Lunes, 13 de enero de 2014

a)
Me pregunta si aceptamos donaciones de libros, le respondo que sí y vuelve con una bolsa de libros. Le doy las gracias y dejo libro a libro sobre las mesas del rastrillo (Steinbeck, Stevenson). Me pregunto si los libros serán suyos. Es joven, apenas veinte años. Descubro un Vonnegut descatalogado dentro de la bolsa. Birlibirloque. Leo páginas al azar, la firma de su antiguo dueño en la primera página, una frase subrayada la información no sirve de nada a casi nadie, si no es como entretenimiento, la página noventa y nueve. Me agarro al libro de Vonnegut (fuera, el sol de invierno)

b)
Aún me da la mano en la calle. Me habla de juegos en el patio, de canastas y carambolas, de templos egipcios y el caballo de Troya, me enseña palabras en francés y euskera y yo palabras diferentes (¡impetuoso!, ¡homérico!), jugamos a adivinar ciudades y futbolistas, compartimos nuestros sueños y buscamos su significado. A veces me tira de la mano para que me agache y me cuenta un secreto entre susurros, las mejillas rojas, la mirada temblorosa, la voz agitada, su mano rodeada por la mía.


(coda)
Le digo que veo mamuts en los árboles. Me dice que guarde el secreto.


Los lunes de Anay. Fuerza bruta...

(mientras pueda)
llamaré a las cosas
por tu nombre.
                          JOAN MASIP


MY WAY

Yo moriré gritando, a buen seguro.

No del dolor orgánico - confío-,
que habría de saber paliar químicamente
un par de amigos míos secuaces de Galeno.
No por miedo al rigor de una sentencia
pronunciada en castigo de presuntos pecados,
-que ese juicio es invento pueril del pueril hombre-.
Ni tampoco en virtud del narcisismo romo
que a otros aferra al clavo de cualquier trascendencia.

No tal. Mucho peor la razón de mi aullido,
y más inconsolable y más abrumadora.

Yo moriré gritando la rabia de perderte,
el dolor medular de saber que me aguarda
una infinita nada por un tiempo infinito
no viviendo un no tú para nunca jamás.

No hay nada peor que eso. Turbaré de alaridos
la gravedad ridícula de todos los estoicos,
la pacata sonrisa de los reconfortados,
la dignidad estéril de los que nada esperan.

No será edificante, lo sé. Tendrán que atarme,
ponerme esa mordaza para que no se asusten
los niños y que puedan los vecinos dormir,
y desearán que deje de gritar, que me muera
de una maldita vez. No será un buen ejemplo,
ciertamente.
                      Pero ellos no te aman como yo,
ni sabrán que en mis gritos yo te estaré entregando
a golpes de laringe el amor que aún me quede,
por no llevarme nada a donde tú no estés.

                                                                        JAVIER VELAZA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Joan Masip, Javier Velaza, John Lennon

Publicado por elchicoanalogo @ 16:32  | Los lunes de Anay
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