Domingo, 19 de enero de 2014

El Madrid de finales del siglo diecinueve, las casas de huéspedes, las tabernas, las galerías y los portales donde hay sombras, luchas y miradas indiscretas, los artistas de circo, los zapateros y los maleantes que se mezclan con recién llegados a la ciudad, la alta sociedad y los bailes en explanadas, las expresiones castizas y olvidadas, la hipocresía de la caridad y la supervivencia al raso, los agujeros en la tierra donde pasar la noche y los hombres de acción que viajan a otras tierra, encontrarse al amanecer, quieto, mirar alrededor, y elegir el bando por el que luchar.

Recuerdo la fama de desmañado de Baroja, su escritura a golpes, fragmentada, febril, la multitud de personajes y situaciones, el paso de un gesto cómico al drama, las páginas impetuosas que dan paso a otras reflexivas, y siento que es esa escritura la que me atrapa, la que me hace detenerme y concentrarme en aquello que leo. La busca es la primera parte de la trilogía La lucha por la vida. Asistimos a la llegada de Manuel, un muchacho de pueblo despreocupado, al Madrid de principios de siglo veinte, su mirada sorprendida, su capacidad de supervivencia, su manera de afrontar un nuevo lugar y nuevas costumbres, pasar de un empleo a otro, los cambios de casa, sobrevivir en la calle sin más abrigo que el propio cuerpo, el descubrimiento del amor, los celos, la violencia, no tener un punto de referencia.

Baroja llena La busca de lugares y personajes, hombres de circo que hicieron las américas, dueñas de casas de huéspedes que racanean en el servicio y la comida, prostitutas y chulos, tipos arrogantes y cínicos y la caridad mal entendida. Se entremezclan personas e historias, se detiene la acción para hablar de un hombre boa o de la lucha entre dos zapaterías rivales, de traperos y ladrones que actúan en los suburbios, se pasa de la ronda de Toledo o Embajadores y la puerta del Sol a casuchas junto a un vertedero o a tabernas y cafetines donde se lucha a navaja o se reponen las fuerzas después de una noche de algarabía, el paisaje como un personaje más, el amanecer o la noche que parecen casar con el ánimo de los personajes o anticipar alguna trifulca, algún cambio dramático.

Junto al joven Manuel, personajes como Roberto Hasting, que busca una herencia perdida, Leandro y su amor llevado al límite, doña Casiana y su casa de huéspedes donde da sus primeros pasos Manuel, ladrones como El bizco, conocedor de cuevas, esquinas y formas de robar impensables para Manuel, el señor Custodio, trapero, que saca a Manuel del agujero donde dormía, Don Alonso y sus historias de circo y América, la Justa, una muchacha sencilla y bella, Petra, madre de Manuel, una mujer que pasó de dueña de casa de huéspedes a criada famélica.

En La busca hay peleas a navaja y amores impetuosos, hay escenas de picaresca y momentos de pausa y reflexión, hay la tierra negra de un vertedero y las calles del centro de Madrid, hay chulapos y cobardes, hay muerte, sangre, dolor, lluvia y nubarrones que parecen anunciar un futuro negro, hay, sobre todo, la elección de un muchacho entre la vida de los obreros y la de los noctámbulos.




Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían mujeres.
Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones.
Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni nada.
Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.
El dinero era para ellos, la mayoría de las veces, una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol que se iba disipando.
Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres, y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas; gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.
De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva.

( … )

Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.

( … )

Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eras latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.
Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...

( … )

Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado Tío Vivo, su caballete de columpio y su suelo, lleno de sorpresas, pues lo mismo brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de amor.
Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto de la tierra.
Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la del señor Custodio, y su carro, y sus borricos, y sus gallinas, y su perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi felices de este mundo.
Pío Baroja
La busca (editorial Caro Raggio)


Tags: La busca, Pío Baroja, Caro Raggio, La lucha por la vida

Publicado por elchicoanalogo @ 6:29  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios