hay un momento que me recuerda a las novelas de Philip K. Dick, un centro científico en el desierto, un hombre que quiere implantar recuerdos ajenos en las personas. Un recuerdo que no pertenece a Samson entra en ese vacío dentro de él, lo siente como propio y lo noquea hasta dejarlo sin sentido. Qué recuerdos son reales, qué nos conforma, cómo cambia nuestra perspectiva del mundo a través de imágenes que no nos pertenecen.

Krauss habla sobre la identidad y la memoria, sobre el desdoblamiento entre el mundo que recordamos y el mundo que vemos, sobre renuncias, la realidad de nuestros recuerdos y vacíos con límites.



La segunda noche que Samson pasaba en casa, Anna, agotada, se quedó dormida antes que él. Tendido a su lado en la oscuridad, él respiraba despacio, para no despertarla. Oía el zumbido de coches que circulaban bajo la lluvia y las risas de la televisión que subían del piso de abajo. Se sentía a disgusto en la cama, pero no se le ocurría ningún otro sitio en el que hubiera preferido estar. Aunque no recordaba nada de los muchos años transcurridos desde su niñez, su habitación de entonces parecía pertenecer a un mundo desaparecido que hubiera existido hacía mucho tiempo. A pesar de lo difícil que le resultaba adaptarse y de su confesión, no se sentía un niño de doce años sino un hombre de treinta y seis. Sólo que no lograba recordar cómo había llegado a ser quienquiera que ahora fuese.

( … )

Samson estaba junto a la ventana del dormitorio, mirando la oscura piscina. Nunca había sentido una añoranza semejante, y no habría podido decir a quién ni qué añoraba, si a su esposa, a Lana o algo totalmente distinto. Pasó largo rato hasta que se metió en la cama y cerró los ojos. Se imaginó caminando por un desierto calcinado, como un asceta. Decidió ir más lejos, renunciar a más cosas. No lo consiguió, se abrazó las rodillas y así despertó por la mañana.
Nicole Krauss
Llega un hombre y dice (traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra)


Tags: Nicole Krauss, Llega un hombre y dice, Ana María de la Fuente, Salamandra

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Viernes, 13 de diciembre de 2013

Se acerca con cuidado, como si fuese a revelarme el mayor de los secretos, y me enseña un ruxe ruxe, un pequeño juguete hecho con nueces, un palo e hilo. Recuerdo cuando se sentaba a mi lado con las manos cerradas y me pedía que adivinara qué escondía en ellas. Sentía que cualquier respuesta era posible, que el hueco entre sus manos podría esconder luciérnagas o doblones de oro. Entonces, abría las manos y dejaba escapar un saltamontes.

Hace girar el ruxe ruxe. Suena a tormenta o a la lluvia cuando golpea las aceras. Es un sonajero extraño, hipnótico, el hilo que sale de una nuez y mueve la otra. Creo ver un atisbo de (su) infancia en su mirada. Me dice que le regalaban el ruxe ruxe por Navidad (también zocas o pequeñas herramientas de carpintero). Le pregunto cómo aprendió a hacerlos. Se encoge hombros. De ver a papá, dice.

Busco sus fotos antiguas en una pequeña caja de zapatos. Apenas ocupan la palma de mi mano, me recuerdan a los cromos de mi infancia. Conozco los gestos y los paisajes, él encendiendo un cigarrillo en el porche de una casa, bailando con una de sus hermanas, levantando los brazos al cielo, los campos junto al río, los caminos de tierra y polvo, los montes como horizonte. Me gusta el blanco y negro de esas fotos, me llevan no un mundo pasado sino a uno futuro. Me fijo en su mirada. Intento adivinar qué se esconde tras ella, como en aquel truco de las manos.






(coda)
El ruxe ruxe suena a infancia y posguerra, a caminos de tierra blanca, pinares y el crepitar del río Eo, a las zocas de madera y los carros cargados de hierba verde, a las pizarras de los tejados y el tañido de las campanas de la iglesia, a cocinas de hierro y el fuego saliendo entre sus huecos.


