Domingo, 05 de enero de 2014

Kei, la protagonista de Manazuru ve sombras, le siguen fantasmas, camina en un mundo donde la frontera entre lo real y lo soñado se difumina, lleva dentro la desaparición de su marido, el amor y la preocupación por Momo, su hija adolescente, las conversaciones con su madre, una relación extraña y distante con su amante, los viajes a Manazuru, un lugar donde siente que algo está por definirse, por cobrar forma, un lugar al que viajará una y otra vez hasta sentir que deja algo en él hasta quedarse vacía.

Manazuru es la nueva novela de Hiromi Kawakami. De nuevo, la sutileza y la delicadeza de su estilo, las frases cortas como pequeñas impresiones, los momentos donde apenas ocurre nada, los diálogos  que parecen intrascendentes pero que esconden una mirada pausada y reflexiva y la búsqueda de respuestas. A diferencia de sus anteriores novelas, en Manazuru hay un elemento sobrenatural, presencias y fantasmas que acompañan a la narradora, que la conducen hacia el mar y guían su ánimo. Me extrañaron estas presencias, el cruce entre la realidad de tres generaciones de mujeres que viven juntas y sienten la ausencia del marido de Kei y los conversaciones con los fantasmas, las escenas donde una sombra corre junto a un tren o las casas que se repliegan sobre sí mismas y se convierten en ruinas.

Kei viaja una y otra vez a Manazuru, cree que encontrará una pista sobre la desaparición de su marido, se verá acompañada por un fantasma que le guiará de un mundo real y tangible a otro lleno de sombras, se cuestionará sobre su pasado, la arqueología de su amor, el instante donde conoció a Rei, su marido, los años de felicidad, su embarazo, la desaparición sin dejar rastro de él, seguir con su vida y la ausencia de Rei como un vacío con límites. Es en esos momentos, cuando Kawakami detiene la acción y evoca el pasado de Kei con su marido o los primeros años de su hija, donde Manazuru me recuerda a sus anteriores novelas, donde asiento al reconocer su voz, al encontrar aquello que busco en sus novelas, una voz reflexiva, sutil y con cierta tristeza.

De Manazuru me quedo con la relación entre las tres mujeres, los tiempos cruzados, la voz pausada y reflexiva de la narradora, las frases cortas y evocadoras que hablan de luz y sombras, del paso del tiempo, de qué hay de real en nuestros recuerdos, de fotografías de un pasado inasible, del fino límite entre la vida y la muerte. Manazuru es la novela de Kawakami que menos me gusta, pero, aún así, tiene esa delicadeza y sutileza que me hace buscar sus libros.

(Acantilado es una de mis editoriales favoritas, siento que cuidan sus ediciones con mimo. Tal vez por eso me sorprendió encontrarme con varias erratas a lo largo de Manazuru. Fue extraño, decepcionante)




«A veces me sentía cansada de vivir. Trabajaba sin descanso de sol a sol, sin darme cuenta siquiera de que no hacía nada más que trabajar, sin saber qué me hacía feliz, sin conocer a fondo los sentimientos de los demás ni los secretos que albergaba mi propio corazón; estaba harta de dejar pasar el tiempo sin vivir».

( … )

«Me molesta no saber de dónde viene el agua», le comenté a Rei.
«Ya», repuso él. Al cabo de un rato, me preguntó: «¿Y tú, Kei? ¿Sabes de dónde vienes?».
«¿De dónde vengo yo?», repetí, sin comprender a qué se refería. Rei asintió brevemente y luego dijo:
«¿Sabes? Conservo recuerdos muy claros de mis primeros años de vida. De cuando tenía sólo tres años, por ejemplo».
«¿A eso te referías al preguntarme si sé de dónde vengo?», intervine, arrugando la frente para expresar mis dudas. Él me rodeó los hombros con el brazo y me estrechó hacia sí.
«¿No tienes frío?», me preguntó, según creo recordar. A continuación, siguió hablando: «Cuando tenía tres años, intenté atrapar un insecto que había encontrado en un árbol del jardín. Era un bicho verde de cuerpo largo y estrecho. Tenía una forma muy curiosa. Como aún no había aprendido a controlar mi fuerza, cerré la mano y me manché con el líquido del abdomen del bicho. Lo había aplastado sin querer.
»Se lo llevé a mi madre, que estaba en la cocina, y se lo enseñé. Ella dio un paso atrás. Sabía que no era yo quien le daba asco, sino el bicho, pero me entristeció. El insecto estaba muerto. Lo tiré al suelo. Su color verde hacía juego con la madera oscura del parqué. “Es un insecto palo, qué curioso”, dijo mi madre.
»Era la primera vez que oía ese nombre. Mi madre no volvió a retroceder. Sin inmutarse, cogió el insecto con las puntas de los dedos, abrió la puerta de la cocina y lo arrojó al jardín. Yo restregué la mano contra el suelo de tierra que había frente a la puerta de la cocina para limpiarme. Mi madre me observaba en silencio desde arriba.
«Nunca había visto un insecto palo», admití. Rei rió en voz baja.
«Lo que quiero decir es que estas escena es mi origen. Todo empezó ahí. Como el origen de esta cascada. No recuerdo nada de mi vida anterior», dijo Rei, abrazándome con más fuerza.

( … )

Todo existe en el interior de la mente. Todo lo que vemos con nuestros ojos desde que llegamos al mundo al nacer, incluso las cosas que creíamos haber olvidado, siguen existiendo en nuestra mente en forma de vivos recuerdos. Asimismo, la mente también conserva imágenes que nunca hemos visto y que ni siquiera hemos llegado a imaginar jamás.
Hiromi Kawakami
Manazuru (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:53  | Libros...
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