S?bado, 08 de febrero de 2014

Era un día para saltar de la cama, descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en par. Era un día para que el corazón se ensanchase con el cálido aire de la montaña.
Cora, sintiéndose como una muchacha con un viejo vestido arrugado, se sentó en la cama.
Era temprano, el sol apenas asomaba en el horizonte, pero los pájaros volaban ya desde los pinos, y diez billones de hormigas coloradas habían salido de sus tostados montículos y desfilaban por la puerta de la cabaña. El marido de Cora, Tom, dormía junto a ella como un oso en la nívea hibernación de las ropas de cama. ¿Lo despertará mi corazón? se preguntó Cora.
Y supo entonces por qué aquel día parecía ser un día especial.
— ¡Llega Benjy!
Lo imaginó muy lejos; saltaba en prados verdes, vadeaba corrientes donde la primavera se llevaba a sí misma con frescos colores de musgo y agua clara hacia el mar. Vio sus zapatones que alzaban el polvo en los caminos y senderos de piedra. Vio su cara pecosa, alta en el sol, que miraba vertiginosamente hacia abajo a lo largo del cuerpo a las manos distantes que se balanceaban hacia adelante y hacia atrás.
¡Benjy, ven! pensó, abriendo rápidamente una ventana. El viento le movió el pelo como una gris tela de araña alrededor de las frías orejas. Ahora Benjy está en el puente de hierro, ahora en el prado de la barra, ahora en el sendero del arroyo, más acá del campo de Chesley...
En algún sitio de aquellas montañas de Missouri estaba Benjy, Cora parpadeó. Aquellas raras y altas colinas que ella y Tom cruzaban dos veces al año con la yegua y el carro camino del pueblo, y donde, treinta años atrás, ella había querido continuar la marcha, para siempre; diciendo: «Oh, Tom, sigamos y sigamos hasta llegar al mar». Pero Tom la había mirado como si ella le hubiese dado una bofetada, y había dado media vuelta con el carro y la había llevado otra vez a la casa, hablándole a la yegua. Y ella ignoraba si había gente que vivía en las costas donde el mar golpeaba como una tormenta, unas veces con fuerza, otras suavemente, todos los días. Y ella ignoraba también sí había ciudades con luces de neón como hielo rosado y menta verde y fuegos de artificio rojo todos los días. Su único horizonte, al norte, al sur, al este, al oeste, era este valle, y nunca había sido distinto.
Pero ahora, hoy pensó, Benjy viene de ese mundo de allá lejos; lo ha visto, lo ha olido, me hablará de él. Y sabe escribir. Se miró las manos. Estará aquí todo un mes y me enseñará. Luego yo le escribiré a ese mundo y lo traeré aquí al buzón que Tom me hará hoy mismo.
— ¡Levántate, Tom! ¿Me oyes?
Extendió la mano y tiró de la orilla de nieve dormida.

A las nueve las langostas cubrían el valle y volaban en el aire azul de aroma de pinos, y el humo giraba en el cielo.
Cora pulía sus ollas y sartenes y cantaba en ellas, y veía su cara arrugada que los fondos de bronce oscurecían y renovaban. Tom refunfuñaba como un oso dormido ante el desayuno de habas, mientras el canto de Cora se movía a su alrededor, como un pájaro en una jaula.
Alguien es muy feliz -dijo una voz.
Cora se transformó en una estatua. Vio de reojo que una sombra cruzaba el cuarto.
— ¿La señora Brabbam? -preguntó Cora.
— ¡La misma! -Y allí estaba la viuda, con sus largas faldas que barrían el polvo tibio, sus cartas en la mano de pollo-. ¡Buenos días! Acabo de pasar por mi buzón. He recibido una hermosura de carta de mi tío George de Springfield.- La señora Brabbam traspasó a Cora con una mirada de aguja de plata-. ¿Cuándo recibió usted por última vez una carta de su tío, señora?
— Todos mis tíos murieron.
No era Cora misma, sino su lengua la que mentía. Cuando llegara el día, sabía ella, sólo su lengua confesaría los terrenales pecados.
— Es realmente hermoso recibir cartas.
La señora Brabbam sacudió sus cartas rápidamente en el aire de la mañana.
Siempre metiendo el dedo en la llaga. ¿Cuántos años, pensó Cora, duraba esto, la señora Brabbam que aparecía con ojos risueños y hablaba en voz alta de las cartas que recibía, insinuando que ningún otro en kilómetros a la redonda sabía leer? Cora se mordió los labios, y casi dejó caer la olla, pero la devolvió a su sitio, riendo.
— Olvidé decírselo. Llega mi sobrino Benjy. Sus padres son pobres, y viene aquí a pasar el verano. Me enseñará a escribir. Y Tom nos está haciendo un buzón. ¿No es cierto, Tom?
La señora Brabbam apretó sus cartas.
— ¡Bueno, qué magnífico! Tiene usted suerte, señora.
Y de pronto no hubo nadie en la puerta. La señora Brabbam había desaparecido.
Pero Cora corrió tras ella. Pues en aquel mismo instante había visto algo como un escarabajo, algo como un centelleo de pura luz solar, algo como una trucha que saltaba en el agua, y pasaba por encima de la cerca del patio. Vio una manaza que saludaba y unos pájaros que huían aterrorizados de un manzano silvestre.
Cora corrió, y el mundo corrió detrás de ella, a lo largo del sendero.
— ¡Benjy!
Corrieron uno hacia otro como compañeros de baile en una noche de sábado, se tomaron por los brazos, chocaron, y valsearon, tartamudeando.
— ¡Benjy!
Cora miró rápidamente detrás de la oreja de Benjy.
Sí, allí estaba el lápiz amarillo.
— ¡Benjy! ¡Bienvenido!
— ¡Pero, tía! -Benjy apartó a Cora y la miró sosteniéndola con los brazos extendidos-. Pero, tía, estás llorando.

— Este es mi sobrino -dijo Cora.
Tom alzó los ojos ceñudos del puré de habas.
— Encantado -sonrió Benjy.
Cora tenía fuertemente a Benjy por el brazo, para que no se desvaneciese. Se sentía débil, quería sentarse, levantarse, correr; el corazón le golpeaba rápidamente, y se reía en momentos raros. Ahora, en un instante, los lejanos países se habían acercado, y aquí estaba este muchacho alto, iluminando el cuarto como una tea de pino, este muchacho que había visto ciudades y océanos y había estado en sitios donde las cosas habían sido mejores para sus padres.
— Benjy, tengo guisantes, maíz, jamón, habas y garbanzos para tu desayuno.
— ¡Un momento! -dijo Tom.
— Cállate, Tom, el muchacho tiene los huesos molidos de tanto caminar-. Se volvió hacia el muchacho-. Benjy, háblame de ti. ¿Fuiste a la escuela?
Benjy se sacó los zapatos sacudiendo las piernas. Con un pie desnudo escribió una palabra en las cenizas de la chimenea.
Tom frunció el ceño.
— ¿Qué dice?
— Dice -explicó Benjy- C y O y R y A. Cora.
— ¡Mi nombre, Tom, mira! Oh, Benjy, qué bueno que sepas escribir, muchacho. Tuvimos un sobrino con nosotros, hace tiempo, que decía que podía leer al derecho y al revés. Así que lo engordamos, y el escribió cartas y nunca recibimos respuestas. Descubrimos al fin que sólo sabía escribir como para que las cartas llegasen a la oficina de cartas perdidas. Señor, Tom le sacó dos meses de vituallas a ese muchacho, persiguiéndolo por el camino con un piquete de la cerca.
Se rieron nerviosamente.
— Yo escribo muy bien -dijo el serio muchacho.
— Eso es todo lo que queremos saber. Cora trajo una porción de torta de fresas-. Come.

A las diez y media, el sol se elevaba en el cielo, y Tom luego de observar cómo Benjy devoraba un plato tras otro, salió tronando de la cabaña, apretándose la gorra.
— ¡Me voy, Señor! -gritó enojado-. ¡Voy a derribar medio bosque!
Pero nadie lo oyó. Cora había caído en un mudo encantamiento. Miraba el lápiz detrás de aquella oreja de pelusa de melocotón. Vio como Benjy lo sostenía entre los dedos casualmente, ociosamente, indiferentemente. Oh, no de un modo tan casual, Benjy, pensó. Tómalo como si fuese el huevo primaveral de un petirrojo. Ella quería tocar el lápiz, pero no había tocado uno desde hacía mucho años, porque le hacía sentirse tonta, y luego enojada, y luego triste. La mano le temblaba en el regazo.
— ¿Tienes papel? -preguntó Benjy.
— Oh, Señor, nunca pensé en eso -se quejó Cora, y las paredes del cuarto se oscurecieron-. ¿Qué haremos?
— Bueno, yo traje. -Benjy sacó un cuaderno de su maletita-. ¿Quieres escribirle una carta a alguien?
Cora sonrió de oreja a oreja.
— Quiero escribirle una carta a... a...
Se le descompuso la cara. Miró alrededor como si buscase a alguien a lo lejos. Miró las montañas a la luz del sol. Oyó el mar que rompía en playas amarillas a mil kilómetros de distancia. Los pájaros volaban hacia el norte sobre el valle, hacia innumerables ciudades indiferentes.
— Benjy, Benjy, nunca lo pensé hasta este momento. No conozco a nadie en el mundo de allá lejos. Nadie sino mi tía. Y si le escribo ella se sentirá mal, pues tendrá que buscar a alguien que le lea la carta. Tiene un orgullo tieso como un corsé de ballenas. Estará nerviosa diez años, con la carta sobre la repisa de la chimenea. No, no le escribiremos. -Los ojos de Cora dejaron las lomas y el océano invisible-. ¿A quién entonces? ¿Dónde? Alguien que me envíe algunas cartas.
— Espera -Benjy sacó del bolsillo de la chaqueta una revista barata. En la cubierta roja una señora desnuda huía gritando de un monstruo verde-. Aquí hay toda clase de direcciones.
Hojearon juntos la revista.
— ¿Qué es esto?
Cora señaló con el dedo un anuncio.
— Gratis. Lea nuestro folleto Músculos Más Fuertes. Envíe nombre y dirección a Poste Restante M-3 -leyó Benjy-. ¡Recibirá el mapa gratuito de la salud!
— ¿Y este otro?
— Detectives. Investigaciones privadas. Informes gratis. Escriba a G. D. M., Escuela de Detectives.— Todo gratis. Bueno, Benjy.
Cora miró el lápiz en la mano del muchacho. Benjy acercó la silla. Ella observó como él hacía girar el lápiz entre los dedos, preparándose. Vio cómo se mordía suavemente la lengua. Vio cómo entornaba los ojos. Retuvo el aliento. Se inclinó hacia delante. Ella misma entornó los ojos y apoyó la lengua contra los dientes.
Ahora, ahora Benjy alzaba el lápiz, le pasaba la lengua por la punta, y lo llevaba al papel.
Ahí están, pensó Cora.
Las primeras palabras. Se formaron a sí mismas, lentamente, en el increíble papel:

Estimada Compañía Músculos Mas Fuertes
Señores

La mañana se fue con un viento, la mañana se fue aguas abajo en el arroyo, la mañana voló con algunos cuervos, y el sol ardió sobre el techo de la cabaña. Cora oyó unos pies que se arrastraban ante la puerta soleada y resplandeciente, pero no se volvió. Tom estaba allí, y no estaba. Nada había ante ella salvo un montón de hojas escritas, un lápiz susurrante, Cora movía en círculos la cabeza, con cada o, cada l, cada pequeña colina de una m; cada puntito hacía que su cabeza picoteara como la de un pollo; cada t hacía que su lengua lamiera de izquierda a derecha el labio superior.
— ¡Es mediodía y tengo hambre! -dijo Tom casi detrás de ella.
Pero Cora era ahora una estatua, observando el lápiz como quien observa un caracol que deja una estela brillante en una piedra chata en las primeras horas de la mañana.
— ¡Es mediodía! -gritó Tom otra vez.
Cora alzó los ojos, sorprendida.
