Mi?rcoles, 29 de enero de 2014

Un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación. O una novela sobre un cinéfilo que quedó fascinado por Stalker y habla de su relación con ella a través de los años. O una novela donde se explica plano a plano la película de Tarkovski. O una novela que podría ser un análisis desenfadado de Stalker, una recopilación de anécdotas sobre la dificultad de poner en pie una película, unas notas a pie de página que son pura digresión o los recuerdos de un escritor donde se difumina la frontera entre realidad y cine.

Stalker es fascinante, las imágenes de un mundo que parece por momentos salir de una hecatombe nuclear, la zona, donde ocurren cosas inesperadas y se cambia la percepción del espacio y del tiempo,  un guía a través de un paraje en el que se percibe tensión y una realidad a punto de ser alterada, tres hombres que se adentran tras esa frontera en busca de una habitación donde, dicen, los deseos se hacen realidad (no los conscientes, sino aquello que realmente anhelamos y que desconocemos). Lo que me gusta de Stalker son algunas imágenes alucinadas y la capacidad de Tarkovski de jugar con el tiempo, su ritmo lento, pausado, que trastoca el tiempo. Recuerdo un viaje a través de unas vías de tren, un guía que tira una tuerca anudada a un pañuelo que marca el camino a seguir, un paraje abandonado, una conversación delante de la habitación donde se habla de los deseos conscientes y de los anhelos inconscientes, el sonido del tren y un vaso que se desliza por una mesa.

Dyer habla de la película de Tarkovski plano a plano, recuerda los problemas de rodaje, los metros y metros de película rodados que se fueron a la basura en un primer intento, el empeño de Tarkovski por empezar de nuevo, por llevar a su territorio aquella historia de un picnic extraterrestre, y, sobre todo, describe plano a plano Stalker de manera coloquial, sin la seriedad del cine de Tarkovski, un acercamiento que se nota respetuoso y a la vez divertido (Dyer usa una cita de Camus como introducción a su libro, al fin y al cabo, la mejor manera de hablar de lo que te gusta es hacerlo a la ligera).

Zona es divertida por momentos, es la pasión de un hombre por una película en particular, su relación con ella a través de los años, una reflexión sobre cine, sobre la vida, sobre aquellas películas que cambian nuestra percepción del mundo. Hubo momentos en la lectura de Zona donde volví a ver las imágenes de Tarkovski, recordé escenas casi olvidadas, sonreí con las digresiones que podían tratar de la fascinación de Stalker en otras personas o un viaje de Tarkovski por el Monument Valley y su extrañeza y enfado porque sólo rodaran westerns en esa tierra rojiza. Zona, también, parece un juego de ilusionismo, a veces el juego es divertido y delirante, a veces soporífero y humo.




Algo más sobre el viento, el viento que nace de ninguna parte. Tarkovski es el gran poeta de la calma en el cine. Hasta tal punto su visión está imbuida por la belleza serena de los iconos rusos como los que pintaba Andréi Rublev. Pero, como él mismo explicó, esta tranquilidad es lo opuesto a la atemporalidad: «La imagen deviene auténticamente cinematográfica cuando (entre otras cosas) no solo vive en el tiempo, sino que el tiempo también vive en ella, incluso en cada fotograma individual. Ningún objeto “muerto” -mesa, silla, vaso- enmarcado aislado de todo lo demás puede presentarse como [si] estuviera fuera del tiempo que pasa, como desde el punto de vista de una ausencia de tiempo». La quietud de Tarkovski está animada por la energía de la imagen en movimiento, del cine, del que el viento es expresión y síntoma. De ahí deriva el rasgo más distintivo del arte de Tarkovski: la sensación de la belleza como fuerza.
El Profesor resume el breve discurso de Stalker: ¿así que la Zona deja pasar a los buenos y morir a los malos? (Bueno, es más complicado, obviamente, y también más sencillo.) Stalker no lo sabe. Deja pasar a quienes han perdido toda esperanza, los desdichados, dice, agonizando desdicha, sin caer ni una vez en la cuenta de que él (por definición) podría contarse entre ellos. ¿Alguna vez la desdicha tiene esta capacidad de transcenderse? ¿O es simplemente un camino a futuras desdichas? Las insondables implicaciones de todo ello quizá pesen sobre Stalker mientras da la espalda a la oscuridad y se encamina hacia la luz, donde el Escritor y el Profesor se dibujan contra la niebla y los árboles de la Zona.
En la ultimísima página del epílogo de Las variedades de la experiencia religiosa, William James escribe sobre la buena disposición de la gente a apostarlo todo por la posibilidad de la salvación. Dicha posibilidad, dice James, distingue entre «una vida cuya tónica es la resignación  y una vida cuya tónica es la esperanza». Una vez más se deja sentir la imposible paradoja de la relación de Stalker con la Zona. La tónica de su vida es la esperanza, pero la Zona solo dejará pasar a aquellos que han perdido toda esperanza. Los stalkers, como descubriremos más tarde, tienen prohibido entrar en la Habitación. Prohibido, quizá, por su fe-su esperanza- en ella.

( … )

Stalker anuncia al Escritor y al Profesor, nos anuncia, que nos encontramos a las puertas mismas de la Habitación. Es el momento más importante de su vida, dice. Su deseo más íntimo se cumplirá. Y le creemos. Tal es el propósito del viaje, hacernos creer en la verdad literal de lo que Stalker dice en  este momento. En un mundo ideal, uno viviría toda la vida como en este umbral; cada momento sería como el que es inminente. Stalker les explica que no hace falta desear algo explícitamente. Basta con que se concentren en su vida pasada. Lo que consigue que el momento en que entras en la Habitación parezca la muerte, cuando la vida te pasa por delante de los ojos, cuando rememoras tu vida y evalúas su futilidad en vistas a su finitud absoluta y la imposibilidad de que se repita (o si eres nietzscheano, su eterna repetición: repetible pero invariable, que viene a ser lo mismo de antes).

( … )

Quizá nuestro deseo más íntimo en la vida sea que exista un lugar así, una Habitación donde nuestro deseo más íntimo se hace realidad. De lo que se deriva que no queremos llegar al punto en el que descubrimos que en realidad no queremos que exista tal Habitación, que incluso si existiera no entraríamos en ella, que incluso aunque pudiéramos comprarnos el mejor filete del supermercado, ahorraríamos el dinero o nos lo gastaríamos en cerveza y patatas fritas, que incluso si me dieran la oportunidad de participar en un trío resultaría que no podría aceptarla porque sentiría que sobro, que en realidad sería un dúo con una tercera persona (yo) que se sentiría superflua. Queremos que la Habitación sea externa a nosotros, como la quiniela o la lotería. Queremos que funcione, que sea una ventana a otro mundo, no un espejo que nos devuelva el reflejo de la naturaleza vergonzante e inapropiada de nuestros deseos, que probablemente no operan según este sistema de voto única una sola vez.
Geoff Dyer
Zona (traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Mondadori)



Tags: Zona, Geoff Dyer, Cruz Rodríguez Juiz, Mondadori, Stalker, Andréi Tarkovski

Publicado por elchicoanalogo @ 12:49  | Libros...
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