Lunes, 03 de febrero de 2014

Nuestra madre, sentada a la mesa, le preguntó si había notado algo diferente en Berner. Por supuesto que sí, dijo él. Se había cambiado de peinado y le sentaba mejor. Le gustaba. Mi madre dijo que se había puesto pintalabios -lo cual era cierto-, y que si no la vigilábamos iba a fugarse a Hollywood o a Francia. Mi padre dijo que Berner podía ir a las Hermanas de la Providencia con nuestra madre para concertar su ingreso en el convento para ser monja, con votos de castidad incluidos; lo cual hizo reír a nuestra madre, pero no a Berner. Hoy recuerdo esa noche como el mejor y el más natural de los momentos que pasamos en familia aquel verano, o hubiéramos pasado nunca. Por un instante vi cómo la vida podría discurrir de un modo más estable, más fiable. Nuestros padres se sentían felices y cómodos el uno con el otro. Mi padre apreció la forma en que mi madre se comportaba con él. Él le hizo cumplidos sobre su ropa, su aspecto y su humor. Era como si hubieran descubierto algo que había habido entre ellos un día pero que con el tiempo se había ocultado o malinterpretado u olvidado, y volvieran a sentirse hechizados por ello una vez más, y el uno por el otro. Lo cual parece justo y esperable sólo entre cónyuges. Captaron de pronto una vislumbre de la persona de quien se habían enamorado, de la persona que te mantiene vivo. Para algunos, esa visión no debe desdibujarse nunca, como en mi caso. Pero era extraño que nuestros padres captaran esa vislumbre, y su frustración, su ansiedad y su inquietud pasaran de largo como nubes que se dispersan después de la tormenta, y volvieran a encontrar lo mejor de sí mismos, precisamente cuando estaban a punto de llevar al desastre a toda la familia.
Richard Ford
Canadá (Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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