Lunes, 10 de febrero de 2014

Mis familiares se ocuparon de mí como de una enferma, pero su ternura no me causaba sino dolor; me avergonzaba de su veneración, de su respeto, y en todo momento tenía que dominarme para no descubrirles de qué ignominiosa manera les había engañado a todos, les había olvidado e incluso abandonado llevada de una pasión loca y extravagante.
Sin ninguna finalidad determinada, me trasladé más tarde a una pequeña ciudad francesa donde nadie me conocía, pues me sentía obsesionada por la idea de que cada persona podía descubrir de una sola mirada mi vergüenza, el cambio que se había producido en mí y hasta qué punto estaba manchada mi alma. A veces, por la mañana, al despertarme en mi lecho, sentía un miedo horrible de abrir los ojos. Siempre de nuevo acudía a mi conciencia el recuerdo de aquella noche en que desperté al lado de un hombre desconocido y medio desnudo; y desde entonces me persiguió incesantemente, igual que en aquella ocasión, el deseo de morirme en el acto.
El tiempo, sin embargo, posee una fuerza profunda y la vejez un singular poder para quitar de intensidad a los sentimientos.
Stefan Zweig
Veinticuatro horas en la vida de una mujer (traducción de María Daniela Landa. Acantilado)


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