— ¿Sí? Parece como si apenas hubiese pasado tiempo desde que escribimos a la Compañía Coleccionista de Monedas de Philadelphia. ¿No es así, Benjy? -Cora sonrió con una sonrisa demasiado deslumbrante para una mujer de cincuenta y cinco años-. Mientras esperas la comida, Tom, ¿no podrías hacer ese buzón? ¿Más grande que el buzón de la señora Brabbam, por favor?
— Clavaré una caja de zapatos.
— Tom Gibbs. -Cora se incorporó dulcemente. Su sonrisa dijo: Mejor dirección, mejor trabajo, mejor resultado-. Quiero un buzón grande y hermoso. Todo blanco, para que Benjy pinte nuestro nombre con letras negras. No quiero recibir mi primera carta en una caja de zapatos.
Y así se hizo.
Benjy escribió en el buzón terminado: SEÑORA CORA GIBBS, mientras Tom miraba y refunfuñaba a sus espaldas.
— ¿Qué dice ahí?
— Señor Tom Gibbs -dijo Benjy en voz baja, pintando.
Tom parpadeó un minuto y al fin dijo:
Todavía tengo hambre. Que alguien encienda el fuego.

No había sellos postales. Cora palideció. Tom tuvo que enganchar el caballo e ir hasta Green Fork a comprar algunos sellos postales rojos, uno verde y diez rosados con las imágenes de unos dignos caballeros. Pero Cora fue con él para asegurarse de que Tom no echaba estas primeras cartas al arroyo. Cuando volvieron a la casa, lo primero que hizo Cora fue ir a mirar en el nuevo buzón, con ojos brillantes.
— ¿Estás loca? -dijo Tom.
— No cuesta nada mirar.
Aquella tarde Cora visitó el buzón seis veces. A la séptima vez saltó una marmota. Tom se reía desde el umbral golpeándose las rodillas. Aún se reía cuando Cora lo echó de la casa.
Luego Cora se quedó en la ventana mirando su buzón, justo enfrente del de la señora Brabbam. Diez años atrás la viuda había plantado su buzón debajo de las narices de Cora, casi, cuando hubiera podido ponerlo más cerca de su propia cabaña. Pero la señora Brabbam tenía así una excusa para bajar flotando la loma como una flor aguas abajo, abrir el buzón con toses y murmullos, espiando de vez en cuando para ver si Cora miraba. Cora siempre miraba. Cuando la viuda la sorprendía, fingía regar flores con una lata sin agua, o recoger hongos fuera de estación.
A la mañana siguiente Cora se levantó antes que el sol hubiera calentado los macizos de fresas o el viento hubiese movido los pinos.
Benjy estaba sentándose en el catre cuando su tía volvió del buzón.
— Demasiado temprano -dijo él-. El coche del cartero no ha pasado aún.
— ¿El coche?
— A estos lugares tan alejados vienen en coche.
— Oh.
Cora se sentó.
— ¿Estás enferma, tía Cora?
— No, no. -Cora parpadeó-. Es que en veinte años no recuerdo haber visto ningún coche de correos por aquí. Acabo de pensarlo. En todo este tiempo jamás vi un cartero.
— Quizá viene cuando no estás cerca.
— Me levanto con la niebla, y me acuesto con las gallinas. Nunca lo pensé realmente, por supuesto, pero... -Cora se volvió para mirar por la ventana, hacia la casa de la señora Brabbam- Benjy, tengo una mala corazonada. Cora se incorporó, salió de la cabaña, y bajó por la estrecha senda que llevaba al buzón de la señora Brabbam. El silencio cubría los campos y lomas. Era tan temprano que uno tenía que hablar en voz baja.
— ¡No infrinjas la ley, tía Cora!
— ¡Chist! Veamos. -Cora abrió el buzón, y metió la mano como si estuviera introduciéndola en la madriguera de un topo-. Aquí están.
Sacó unas cartas que le crujieron entre las manos.
— ¡Pero cómo! ¡Estas cartas están abiertas! ¿Las abriste tú, tía Cora?
— No las toqué nunca, muchacho. -Cora parecía aturdida-. Ni siquiera mi sombra había tocado este buzón.
Benjy miró las cartas por un lado y por otro, moviendo la cabeza.
