Martes, 11 de febrero de 2014

Dibujos de tumbas y pequeños fragmentos escritos a lápiz, un hombre encerrado en una cárcel que cuenta cómo llegó a estar encerrado en ella, las locuras de Vietnam y las locuras de la política y el capitalismo, colonos caníbales y sabios de Trafalmadore que buscan crear un germen que venza cualquier resistencia, la estupidez ajena y la estupidez propia, una cárcel de propiedad japonesa (como la mitad de Estados Unidos, vendido a empresarios japoneses por su descomunal deuda), un niño que buscó su balón en una zanja y al levantarse descubre que ha desaparecido su ciudad por una bomba nuclear y una mujer que cree ver a Dios en un pez recién pescado.

A través de pequeños fragmentos, Kurt Vonnegut escribe la odisea de Eugene Hartke, ex militar, profesor de una escuela para ricos, infiel y con una ironía desbordante. Eugene habla de sus días en Vietnam, de su llegada al colegio, de sus alumnos ricos y lentos, de la política estadounidense, de la locura y la estupidez que nos definen, de sabios de otro planeta que buscan gérmenes indestructibles con los que colonizar el universo, de una rebelión en la cárcel y una fuga tan divertida como estrafalaria, del abismo por el que anda la humanidad sin darnos cuenta.

Birlibirloque me recuerda a Galápagos y Un hombre sin patria, el humor irónico y puñetero, los personajes estúpidos y entrañables, el fin del mundo, un narrador con voz ágil que mira alrededor y se sorprende, siempre se sorprende de la facilidad para cometer barbaridades del ser humano. Vonnegut escribe de manera fragmentada, no hay un centro en la historia, son todo notas escritas por Eugene mientras está preso, un hombre que pasa de soldado a profesor, de alcalde a alcaide y, en una carambola rocambolesca, preso. Un camino extraño donde Eugene toma distancia con lo que ve para criticarlo con un humor a veces despiadado, a veces tierno.

Vonnegut puede parecer desmañado por momentos, (como Baroja, como Dick), apenas hay una historia en sí, Birlibirloque se para una y otra vez en pequeñas anécdotas, las expresiones que se repiten como un motivo musical, los personajes y situaciones descritos con dos trazos, los fragmentos donde Eugene critica la política bajo el poder económico y los gestos deshumanizados. Vonnegut me saca una carcajada y me hace sonreír de forma entrañable, da la vuelta a la historia conocida y me habla de los asuntos más serios de manera amigable y cercana.

Birlibirloque es un rompecabezas divertido, la mirada socarrona y con cierta tristeza de un hombre siempre sorprendido ante los gestos que ve.



Si de verdad hubiera existido Mercurio, si de verdad hubiera Cielo, por él andaría ahora el amigo de  Romeo, con una pandilla de soldados adolescentes muertos en Vietnam, hablando de cómo se siente uno cuando pierde la vida por culpa de la vanidad y de la estupidez ajena.

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He mirado a ver qué era un librepensador. Dícese del miembro de una efímera secta, compuesta casi en su totalidad por personas de ascendencia germánica que creían -al igual que mi Abuelo Willis- que sólo el sueño aguarda a los seres humanos, buenos y malos, en la Otra Vida, que la ciencia ha probado la falsedad de todas las religiones, que Dios es incognoscible y que el mejor uso que una persona, hombre o mujer, puede hacer de su tiempo en este mundo es esforzarse en mejorar la calidad de vida de todos los miembros de su comunidad.

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El profesor Damon Stern, difunto monociclista, me preguntó en cierta ocasión si yo pensaba que habría mercado para una estatua de Cristo montado en monociclo, y no clavado en la cruz. Era un simple chiste. El hombre no pretendía que le diese una respuesta, ni yo se la di. Seguro que en seguida surgió cualquier otro tema de conversación.
Ahora, no obstante, si no lo hubieran matado cuando trataba de salvar a los caballos, le diría que el mensaje más importante de la cruz, al menos tal como yo lo veo, es el grado de indecible crueldad a que puede llegar un ser humano cuando obedece órdenes de mando.

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De modo que los hombres de la Tierra consideraron que el Propio Creador del Universo les había dado instrucciones de echarlo todo a perder. Pero iban demasiado despacio para gusto de los Sabios, de modo que éstos les metieron en la cabeza que ellos mismos eran la forma de vida que debía propagarse por el Universo. Era una idea la mar de ridícula, por supuesto. En palabras del anónimo autor: «¿Cómo pensaba hacer toda esa cantidad de carne, necesitada de tantísimo alimento y tantísima agua y tantísimo oxígeno, y con unos movimientos intestinales tan enormes, para superar un viaje cualquiera por el vacío ilimitado del espacio? Ya era un milagro que esos gigantes tragones y engorrosos pudieran ir al supermercado y volver con un 6-en-1 de cerveza.»
Los Sabios, dicho sea de paso, habían renunciado a influir en los humanoides de Trafalmadore, a pesar de que estaban justamente debajo de su lugar de reunión. Los trafalmadoreños tenían sentido del humor y sabían muy bien lo cortitos que eran, por no decir lo cortitos y vagos. Eran inmunes a los kilovoltios de orgullo con que los Sabios trataban de embarullarles la cabeza. Se echaron a reír en cuanto les brotó en la cabeza la idea de que ellos eran la gloria del Universo y que estaban destinados a colonizar los demás planetas con su incomparable magnificencia. Conocían el alcance exacto de su torpeza y de su estupidez, aunque tuviesen lenguaje y algunos supiesen leer y escrib ir y hasta matemáticas. Un autor escribió una serie de sátiras desternillantes donde los trafalmadoreños llegaban a otros planetas con la pretensión de llevarles la luz.
En cambio, los hombres de aquí, de la Tierra, carentes del sentido del humor, la misma idea les pareció muy aceptable.
Kurt Vonnegut
Birlibirloque (traducción de Ramón Buenaventura. Alfaguara)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:38  | Libros...
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