Viernes, 31 de enero de 2014

Me había olvidado de las codornices que viven
en la ladera que hay detrás de la casa de Art y Marilyn.
Abrí la casa, encendí el fuego,
y luego me dormí como un muerto.
A la mañana siguiente había codornices en la entrada
y en los arbustos que hay junto a la ventana delantera.
Hablé contigo por teléfono.
Intenté bromear. No te preocupes
por mí, dije, las codornices
me hacen compañía. Pues bien, rompieron a volar
cuando abrí la puerta. Una semana después
aún no habían vuelto. Cuando veo
el teléfono silencioso pienso en las codornices.
Cuando pienso en las codornices y en cómo
se fueron, me acuerdo de que hablamos aquella mañana
y de que luego me quedé con el auricular en la mano. Mi corazón-
las cosas confusas que ocurrían allí mientras tanto.
Raymond Carver
Lejos (en Todos nosotros. Traducción de Jaime Priede. Bartleby editores)



Away
I had forgotten about the quail that live
on the hillside over behind Art and Marilyn’s
place. I opened up the house, made a fire,
and afterwards slept like a dead man.
The next morning there were quail in the drive
and in the bushes outside the front window.
I talked to you on the phone.
Tried to joke. Don’t Worry
about me, I said, I have the quail
for company. Well, they took flight
when I opened the door. A week later
and they still haven’t come back. When I look
at the silent telephone think of quail.
When I think of the quail and how they
went away, I remember talking to you that morning
and how the receiver lay in myhand. My heart -
the blurred things it was doing at the time.


Tags: Lejos, Raymond Carver, Bartleby editores, Jaime Priede, Away

Publicado por elchicoanalogo @ 6:06  | Raymond Carver
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Jueves, 30 de enero de 2014

Recibo un correo de la ong Aida con la noticia de un nuevo mercadillo solidario en la librería Tipos infames. Qué buena manera de pasar un viernes, buscar libros de segunda mano en una librería diferente.


El viernes (31 de enero) Tipos Infames, Libros y Vinos nos acoge en la calle San Joaquín, 3. Un plan perfecto: comprar libros a 2 euros, tomarse una copa, charlar sobre libros... Narrativa, ensayo, poesía, libros en inglés, estupendas ediciones francesas, novela de quiosco, libro antiguo. Todo esto y más, en el "Templo de la literatura" en Madrid.


https://www.facebook.com/AidaBooksandMore

http://www.ong-aida.org/aidabooks/




Publicado por elchicoanalogo @ 16:47  | Notas de prensa
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Mi?rcoles, 29 de enero de 2014

Un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación. O una novela sobre un cinéfilo que quedó fascinado por Stalker y habla de su relación con ella a través de los años. O una novela donde se explica plano a plano la película de Tarkovski. O una novela que podría ser un análisis desenfadado de Stalker, una recopilación de anécdotas sobre la dificultad de poner en pie una película, unas notas a pie de página que son pura digresión o los recuerdos de un escritor donde se difumina la frontera entre realidad y cine.

Stalker es fascinante, las imágenes de un mundo que parece por momentos salir de una hecatombe nuclear, la zona, donde ocurren cosas inesperadas y se cambia la percepción del espacio y del tiempo,  un guía a través de un paraje en el que se percibe tensión y una realidad a punto de ser alterada, tres hombres que se adentran tras esa frontera en busca de una habitación donde, dicen, los deseos se hacen realidad (no los conscientes, sino aquello que realmente anhelamos y que desconocemos). Lo que me gusta de Stalker son algunas imágenes alucinadas y la capacidad de Tarkovski de jugar con el tiempo, su ritmo lento, pausado, que trastoca el tiempo. Recuerdo un viaje a través de unas vías de tren, un guía que tira una tuerca anudada a un pañuelo que marca el camino a seguir, un paraje abandonado, una conversación delante de la habitación donde se habla de los deseos conscientes y de los anhelos inconscientes, el sonido del tren y un vaso que se desliza por una mesa.

Dyer habla de la película de Tarkovski plano a plano, recuerda los problemas de rodaje, los metros y metros de película rodados que se fueron a la basura en un primer intento, el empeño de Tarkovski por empezar de nuevo, por llevar a su territorio aquella historia de un picnic extraterrestre, y, sobre todo, describe plano a plano Stalker de manera coloquial, sin la seriedad del cine de Tarkovski, un acercamiento que se nota respetuoso y a la vez divertido (Dyer usa una cita de Camus como introducción a su libro, al fin y al cabo, la mejor manera de hablar de lo que te gusta es hacerlo a la ligera).

Zona es divertida por momentos, es la pasión de un hombre por una película en particular, su relación con ella a través de los años, una reflexión sobre cine, sobre la vida, sobre aquellas películas que cambian nuestra percepción del mundo. Hubo momentos en la lectura de Zona donde volví a ver las imágenes de Tarkovski, recordé escenas casi olvidadas, sonreí con las digresiones que podían tratar de la fascinación de Stalker en otras personas o un viaje de Tarkovski por el Monument Valley y su extrañeza y enfado porque sólo rodaran westerns en esa tierra rojiza. Zona, también, parece un juego de ilusionismo, a veces el juego es divertido y delirante, a veces soporífero y humo.




Algo más sobre el viento, el viento que nace de ninguna parte. Tarkovski es el gran poeta de la calma en el cine. Hasta tal punto su visión está imbuida por la belleza serena de los iconos rusos como los que pintaba Andréi Rublev. Pero, como él mismo explicó, esta tranquilidad es lo opuesto a la atemporalidad: «La imagen deviene auténticamente cinematográfica cuando (entre otras cosas) no solo vive en el tiempo, sino que el tiempo también vive en ella, incluso en cada fotograma individual. Ningún objeto “muerto” -mesa, silla, vaso- enmarcado aislado de todo lo demás puede presentarse como [si] estuviera fuera del tiempo que pasa, como desde el punto de vista de una ausencia de tiempo». La quietud de Tarkovski está animada por la energía de la imagen en movimiento, del cine, del que el viento es expresión y síntoma. De ahí deriva el rasgo más distintivo del arte de Tarkovski: la sensación de la belleza como fuerza.
El Profesor resume el breve discurso de Stalker: ¿así que la Zona deja pasar a los buenos y morir a los malos? (Bueno, es más complicado, obviamente, y también más sencillo.) Stalker no lo sabe. Deja pasar a quienes han perdido toda esperanza, los desdichados, dice, agonizando desdicha, sin caer ni una vez en la cuenta de que él (por definición) podría contarse entre ellos. ¿Alguna vez la desdicha tiene esta capacidad de transcenderse? ¿O es simplemente un camino a futuras desdichas? Las insondables implicaciones de todo ello quizá pesen sobre Stalker mientras da la espalda a la oscuridad y se encamina hacia la luz, donde el Escritor y el Profesor se dibujan contra la niebla y los árboles de la Zona.
En la ultimísima página del epílogo de Las variedades de la experiencia religiosa, William James escribe sobre la buena disposición de la gente a apostarlo todo por la posibilidad de la salvación. Dicha posibilidad, dice James, distingue entre «una vida cuya tónica es la resignación  y una vida cuya tónica es la esperanza». Una vez más se deja sentir la imposible paradoja de la relación de Stalker con la Zona. La tónica de su vida es la esperanza, pero la Zona solo dejará pasar a aquellos que han perdido toda esperanza. Los stalkers, como descubriremos más tarde, tienen prohibido entrar en la Habitación. Prohibido, quizá, por su fe-su esperanza- en ella.

( … )

Stalker anuncia al Escritor y al Profesor, nos anuncia, que nos encontramos a las puertas mismas de la Habitación. Es el momento más importante de su vida, dice. Su deseo más íntimo se cumplirá. Y le creemos. Tal es el propósito del viaje, hacernos creer en la verdad literal de lo que Stalker dice en  este momento. En un mundo ideal, uno viviría toda la vida como en este umbral; cada momento sería como el que es inminente. Stalker les explica que no hace falta desear algo explícitamente. Basta con que se concentren en su vida pasada. Lo que consigue que el momento en que entras en la Habitación parezca la muerte, cuando la vida te pasa por delante de los ojos, cuando rememoras tu vida y evalúas su futilidad en vistas a su finitud absoluta y la imposibilidad de que se repita (o si eres nietzscheano, su eterna repetición: repetible pero invariable, que viene a ser lo mismo de antes).