Tags: ribeira de piquín

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Jueves, 12 de diciembre de 2013

Se acerca la Navidad, los rastrillos solidarios, las luces azules en los árboles de la gran vía, los cuentacuentos y el sol de diciembre.
Recibo un correo con dos interesantes talleres en Madrid para niños y mayores. Otra forma de aprovechar estas fechas.



La tradición oral en la Edad Media: música y leyenda

Taller músical destinado a público de todas las edades y familias (recomendado para niños a partir de 8 años). Durante la actividad nos convertiremos en un grupo de viajeros de la Edad Media que en su viaje cuentan una leyenda milenaria. Cantaremos, bailaremos y descubriremos mapas antiguos, manuscritos y lenguas que ya no existen.
El domingo 22, de 11h a 13h

Taller navideño para familias La tradición oral en la Edad Media: música y leyenda


La música de los caminos medievales

Concebido para los más jóvenes, este taller musical recrea la historia de un anciano que vivía en el siglo XIII, en pleno Camino de Santiago. Daba cobijo a peregrinos de toda Europa que llamaban a su puerta a cambio de las canciones de su tierra de origen o de su jornada de caminar.
Gondolfo, un anciano que vivió hace muchos años será nuestro guía para este taller donde cantaremos en lenguas de otro tiempo, haremos ritmos con instrumentos de percusión y objetos cotidianos, escucharemos el sonido del aire, del agua, la voz… y haremos nuestra propia partitura.
Para niños solamente pero con ganas parecidas (7-11 años) el lunes 23, de 9h a 13h.

Taller navideño para niños La música de los caminos medievales


Talleres a cargo de Paloma Gutiérrez del Arroyo, cantante especializada en repertorios medievales (anteriores al 1500), dedicada íntegramente al estudio, la interpretación y la difusión de esta música desde el año 2009.


Publicado por elchicoanalogo @ 12:20  | Notas de prensa
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Mi?rcoles, 11 de diciembre de 2013

El trampero es la aventura por la aventura, la soledad y el silencio de los días de invierno, la crueldad y la bondad de la naturaleza y los seres humanos, la locura y las presencias fantasmales en noches de luna, el movimiento continuo, los encuentros casuales entre tramperos y la lucha contra los depredadores, los hombres que se convierten en mitos y leyendas (no del todo reales, no del todo inventadas), El trampero es recuperar aquellas historias de infancia de cielos abiertos, fogatas nocturnas, los largos días a caballo, las peleas a cuchillo, vivir fuera de la civilización, sin fronteras, sin cargas, mirar el mundo circundante y sentirlo único, inexplorado.

Vardis Fisher habla de Sam Minard, un trampero experto, enamoradizo, sensible a los colores, sonidos e imágenes de la naturaleza, el placer por la música, la vida al aire libre, el amor puro por una mujer crow; de la locura de Kate Bowden al perder a sus hijos y cómo sobrevive en un pequeño terreno junto al río delimitado por cuatro cráneos, la mente desvariada, el abandono de la realidad, los hijos que se le aparecen en extrañas formas; de los crows y pies negros y sus costumbres atávicas; de tramperos como Cabellera perdida Dan, Jim Bridger, Windy Bill que aman su soledad sin fronteras, la lucha con animales y con otros hombres. El trampero es sensación de libertad de vivir bajo un cielo estrellado.

La escritura de Fisher es sencilla, suma diferentes voces, la pausa para describir un paisaje solitario, las aguas de un río, las costumbres de los indios, la tensión en los enfrentamientos entre tramperos e indios y entre depredadores y hombres, el humor para las conversaciones entre tramperos y su modo de entender la vida fuera de las reglas de la civilización, la dureza y crueldad en las escenas violentas. En unas pocas páginas se cruzan la crudeza de las muertes de tramperos e indios con las historias de hombres que son leyenda, la belleza que emociona a Sam Minard por el mundo que observa con la tristeza por estar ante un mundo que desaparece. Sam pasó dos noches con Jim y se enteró de todas las noticias, y todas ellas eran malas. Brigham Young y su horda de mormones estaban ocupados construyendo un reino en el valle del Lago Salado; y al oeste de ellos, a través de las llanuras alcalinas y las sierras, un millón de condenados idiotas corrían gritando oro, y brotaban ciudades como la antigua Babé. Había existido una ciudad llamada Babé, ¿verdad?, había preguntado Jim, lanzándole a Sam una mirada inquieta. Todo el territorio del Oeste, dijo, pronto estaría dirigido por criminales, charlatanes religiosos, pisaverdes y toda clase de simplones; y no quedarían bisontes ni castores, ni tampoco un lugar limpio donde uno pudiera estirarse y oler la dulce tierra; no habría nada excepto agua y aire sucios, albañales, montones de basura, ruido y gente. Estaba pensando en irse a Canadá.

