Martes, 04 de febrero de 2014

El exilio y el encierro, el perdón y el sentirse extranjero, las preguntas de una niña sobre su padre detenido y las dudas de una esposa ante la ausencia del marido, los presos que intentan sobrevivir al tiempo y la luz que entra por una ventana, un hombre mayor decepcionado, la patria y el hijo perdidos, la muerte que ronda en silencio y las fronteras que a veces separan a veces acogen pero que siempre ponen una distancia con la propia vida, el miedo a los registros y las detenciones y la voluntad de resistir a pesar de todo, la dignidad y saber que no se puede regresar al punto de partida, que algo cambia con el exilio y el encierro.

Primavera con una esquina rota es la voz de Santiago en una cárcel, de su esposa Graciela, en  Argentina, en su espera y sus dudas, de su hija Beatriz, que mira el mundo alrededor para comprenderlo, para entender palabras como cárcel o libertad, de Don Rafael, que escribe cartas a su hijo encerrado, que intenta adaptarse a un nuevo exilio, que pasea por otra ciudad, que sigue adelante, de Rolando, antiguo revolucionario cobijado en Argentina, su nueva vida más pausada pero el pasado siempre encima de él, las dudas entre la lealtad al amigo encerrado y el deseo por Graciela, la voz del propio Benedetti que habla de pasaportes y otros países, de estar fuera de su patria y las noches en vela pegado a la radio, preguntándose por el camino de su país, por el dolor y la sangre en Latinoamérica.

Benedetti dota de una voz propia a cada personaje, la dulzura e inteligencia de la niña, la pausa y reflexión de Don Rafael, la rabia y esperanza de Santiago, hace creíbles sus dudas, su exilio, sus miedos y deseos, el abrirse a un nuevo mundo, la patria tan cerca, al otro lado de la frontera y tan lejos, la dictadura, los desaparecidos, la imposibilidad de regresar, cada capítulo una pequeña pieza de un rompecabezas que se arma de a poco,

Primavera con esquina rota es una historia intimista, pausada, reflexiva, cálida y triste al mismo tiempo, te habla del desarraigo, de sentirse exiliado de uno mismo, del tiempo que no se mide por el sonido de un reloj sino por los deseos, anhelos, recuerdos, esperas. Hay algo en esta novela de Benedetti que me desarma, la sensación de que me cuenta la historia de estos personajes como en una charla de amigos, una historia de dignidad, resistencia y supervivientes.




Cuando suplician a un hombre, lo maten o no, martirizan también (aunque no los encierren, aunque los dejen desamparados y atónitos en su casa violada) a su mujer, sus padres, sus hijos, su vida de relación. Cuando revientan a un militante (como fue el caso de Santiago) y empujan a su familia a un exilio involuntario, desgarran el tiempo, trastruecan la historia para esa rama, para ese mínimo clan. Reorganizarse en el exilio no es, como tantas veces se dice, empezar a contar desde cero, sino desde menos cuatro o menos veinte o menos cien. Los implacables, los que ganaron sus galones en la crueldad militante, esos que empezaron siendo puritanos y acabaron en corruptos, ésos abrieron un enorme paréntesis en aquella sociedad, paréntesis que seguramente se cerrará algún día, cuando ya nadie será capaz de retomar el hilo de la antigua oración. Habrá que empezar a tejer otra, a compaginar otra en que las palabras no serán las mismas (porque también hubo lindas palabras que ellos torturaron o ajusticiaron o incluyeron en las nóminas de desaparecidos), en la que los sujetos y las preposiciones y los verbos transitivos y los complementos directos, ya no serán los mismos. Habrá cambiado la sintaxis en esa sociedad todavía nonata que en ese entonces aparecerá como debilucha, anémica, vacilante, excesivamente cautelosa, pero con el tiempo irá recomponiéndose, inventando nuevas reglas y nuevas excepciones, palabras flamantes desde las cenizas de las prematuramente calcinadas, conjunciones copulativas más adecuadas para servir de puente entre los que se quedaron y aquellos que se fueron y entonces volverán. Pero nada podrá ser igual a la prehistoria del setenta y tres. Para mejor o para peor; no estoy seguro. Y menos seguro estoy de poder habituarme, si algún día regreso, a ese país distinto que ahora se está gestando en la trastienda de lo prohibido. Sí, es probable que el desexilio sea tan duro como el exilio.

( … )

Todo este terremoto nos ha dejado rengos, incompletos, parcialmente vacíos, insomnes. Nunca vamos a ser los de antes. Mejores o peores, cada uno lo sabrá. Por dentro, y a veces por fuera, nos pasó una tormenta, un vendaval, y esta calma de ahora tiene árboles caídos, techos desmoronados, azoteas sin antenas, escombros, muchos escombros. Tenemos que reconstruirnos, claro: plantar nuevos árboles, pero tal vez no consigamos en el vivero los mismos tallitos, las mismas semillas. Levantar nuevas casas, estupendo, pero ¿será bueno que el arquitecto se limite a reproducir fielmente el plano anterior, o será infinitamente mejor que repiense el problema y dibuje un nuevo plano, en el que se contemplen nuestras necesidades actuales? Quitar los escombros, dentro de lo posible; porque también habrá escombros que nadie podrá quitar del corazón y de la memoria.
Mario Benedetti
Primavera con una esquina rota (Edhasa)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:32  | Libros...
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