( … )

Quizá nuestro deseo más íntimo en la vida sea que exista un lugar así, una Habitación donde nuestro deseo más íntimo se hace realidad. De lo que se deriva que no queremos llegar al punto en el que descubrimos que en realidad no queremos que exista tal Habitación, que incluso si existiera no entraríamos en ella, que incluso aunque pudiéramos comprarnos el mejor filete del supermercado, ahorraríamos el dinero o nos lo gastaríamos en cerveza y patatas fritas, que incluso si me dieran la oportunidad de participar en un trío resultaría que no podría aceptarla porque sentiría que sobro, que en realidad sería un dúo con una tercera persona (yo) que se sentiría superflua. Queremos que la Habitación sea externa a nosotros, como la quiniela o la lotería. Queremos que funcione, que sea una ventana a otro mundo, no un espejo que nos devuelva el reflejo de la naturaleza vergonzante e inapropiada de nuestros deseos, que probablemente no operan según este sistema de voto única una sola vez.
Geoff Dyer
Zona (traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Mondadori)



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Publicado por elchicoanalogo @ 12:49  | Libros...
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Martes, 28 de enero de 2014

Cinco días después del picnic, Dag desapareció. Por lo demás, la semana había sido normal; Claire y yo habíamos ido de mala gana a nuestros respectivos McJob, yo atendiendo la barra de Larry´s y ocupándome de los bungalows (tenía un alquiler más bajo como compensación a mis cuidados) y Claire vendiéndoles bolsos de cinco mil dólares a las viejas ricas.
Nos preguntamos adónde habría ido Dag, claro está, pero no estábamos demasiado preocupados. Era evidente que se había ido a otra parte a dagear; posiblemente habría cruzado la frontera en Mexicali y estaría escribiendo dípticos heroicos entre los cactus, o puede que estuviera en Los Ángeles aprendiendo cómo funcionan los sistemas CAD o rodando una película en blanco y negro en super 8. Breves impulsos creativos que le permitirían soportar el tedio del trabajo de verdad.
Y eso está bien.
Pero me gustaría que nos hubiese avisado para que yo no tuviera que partirme el espinazo para cubrirle las espaldas en el trabajo.
Douglas Coupland
Generación X (traducción de Mariano Antolín Rato. Ediciones B)


Tags: Generación X, Douglas Coupland, Mariano Antolín Rato, Ediciones B

Lunes, 27 de enero de 2014

a)
Estoy sentado en la cama del hospital, mi padre en un sillón lee una revista del corazón, mi hermana pequeña escribe notas en un pentagrama. Levanto la vista de La guerra de los mundos, el gesto concentrado de mi padre, las manos pausadas de mi hermana, los símbolos sobre la hoja rayada que me son extraños. A través de la ventana, los árboles combados (combatidos) por el viento. No me llega el ruido, sólo el movimiento rápido de las ramas. Siento que hay dos tiempos y que la ventana es la frontera entre ellos.

b)
Paseamos por el hospital, nos detenemos en las ventanas, hablamos del tiempo, de las herramientas de su taller (siempre le pido que me repita los nombres, no consigo recordarlos), de las pruebas que quedan por hacer, del café con leche del desayuno que siente como el mayor de los placeres. Observamos los cuadros abstractos del pasillo, nos detenemos ante uno, un cuadrado blanco rodeado de pinceladas rojizas y negras. Se sorprende porque no ve una forma conocida, sólo colores y líneas mezclados sin aparente orden. Le digo que el cuadro parece una ventana, o una azotea vista desde el aire, o el umbral de algo. Me mira, sonríe con sorna y seguimos paseando.


Los lunes de Anay. Pupitres...

"Sabíamos de sobra"
                                       BLAS DE OTERO


MIS ALUMNOS SE RÍEN

Mis alumnos se ríen cuando afirmo muy serio
que en el árbol las ninfas, en el mar las sirenas
y que el hombre no sabe. "Si pegáis el oído
a la azul caracola y a los olmos del parque,
a las hojas manchadas de carbón y de polvo,
a las playas que el hombre profanó con cemento,
os dirán lo que han sido, como en sueños sin tregua
que de niños tuvimos y de grandes perdimos".
Mis alumnos se ríen, pero alguno que otro
buscará caracolas, trepará por los álamos
y verá que son ciertas mis hermosas mentiras.
¿Qué no daría yo por saber qué les dicen
las sirenas y ninfas que bien sé que no existen?
Mis alumnos se ríen, menos uno, que calla.

                                                                           JESÚS COTTA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:53  | Los lunes de Anay
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Domingo, 26 de enero de 2014

Es joven, no sabemos quién es, cómo se llama, cuál es su pasado, sólo que es escritor, que escribe con un lápiz en pequeños papeles, que vive en habitaciones de oscuras pensiones o a la intemperie en Christiania (Oslo), que sus artículos a veces aparecen publicados en un periódico, que escribe hasta el delirio o se queda en silencio, que su mente tiene momentos de una lucidez dolorosa o se deja llevar por desvaríos extraños, que empeña ropa y cualquier objeto para vivir una semana de gloria o tranquilidad, que es capaz de regalar el poco dinero que tiene a otros mendigos, que llega a amar a una desconocida que pasa hambre como forma de castigo o de arte o de negación, dejarse llevar por la inacción y ver qué ocurre (este abandono me recordó a algunos personajes de Paul Auster, capaces de intentar dejarse morir en un parque de Nueva York).

Knut Hamsun me ha sorprendido por su forma de escribir, por sentir Hambre como un libro moderno ciento veinte años después de ser escrito, por ese largo monólogo donde el narrador, sin nombre, sin pasado, habla sobre su presente, expone sus sentimientos, muestra los desvaríos de su mente o las pequeñas victorias, los momentos donde no puede parar de escribir y cómo es capaz de empeñar todo lo que tiene. Todo lo que ocurre en Hambre tiene lugar en la realidad del narrador, lo que observa, lo que vive, sus emociones, la búsqueda de una salida o de la derrota final, el hambre en sus tripas y el cuerpo que no responde.

Hay momentos atrayentes, el escritor que escribe hasta el cansancio, las visitas a la casa de empeños, la idea de llevar su hambre hasta el extremo para preservar su arte, los días a la intemperie, sus visiones y sueños, sus escritos que abarcan artículos, ensayos inconclusos, una enciclopedia filosófica, los instantes de duda y caída que hacen que el narrador pida limosna y el miedo y el asco que siente al hacerlo, la mente que divaga, que llega hasta el límite, sentirse delante de un abismo y lo fácil que es dar un sólo paso más.

El narrador escribe a pesar de todo, lucha por cada palabra, se sienta en un banco del parque y mira alrededor, el hambre influye en su escritura, en sus visiones, cada palabra de Hambre es la voz de una mente a veces perturbada, a veces con una clarividencia extraña, se mueve por la ciudad a impulsos, el hambre y la escritura como motores de sus días. El monólogo de Hambre se quiebra por momentos, se pasa de la asunción de la derrota a instantes de felicidad pura, de las noches enfebrecidas a decidir no hacer nada y esperar la muerte, un viaje que se inicia y termina de manera abrupta.