El trampero me recuerda por momentos a los cuentos del norte de Jack London o a los personajes estrafalarios de Mark Twain. Un hombre que lleva los huesos de su mujer e hijo en un saquito e inicia una venganza contra toda una tribu india, un trampero con peluquín que aterroriza a los indios al quitárselo, un oso que descubre la ferocidad de los ataques de un tejón, una mujer que lee la biblia a sus hijos muertos, un ataque sangriento y cabelleras arrancadas. Y en mitad de esas imágenes, la naturaleza bondadosa, salvaje o cruel.

(Sidney Pollack adaptó El trampero en Las aventuras de Jeremiah Johnson, uno de lo westerns más hermosos que he visto)


Veía claramente a las siete personas tendidas, todas las cuales parecían muertas, y a la mujer cubierta de sangre que tenía un hacha ensangrentada en las manos. Había visto a hombres matar a otros hombres. Él mismo había matado y arrancado la cabellera a ocho indios desde que había salido de St. Louis en dirección al oeste. Que el fuerte matase al débil era la primera ley de vida en el mundo en el que ahora vivía, desde los más diminutos mosquitos y arañas al lobo, al alce y al grizzly. No pasaba un día sin que viese a algunas criaturas matar a otras. No pasaba un día en que los enemigos no le mirasen y desearan su carne. Aquella no era una tierra para personas dedicadas a evitar la crueldad de los seres vivos para con otros.

( … )

¿Cómo moriré?, se preguntaba Sam mientras buscaba en el aire de la noche el olor de los Pies Negros. ¿Cómo morirá Lotus? Estaba seguro de que ninguno de los dos moriría en la cama. Pocos hombres blancos en aquella tierra habían tenido el sentido común suficiente, cuando empezaban a fallarles la vista y el gatillo, de recoger sus pertenencias y marcharse. Puede que Tom Fitzpatrick muriese en la cama, pero ¿cuántas veces había estado a punto de morir? No se había vuelto canoso de la noche a la mañana porque sí. Alto, entrecano, musculoso, Fitz había sido uno de los más  grandes y mejores hasta aquel día en 1831 en que el pelo se le volvió blanco, la mayor parte de la carne se le escapó de los huesos y, demasiado débil para mantenerse en pie, había sido encontrado por dos mestizos arrastrándose por el fondo de un arroyuelo. Un día, mientras estaba solo en el Big Sandy, se había visto cara a cara con una banda de Gros Ventres y había cabalgado para salvar la vida hasta que su caballo cayó muerto. Se metió entonces en una gruta en la ladera de una montaña, tapó la entrada con rocas y hojas y se quedó allí hasta casi morir de hambre y sed. Salió arrastrándose y se dirigió hacia Pierre's Hole, pero al cruzar aguas bravas en una balsa perdió su rifle, la bolsa y el cuchillo. Indefenso, tuvo que subirse a un árbol y quedarse allí sentado toda la noche, cuando lo atacó una manada de lobos. No había palabras, suponía Sam, para expresar cuánto había sufrido un hombre a quien el pelo y la barba habían pasado de castaño a blanco en unos pocos días.

