Domingo, 26 de enero de 2014

Es joven, no sabemos quién es, cómo se llama, cuál es su pasado, sólo que es escritor, que escribe con un lápiz en pequeños papeles, que vive en habitaciones de oscuras pensiones o a la intemperie en Christiania (Oslo), que sus artículos a veces aparecen publicados en un periódico, que escribe hasta el delirio o se queda en silencio, que su mente tiene momentos de una lucidez dolorosa o se deja llevar por desvaríos extraños, que empeña ropa y cualquier objeto para vivir una semana de gloria o tranquilidad, que es capaz de regalar el poco dinero que tiene a otros mendigos, que llega a amar a una desconocida que pasa hambre como forma de castigo o de arte o de negación, dejarse llevar por la inacción y ver qué ocurre (este abandono me recordó a algunos personajes de Paul Auster, capaces de intentar dejarse morir en un parque de Nueva York).

Knut Hamsun me ha sorprendido por su forma de escribir, por sentir Hambre como un libro moderno ciento veinte años después de ser escrito, por ese largo monólogo donde el narrador, sin nombre, sin pasado, habla sobre su presente, expone sus sentimientos, muestra los desvaríos de su mente o las pequeñas victorias, los momentos donde no puede parar de escribir y cómo es capaz de empeñar todo lo que tiene. Todo lo que ocurre en Hambre tiene lugar en la realidad del narrador, lo que observa, lo que vive, sus emociones, la búsqueda de una salida o de la derrota final, el hambre en sus tripas y el cuerpo que no responde.

Hay momentos atrayentes, el escritor que escribe hasta el cansancio, las visitas a la casa de empeños, la idea de llevar su hambre hasta el extremo para preservar su arte, los días a la intemperie, sus visiones y sueños, sus escritos que abarcan artículos, ensayos inconclusos, una enciclopedia filosófica, los instantes de duda y caída que hacen que el narrador pida limosna y el miedo y el asco que siente al hacerlo, la mente que divaga, que llega hasta el límite, sentirse delante de un abismo y lo fácil que es dar un sólo paso más.

El narrador escribe a pesar de todo, lucha por cada palabra, se sienta en un banco del parque y mira alrededor, el hambre influye en su escritura, en sus visiones, cada palabra de Hambre es la voz de una mente a veces perturbada, a veces con una clarividencia extraña, se mueve por la ciudad a impulsos, el hambre y la escritura como motores de sus días. El monólogo de Hambre se quiebra por momentos, se pasa de la asunción de la derrota a instantes de felicidad pura, de las noches enfebrecidas a decidir no hacer nada y esperar la muerte, un viaje que se inicia y termina de manera abrupta.




¿Dónde demonios podría cobijarme para pasar la noche? ¿Habría algún agujero en el que poder colarme y esconderme hasta que se hiciera de día? Mi orgullo me prohibía volver a mi habitación: jamás se me ocurriría faltar a mi palabra; rechacé esa idea muy indignado y sonreí con arrogancia para mis adentros pensando en la horrible mecedora roja. Por una asociación de ideas me encontré de repente en una habitación con dos ventanas que ocupé en otro tiempo en Hægdehaugen; sobre la mesa se veía una bandeja llena de grandes bocadillos; de repente cambió de aspecto, se transformó en un filete, un seductor filete, una servilleta blanca como la nieve, pan en abundancia y un tenedor de plata. La puerta de mi habitación se abrió y entró la casera para servirme más té...
¡Visiones y sueños! Me dije a mí mismo que si ahora volviera a comer, mi cabeza se trastornaría de nuevo, la fiebre se apoderaría de mi cerebro y tendría muchísimas ideas enloquecidas contra las que luchar. No toleraba la comida; no estaba hecho para ella; era una singularidad mía, una característica especial.

( … )

Tenía la sensación de que no me quedaba mucho tiempo de vida, de que, en realidad, estaba en las últimas. Y para ser sincero me era bastante indiferente, no me preocupaba en absoluto. Me dirigí hacía los muelles, alejándome cada vez más de mi habitación. Con la misma indiferencia me podría haber haber tumbado en la calle para morir. Los sufrimientos me dejaban cada vez más insensible; el pie dolorido me daba pinchazos, tenía incluso la impresión de que el dolor estaba subiendo por toda la pierna, pero ni eso me importaba gran cosa. Había soportado sensaciones peores.

( … )

Era incapaz de seguir andando, ni siquiera logré enderezarme; me quedé de pie en la misma postura encorvada en la que me había caído contra la pared, y sentí que empezaba a perder el conocimiento. Ese ataque de agotamiento no hizo sino aumentar mi frenética ira y levanté el pie para patalear la acera. Hice, además, otros movimientos para recuperar las fuerzas: apreté los dientes, fruncí la frente, giré desesperadamente los ojos, y poco a poco iba surtiendo efecto. Mi mente se despejó, comprendí que estaba a punto de morir. Levanté las manos hacia el frente y me di un empujón para separarme de la pared; la calle seguía bailando ante mi vista. Empecé a sollozar de ira y luché con toda mi alma contra mi miseria, me defendía denodadamente para no derrumbarme; no tenía intención de desplomarme, quería morir de pie. Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio. Me embriagué de ese inigualable pecado, levanté mis dedos en el aire y juré con voz temblorosa en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que eran coles.
Knut Hamsun
Hambre (traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Ediciones De la torre)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:07  | Libros...
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