¿Dónde demonios podría cobijarme para pasar la noche? ¿Habría algún agujero en el que poder colarme y esconderme hasta que se hiciera de día? Mi orgullo me prohibía volver a mi habitación: jamás se me ocurriría faltar a mi palabra; rechacé esa idea muy indignado y sonreí con arrogancia para mis adentros pensando en la horrible mecedora roja. Por una asociación de ideas me encontré de repente en una habitación con dos ventanas que ocupé en otro tiempo en Hægdehaugen; sobre la mesa se veía una bandeja llena de grandes bocadillos; de repente cambió de aspecto, se transformó en un filete, un seductor filete, una servilleta blanca como la nieve, pan en abundancia y un tenedor de plata. La puerta de mi habitación se abrió y entró la casera para servirme más té...
¡Visiones y sueños! Me dije a mí mismo que si ahora volviera a comer, mi cabeza se trastornaría de nuevo, la fiebre se apoderaría de mi cerebro y tendría muchísimas ideas enloquecidas contra las que luchar. No toleraba la comida; no estaba hecho para ella; era una singularidad mía, una característica especial.

( … )

Tenía la sensación de que no me quedaba mucho tiempo de vida, de que, en realidad, estaba en las últimas. Y para ser sincero me era bastante indiferente, no me preocupaba en absoluto. Me dirigí hacía los muelles, alejándome cada vez más de mi habitación. Con la misma indiferencia me podría haber haber tumbado en la calle para morir. Los sufrimientos me dejaban cada vez más insensible; el pie dolorido me daba pinchazos, tenía incluso la impresión de que el dolor estaba subiendo por toda la pierna, pero ni eso me importaba gran cosa. Había soportado sensaciones peores.

( … )

Era incapaz de seguir andando, ni siquiera logré enderezarme; me quedé de pie en la misma postura encorvada en la que me había caído contra la pared, y sentí que empezaba a perder el conocimiento. Ese ataque de agotamiento no hizo sino aumentar mi frenética ira y levanté el pie para patalear la acera. Hice, además, otros movimientos para recuperar las fuerzas: apreté los dientes, fruncí la frente, giré desesperadamente los ojos, y poco a poco iba surtiendo efecto. Mi mente se despejó, comprendí que estaba a punto de morir. Levanté las manos hacia el frente y me di un empujón para separarme de la pared; la calle seguía bailando ante mi vista. Empecé a sollozar de ira y luché con toda mi alma contra mi miseria, me defendía denodadamente para no derrumbarme; no tenía intención de desplomarme, quería morir de pie. Un carro pasó muy despacio y veo que contiene patatas, pero llevado por la rabia se me ocurre decir tercamente que no eran patatas, que eran coles, y me pongo a jurar con gran vehemencia que eran coles. Oía muy bien lo que estaba diciendo y juré una y otra vez esa mentira sólo para sentir la divertida satisfacción de cometer un grave perjurio. Me embriagué de ese inigualable pecado, levanté mis dedos en el aire y juré con voz temblorosa en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que eran coles.
Knut Hamsun
Hambre (traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Ediciones De la torre)


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S?bado, 25 de enero de 2014

Demasiados ascensos y caídas
no vienen recogidos en los libros
que se queman en las guerras comunes.
¿Acaso ha escrito alguien que las migas
tiradas por la ventana caen más rápidas
que los copos de nieve, que las rompientes son sólo
víctimas de su nombre? Se escribe sobre la caída
de reinos y de épocas, no del
viejo que mira el juguete
desenterrado por una excavadora.
Los semáforos no paran el tiempo
y nuestra incertidumbre tan sólo es
la forma de existir que tienen los secretos.
El miedo habita en la distancia,
cuando el hollín se separa
de las chispas que ascienden hacia el cielo.
Pero nadie hasta ahora ha escrito nunca
un tratado sobre el humo de esa vela
que se consume en la noche,
ni de la gota de cera
que se endurece en los zapatos:
todos hablan de la llama
que ilumina nuestros rostros.
Nikola Madzirov
Una forma de existir (en Lo que dijimos nos persigue. Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Pre-textos)


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Viernes, 24 de enero de 2014

Queda un par de horas para el amanecer. Mi padre descansa, la radio de fondo, el silencio en el pasillo del hospital, la habitación a oscuras. Sigo las sombras de las cortinas y del olivo del jardín en la pared blanca hasta que pierden su significado. Las nubes de lluvia y nieve pasan rápido bajo el cielo. Cierro los ojos y escucho gaviotas a través de la rendija de la ventana, también el tráfico y las persianas al abrirse.

Observo una foto en blanco y negro, mi padre me sujeta del codo para que no me caiga en mis primeros pasos. Lleva traje, el pelo negro (las patillas también negras y grandes), el reloj gris que baila en mi muñeca cada vez que me lo pongo, el cuerpo delgado y fibroso. De niño me decía que pusiera mi mano en su brazo, entonces hacía fuerza, “sacaba bola” y yo le miraba sorprendido. O acercaba su mejilla sin afeitar a la mía para que notara cómo raspaba su barba. En esa foto de mi padre, agachado, mirándome entre preocupado y curioso, su mano en mi brazo, yo sonriente, a punto de echar a correr, está mi infancia.

Hay otra foto tomada unos segundos después, corro solo por la acera, me río, los brazos agitados, el gesto travieso, la mirada alta, al frente.

Amanece poco a poco, se abren claros entre las nubes, el viento mueve las ramas del olivo, cambia la luz, se hace más gris, las enfermeras hablan con voz baja y suave en el pasillo, el frío entra por la rendija de la ventana, me despeja. Mi padre duerme, yo miro fotos y escribo, la radio siempre de fondo.


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Jueves, 23 de enero de 2014

Un hombre con una escopeta junto a una ventana, un parque de caravanas entre la lluvia, una isla que debería ejercer como frontera con el pasado pero que no consigue su propósito, una mujer dentro de un coche en mitad de una tormenta, decidiendo si regresar a casa, un chico que se desliza en la noche y se alista para no volver atrás ni dejar rastro, los primeros amores, el humo en una granja y el humo en unas torres de cristal tras el choque de dos aviones, una vieja medalla al valor y un cementerio donde se une el pasado con el presente.

Graham Swift mezcla tiempos y espacios en Ojalá estuvieras aquí, la espera de un hombre y una mujer por el siguiente paso a dar. Jack espera el regreso de su mujer con una escopeta, sin saber qué hacer con ella, contra qué o quién dirigirla, que mezcla imágenes de su adolescencia en una granja y los primeros pasos de su amor por Ellie con reflexiones sobre la locura, el paso del tiempo, la vida que uno espera y la vida que uno obtiene, la huida de un hermano que desaparece. Ellie sale de la casa tras la discusión con Jack. Se sube a su coche y desaparece en la tormenta. Observa la isla donde viven, recuerda los momentos donde Jack y ella aprovechaban la ausencia de su padre para hacer el amor, cada vez más valientes, cada vez más curiosos, la muerte del hermano, el parque de caravanas como nuevo inicio.

Ojalá estuvieras aquí tiene una cadencia pausada, reflexiva, se desenrolla con lentitud, a trompicones. Los recuerdos de Jack orbitan alrededor de la muerte, su madre, el ganado que deben sacrificar en la granja por el mal de las vacas locas, su hermano militar que desaparece una noche para tomar distancia con su familia y muere en combate. el humo que consume el ganado y el humo que consume las torres gemelas tras el ataque aéreo. Y Jack, con una escopeta a su lado, pensando en todas las ausencias que le rodean, en una granja lejana y una postal escrita a una chica que extraña, preguntándose si merece la pena seguir, si no le ha llegado la locura que obligó a sacrificar su ganado.

Me gusta esta novela de Swift por su tono triste y pausado, por la extrañeza de la muerte y la reflexión sobre la seguridad en nuestras vidas, por las imagen de la lluvia en un parque de caravanas, una postal con letra adolescente, un funeral que sirve para enterrar el pasado y una tarde donde cabe una vida entera.