( … )

En el infierno de Colter, con sus olores penetrantes que salían de las calderas de azufre y los geiseres humeantes, o de los vastos bosques de piceas, pinos y abetos, Sam miró a su alrededor y se preguntó cómo sería después de que hombres con ollas de oro, hachas y arados hubiesen pasado por allí. Trató de imaginárselo cincuenta o cien años después. ¿Por qué estaba poniendo el Creador a tanta gente sobre la tierra? Maldita sea, ahora eran cientos de millones; Sam creía que unos pocos cientos de miles bastarían. Había demasiados pieles rojas, tantos que los sitios donde habían montado sus aldeas despedían durante años hedores infames y sobre la tierra quedaban manchas de muerte. Deja a los pieles rojas asentarse durante un año o dos en un sitio y todo lo que había debajo y alrededor empezaba a morir y a oler mal, como flores empapadas de orina de lobo, hasta que podías señalar, allí en el Rosebud, en el Bighorn, en el Belle Fourche, el Chugwater, el Teton, el Snake, el Colorado, el Green, aquí y allá, las manchas de muerte donde aquella gente había arruinado lo que había tocado hasta que la Naturaleza ya no podía limpiarlo y reemplazar el hedor con fragancia. La gente era otra cosa, decidió Sam, y se olió las manos. Había millones de bisontes; mares y océanos de ellos, y en veinticuatro horas apilaban montañas de heces; pero enseguida las heces se convertían en pedazos sin olor que parecían puñados de hierba seca. Pero un sitio donde personas, blancas o rojas, acampasen durante unas semanas, hacía que uno quisiera subirse a los picos más altos por culpa de la hediondez. El hombre era, de hecho, una criatura tan maloliente que todas las bestias y aves de la tierra lo temían por su mal olor. Esa broma provocó que Sam se riese. El Creador estaba fallando ahí. A Sam le parecía que llegaría un tiempo en el que por toda la tierra no hubiese un río sin contaminar ni un valle boscoso intacto; un soto donde uno no tuviese que mirar a su alrededor antes de sentarse; una cuenca que no estuviese sucia y azotada por la fealdad humana. Sam se hubiese sentido sombríamente divertido si le hubiesen dicho que dentro de cien años habría entusiasmo por las zonas naturales, que a esas mismas tierras que ahora lo rodeaban acudirían de los hervideros de masas arracimadas para pasar una hora o dos llenándose los pulmones de aire limpio, oír cantar a los pájaros o sentir el significado de la paz.
Vardis Fisher
El trampero (traducción de Gonzalo Quesada. Valdemar)



Tags: Vardis Fisher, El trampero, Gonzalo Quesada, Valdemar, Sidney Pollack, Jeremiah Johnson

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Lunes, 09 de diciembre de 2013

Madiba (1918-2013)


"mi corazón está en tus pasos"
                                               PAUL VALERY


Dibujaba ventanas en todas partes.
En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.

Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, los árboles.

Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.

Dibujaba ventanas.
En todas partes.

                           ROBERTO JUARROZ



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Paul Valery, Roberto Juarroz, Simple Minds

Publicado por elchicoanalogo @ 18:28  | Los lunes de Anay
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Domingo, 08 de diciembre de 2013

Joe Elegant era un joven pálido con flequillo. Fumaba cigarrillos de importación en una larga boquilla de ébano y cocinaba en el Bandera del Oso. Las chicas decían que hacía los mejores bollos del mundo y que sabía dar masajes que curaban las contracturas de una noche de sábado con toda la flota presente. Siempre llevaba en la cara una mueca despectiva y, excepto a la hora de la comida, siempre se quedaba en su cobertizo, detrás del Bandera del Oso, desde donde llegaba, hasta muy tarde, el tecleo de una máquina de escribir.
Una mañana, poco después de su llegada, Suzy se estaba tomando su café mientras Joe Elegant limpiaba la mesa de migas de desayunos anteriores.
-Haces buen café -dijo Suzy.
-Gracias.
-No pareces la clase de tipo que trabajaría aquí.
-Es temporal, te lo aseguro.
-Tengo una receta muy buena para hacer quingombó. ¿Quieres que te la dé?
-Fauna decide los menús.
-No eres muy amigable.
-¿Por qué tendría que serlo?
John Steinbeck
Dulce jueves (traducción de José Luis Piquero. Navona)


Tags: John Steinbeck, Dulce jueves, José Luis Piquero, Navona

S?bado, 07 de diciembre de 2013

El abrazo es una pequeña historia de David Grossman ilustrada por Michal Rovner que habla de la soledad, de ser únicos en el mundo y, a la vez, estar junto a otros, del abrazo como medio para dejar de estar solos, como refugio y unión.

