Martes, 07 de enero de 2014

Una tormenta de arena con forma de caracol, una caravana que atraviesa el desierto, un oasis donde confluyen tiempos e historias, las huellas de Alejandro Magno, la rivalidad ente los diferentes clanes, la mano lejana del poder egipcio, un hombre que llega y espera la muerte, una mujer que busca entre las ruinas la tumba de Alejandro, un jeque que prepara una revuelta, un espíritu que se pregunta quién es la voz que le ha convocado.

Por momentos, El oasis me recordó a El desierto de los tártaros. Como en la novela de Buzzati, la espera de un hombre de una rebelión y la muerte, una espera que parece darle un sentido a su vida, con la que vertebrar sus días en el oasis. La espera es tensa, asfixiante, el oasis como un lugar inhóspito y hostil y, fuera de él, el desierto cambiante. Pero en El oasis la espera tiene un final, hay una explosión que obliga a moverse a los protagonistas, a tomar partido y decisiones rápidas.

Mahmud, antiguo rebelde, es enviado al oasis de Siwa como prefecto. En su nueva misión le acompañará su mujer Catherine, una irlandesa que busca en ese viaje encontrar la tumba de Alejandro Magno (en su equipaje, sus viejos libros de historias y sus mapas). A ambos les une vivir en un país bajo bandera británica, el no sentirse libres. Bahaa Taher da la voz a ambos, cada capítulo del inicio de la novela dedicado a la voz de cada uno de ellos, Mahmud sometido por su pasado, por los errores y la traición, siente la muerte como una forma digna de desaparecer, de afrontar la vida, Catherine viene de un matrimonio desgraciado, de un viaje a Egipto donde cambiará el curso de su vida, de las lecturas de libros de Heródoto. Sus voces se entrelazan y se unen a las posteriores de los jeques del oasis y Alejandro Magno, cada personaje completa el espacio en blanco que ha dejado el anterior, muestra una panorámica amplia de lo que ocurre dentro del oasis, de los deseos y objetivos de cada parte implicada.

Lo mejor de esta novela de Bahaa Taher es el desierto y las costumbres e historias de los habitantes del oasis como personajes importantes de esta novela. Una travesía por el desierto coronada por una tormenta de arena donde Mahmud descubre su atracción por la muerte, la llegada al oasis y los tiempos que se cruzan, poblados que tienen forma de pirámides, mujeres que buscan amistad en los extranjeros para salir de su encierro, las ruinas de los viejos templos. Los diferentes tiempos se solapan en un mismo escenario, el pasado remoto o cercano tiene su propia presencia, la espera de la muerte, el desierto alrededor. Es lo que recordaré de El oasis.



El guía que no paraba de ir de un sitio a otro, nos aconsejó que nos cubriésemos bien la cara para protegernos la nariz y los ojos. La caravana reanudó la marcha como de costumbre, pero había acelerado el ritmo. Me daba la impresión de que el viento arrastraba a los camellos sobre la arena como el oleaje las barcas en el mar. Las túnicas de los hombres se inflaban por detrás y todos agachábamos la cabeza para evitar los embates del aire y la arena. Los camellos se pusieron a gemir, después a correr hasta que se detuvieron de golpe cuando en el horizonte comenzó a formarse una enorme nube blanquecina en forma de caracol que se iba arrastrando lentamente hacia nosotros. Con una voz chillona el guía nos ordenó que pusiéramos los pies en tierra y obligásemos a nuestras monturas a postrarse. Debíamos agarrar a los camellos fuertemente de las bridas, pero hubo dos que se desprendieron de la carga y se lanzaron en desbandada en direcciones opuestas. Un fardo lleno de telas se desmadejó en el aire formando un crisol de velas henchidas en el espacio al compás de unas cacerolas que entrechocaban entre sí con un ruido metálico que se mezclaba con los bufidos de los camellos y los gritos de los hombres. Mientras, la nube con forma de caracol se acercaba hacia nosotros a toda velocidad, arrojando hacia nuestros rostros cubiertos ráfagas de arena como dardos afilados; se acercaba y, con ella, el silbido del viento estalló en un violento estrépito, hasta el punto de que ninguno de nosotros era capaz de oír los gritos del guía. Estreché a Catherine contra mi pecho, tambaleándonos como los demás, arrodillándonos y cayendo al suelo para luego levantarnos y volver a vacilar en mitad del círculo formado por los camellos echados a tierra. Trataba de protegernos de la lluvia de guijarros y pedruscos con los que nos lapidaba la tormenta cuando de repente se hizo la oscuridad más absoluta y nos envolvió un rugido tal que ni siquiera podía oír los gritos de Catherine, que se aferraba a mí. Sólo era consciente del diluvio de arena y piedras que provenía de todas partes y que se precipitaban sobre nosotros. Intentaba sacudírmelas de encima, pero cada vez pesaban más. Llegué a pensar que aquel alud de rocas iba a durar hasta el fin de los tiempos.
Cuando ya no pude respirar y una angustiosa estrechez me oprimía el pecho deseé mi muerte con todas mis fuerzas. Un pensamiento repentino se me pasó por la cabeza mientras abrazaba el cuerpo trémulo de Catherine. ¡Que venga ya! Dolía pero no resultaba aterrador. ¡Que llegue deprisa! Deseaba el fin, ansiaba liberarme de una vez de aquel lastre insoportable. ¡Ven ya!

( ... )

He estudiado con detenimiento las descripciones y anotaciones sobre el camino, los pozos, las dunas y las tormentas; pero en ninguno de aquellos libros se dice una palabra sobre el auténtico desierto. No me han hablado del cambio de tonalidad de las olas de arena según transcurren las horas del día ni del tránsito de las sombras que dibujan finos trazos cenicientos en la cima de una colina amarilla o abren una puerta oscura en su loma. Tampoco me han mostrado cómo las nubes, altas y pequeñas, se reflejan sobre las dunas creando espejismos de pájaros cetrinos de vuelo grácil, ni me han hablado del alba. Sí, sobre todo el alba. Empieza siendo un fino hilo blanco, luego se transforma en una grieta ardiente que desplaza lentamente la oscuridad hasta que la arena se convierte en un mar dorado bajo los primeros rayos del sol. Un momento de plenitud que me inunda los pulmones con el aroma del éxtasis y abre de par en par todos los poros de mi cuerpo.
Bahaa Taher
El oasis (traducción de Ignacio Gutierrez de Terán. Turner)


Tags: El oasis, Bahaa Taher, Ignacio Gutierrez, Turner

Publicado por elchicoanalogo @ 6:14  | Libros...
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