S?bado, 15 de febrero de 2014

El reencuentro de dos hermanos y los cambios tras las años de ausencia, el anarquismo idealista de uno y la calma y domesticación del otro, la lucha por aquello en que se cree y el sonido de la tierra sobre un ataúd, las tabernas donde tramar pequeñas revueltas, una maleta con dinamita y las discusiones entre anarquismo y socialismo, el amor que aposenta la vida y el reencuentro con las huellas del pasado, la bondad y la necesidad de ir siempre hacia delante y la pobreza que acecha en cualquier lugar, en cualquier momento, un barrio rodeado de cementerios y las canciones revolucionarias.

Aurora roja termina la trilogía La lucha por la vida de Baroja. Se relajan los cuadros costumbristas y se ahonda en los aspectos políticos de la época, las reuniones clandestinas de los anarquistas, las diferentes facciones, los que apelan a la dinamita y los que quieren asociarse para ganar fuerza, la diferencia con los socialistas y los republicanos. Si en La busca y Mala hierba se centraba en los vaivenes de Manuel, su llegada a Madrid su vida a trompicones, sus relaciones con delincuentes, prostitutas o expatriados, las noches a descubierto y las casas en ruinas como único cobijo, sus diferentes trabajos, las pequeñas derrotas y la toma de decisiones, en Aurora roja Manuel se calma, encuentra una casa y un trabajo, compra una imprenta y abre un negocio, se acerca a Salvadora y parece que terminan tantos años de calle y ruina. La llegada de su hermano Juan, un antiguo seminarista reconvertido en anarquista, un hombre cuyo lema es !adelante, siempre! le hará descubrir en un mundo desconocido, reflexionar sobre la política y la justicia, la posición de la sociedad y la lucha de clases. Manuel, tranquilo después de sus años difíciles, asiste atónito al idealismo de su hermano, a los que piden sangre como medio de subvertir la sociedad, a los que entran en discusiones bizantinas donde las palabras se magnifican y se retuercen para captar adeptos.

Manuel se reencuentra con la Justa, él que pertenece al bando de los salvados, ella que sigue en la calle, el cuerpo y el alma deformados, se entera de la muerte mísera de Don Alonso, el antiguo artista de circo que parecía anclado al pasado, se asocia con Roberto Hasting para abrir una imprenta, ve el idealismo de su hermano Juan y no sabe cómo adecuarlo a la realidad, sufre por ese hermano soñador que va de derrota en derrota. Baroja vuelve a emparentar el paisaje con los personajes, los amaneceres oscuros, la copa de los árboles sobre la tapia del cementerio (la presencia constante del cementerio), el viento cambiante, el humo negro y la ceniza de los fábricas, la sensación de algo inquietante y oscuro que se cierne sobre los personajes.

Los rincones y personajes de La lucha por la vida confluyen en Aurora Roja, las tabernas, los cafetines, los bailes, los merenderos, los chulos y las mujeres que se dan a la vida, la golfería, los suburbios y los cementerios, los polizontes y los anarquistas, las expresiones castizas, los timadores y los cajistas, las bravuconadas y los ideales sencillos. Es un final agridulce, termina el viaje iniciático de Manuel, los años de lucha, las calles que cambian, las personas que aparecen para quedarse o desaparecen sin dejar rastro pero que dejan una impronta en su ánimo, la sensación de haber pasado unos días en otro tiempo, en otro espacio.




El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo había hecho un parque dedicado a la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo, con su lluvia de gérmenes en un mundo vivo; con una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.
Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.
Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados: las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio: los pájaros piaban en los árboles junto a las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.
Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían, envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.
Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto a sus tallos y a sus hojuelas verdes se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.
En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...

( … )

—¿Pero no es más lógico —decía Morales—, reunir las energías de toda clase, para ir avanzando poco a poco, hasta llegar a un gran desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que es una cosa como los polvos de la Madre Celestina, para traer la felicidad del mundo?
Juan sonreía.
—La anarquía hay que sentirla —solía decir.
—Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea o por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
—Para los burgueses, sí.
—Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
—Puede ser un crimen conveniente.
—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara, tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.
—La anarquía hay que sentirla —terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver a Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba a nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba a la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego, la predicación de la rebeldía terminaba, en los espíritus independientes, en ser rebelión contra el dogma, y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas..., y el anarquismo, con su crítica destructora, se destruía y se descomponía a sí mismo. Se había disgregado, fundido; había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la desesperación, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar: su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio oficial.

( … )

Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado a nuestra vida en mayor cantidad que el placer, o al contrario? Eso no lo puede calcular nadie, ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es mas que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas a los demás; ellos te lo disputan a ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; éste es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.
—Pero no todos están a bastante altura para luchar —dijo Manuel.
—El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.
Pío Baroja
Aurora roja (editorial Caro Raggio)


Tags: Aurora roja, Pío Baroja, La lucha por la vida, Caro Raggio

Publicado por elchicoanalogo @ 6:45  | Libros...
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