La historia de Grossman es sencilla, sin sorpresas, la angustia de un niño por sentirse solo en el mundo al no existir otro ser idéntico a él, por buscar en un reflejo la ruptura de esa soledad. El niño se cuestiona el mundo que le rodea, la certeza de saberse único, y siente que algo se tambalea, que esa soledad lo aparta de todo. La madre lo tranquiliza, le dice que todos estamos solos, sí, no existen reflejos de nuestra persona en ninguna otra parte, pero que, a la vez, vivimos junto a otros seres humanos, y es ahí, en la convivencia, en el cruce con quienes nos rodean, donde dejamos de estar solos, y el abrazo como unión de soledades.

Lo que me gusta de este pequeño libro editado por Sexto piso es el trabajo de Michal Rovner, sus ilustraciones a carboncillo, líneas y sombras difusas que opacan las palabras de Grossman, pasar las páginas del libro y las imágenes de Rovner como guía de El abrazo.
David Grossman y Michal Rovner
El abrazo (Traducción de Raquel García Lozano. Sexto piso)



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Viernes, 06 de diciembre de 2013
Jueves, 05 de diciembre de 2013

Nueva iniciativa de la asociación Aida para este puente.

Para que puedas adelantar las comprar navideñas y elegir tus lecturas para estas fiestas, durante todo el puente os ofrecemos todos nuestros libros a mitad de precio. Consigue el 50% de descuento introduciendo DEPUENTE al confirmar tu compra.
Tienes desde ahora hasta el domingo a las 00.00 para decidirte.

http://www.aidabooks.org/


Para celebrar el día del voluntario, Aida realizó este divertido vídeo. ¡Felicidades a todos los voluntarios!


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Mi?rcoles, 04 de diciembre de 2013

Los textos de Luigi Pintor me recuerdan a pequeñas diapositivas, a imágenes entrevistas por el rabillo del ojo, una mirada pausada ante lo que ocurre delante de nosotros, y en esa mirada al mundo circundante, las preguntas y las reflexiones sobre la memoria, la política y la muerte, la fortuna de quien decide sentarse en un níspero a ver pasar las nubes y el dolor por las revoluciones fallidas, las guerras cruentas, las zanjas y las revoluciones perdidas. Hay una armonía hipnótica en la escritura de Pintor, la sensación de estar ante una conversación que se desenreda de manera lenta y suave y te atrapa poco a poco, el cruce de los recuerdos de infancia y la visión inteligente (a veces irónica, a veces amarga) del mundo en que vivimos.

Pintor habla sobre la memoria, sobre los propios recuerdos, qué es real, que leyenda, cómo se construyen los recuerdos personales y colectivos, poner la distancia justa para mirar atrás y descubrir engaños, pequeñas victorias, las derivas políticas, dos guerras mundiales (de las zanjas de la primera guerra mundial a las bombas atómicas de la segunda). Cruza el recuerdo de un tranvía con los muertos de una guerra, la luz de Cerdeña con un anciano que cumple cien años y sólo quiere dejar vagar sus pensamientos, las confesiones de un moribundo  y su intento de ser honesto con la muerte de los hijos y el vacío que dejan tras de sí.

La señora Kirchgessner se inicia con una cita anónima que habla de no poder ser pesimistas con respecto al hombre, Pintor escribe en capítulos cortos pequeños recuerdos de infancia y madurez, la llegada a Cerdeña y las primeras imágenes captadas por un bebé, la muerte que se manifiesta de manera temprana y la lámpara de Aladino, la vuelta a la ciudad y encontrarse con las calles ocupadas, jóvenes que creen que están ante la última guerra, la muerte del hijo y sus palabras en una carta. Son pequeñas confidencias susurradas, un mapa de lo que fue la vida de un hombre en la Europa de las guerras mundiales y las luchas políticas.