Ellie se acordaría -aunque no había estado allí- de aquellas semanas en Brigwell Bay: una semana en julio, dos años seguidos. Se acordaría de él hablando de ello después, hablando como una cotorra, y no era la forma habitual de hablar de Jack. Tendría trece o catorce años, y Ellie también. No fue mucho antes de que se largara su madre.
Ellie no había estado allí. «Envíame una postal, Jack.» Y él lo había hecho: saludos desde Brigwell Bay. «Señorita Eleanor Merrick, Granja Wescott, Marleston». Sabe Dios si ella la había conservado. O las había conservado, porque el segundo año envió otra.
Lo mismo están aquí ahora aquellas postales. En La Atalaya, en algún almacén secreto de Ellie. A lo mejor están en el fondo de un cajón aquí mismo, en el dormitorio. Aquéllas bien podían ser las primeras postales que Jack había enviado en su vida. Y la primera de ellas le habría supuesto una complicación seria de no ser porque su madre le había ayudado: después de pensarlo un poco le sugirió que escribiera «Ojalá estuvieras aquí». Y él lo hizo. No sabía que aquél era el menos original de los mensajes. Lo había escrito él, y lo había deseado. Incluso había imaginado algunas veces, estando allí en Brigwell Bay con Mamá y Tom, que estaban sólo Ellie y él: sólo él y ella en la caravana. Era un pensamiento que quemaba.
Graham Swift
Ojalá estuvieras aquí (traducción de Amelia Pérez. Galaxia Gutenberg)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:59  | Libros...
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Mi?rcoles, 22 de enero de 2014

piedras en los bolsillos
un mapa colgado en la pared
un rincón amarillo

algo te empuja hacia el vértigo

tus manos me dicen las palabras que pierdo
la mirada de los gatos
los días limpios
pájaros entre los árboles


llenarse de lugares de paso



Publicado por elchicoanalogo @ 15:23  | s?lo por hoy
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Eso era todo lo que Mildred había pescado con anterioridad.
Una vez, lo recuerdo bien, capturó una perca demasiado pequeña para pescarla. De modo que la soltamos, aunque tenía la punta del anzuelo asomando por un ojo. Minutos más tarde volvió a picar aquella misma perca. La reconocimos por el ojo estropeado. Da que pensar. Un milagro en los ojos y nada en el cerebro.
                         ___________________________________

Ponía sedal grueso en el carrete de Mildred para que no hubiese captura que pudiera escapársele. Lo mismo hice una vez, en Honduras, con un general de 3 estrellas de quien era ayudante.
El pez de Mildred no lograba romper el sedal, Mildred no soltaba la caña. Ella no pesaba nada y el pez pesaba un montón, para ser un pez. Mildred cayó de rodillas en el agua, riéndose y chillando.
Nunca olvidaré lo que decía:
-¡Es Dios! ¡Es Dios!
                         ___________________________________

Acudí en su ayuda, agua a través. No había forma de que soltase la caña, de modo que agarré el sedal y empecé a cobrarlo, palmo a palmo.
¡Cómo bullía, cómo se arremolinaba el agua en torno al pez!
Cuando lo tuve en bajío, el pez cesó de pronto en sus esfuerzos. Me figuro que habría agotado todas las energías. Hasta ahí había llegado.
Lo agarré por las agallas y lo arrojé a la orilla. Era un enorme lucio. Margaret, mirándolo con horror, dijo:
-¡Un cocodrilo!
Levanté la vista hacia lo alto de la ribera, para ver qué pensaban los presos y los guardias de un pez semejante. No estaban.
Kurt Vonnegut
Birlibirloque (traducción de Ramón Buenaventura. Alfaguara)


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Martes, 21 de enero de 2014

Mi padre duerme con la radio encendida. Mi madre recoge el abrigo y sale de la habitación, la cara cansada y preocupada. Una pequeña luz blanca ilumina el suero. Abro la ventana y dejo que entre el aire frío de la madrugada por una pequeña rendija. Observo el amanecer, el cambio de color en las nubes, las ventanas que se encienden poco a poco, el ruido del tráfico que aumenta, una bandada de estorninos vuela bajo el cielo rojizo. Sigo el goteo del suero, la respiración de mi padre, el sonido de mis pasos y de las conversaciones en el pasillo, descubro un cuadro en la pared, campo de mimbre, el cielo azul, la tierra verde, amarilla y marrón, la sensación de movimiento y recuerdo aquel poema de Carver donde dice que quiere ver amanecer al menos una vez más.

Entran auxiliares y enfermeras, nos decimos buenos días en susurros, preguntan a mi padre cómo ha pasado la noche (sus gestos y su voz somnolientos), le sacan sangre (la mandíbula y los ojos cerrados, ninguna queja, por un momento me siento ante un espejo, luego recuerdo que yo soy el reflejo), dicen que se tome la pastillina y se despiden con un hasta luego bajito y animado. Vuelve a dormir (la radio de fondo), me siento frente a la ventana e intento leer las hojas secas mojadas de ib y Malas hierbas de Baroja con la luz del amanecer (levanto la vista de a poco, observo un olivo con piedritas rojas alrededor del tronco hasta que pierde la forma). Escribo sobre Stalker, cruzar la zona hasta una habitación que otorga los anhelos inconscientes de quienes entran, el tiempo que se ralentiza, la atracción y la desidia a partes iguales, y siento que el tiempo en un hospital también es tiempo esculpido.

Le pregunto si quiere pasear, niega con la cabeza, no con el suero, dice. Lee una revista del corazón, la radio apagada por un instante.

Doy vueltas por los pasillos mientras hacen su habitación, saludo a las enfermeras, a los celadores, a los médicos. Al fondo, un ventanal cerrado. Fuera hace viento, mueve las ramas de los árboles, veo pasar coches pero no llega ningún sonido dentro del hospital, sólo el calor de la calefacción y el ruido de las camas y las sillas de ruedas. Salgo al balcón de la sala de espera, los mástiles de los barcos entre los tejados rojos, recuerdo hace año y medio, mi padre a mi lado en ese balcón, hablándome de los huecos entre las maderas, de bisagras, estorninos, el eucalipto que plantó de niño y su padre.

El celador me da su reloj, el reloj que recuerdo de niño, gris, grande, pesado la esfera blanca rayada. Le pregunto si está bien, si le duele, dice que no con la cabeza. Nos parecemos, el gesto impasible por fuera, miles de emociones por dentro (las mías, preocupación, miedo, congoja, sentirme al otro lado, intentar cuidarle (a él, a mi madre) por una vez). Se lo llevan a que le hagan un tac. Me pongo su reloj. Baila en mi muñeca.


Publicado por elchicoanalogo @ 19:28  | diapositivas
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Dice ib, hojas secas mojadas se presentará en Madrid el sábado 25 de enero a las 20.20h en la librería-champañería María Pandora. Luis Miguel Madrid hará de maestro de ceremonias. ¡Allí os espero! Y yo pienso en días entre paréntesis, saltos en los abrazos, la nostalgia del futuro y un hilo invisible del que tirar. Espero estar allí.


francis
De hoy guardaré tu gesto de asombro, el color del asfalto del mar y el viento entre los bloques de nichos, no la muerte. Que se guarde sola, si quiere, la muerte.

sed de grúas
No es más que una grúa, pero se mueve tal y como imagino que debe moverse la eternidad.
Isabel Bono
Hojas secas mojadas (La isla de Siltolá )


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:49  | Isabel Bono
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Lunes, 20 de enero de 2014

despierto, oyó el silencio (espacios en blanco)


Los lunes de Anay. Sottovoce...

"al fondo del jardín al fondo"
                                                  GUADALUPE GRANDE


ACUÉRDATE DE LOS ÁRBOLES

Cuando temas y amor o desamor,
una noche profunda o el estruendo
de un mundo incomprensible te desvelen,
acuérdate, Alejandra, de los árboles,
de lo que dicen bajo las estrellas.
Cómo bajan la voz para que duermas,
como tu padre cuando te acunaba.
Son menos insistentes que las olas,
tan pronto callan como entonan himnos
y no dependen solo de los vientos.
Bellos con sus susurros verdeantes,
te envolverán en nubes y corolas,
te curarán insomnios y tristezas.
Acuérdate, Alejandra, de los árboles.

