S?bado, 22 de febrero de 2014

El sonido de un río y las lluvias del monzón, vidas que se entrecruzan y pequeños gestos que, unidos, llevan al desastre, el paisaje exuberante, los deseos que no se pueden contener, a quién amar y cómo hacerlo, las huellas de los dioses y cuáles son reales, muertos que parecen moverse dentro de los ataúdes y chicos que enmudecen de un día para otro, una barca que une a dos amantes y los reencuentros tras años de separación, seres que se consumen y otros que conservan un pequeño resplandor, los encuentros furtivos en un cine y el adiós a la infancia, volver al punto de partida y descubrir las diferencias, las ausencias, quiénes éramos y en quién nos hemos convertido.

Los tiempos y las voces se cruzan en El dios de las pequeñas cosas, una caja china donde caben las historias de tres generaciones de una familia, sus deseos, sus fracasos, los amores prohibidos y los amores perdidos, las diferentes creencias religiosas, el mundo que se presenta de diferentes maneras (a través de viajes, de la televisión, de las historias familiares que se convierten en leyendas). Rahel regresa a la casa familiar tras el fracaso de su matrimonio, y con ella, el reencuentro con el pasado de su familia, el día donde su prima se ahogó en el río, el viaje a la ciudad para ver Sonrisas y lágrimas, el silencio de su hermano Estha que parece alejarlo de todo y de todos, el amor de su madre por un hombre de una casta inferior, el pasado remoto cuyos ecos aún resuenan en el presente y parecen dirigir los pasos de la familia hacia el desastre.

En El dios de las pequeñas cosas conviven el sonido del río y el paisaje cambiante (un paisaje que puede ser lujurioso, tranquilo o furioso), una casa que une tiempos y amores entre sus paredes, la lucha de las catas inferiores por tener otro lugar en la India, los colores de la tierra que sombrean a los personajes, el momento donde se apaga la infancia y se inicia la madurez con un acto de terror puro. El regreso de Rahel conlleva el enfrentamiento con las personas, lugares y hechos que llevaron al desastre a la familia, gestos que, por separado, parecían pequeños pero que al unirlos conformaron un destino extraño y doloroso.

Por momentos, El dios de las pequeñas cosas me recordó la película El río de Jean Renoir, leía sus capítulos y volvía al colorido y los sonidos de la película de Renoir. Arundhati Roy se para en la voluptuosidad del paisaje, en juntar tiempos y miradas, en pasar una y otra vez por los mimos hechos en busca de una explicación, hay algo de sueño en la realidad, de dolor en el amor, las emociones de los personajes de pasiones que son como caminar junto al borde de un acantilado. El dios de las pequeñas cosas tiene la musicalidad y la repetición de una leyenda.





Mayo, en Ayemenem, es un mes caluroso y de ansiosa espera. Los días son largos y húmedos. El río mengua y negros cuervos se dan atracones de lustrosos mangos sobre árboles inmóviles, de un verde polvoriento. Las bananas rojas maduran. Los frutos de las nanjeas estallan. Los despistados moscones zumban sin rumbo fijo en el aire afrutado y acaban estrellándose contra los cristales para morir, gordos y desconcertados, al sol.
Las noches son claras, aunque cargadas de apatía y de indolente expectación.
Pero a comienzos de junio irrumpe el monzón, que sopla del sudoeste, y hay tres meses de agua y viento, con breves intervalos de un sol fuerte y reluciente que los niños, llenos de entusiasmo, aprovechan para jugar. El campo se torna de un verde lujuriante. Las lindes se van desdibujando a medida que los setos de tapioca echan raíces y flores. Las paredes de ladrillo adquieren un color verde musgo. Los pimenteros trepan por los postes de la electricidad. Por los taludes de laterita asoman enredaderas silvestres que se extienden y atraviesan los caminos inundados. Navegan barcas por los bazares. Y aparecen pececillos en el agua que llena los baches de las carreteras.