El níspero empieza de manera atractiva. Jano tiene cien años y ha decidido sentarse bajo el níspero a contar los días, sin ceder a las tentaciones mundanas. Le parece una decisión juiciosa y adecuada a las circunstancias. No hará nada, dejará vagar sus pensamientos como nubes, más allá de las hojas. De nuevo, capítulos cortos y un hombre que cruza sus recuerdos con las reflexiones del siglo vivido. La  nostalgia y los ajustes de cuentas con nuestro pasado, los pequeños momentos cotidianos, las preguntas sobre religión, política, caridad, el tiempo, el mundo material y el mundo inmaterial, la amargura por el papel del hombre y, aún así, la necesidad de lucha y honestidad. El níspero tiene un ritmo pausado, una mirada inteligente, pequeños fragmentos de alguien que se detiene y mira alrededor de sí.

Los lugares del delito es el intento de confesión de un moribundo, Desperdicio un tiempo precioso, deambulo sin meta, me pierdo en preliminares, he enterrado mis secretos tan lejos que ya no sé dónde están. Tal vez sea incapaz de realizar este acto de honestidad. El narrador habla de esos últimos momentos, entremezcla sus pensamientos sobre la muerte y las guerras modernas con su propia vida y sueños que se tienen despierto. Los tres libros parecen cruzarse como afluentes los unos de los otros, la voz pausada, irónica, cercana, cálida, incompleta, los recuerdos y el repaso a cien años de revoluciones, luchas y crisis políticas y personales, el intento de una confesión fragmentada.




Mi pasaporte caduca en 2001. Es significativo. Espero esa posible fecha con el ánimo relajado, ya que, tal como Séneca le escribió a Lucilio, la muerte no está frente a mí, sino detrás de mí. Está en el tiempo consumido. El niño que todavía juega en estas páginas murió hace muchos años. Por eso la sepultura me causa menos temor y no pienso dejar instrucciones minuciosas para tener una pira en el Ganges o una fosa común en Spoon River.
Los domingos soleados mi padre me llevaba a visitar la tumba de sus tres hermanitos, muertos antes de que él naciera. Había tres ángeles de mármol y yo los identificaba con esos niños apresados bajo tierra, que deseaban tener alas y volar lejos de allí. Hoy no experimento sensaciones tan crudas. Y pienso que la tierra puede ser leve.

( … )

El viejo es consciente de que vivir de recuerdos es morir lentamente, como suele decirse. Pero al final siempre es así, no hay elección. Puede parecer un abandono voluntario, cuando en realidad es una ley de la naturaleza.
Disminuyen las energías, los estímulos, los objetivos. Disminuye la curiosidad, porque ya has hurgado en todas partes y conocer a las personas y las cosas, los sabores y los aromas, los árboles y los animales, el mar y la luna, las albas y los crepúsculos, el sueño y la vigilia, los bautizos y los entierros, las armas y los amores, los templos y los burdeles, el derecho y el revés, las olimpiadas y las guerras, el entusiasmo y la decepción, los cursos y los recursos de la historia.
¿Qué satisfacción produce recordar los vagones blancos del tranvía que iba hasta la playa? Ninguna. Lo que produce es pena, nostalgia o rencor, porque entonces estabas y ahora no. Pero deseas volver al lugar del delito y por eso eres puntilloso y haces memoria de cada detalle: las plataformas con barandilla, las estaciones y la última parada, donde los raíles se hundían en la arena.


( … )

Historiadores, periodistas, libros negros y documentos de colores recuerdan con insistencia que las revoluciones más recientes han costado ochenta y cinco millones de muertos, lo cual vendría a ser casi un millón al año a lo largo de un siglo. El doble que en la segunda guerra mundial, aunque esta supo concentrarlos en seis años. Jano fue partidario de dichas revoluciones y se siente culpable por ello. Lamentablemente cualquier rebelión de esclavos, de Espartaco en adelante, tiene el poder de seducirlo, pese al coste y a la vanidad de la empresa.
Además cree que la cuenta es parcial y se siente responsable de mucho más. Si Voltaire, una vez al año, encendía una vela y la ponía en la ventana para recordar la matanza de San Bartolomé, Jano habría necesitado un candelabro entero y un amplio balcón para honrar los osarios sobre los que se han edificado los estados modernos.