— ¡Pero, tía Cora, estas cartas son de diez años atrás!
¿Qué?
Cora le arrancó las cartas.

— Tía Cora, esa mujer ha estado sacando del buzón las mismas cartas todos los días, durante años. Y ni siquiera están dirigidas a la señora Brabbam, sino a una mujer llamada Ortega, de Green Fork.
— ¡Ortega, la mejicana de la tienda de comestibles! Todos estos años -murmuró Cora, con los ojos fijos en las gastadas cartas que tenía en la mano-. Todos estos años...
Alzaron los ojos hacia la dormida casa de la señora Brabbam en la fresca y silenciosa mañana.
— Oh, esa taimada, escandalizando siempre con su correo, tratando de humillarme. Siempre pavoneándose leyendo sus cartas.
La puerta de la señora Brabbam se abrió.
— ¡Mételas otra vez en el buzón, tía Cora!
Cora cerró de un golpe el buzón y le sobró tiempo. La señora Brabbam bajó deslizándose por el sendero, deteniéndose tranquilamente aquí y allá a observar alguna flor silvestre recién abierta.
— Buenos días -dijo dulcemente.
— Señora Brabbam, éste es mi sobrino Benjy.
— Qué bien. -La señora Brabbam giró sobre sí misma, con un floreo de sus floridas manos blancas, golpeó el buzón como para despertar las cartas que había dentro, levantó la tapa, y sacó el correo, a escondidas, de espaldas. Hizo algunos movimientos y se volvió feliz, parpadeando.
— ¡Maravilloso! ¡Mire, una carta del tío George!
— ¡Bueno, pero qué bien! -dijo Cora.

Luego los días estivales, los días sin aliento de la espera. Las mariposas saltaban anaranjadas y azules en el aire, las flores se balanceaban alrededor de la cabaña, y se oía el duro y constante sonido del lápiz de Benjy que escribía a lo largo de las tardes. La boca de Benjy estaba siempre llena de comida, y Tom entraba siempre taconeando y descubría que el almuerzo o la cena se habían atrasado, o enfriado, o las dos cosas, o no había ni almuerzo ni cena.
Benjy sostenía el lápiz extendiendo deliciosamente su mano huesuda, escribiendo cariñosamente cada vocal o cada consonante mientras Cora se inclinaba sobre él, y formaba palabras haciéndolas rodar sobre su lengua y deleitándose cada vez que las veía rodar sobre el papel. Pero no aprendía a escribir.
— Es tan divertido verte escribir, Benjy... Mañana empezaré a aprender. ¡Ahora escribamos otra carta!
Se abrieron paso entre anuncios sobre asma, bragueros y magia, se asociaron a los Rosacruces, o por lo menos pidieron un ejemplar gratis del Libro Sellado donde se hablaba del Conocimiento condenado al olvido, los Secretos de los Ocultos Templos de la Antigüedad y Enterrados Santuarios. Luego los paquetes gratis de semillas de girasol gigantes, y algo para la acidez de estómago. Una brillante mañana de verano habían llegado a la página 127 de la Revista Quincenal del Crimen cuando...
— ¡Escucha! -dijo Cora.
Escucharon.
— Un coche -dijo Benjy.
Y por las lomas azules, entre los altos pinos verdosos, y a lo largo del camino polvoriento, kilómetro a kilómetro, llegó el sonido de un coche hasta que al fin dobló la curva y se acercó ruidosamente. En un instante, Cora estaba fuera de la casa corriendo, y mientras corría, escuchaba, veía y sentía muchas cosas. Primero vio de reojo a la señora Brabbam que resbalaba sendero abajo. La señora Brabbam se quedó petrificada cuando vio el brillante camión verde que venía humeando, y se oyó el silbido de un silbato de plata; y el viejo del camión, justo antes que llegara Cora, sacó la cabeza por la ventanilla.
— ¿Señora Gibbs? -preguntó.
— ¡Sí! -gritó Cora.
— Correo para usted, señora -dijo el viejo, y le extendió unas cartas.
Cora extendió la mano y la retiró en seguida, recordando.
— Oh -dijo-, por favor, ¿no le molestaría ponerlas, por favor..., en mi buzón?