                                             JESÚS COTTA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Guadalupe Grande, Jesús Cotta, Nina Simone

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Domingo, 19 de enero de 2014

El Madrid de finales del siglo diecinueve, las casas de huéspedes, las tabernas, las galerías y los portales donde hay sombras, luchas y miradas indiscretas, los artistas de circo, los zapateros y los maleantes que se mezclan con recién llegados a la ciudad, la alta sociedad y los bailes en explanadas, las expresiones castizas y olvidadas, la hipocresía de la caridad y la supervivencia al raso, los agujeros en la tierra donde pasar la noche y los hombres de acción que viajan a otras tierra, encontrarse al amanecer, quieto, mirar alrededor, y elegir el bando por el que luchar.

Recuerdo la fama de desmañado de Baroja, su escritura a golpes, fragmentada, febril, la multitud de personajes y situaciones, el paso de un gesto cómico al drama, las páginas impetuosas que dan paso a otras reflexivas, y siento que es esa escritura la que me atrapa, la que me hace detenerme y concentrarme en aquello que leo. La busca es la primera parte de la trilogía La lucha por la vida. Asistimos a la llegada de Manuel, un muchacho de pueblo despreocupado, al Madrid de principios de siglo veinte, su mirada sorprendida, su capacidad de supervivencia, su manera de afrontar un nuevo lugar y nuevas costumbres, pasar de un empleo a otro, los cambios de casa, sobrevivir en la calle sin más abrigo que el propio cuerpo, el descubrimiento del amor, los celos, la violencia, no tener un punto de referencia.

Baroja llena La busca de lugares y personajes, hombres de circo que hicieron las américas, dueñas de casas de huéspedes que racanean en el servicio y la comida, prostitutas y chulos, tipos arrogantes y cínicos y la caridad mal entendida. Se entremezclan personas e historias, se detiene la acción para hablar de un hombre boa o de la lucha entre dos zapaterías rivales, de traperos y ladrones que actúan en los suburbios, se pasa de la ronda de Toledo o Embajadores y la puerta del Sol a casuchas junto a un vertedero o a tabernas y cafetines donde se lucha a navaja o se reponen las fuerzas después de una noche de algarabía, el paisaje como un personaje más, el amanecer o la noche que parecen casar con el ánimo de los personajes o anticipar alguna trifulca, algún cambio dramático.

Junto al joven Manuel, personajes como Roberto Hasting, que busca una herencia perdida, Leandro y su amor llevado al límite, doña Casiana y su casa de huéspedes donde da sus primeros pasos Manuel, ladrones como El bizco, conocedor de cuevas, esquinas y formas de robar impensables para Manuel, el señor Custodio, trapero, que saca a Manuel del agujero donde dormía, Don Alonso y sus historias de circo y América, la Justa, una muchacha sencilla y bella, Petra, madre de Manuel, una mujer que pasó de dueña de casa de huéspedes a criada famélica.

En La busca hay peleas a navaja y amores impetuosos, hay escenas de picaresca y momentos de pausa y reflexión, hay la tierra negra de un vertedero y las calles del centro de Madrid, hay chulapos y cobardes, hay muerte, sangre, dolor, lluvia y nubarrones que parecen anunciar un futuro negro, hay, sobre todo, la elección de un muchacho entre la vida de los obreros y la de los noctámbulos.




Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían mujeres.
Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones.
Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni nada.
Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.
El dinero era para ellos, la mayoría de las veces, una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol que se iba disipando.
Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres, y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas; gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.
De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva.

( … )

Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.

( … )

Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eras latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.
Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...

( … )

Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado Tío Vivo, su caballete de columpio y su suelo, lleno de sorpresas, pues lo mismo brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de amor.
Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto de la tierra.
Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la del señor Custodio, y su carro, y sus borricos, y sus gallinas, y su perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi felices de este mundo.
Pío Baroja
La busca (editorial Caro Raggio)


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S?bado, 18 de enero de 2014
Viernes, 17 de enero de 2014

esperar la salida de la luna
apoyado contra un armario

las piernas estiradas
las luces parpadeantes de los aviones
las ventanas apagadas

me siento en el umbral de algo nuevo

no buscar gestos significativos
no renunciar a la tristeza
no buscar la felicidad

todo el miedo


Publicado por elchicoanalogo @ 6:18  | s?lo por hoy
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Mi?rcoles, 15 de enero de 2014

Las estaciones de autobuses y las habitaciones de motel, los encuentros por azar y la dureza de las calles desconocidas, los planes absurdos y la ausencia de pasado, la lucha por sobrevivir y el tiempo que se detiene dentro de cuatro paredes, delincuentes torpes, barras de bar, el poder destructor de las drogas y, sobre todo, dos seres desarraigados, a la deriva, sin esperanzas ni miedos. Ángeles derrotados no da descanso, siempre con la sensación de algo por ocurrir, algo violento que volteará la vida de los protagonistas y la cambiará de manera definitiva.

La escritura de Denis Johnson dura, intensa, nunca complaciente, me recuerda al Jim Thompson de 1280 almas o El asesino dentro de mí, se centra en dos seres a la deriva que se encuentran por azar, él, Bill, un buscavidas, ella, Jamie, una mujer que acaba de abandonar a su marido con sus dos hijas, ambos sólo buscan sobrevivir día a día, sin mirar atrás, sin pensar en el futuro. Desde las primeras páginas hay una tensión extraña, la sensación de que en cualquier momento puede haber una explosión de violencia que sacuda a los personajes y los noquee, personajes que caminan por el filo de la navaja y sienten la atracción del abismo, del vacío. 

El paisaje de Ángeles derrotados está compuesto por autobuses, moteles, suburbios o bares de mala muerte. Los personajes se mueven a impulsos, ganan el dinero suficiente para pasar el día, deambulan por las zonas más sombrías de las ciudades que cruzan, hablan con desconocidos en un bar, en la calle, sin sentir peligro, no ven más allá de  lo que tienen delante de sí, sus sueños son estériles, su viaje no es una huida ni un cambio, sólo movimiento que evita la muerte. Bill y Jamie no tienen un lugar donde descansar, donde sentir que forman un hogar, viven en un continuo combate de boxeo, subsisten con lo mínimo, son golpeados y golpean a su vez, están perdidos y no hay gloria en su derrota. Fredericks conocía la leyenda que circulaba entre los presos: durante nueve meses, a las nueve en punto de la noche, la luz de una vela brilló en una ventana de la ciudad. Los internos de las celdas altas, maravillados, podían verla e imaginaban, cada uno de ellos, que relucía para él solo. Pero no era más que una leyenda, una historia para contar algo, para pasar el rato mientras la violencia del hombre se apaga, o lo consume, según quién sea la bujía y quién sea la llama.

Ángeles derrotados es una historia de perdedores, hay atracos, amor, días en prisión, manicomios, hay una huida en autobús y deambular por un país sin oportunidades, no hay grandes paisajes o un pasado donde refugiarse, el viaje no es más que una fotografía continua de lugares sórdidos y amenazas. Denis Johnson no da respiro, no se regodea con el destino de sus personajes, es una escritura fragmentada de golpes certeros, secos, una historia inquietante, una manera de mostrar la otra cara del sueño americano.