( … )

Habría que hacer un censo de los bajos fondos y subfondos de las metrópolis y encargarle a Dante que dibujara un mapa. Antes los novelistas se dedicaban a este tipo de exploraciones, alcantarillas parisinas y muelles londinenses. Hoy el cine los ha convertido en temas de ciencia ficción.
El detalle más interesante del metro de Moscú no son los fastuosos mosaicos ni los mendigos andrajosos que lo puebla, sino la combinación de ambos, del orgullo pasado y la humillación presente. Con todo, ocupan el primer puesto los bajos fondos de las metrópolis americanas, a consecuencia del producto interior bruto de dicho continente.
Existen dos sistemas de alcantarillado, uno sirve para canalizar los residuos orgánicos y el otro para descargar los residuos sociales.

( … )

Miro el cielo nocturno como el poeta virgilio, en las últimas horas de vida, pero, a diferencia del maestro de la antigüedad, no conozco las constelaciones, no distingo sagitario de escorpión. Me avergüenzo de la ignorancia que he ido acumulando a lo largo de los años. Solo veo innumerables estrellas, más luminosas de lo habitual.
Pienso con alivio que la muerte me devolverá donde estaba, es decir, a ninguna parte. Pero el cielo nocturno me seduce y me hace creer por momentos en un más allá donde podamos comprender las cosas incomprensibles de este mundo. Una adivinanza con una respuesta mágica, un laberinto con salida, la esfinge que resuelve el enigma, los misterios de la existencia terrenal desvelados ante el pobre hombre que buscó en vano la lave de toda su vida.
Luigi Pintor
La señora Kirchgessner. El níspero. Los lugares del delito (traducción de Helena Aguilà Ruzola. El Aleph editores)


Tags: señora Kirchgessner, El níspero, Los lugares del delito, Helena Aguilà Ruzola, El Aleph

Publicado por elchicoanalogo @ 6:54  | Libros...
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Martes, 03 de diciembre de 2013

la luz del sol
las rendijas
paredes blancas

el frío

parece que todo está en su sitio

una piedra pintada
continentes verdes
bandadas de pájaros en mis manos

alguien susurra y reza por mí

que las historias se deslicen

orden
libros, postales y cartas
las habitaciones de hotel
la ciudad
los bolsillos

ganas de sol de invierno


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Lunes, 02 de diciembre de 2013

Amanece a mi espalda, un hilo de luz gris entre las paredes. Me acerco a la ventana, las tejas rojas, las chimeneas sin humo, los balcones cerrados y una estela blanca en el cielo. Mi cuerpo tiembla por el frío de la madrugada. Observo la tormenta (busco pequeñas hogueras tras la lluvia)


Los lunes de Anay. Cuestión de piel...

"Yo ya no otorgo razones
para mi ser"
                   SHIRLEY CAMPBELL BARR


Negra tu espalda como la espalda de la noche.
Negro el misterio de tu mirada. Negro el iris.
Negras las manos que se cobijan en mi cuerpo.
Negros tus pechos como la música del tiempo.
Negrísima tu voz como el  mapa de África.
Negra la sombra de tus axilas y tu cuello.
Negro el temblor de tus caderas. Negro tu sueño.
Verde la línea que asoma en tu mirada oscura.
Roja la cruz de los pezones. Negro mi estupor.
Negro el azúcar jugoso y turbio de tu boca.
Negro el zumo de tus piernas y la faz del miedo.
Negrísima la sangre. El alma negra. Negra tú.
Libre. Sin amarras. Como un prófugo en la noche.

                                                                         ALFREDO BUXÁN



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Shirley Campbell Barr, Alfredo Buxán, Rolling Stones

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