Mi?rcoles, 15 de enero de 2014

Las estaciones de autobuses y las habitaciones de motel, los encuentros por azar y la dureza de las calles desconocidas, los planes absurdos y la ausencia de pasado, la lucha por sobrevivir y el tiempo que se detiene dentro de cuatro paredes, delincuentes torpes, barras de bar, el poder destructor de las drogas y, sobre todo, dos seres desarraigados, a la deriva, sin esperanzas ni miedos. Ángeles derrotados no da descanso, siempre con la sensación de algo por ocurrir, algo violento que volteará la vida de los protagonistas y la cambiará de manera definitiva.

La escritura de Denis Johnson dura, intensa, nunca complaciente, me recuerda al Jim Thompson de 1280 almas o El asesino dentro de mí, se centra en dos seres a la deriva que se encuentran por azar, él, Bill, un buscavidas, ella, Jamie, una mujer que acaba de abandonar a su marido con sus dos hijas, ambos sólo buscan sobrevivir día a día, sin mirar atrás, sin pensar en el futuro. Desde las primeras páginas hay una tensión extraña, la sensación de que en cualquier momento puede haber una explosión de violencia que sacuda a los personajes y los noquee, personajes que caminan por el filo de la navaja y sienten la atracción del abismo, del vacío. 

El paisaje de Ángeles derrotados está compuesto por autobuses, moteles, suburbios o bares de mala muerte. Los personajes se mueven a impulsos, ganan el dinero suficiente para pasar el día, deambulan por las zonas más sombrías de las ciudades que cruzan, hablan con desconocidos en un bar, en la calle, sin sentir peligro, no ven más allá de  lo que tienen delante de sí, sus sueños son estériles, su viaje no es una huida ni un cambio, sólo movimiento que evita la muerte. Bill y Jamie no tienen un lugar donde descansar, donde sentir que forman un hogar, viven en un continuo combate de boxeo, subsisten con lo mínimo, son golpeados y golpean a su vez, están perdidos y no hay gloria en su derrota. Fredericks conocía la leyenda que circulaba entre los presos: durante nueve meses, a las nueve en punto de la noche, la luz de una vela brilló en una ventana de la ciudad. Los internos de las celdas altas, maravillados, podían verla e imaginaban, cada uno de ellos, que relucía para él solo. Pero no era más que una leyenda, una historia para contar algo, para pasar el rato mientras la violencia del hombre se apaga, o lo consume, según quién sea la bujía y quién sea la llama.

Ángeles derrotados es una historia de perdedores, hay atracos, amor, días en prisión, manicomios, hay una huida en autobús y deambular por un país sin oportunidades, no hay grandes paisajes o un pasado donde refugiarse, el viaje no es más que una fotografía continua de lugares sórdidos y amenazas. Denis Johnson no da respiro, no se regodea con el destino de sus personajes, es una escritura fragmentada de golpes certeros, secos, una historia inquietante, una manera de mostrar la otra cara del sueño americano.




Bill Houston empezó a decir: «¡Ooooooo!», queriendo entonar una canción como un marinero borracho, pero se calló al no saber qué cantar. De todos modos, ya no era marinero. No era más que un idiota en marcha, tan desabrido como el viento. Era un ex marinero, un ex malhechor -aunque en verdad ignoraba qué mal había hecho-, un ex marido -en realidad tres veces ex marido-, y en Pittsburgh se había despedido de Jamie y del dinero para gastarlo como el marinero que ya no era, abofetear a la niña de Jamie, Miranda -que casi con toda seguridad terminaría siendo una putilla barata-, y pasarse embutido en una niebla alcohólica la mitad del tiempo que estuvo con ella. ¿De dónde había salido Chicago? Le asustaba despertarse en ciudades inesperadas con grandes lagunas en la memoria, sintiendo intensamente que había hecho cosas, que tal vez había cometido delitos: su cuerpo moviéndose por cuenta propia, transformando quizá toda su vida, jugándole malas pasadas por las que algún día tendría que pagar.
Descansó con la espalda apoyada en un edificio, de pie, pero con la sensación de haberse tumbado. Las calles oscilaban de un lado a otro como una campana. No cabía duda, la vida era vertiginosa. Algo le faltaba. Cuando estaba sobrio, sentía que necesitaba alcohol; pero cuando había tomado unas copas, creía que era otra cosa, probablemente una mujer; y cuando lo tenía todo -dinero, bebida y mujer-, no podía evitar el gran vacío en el que siempre se precipitaba sin jamás toca fondo. ¡Debió buscar un puñetero trabajo en Pittsburgh! Se echó a llorar. Cada sollozo le subía despacio, como frenado por un gancho. Las lágrimas le ardían en las mejillas bajo el viento frío. Dándose cabezazos contra la pared, aulló:
-¡Quiero enfrentarme a mis responsabilidades!
Pero entre el barullo del tráfico urbano sus palabras le parecieron las más débiles que hubiera pronunciado jamás, y siguió camino por la calle.

( … )

Bill Houston se despertó. Era de noche. Se encontró raro y desprevenido.
Tardó un minuto en comprender que se hallaba en casa de su hermano, y que Baby Ellen le había despertado con su llanto. Jamie la tenía en brazos, al fondo del cuarto de estar, y la luz estaba encendida. Evidentemente, acababa de traer a la niña de la cocina, donde había calentado un biberón de leche. Se sentó. Sostenía a Ellen con un brazo doblado, y por un momento, mientras alargaba la otra mano para encender la radio, aguantó el biberón entre el codo y la barbilla, como hubiera hecho con el teléfono, manteniendo la tetilla de goma en la boca de la niña. Puso el volumen muy bajo, y la música surgía y desaparecía; era una vieja canción de los Four Tops que Bill Houston recordó como de otra época y de otro lugar. Se incorporó sobre el codo, como si la espiara, ya que en aquel momento ella no advertía su presencia. Llevaba una camiseta y nada más. Sé de media docena de personas de tu edad que ya están muertas, sintió deseos de decirle.

( … )

La circunstancia de que sólo pasaría tres semanas en prisión le parecía ahora la peor parte del castigo. Dentro del plano uniforme y rutinario de aquel ambiente era donde le asaltaba la maravilla de la vida. Cambios minúsculos en el aire del desierto, el desplazamiento gradual de sombras supuestamente fijas a lo largo del suelo mientras se sucedían las estaciones, la lenta transformación de toda la gente conocida que le rodeaba: todo le hablaba de la intriga benevolente en el corazón de una conspiración sin malicia que en su interior urdían las cosas para nunca ser las mismas. Pero en la calle los acontecimientos irrumpían en la calzada. Todo se volvía del revés, todo le rebotaba al rostro, dejándolo con los ojos muy abiertos pero dormidos. Él nunca se había visto a sí mismo en la calle. Era aquí, en el imposible reducto de su maldición, donde se había conocido.
Denis Johnson
Ángeles derrotados (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:44  | Libros...
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