Bill Houston empezó a decir: «¡Ooooooo!», queriendo entonar una canción como un marinero borracho, pero se calló al no saber qué cantar. De todos modos, ya no era marinero. No era más que un idiota en marcha, tan desabrido como el viento. Era un ex marinero, un ex malhechor -aunque en verdad ignoraba qué mal había hecho-, un ex marido -en realidad tres veces ex marido-, y en Pittsburgh se había despedido de Jamie y del dinero para gastarlo como el marinero que ya no era, abofetear a la niña de Jamie, Miranda -que casi con toda seguridad terminaría siendo una putilla barata-, y pasarse embutido en una niebla alcohólica la mitad del tiempo que estuvo con ella. ¿De dónde había salido Chicago? Le asustaba despertarse en ciudades inesperadas con grandes lagunas en la memoria, sintiendo intensamente que había hecho cosas, que tal vez había cometido delitos: su cuerpo moviéndose por cuenta propia, transformando quizá toda su vida, jugándole malas pasadas por las que algún día tendría que pagar.
Descansó con la espalda apoyada en un edificio, de pie, pero con la sensación de haberse tumbado. Las calles oscilaban de un lado a otro como una campana. No cabía duda, la vida era vertiginosa. Algo le faltaba. Cuando estaba sobrio, sentía que necesitaba alcohol; pero cuando había tomado unas copas, creía que era otra cosa, probablemente una mujer; y cuando lo tenía todo -dinero, bebida y mujer-, no podía evitar el gran vacío en el que siempre se precipitaba sin jamás toca fondo. ¡Debió buscar un puñetero trabajo en Pittsburgh! Se echó a llorar. Cada sollozo le subía despacio, como frenado por un gancho. Las lágrimas le ardían en las mejillas bajo el viento frío. Dándose cabezazos contra la pared, aulló:
-¡Quiero enfrentarme a mis responsabilidades!
Pero entre el barullo del tráfico urbano sus palabras le parecieron las más débiles que hubiera pronunciado jamás, y siguió camino por la calle.

( … )

Bill Houston se despertó. Era de noche. Se encontró raro y desprevenido.
Tardó un minuto en comprender que se hallaba en casa de su hermano, y que Baby Ellen le había despertado con su llanto. Jamie la tenía en brazos, al fondo del cuarto de estar, y la luz estaba encendida. Evidentemente, acababa de traer a la niña de la cocina, donde había calentado un biberón de leche. Se sentó. Sostenía a Ellen con un brazo doblado, y por un momento, mientras alargaba la otra mano para encender la radio, aguantó el biberón entre el codo y la barbilla, como hubiera hecho con el teléfono, manteniendo la tetilla de goma en la boca de la niña. Puso el volumen muy bajo, y la música surgía y desaparecía; era una vieja canción de los Four Tops que Bill Houston recordó como de otra época y de otro lugar. Se incorporó sobre el codo, como si la espiara, ya que en aquel momento ella no advertía su presencia. Llevaba una camiseta y nada más. Sé de media docena de personas de tu edad que ya están muertas, sintió deseos de decirle.

( … )

La circunstancia de que sólo pasaría tres semanas en prisión le parecía ahora la peor parte del castigo. Dentro del plano uniforme y rutinario de aquel ambiente era donde le asaltaba la maravilla de la vida. Cambios minúsculos en el aire del desierto, el desplazamiento gradual de sombras supuestamente fijas a lo largo del suelo mientras se sucedían las estaciones, la lenta transformación de toda la gente conocida que le rodeaba: todo le hablaba de la intriga benevolente en el corazón de una conspiración sin malicia que en su interior urdían las cosas para nunca ser las mismas. Pero en la calle los acontecimientos irrumpían en la calzada. Todo se volvía del revés, todo le rebotaba al rostro, dejándolo con los ojos muy abiertos pero dormidos. Él nunca se había visto a sí mismo en la calle. Era aquí, en el imposible reducto de su maldición, donde se había conocido.
Denis Johnson
Ángeles derrotados (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Martes, 14 de enero de 2014

Unas pocas palabras

Tu padre se ha sentado a mirar el sol
bajo los árboles del parque, junto al camino
solitario, para embriagar su corazón
en el licor que tus palabras, desnudas
como animales nuevos, untaron en su piel.

Ensimismado en el fluir tranquilo
de la tarde, contempla la silueta
de dos adolescentes que se alejan
despacio (inermes y felices, tal vez
como tú misma en esa curva
incierta de la vida) y violan la fronda
para entregarse la humedad sobre las hojas,
para mojar el mundo sin ser vistos.

¿Sabrá, acaso atosigado por el paso
de los años, urdir la telaraña de la calma
que le ha llevado a compartir contigo,
bajo este sol tardío de principios de enero,
la levadura de la benevolencia? ¿Sabrá
tomar el pulso de tus pasos, medir
la carga de dolor que exhale tu palabra
en los días aciagos, verte partir
en la astillada barca de la edad
y acompañarte hasta las últimas olas
de este mar,
                   esta música efímera: la vida?
Alfredo Buxán
Las palabras perdidas (Bartleby editores)


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Lunes, 13 de enero de 2014

a)
Me pregunta si aceptamos donaciones de libros, le respondo que sí y vuelve con una bolsa de libros. Le doy las gracias y dejo libro a libro sobre las mesas del rastrillo (Steinbeck, Stevenson). Me pregunto si los libros serán suyos. Es joven, apenas veinte años. Descubro un Vonnegut descatalogado dentro de la bolsa. Birlibirloque. Leo páginas al azar, la firma de su antiguo dueño en la primera página, una frase subrayada la información no sirve de nada a casi nadie, si no es como entretenimiento, la página noventa y nueve. Me agarro al libro de Vonnegut (fuera, el sol de invierno)

b)
Aún me da la mano en la calle. Me habla de juegos en el patio, de canastas y carambolas, de templos egipcios y el caballo de Troya, me enseña palabras en francés y euskera y yo palabras diferentes (¡impetuoso!, ¡homérico!), jugamos a adivinar ciudades y futbolistas, compartimos nuestros sueños y buscamos su significado. A veces me tira de la mano para que me agache y me cuenta un secreto entre susurros, las mejillas rojas, la mirada temblorosa, la voz agitada, su mano rodeada por la mía.


(coda)
Le digo que veo mamuts en los árboles. Me dice que guarde el secreto.


Los lunes de Anay. Fuerza bruta...

(mientras pueda)
llamaré a las cosas
por tu nombre.
                          JOAN MASIP


MY WAY

Yo moriré gritando, a buen seguro.

No del dolor orgánico - confío-,
que habría de saber paliar químicamente
un par de amigos míos secuaces de Galeno.
No por miedo al rigor de una sentencia
pronunciada en castigo de presuntos pecados,
-que ese juicio es invento pueril del pueril hombre-.
Ni tampoco en virtud del narcisismo romo
que a otros aferra al clavo de cualquier trascendencia.

No tal. Mucho peor la razón de mi aullido,
y más inconsolable y más abrumadora.

Yo moriré gritando la rabia de perderte,
el dolor medular de saber que me aguarda
una infinita nada por un tiempo infinito
no viviendo un no tú para nunca jamás.

No hay nada peor que eso. Turbaré de alaridos
la gravedad ridícula de todos los estoicos,
la pacata sonrisa de los reconfortados,
la dignidad estéril de los que nada esperan.

No será edificante, lo sé. Tendrán que atarme,
ponerme esa mordaza para que no se asusten
los niños y que puedan los vecinos dormir,
y desearán que deje de gritar, que me muera
de una maldita vez. No será un buen ejemplo,
ciertamente.
                      Pero ellos no te aman como yo,
ni sabrán que en mis gritos yo te estaré entregando
a golpes de laringe el amor que aún me quede,
por no llevarme nada a donde tú no estés.

                                                                        JAVIER VELAZA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 12 de enero de 2014
S?bado, 11 de enero de 2014

el cielo alto
el ruido de las persianas al abrirse

todo llega apagado salvo la luz del sol

salgo a la calle con la piel templada
el frío en mi cara
el vapor de mi boca
el silencio de diciembre

si cerrase los ojos el horizonte cambiaría
cualquier ciudad sería una nueva ciudad


Publicado por elchicoanalogo @ 6:20  | s?lo por hoy
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Jueves, 09 de enero de 2014

Este sábado, once de enero, la protectora SOS Bilbao organizará un rastrillo de diez de la mañana a tres de la tarde en la plaza Gernika de Santurce. Cada euro recaudado irá para el mantenimiento de los perros y gatos de la protectora. Habrá ropa, libros, muebles, juguetes, bisutería o accesorios para perros y gatos. Cualquier aportación (un euro, medicamentos y pienso para los perros y gatos, libros y ropa usados que se puedan vender), será de gran ayuda. Este rastrillo será especial, por una vez estarán algunos de los perros de la protectora junto a los voluntarios, se podrá poner cara y nombre a la ayuda que demos.