El viejo la miró entornando los ojos, miró el buzón, y luego otra vez a Cora y se rió.
— No, no es molestia -dijo, y puso las cartas en el buzón.
La señora Brabbam, con los ojos muy abiertos, no se había movido.
— ¿No hay carta para la señora Brabbam? -preguntó Cora.
— Esto es todo -dijo el viejo, y el camión se fue levantando polvo camino abajo.
La señora Brabbam estaba allí con las manos apretadas. Luego sin mirar su propio buzón, se volvió y subió rápidamente por el sendero, con su falda susurrante, hasta perderse de vista.
Cora dio vueltas alrededor de su buzón, sin tocarlo.
— ¡Benjy, he recibido unas cartas! -Buscó adentro delicadamente, las sacó y las miró por los dos lados. Luego las puso despaciosamente en la mano de Benjy-. Léemelas. ¿Está mi nombre en el sobre?
— Sí, tía.
Benjy abrió la primera carta con el debido cuidado y la leyó en voz alta en la mañana de estío.
— Estimada señora Gibbs...
Se detuvo y dejó que Cora saboreara las palabras, con los ojos entornados, y las repitiera silenciosamente. Luego leyó otra vez el encabezamiento, y continuó:
— Le enviamos con esta carta el folleto gratuito de las Escuelas Intercontinentales por Correspondencia, que le informará cómo también usted puede seguir los cursos de enfermera por correo...
— ¡Benjy, Benjy, qué feliz soy! ¡Empieza de nuevo!
— Estimada señora Gibbs -leyó Benjy.

A partir de esto, el buzón nunca estuvo vacío. El mundo venía corriendo y se apretujaba en el buzón; lugares que ella nunca había visto, y de los que nada había oído. Folletos de turismo, condimentados pasteles, y hasta una carta de un caballero mayor que buscaba una señora «de cincuenta años, carácter tierno, y con dinero; objeto, matrimonio». Benjy respondió: «Soy casada, pero gracias por su amable y considerada atención. Suya sinceramente, Cora Gíbbs».
Y el río de cartas siguió fluyendo entre las lomas; catálogos de coleccionistas de monedas, folletos de novedades, listas de números mágicos, recetas contra la artritis, muestras de matamoscas. El mundo llenaba el buzón de Cora, que ya no se sentía sola y alejada de la gente. Si un hombre le escribía una carta acerca de los misterios revelados de los Antiguos Mayas, él recibía a su vez por lo menos tres cartas de Cora a la semana siguiente, que debían transformar aquella relación formal en una cálida amistad. Luego de una jornada de escritura particularmente dura, Benjy tuvo que bañarse la mano en sales Empson.
Hacia el fin de la tercera semana, la señora Brabbam dejó de visitar su buzón. Ni siquiera salía a la puerta de su cabaña a tomar aire, pues Cora estaba siempre en el camino, con el cuerpo inclinado hacía delante, esperando sonriente al cartero.
El verano terminó demasiado pronto, o por lo menos esa parte del verano que realmente importaba; la visita de Benjy. Allí en la mesa de la cabaña estaba su rojo pañuelo de badana, con unos sandwiches frescos condimentados con cebolla, y envueltos en hojas de menta para que el olor no pasara a la tela; allí en el piso, listos, recién lustrados, estaban sus zapatos, y allí en la silla, con su lápiz que en un tiempo había sido largo y amarillo, pero que ahora era sólo un masticado pedazo, estaba Benjy. Cora lo tomó por la barbilla y le alzó la cabeza, como si estuviese sopesando una variedad desconocida de sandía estival.
— Benjy, debo disculparme contigo. No creo haberte mirado una sola vez a la cara en todo este tiempo. Me parece que conozco todas las verrugas de tu mano, todos sus padrastros, todas sus protuberancias y huecos, pero si me encontrara con tu cara en una multitud no te reconocería.
— No es una cara que valga la pena mirar -dijo Benjy tímidamente.
