Mi?rcoles, 22 de enero de 2014

Eso era todo lo que Mildred había pescado con anterioridad.
Una vez, lo recuerdo bien, capturó una perca demasiado pequeña para pescarla. De modo que la soltamos, aunque tenía la punta del anzuelo asomando por un ojo. Minutos más tarde volvió a picar aquella misma perca. La reconocimos por el ojo estropeado. Da que pensar. Un milagro en los ojos y nada en el cerebro.
                         ___________________________________

Ponía sedal grueso en el carrete de Mildred para que no hubiese captura que pudiera escapársele. Lo mismo hice una vez, en Honduras, con un general de 3 estrellas de quien era ayudante.
El pez de Mildred no lograba romper el sedal, Mildred no soltaba la caña. Ella no pesaba nada y el pez pesaba un montón, para ser un pez. Mildred cayó de rodillas en el agua, riéndose y chillando.
Nunca olvidaré lo que decía:
-¡Es Dios! ¡Es Dios!
                         ___________________________________

Acudí en su ayuda, agua a través. No había forma de que soltase la caña, de modo que agarré el sedal y empecé a cobrarlo, palmo a palmo.
¡Cómo bullía, cómo se arremolinaba el agua en torno al pez!
Cuando lo tuve en bajío, el pez cesó de pronto en sus esfuerzos. Me figuro que habría agotado todas las energías. Hasta ahí había llegado.
Lo agarré por las agallas y lo arrojé a la orilla. Era un enorme lucio. Margaret, mirándolo con horror, dijo:
-¡Un cocodrilo!
Levanté la vista hacia lo alto de la ribera, para ver qué pensaban los presos y los guardias de un pez semejante. No estaban.
Kurt Vonnegut
Birlibirloque (traducción de Ramón Buenaventura. Alfaguara)


Tags: Birlibirloque, Kurt Vonnegut, Ramón Buenaventura, Alfaguara

Comentarios