Allí nos veremos.

www.sosbilbao.org

www.facebook.com/APASOSBilbao

twitter.com/APA_SOS_Bilbao



Hasta hace unas pocas semanas, los animales de Abanto-Zierbena abandonados eran recogidos por el Centro canino Euskalmushing, la empresa con la que SOS Bilbao colabora. Allí, trabajamos codo con codo para encontrarles un nuevo hogar y hacerles más agradable la vida en el centro con nuestras actividades de voluntariado. Pero hace unas semanas todo cambió y es que Abanto-Zierbena, una vez terminado el contrato, sacó una nueva licitación (cuyo procedimiento ya ha sido impugnado por SOS Bilbao) como resultado de la cual el servicio ha sido entregado a una empresa lamentablemente conocida por todas las protectoras bizkaitarras. Esta empresa, a nuestro entender, es imposible que pueda garantizar la vida de nuestros pequeños por lo que teníamos claro cuál era el futuro (negro) que esperaba a la mayoría una vez llegaran a sus instalaciones.

Por ello, SOS Bilbao tomó la decisión de poner a su nombre a todos los perros que quedaban en el centro y mantenerles hasta su adopción. Son muchos (debajo tenéis la lista y todos los podéis encontrar en la web http://www.sosbilbao.org/perros/adopta-3/) y apenas tenemos recursos para mantenerlos, pero no podíamos dejarlos abandonados a su suerte. Otra vez NO.

Ahora, os pedimos ayuda, una vez más. Necesitamos adoptantes, casas de acogida y/o padrinos que nos ayuden a costear su mantenimiento en la residencia. Si no, no podremos ayudar a ninguno más.

Más información:

perros.sosbilbao@gmail.com
padrinosperros.sosbilbao@gmail.com


Lista de perros:

BELTZ - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/bletz/
ZINTZO - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/zintzo/
RAY - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/ray/
CUZCO - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/cuzco/
KAL - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/kal/
AITITE - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/aitite/
GRINGO -http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/gringo/
SANTA - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/santa/
BICHO - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/bitxo/
HÉCTOR - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/hector/
MILIKI - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/miliki/
WEI - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/wei/
ROKI - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/roki/
TREN - http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/tren/


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Publicado por elchicoanalogo @ 5:57  | Notas de prensa
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Martes, 07 de enero de 2014

Una tormenta de arena con forma de caracol, una caravana que atraviesa el desierto, un oasis donde confluyen tiempos e historias, las huellas de Alejandro Magno, la rivalidad ente los diferentes clanes, la mano lejana del poder egipcio, un hombre que llega y espera la muerte, una mujer que busca entre las ruinas la tumba de Alejandro, un jeque que prepara una revuelta, un espíritu que se pregunta quién es la voz que le ha convocado.

Por momentos, El oasis me recordó a El desierto de los tártaros. Como en la novela de Buzzati, la espera de un hombre de una rebelión y la muerte, una espera que parece darle un sentido a su vida, con la que vertebrar sus días en el oasis. La espera es tensa, asfixiante, el oasis como un lugar inhóspito y hostil y, fuera de él, el desierto cambiante. Pero en El oasis la espera tiene un final, hay una explosión que obliga a moverse a los protagonistas, a tomar partido y decisiones rápidas.

Mahmud, antiguo rebelde, es enviado al oasis de Siwa como prefecto. En su nueva misión le acompañará su mujer Catherine, una irlandesa que busca en ese viaje encontrar la tumba de Alejandro Magno (en su equipaje, sus viejos libros de historias y sus mapas). A ambos les une vivir en un país bajo bandera británica, el no sentirse libres. Bahaa Taher da la voz a ambos, cada capítulo del inicio de la novela dedicado a la voz de cada uno de ellos, Mahmud sometido por su pasado, por los errores y la traición, siente la muerte como una forma digna de desaparecer, de afrontar la vida, Catherine viene de un matrimonio desgraciado, de un viaje a Egipto donde cambiará el curso de su vida, de las lecturas de libros de Heródoto. Sus voces se entrelazan y se unen a las posteriores de los jeques del oasis y Alejandro Magno, cada personaje completa el espacio en blanco que ha dejado el anterior, muestra una panorámica amplia de lo que ocurre dentro del oasis, de los deseos y objetivos de cada parte implicada.

Lo mejor de esta novela de Bahaa Taher es el desierto y las costumbres e historias de los habitantes del oasis como personajes importantes de esta novela. Una travesía por el desierto coronada por una tormenta de arena donde Mahmud descubre su atracción por la muerte, la llegada al oasis y los tiempos que se cruzan, poblados que tienen forma de pirámides, mujeres que buscan amistad en los extranjeros para salir de su encierro, las ruinas de los viejos templos. Los diferentes tiempos se solapan en un mismo escenario, el pasado remoto o cercano tiene su propia presencia, la espera de la muerte, el desierto alrededor. Es lo que recordaré de El oasis.



El guía que no paraba de ir de un sitio a otro, nos aconsejó que nos cubriésemos bien la cara para protegernos la nariz y los ojos. La caravana reanudó la marcha como de costumbre, pero había acelerado el ritmo. Me daba la impresión de que el viento arrastraba a los camellos sobre la arena como el oleaje las barcas en el mar. Las túnicas de los hombres se inflaban por detrás y todos agachábamos la cabeza para evitar los embates del aire y la arena. Los camellos se pusieron a gemir, después a correr hasta que se detuvieron de golpe cuando en el horizonte comenzó a formarse una enorme nube blanquecina en forma de caracol que se iba arrastrando lentamente hacia nosotros. Con una voz chillona el guía nos ordenó que pusiéramos los pies en tierra y obligásemos a nuestras monturas a postrarse. Debíamos agarrar a los camellos fuertemente de las bridas, pero hubo dos que se desprendieron de la carga y se lanzaron en desbandada en direcciones opuestas. Un fardo lleno de telas se desmadejó en el aire formando un crisol de velas henchidas en el espacio al compás de unas cacerolas que entrechocaban entre sí con un ruido metálico que se mezclaba con los bufidos de los camellos y los gritos de los hombres. Mientras, la nube con forma de caracol se acercaba hacia nosotros a toda velocidad, arrojando hacia nuestros rostros cubiertos ráfagas de arena como dardos afilados; se acercaba y, con ella, el silbido del viento estalló en un violento estrépito, hasta el punto de que ninguno de nosotros era capaz de oír los gritos del guía. Estreché a Catherine contra mi pecho, tambaleándonos como los demás, arrodillándonos y cayendo al suelo para luego levantarnos y volver a vacilar en mitad del círculo formado por los camellos echados a tierra. Trataba de protegernos de la lluvia de guijarros y pedruscos con los que nos lapidaba la tormenta cuando de repente se hizo la oscuridad más absoluta y nos envolvió un rugido tal que ni siquiera podía oír los gritos de Catherine, que se aferraba a mí. Sólo era consciente del diluvio de arena y piedras que provenía de todas partes y que se precipitaban sobre nosotros. Intentaba sacudírmelas de encima, pero cada vez pesaban más. Llegué a pensar que aquel alud de rocas iba a durar hasta el fin de los tiempos.
Cuando ya no pude respirar y una angustiosa estrechez me oprimía el pecho deseé mi muerte con todas mis fuerzas. Un pensamiento repentino se me pasó por la cabeza mientras abrazaba el cuerpo trémulo de Catherine. ¡Que venga ya! Dolía pero no resultaba aterrador. ¡Que llegue deprisa! Deseaba el fin, ansiaba liberarme de una vez de aquel lastre insoportable. ¡Ven ya!

