Martes, 21 de enero de 2014

Mi padre duerme con la radio encendida. Mi madre recoge el abrigo y sale de la habitación, la cara cansada y preocupada. Una pequeña luz blanca ilumina el suero. Abro la ventana y dejo que entre el aire frío de la madrugada por una pequeña rendija. Observo el amanecer, el cambio de color en las nubes, las ventanas que se encienden poco a poco, el ruido del tráfico que aumenta, una bandada de estorninos vuela bajo el cielo rojizo. Sigo el goteo del suero, la respiración de mi padre, el sonido de mis pasos y de las conversaciones en el pasillo, descubro un cuadro en la pared, campo de mimbre, el cielo azul, la tierra verde, amarilla y marrón, la sensación de movimiento y recuerdo aquel poema de Carver donde dice que quiere ver amanecer al menos una vez más.

Entran auxiliares y enfermeras, nos decimos buenos días en susurros, preguntan a mi padre cómo ha pasado la noche (sus gestos y su voz somnolientos), le sacan sangre (la mandíbula y los ojos cerrados, ninguna queja, por un momento me siento ante un espejo, luego recuerdo que yo soy el reflejo), dicen que se tome la pastillina y se despiden con un hasta luego bajito y animado. Vuelve a dormir (la radio de fondo), me siento frente a la ventana e intento leer las hojas secas mojadas de ib y Malas hierbas de Baroja con la luz del amanecer (levanto la vista de a poco, observo un olivo con piedritas rojas alrededor del tronco hasta que pierde la forma). Escribo sobre Stalker, cruzar la zona hasta una habitación que otorga los anhelos inconscientes de quienes entran, el tiempo que se ralentiza, la atracción y la desidia a partes iguales, y siento que el tiempo en un hospital también es tiempo esculpido.

Le pregunto si quiere pasear, niega con la cabeza, no con el suero, dice. Lee una revista del corazón, la radio apagada por un instante.

Doy vueltas por los pasillos mientras hacen su habitación, saludo a las enfermeras, a los celadores, a los médicos. Al fondo, un ventanal cerrado. Fuera hace viento, mueve las ramas de los árboles, veo pasar coches pero no llega ningún sonido dentro del hospital, sólo el calor de la calefacción y el ruido de las camas y las sillas de ruedas. Salgo al balcón de la sala de espera, los mástiles de los barcos entre los tejados rojos, recuerdo hace año y medio, mi padre a mi lado en ese balcón, hablándome de los huecos entre las maderas, de bisagras, estorninos, el eucalipto que plantó de niño y su padre.

El celador me da su reloj, el reloj que recuerdo de niño, gris, grande, pesado la esfera blanca rayada. Le pregunto si está bien, si le duele, dice que no con la cabeza. Nos parecemos, el gesto impasible por fuera, miles de emociones por dentro (las mías, preocupación, miedo, congoja, sentirme al otro lado, intentar cuidarle (a él, a mi madre) por una vez). Se lo llevan a que le hagan un tac. Me pongo su reloj. Baila en mi muñeca.


Publicado por elchicoanalogo @ 19:28  | diapositivas
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