( … )

Una vez llegado, el silencio se instaló en Estha y se extendió por todo su ser. Salió de su cabeza y lo envolvió con sus viscosos brazos. Lo meció al ritmo de un latido antiguo, fetal. Fue extendiendo poco a poco sus tentáculos furtivos y llenos de ventosas por el interior de su cráneo, aspirando los montículos y las hondonadas de su memoria, desplazando viejas frases, birlándoselas de la punta de la lengua. Quitó a sus pensamientos las palabras necesarias para describirlos y los dejó pelados y desnudos. Impronunciables. Entumecidos. Y, por lo tanto, tal vez casi inexistentes para cualquier observador. Lentamente, con el paso de los años, Estha se fue apartando del mundo. Se fue acostumbrando cada vez más al incómodo pulpo que vivía en su interior y que inyectaba aquella tinta tranquilizante en su pasado. Poco a poco la razón de su silencio fue quedando oculta, sepultada en las profundidades de los pliegues sedantes del hecho en sí.

( … )

Cuando Larry abrazaba a su mujer, la mejilla de ésta quedaba a la altura de su corazón. Era lo suficientemente alto para verle la coronilla y contemplar el oscuro revoltijo de su pelo. Cuando le ponía un dedo en la comisura de la boca, sentía un minúsculo latido. Le encantaba su emplazamiento. Y aquella pulsación apenas perceptible, indefinida, justo debajo de la piel. Cuando la tocaba, escuchaba con los ojos, como un futuro padre que siente cómo se mueve su hijo nonato dentro del vientre de la madre.
La acariciaba como si fuese un regalo. Que le fue dado por amor. Algo pequeño y apacible. Insoportablemente valioso.
Pero cuando hacían el amor se sentía ofendido por sus ojos. Se comportaban como si pertenecieran a otra persona. A alguien que estuviera observando. Que estuviera mirando el mar desde una ventana. O a una barca en el río. O a un transeúnte que llevara sombrero en medio de la bruma.
Se exasperaba porque no sabía qué significaba aquella mirada. La situaba a medio camino entre la indiferencia y la desesperación. No sabía que en algunos lugares, como en el país del que procedía Rahel, había diferentes clases de desesperación que pugnaban por la primacía. Y que la desesperación personal nunca llegaba a ser lo suficientemente desesperada. Que algo sucedía cuando la confusión personal chocaba casualmente con el altar levantado al borde del camino a la confusión pública de una nación. Una confusión inverosímil, insensata, ridícula, torrencial, circundante, violenta, inmensa. Sucedía que el Dios Grande bramaba como un viento tórrido exigiendo reverencia. Y entonces el Dios Pequeño (agradable y contenido, privado y limitado) retrocedía cauterizado, riéndose, aturdido, de su propia audacia. Acostumbrado a la constante confirmación de su inconsecuencia, se tornaba acomodaticio e indiferente. No había mucho que importara. Nada de lo que importaba, importaba mucho. Y, cuanto menos importaba, menos importaba. Nada tenía nunca suficiente importancia. Porque cosas peores habían sucedido. En el país del que ella procedía, en eterno equilibrio entre los terrores de la guerra y los horrores de la paz, continuaban sucediendo las peores cosas.
Así que el Dios Pequeño se reía con una risa ahogada y se alejaba retozando alegremente. Como un niño rico en pantaloncitos cortos. Silbando, pateando piedrecitas. La fuente de su frágil regocijo era la relativa pequeñez de su desgracia. Se encaramaba a los ojos de la gente y se convertía en una expresión exasperante.
Lo que Larry McCaslin veía en los ojos de Rahel no era desesperación, ni mucho menos, sino una especie de optimismo forzado. Y un vacío donde antes habían estado las palabras de Estha. No cabía esperar que lo entendiera. Que el vacío en uno de los gemelos no fuese más que la versión del silencio del otro. Que las dos cosas encajasen. Como una cuchara sobre otra. Como los cuerpos familiares de los amantes.
Arundhati Roy
El dios de las pequeñas cosas (traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:42  | Libros...
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