( ... )

He estudiado con detenimiento las descripciones y anotaciones sobre el camino, los pozos, las dunas y las tormentas; pero en ninguno de aquellos libros se dice una palabra sobre el auténtico desierto. No me han hablado del cambio de tonalidad de las olas de arena según transcurren las horas del día ni del tránsito de las sombras que dibujan finos trazos cenicientos en la cima de una colina amarilla o abren una puerta oscura en su loma. Tampoco me han mostrado cómo las nubes, altas y pequeñas, se reflejan sobre las dunas creando espejismos de pájaros cetrinos de vuelo grácil, ni me han hablado del alba. Sí, sobre todo el alba. Empieza siendo un fino hilo blanco, luego se transforma en una grieta ardiente que desplaza lentamente la oscuridad hasta que la arena se convierte en un mar dorado bajo los primeros rayos del sol. Un momento de plenitud que me inunda los pulmones con el aroma del éxtasis y abre de par en par todos los poros de mi cuerpo.
Bahaa Taher
El oasis (traducción de Ignacio Gutierrez de Terán. Turner)


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Lunes, 06 de enero de 2014

"Cómo negarle eso"
                             TOMÁS SEGOVIA

Toda una sorpresa
cuántas plantas florecen
o brotan en invierno.
Y de maneras no convencionales.
A una le sale un brote
en mitad de la hoja verde.
A primera vista parece bichada.
Hasta la más reacia, finalmente,
da una flor.

                    LAURA WITTNER



...Feliz lunes y feliz día de Reyes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Tomás Segovia, Laura Wittner, Ella baila sola

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Domingo, 05 de enero de 2014

Kei, la protagonista de Manazuru ve sombras, le siguen fantasmas, camina en un mundo donde la frontera entre lo real y lo soñado se difumina, lleva dentro la desaparición de su marido, el amor y la preocupación por Momo, su hija adolescente, las conversaciones con su madre, una relación extraña y distante con su amante, los viajes a Manazuru, un lugar donde siente que algo está por definirse, por cobrar forma, un lugar al que viajará una y otra vez hasta sentir que deja algo en él hasta quedarse vacía.

Manazuru es la nueva novela de Hiromi Kawakami. De nuevo, la sutileza y la delicadeza de su estilo, las frases cortas como pequeñas impresiones, los momentos donde apenas ocurre nada, los diálogos  que parecen intrascendentes pero que esconden una mirada pausada y reflexiva y la búsqueda de respuestas. A diferencia de sus anteriores novelas, en Manazuru hay un elemento sobrenatural, presencias y fantasmas que acompañan a la narradora, que la conducen hacia el mar y guían su ánimo. Me extrañaron estas presencias, el cruce entre la realidad de tres generaciones de mujeres que viven juntas y sienten la ausencia del marido de Kei y los conversaciones con los fantasmas, las escenas donde una sombra corre junto a un tren o las casas que se repliegan sobre sí mismas y se convierten en ruinas.

Kei viaja una y otra vez a Manazuru, cree que encontrará una pista sobre la desaparición de su marido, se verá acompañada por un fantasma que le guiará de un mundo real y tangible a otro lleno de sombras, se cuestionará sobre su pasado, la arqueología de su amor, el instante donde conoció a Rei, su marido, los años de felicidad, su embarazo, la desaparición sin dejar rastro de él, seguir con su vida y la ausencia de Rei como un vacío con límites. Es en esos momentos, cuando Kawakami detiene la acción y evoca el pasado de Kei con su marido o los primeros años de su hija, donde Manazuru me recuerda a sus anteriores novelas, donde asiento al reconocer su voz, al encontrar aquello que busco en sus novelas, una voz reflexiva, sutil y con cierta tristeza.

De Manazuru me quedo con la relación entre las tres mujeres, los tiempos cruzados, la voz pausada y reflexiva de la narradora, las frases cortas y evocadoras que hablan de luz y sombras, del paso del tiempo, de qué hay de real en nuestros recuerdos, de fotografías de un pasado inasible, del fino límite entre la vida y la muerte. Manazuru es la novela de Kawakami que menos me gusta, pero, aún así, tiene esa delicadeza y sutileza que me hace buscar sus libros.

(Acantilado es una de mis editoriales favoritas, siento que cuidan sus ediciones con mimo. Tal vez por eso me sorprendió encontrarme con varias erratas a lo largo de Manazuru. Fue extraño, decepcionante)




«A veces me sentía cansada de vivir. Trabajaba sin descanso de sol a sol, sin darme cuenta siquiera de que no hacía nada más que trabajar, sin saber qué me hacía feliz, sin conocer a fondo los sentimientos de los demás ni los secretos que albergaba mi propio corazón; estaba harta de dejar pasar el tiempo sin vivir».

( … )

«Me molesta no saber de dónde viene el agua», le comenté a Rei.
«Ya», repuso él. Al cabo de un rato, me preguntó: «¿Y tú, Kei? ¿Sabes de dónde vienes?».
«¿De dónde vengo yo?», repetí, sin comprender a qué se refería. Rei asintió brevemente y luego dijo:
«¿Sabes? Conservo recuerdos muy claros de mis primeros años de vida. De cuando tenía sólo tres años, por ejemplo».
«¿A eso te referías al preguntarme si sé de dónde vengo?», intervine, arrugando la frente para expresar mis dudas. Él me rodeó los hombros con el brazo y me estrechó hacia sí.
«¿No tienes frío?», me preguntó, según creo recordar. A continuación, siguió hablando: «Cuando tenía tres años, intenté atrapar un insecto que había encontrado en un árbol del jardín. Era un bicho verde de cuerpo largo y estrecho. Tenía una forma muy curiosa. Como aún no había aprendido a controlar mi fuerza, cerré la mano y me manché con el líquido del abdomen del bicho. Lo había aplastado sin querer.
»Se lo llevé a mi madre, que estaba en la cocina, y se lo enseñé. Ella dio un paso atrás. Sabía que no era yo quien le daba asco, sino el bicho, pero me entristeció. El insecto estaba muerto. Lo tiré al suelo. Su color verde hacía juego con la madera oscura del parqué. “Es un insecto palo, qué curioso”, dijo mi madre.
»Era la primera vez que oía ese nombre. Mi madre no volvió a retroceder. Sin inmutarse, cogió el insecto con las puntas de los dedos, abrió la puerta de la cocina y lo arrojó al jardín. Yo restregué la mano contra el suelo de tierra que había frente a la puerta de la cocina para limpiarme. Mi madre me observaba en silencio desde arriba.
«Nunca había visto un insecto palo», admití. Rei rió en voz baja.
«Lo que quiero decir es que estas escena es mi origen. Todo empezó ahí. Como el origen de esta cascada. No recuerdo nada de mi vida anterior», dijo Rei, abrazándome con más fuerza.

( … )

Todo existe en el interior de la mente. Todo lo que vemos con nuestros ojos desde que llegamos al mundo al nacer, incluso las cosas que creíamos haber olvidado, siguen existiendo en nuestra mente en forma de vivos recuerdos. Asimismo, la mente también conserva imágenes que nunca hemos visto y que ni siquiera hemos llegado a imaginar jamás.
Hiromi Kawakami
Manazuru (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


Tags: Manazuru, Hiromi Kawakami, Marina Bornas Montaña, Acantilado

Publicado por elchicoanalogo @ 6:53  | Libros...
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Viernes, 03 de enero de 2014

Urban scene with tears

«Love is a losing game...»
Amy Winehouse

La luz de la ciudad en las pupilas.
El llanto de la lluvia en la otra luna
del limpiaparabrisas, replicando
en tu rostro arrasado en su reflejo
aquella vieja escena de Blade Runner.
Y en la radio algún tema de Amy Winehouse,
que con su voz de alcohol y orquídeas negras
acaba estropeando algo en el motor
y te hace maldecir entre los dientes
-bajo el capó oxidado de la noche-
la hora en que te dejaste llevar, ciego,
por ese ángel de fuego en las entrañas
que en todas las canciones se repite
y siempre tiene nombre de mujer.
Alfonso Brezmes
La noche tatuada (Renacimiento)


Tags: Alfonso Brezmes, La noche tatuada, Urban scene with tears, Renacimiento

Mi?rcoles, 01 de enero de 2014

(ib nos envía una foto, y nos dice

y si no podemos desde cero
al menos desde cero coma uno)



Publicado por elchicoanalogo @ 6:23  | Festividades
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