Lunes, 17 de febrero de 2014

Que lo último que podía hacerse era meterse a pensar por los demás.
-Unos necesitan más tiempo que otros para pensar -dijo.
Aurora se puso furiosa.
-Pero ¿pensar en qué? ¿En las musarañas? Tú síguele dando alas y verás qué desastre.
Yo no intervenía en aquellas discusiones más que cuando no tenía más remedio; y si podía, los dejaba enzarzados a mi costa.
Pero, aunque consiguiese escabullirme, Aurora venía a mi cuarto y allí me daba las grandes batidas a solas. Recuerdo mi sobresalto cuando oía su taconeo que se acercaba por el pasillo, porque no me solía dar tiempo a meterme en la cama y fingir que dormía, única manera de escapar a aquella avalancha de interrogatorios, seguidos del insoportable monólogo final. No se resignaba a aceptar que su labor en mí no diese frutos, y mi resistencia la enfurecía.
Una noche en que yo estaba muy triste y decidí no contestarle a nada, fue presa de una especie de ataque histérico y se puso a tirarme del pelo y a darme puñetazos. Tuvieron que venir Rita y mi pare a separarla de mí. Yo me puse a desnudarme tranquilamente para que, por lo menos, las mujeres se fueran, pero Aurora se quedó.
-¡Ahí le tienes! -me señalaba, entre lágrimas, desde una butaca-. ¡Ahí tienes el fruto de la libertad que le has dado!: un ser completamente pasivo, sin sentimientos ni voluntad. Ya veremos lo que hace cuando no tenga los cinco duros que le da papá y no pueda encerrar en esta habitación...
Y añadió como rúbrica, casi con regodeo, antes de marcharse dando un portazo porque yo me estaba empezando a quitar los pantalones:
-¡Cuando se vea convertido en lo que siempre va a ser, un muerto de hambre!
Carmen Martín Gaite
Ritmo lento (Siruela)


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