— Pero conocería esa mano entre un millón de manos -dijo Cora-. Si tú y mil personas me dieran la mano en un cuarto oscuro, en un momento yo podría decir: «Bueno, ésta es de Benjy»-. Cora sonrió serenamente y fue hacia la puerta abierta-. He estado pensando -dijo, y miró una cabaña distante-. Hace semanas que no veo a la señora Brabbam. No sale nunca ahora. Me siento culpable. He caído en un pecado de orgullo, algo mucho más grave que todo lo que ella me hizo a mí. Le he sacado el sostén de su vida. Fue algo malvado y rencoroso y estoy avergonzada. - Miró colina arriba hasta la cabaña silenciosa y cerrada.- Benjy, ¿quieres hacerme un último favor?
— Si, tía.
— Escribe una carta para la señora Brabbam.
— ¿Tía?
— Sí, escribe a una de esas compañías pidiendo un folleto gratis, una muestra de algo, y firma con el nombre de la señora Brabbam.
— Muy bien- dijo Benjy.
— De ese modo, dentro de una semana o un mes el cartero vendrá y silbará y yo le diré que suba hasta su puerta y le entregue la carta. Yo estaré en el patio desde donde podré ver a la señora Brabbam y ella podrá ver que veo. Y yo la saludaré con mis cartas en la mano y ella me saludará con las suyas, y todos sonreiremos.
— Sí, tía -dijo Benjy.
Escribió tres cartas, lamió cuidadosamente la goma de los sobres, los cerró y se los metió en el bolsillo.
— Los llevaré al correo cuando llegue a Saint Louis.
— Ha sido un hermoso verano -dijo ella.
— Sí, ha sido hermoso.
— Pero, Benjy, yo no aprendí a escribir, ¿no es cierto? Yo me pasaba las horas esperando las cartas y te hacía escribir hasta tarde de noche, y estábamos tan ocupados enviando cupones y recibiendo muestras que parecía que no había tiempo para aprender. Y eso significa...
Benjy sabía qué significaba. Estrechó la mano de Cora. Se quedaron un rato en el umbral.
— Gracias por todo -dijo Cora.
Benjy se alejó corriendo. Corrió hasta la cerca, la saltó fácilmente, y Cora se quedó mirándolo hasta que Benjy, saludándola con aquellas cartas especiales, se perdió en el ancho mundo de más allá de las colinas.

Las cartas siguieron llegando hasta seis meses después de la partida de Benjy. Allí estaba siempre el camioncito verde del cartero, y el cristalino grito de buenos días, o el silbido, mientras el viejo metía dos o tres sobres azules o rosados en el bonito buzón.
Y luego llegó el día especial en que la señora Brabbam recibió su primera carta verdadera.
Después las cartas llegaron una vez por semana, luego una vez por mes, y al fin el cartero ya no saludó, no se oyó el ruido de un coche que subía por el solitario camino montañoso. En el buzón se instaló primero una araña, y luego un gorrión.
Y Cora, mientras aún llegaban las cartas, las apretaba entre sus manos aturdidas, mirándolas fijamente y en silencio hasta que la presión de los músculos del rostro hacía aparecer en los ojos unas brillantes gotas de agua. Cora separaba un sobre azul.
— ¿De dónde viene?
— No sé -decía Tom.
— ¿Qué dice?
— No sé -decía Tom.
— Oh, nunca sabré qué pasa en el mundo de allá lejos, nunca lo sabré -decía Cora-. Y esta carta, y ésta, ¡y ésta! -Deshacía las pilas y pilas de cartas que habían llegado desde la partida de Benjy-. Todo el mundo, y toda la gente, y todo lo que pasa, y yo sin saberlo ¡Todo el mundo y la gente esperando oír de nosotros, y nosotros sin escribir, y ellos sin escribirme!
Y al fin un día el viento derribó el buzón. En las mañanas Cora abría como antes la puerta de la cabaña y cepillándose lentamente el pelo gris, miraba en silencio las lomas. Y en todos los años que siguieron, no pasaba nunca junto al buzón caído sin detenerse y meter en él una mano desesperanzada y sacarla vacía antes de internarse otra vez en los campos.
Ray Bradbury
El ancho mundo allá lejos (traducción de Francisco Abelenda. Booket. Ediciones Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:44  | Libros...
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