S?bado, 01 de febrero de 2014

Mala hierba forma la segunda parte de la trilogía La lucha por la vida de Baroja. De nuevo, Manuel y sus andanzas por el Madrid de principios de siglo veinte, el movimiento constante por una ciudad que crece, que tiene lugares céntricos y suburbios abandonados, los cambios de trabajo y los timos, la golfería y los días de cárcel, las mujeres que se echan a la vida y los hombres que les sacan dinero, las peleas a cuchillo, los policías corruptos, los bohemios que sólo hablan y hablan, los veteranos de la guerra de Cuba y antiguos artistas de circo. Mala hierba ahonda en lo planteado en La busca, las dudas de Manuel sobre qué hacer con su vida, su deambular de empleo en empleo, los personajes curiosos o extraños o deslavazados que se cruzan con él, el encuentro con Roberto Hasting y la diferencia de caracteres, Manuel que se deja llevar, Roberto que lucha por sobrevivir, por tener la vida soñada.

En Mala hierba se suceden los personajes oscuros y corruptos, las historias cercanas al folletín, los lugares abandonados o en ruinas donde pasar una noche, los asilos y las cárceles. Manuel conocerá a un puñado de delincuentes, se dejará llevar por una vida en apariencia fácil, fuera de su elección de buscar una vida de obrero, participará de timos, vivirá de las mujeres, abandonará los trabajos en imprentas como aprendiz.

Manuel se reencuentra con Roberto, que le muestra sus debilidades e intenta que cambie de vida, con su primo Vidal, con el Bizco, que le inició en los trapicheos en La busca, con la Justa, que tuvo que abandonar su casa y echarse a la vida, con Don Alonso y sus historias de circo en Estados Unidos. Son encuentros extraños, a veces fugaces, a veces determinantes, supervivientes que viven al día, que buscan un lugar donde pasar la noche, que duermen en huecos en la tierra o en casas en ruinas, que tienen momentos de paz en los bailes o en algunos cafetines, que viven en un pasado glorioso.

Hay momentos extraordinarios en Mala hierba, un fusilamiento donde Baroja carga la intensidad de la escena en el sonido de los disparos, las historias de Don Alonso y su vida en el circo, el desencanto de un repatriado que luchó en Cuba, los momentos donde Baroja detiene la acción y relaciona paisajes con personajes y su estado anímico, las dudas de Manuel, querer salir de su vida pero no saber cómo, qué hacer para dejar los días sin sentido, los barrios pobres, la dignidad de algunas mujeres y otra vida posible, otros ideales donde no haya que vivir bajo tierra.

Baroja crea un rompecabezas intenso, por momentos parece un documental de un determinado Madrid de principios de siglo veinte, el de los supervivientes, los pobres y los golfos, el de los serenos y los timadores y aquellos que alumbran una nueva conciencia fuera de los suburbios, sobreponerse a una vida mísera. En Mala hierba Baroja escribe un folletín, una novela de aventuras, una novela social. Esta segunda parte de La lucha por la vida es intensa, caricaturesca y aventurera.




A Jacob, a pesar de que, según decía, no le había ido muy bien en su tierra, le gustaba hablar de ella.
Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.
La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.
Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de su país.
Pintaba el paso de las caravanas, compuestas de camellos, asnos y dromedarios. Describía éstos con sus largos cuellos y su cabeza pequeña, que se balanceaba como la de las serpientes, con los ojos apagados que miran al cielo; y al oírle mientras peroraba, se creía estar atravesando aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los mercados, constituidos en la confluencia de unas cuantas sendas, y caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cábilas próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los hechiceros, los narradores de cuentos de Las mil y una noches, los médicos que sacan los gusanos de los oídos.
Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de los cuervos, que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de una capa negra.
Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad por los caminos, gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el cuscús, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.

( … )

—¡Qué moler! —dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
—¿Para qué? —preguntó Jesús.
—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
—¡Ya vendrá la buena! —dijo irónicamente Manuel.
—Ésa es la esperanza —replicó el Hombre-boa—. Mañana quizá haya cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre es como el viento para la veleta.
—Lo malo es —murmuró Jesús— que la veleta nuestra, cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.
—Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban a las mujeres en la semioscuridad y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel, una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano. Ella dejó al niño a un lado y se tendió en el suelo...

( … )

Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del Ejército, antes de fantásticas batallas —porque los cubanos corrían siempre como liebres—, disputándose las propuestas para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!». Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto, los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se les quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.
—Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto! —terminó diciendo—. Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España». Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender a la patria! ¡Que la defienda el nuncio! Para morirse de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla». Es también demasiado amolar esto...

( … )

Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
—¡Rediez! —exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—. ¡Qué facha de golfo tienes!
—¿Por qué?
—¿Qué sé yo? Porque la tienes.
—¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
—Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
—Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
—Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
—¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
—Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
—O de otra manera.
—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
Pío Baroja
Mala hierba (editorial Caro Raggio)


Tags: Mala hierba, Pío Baroja, Caro Raggio, La lucha por la vida

Publicado por elchicoanalogo @ 6:09  | Libros...
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