Martes, 25 de febrero de 2014

Dos oficiales y un puente entre dos guerras mundiales, una tierra que ha pasado de un país a otro y la mezcla de idiomas, dialectos, las costumbres y las banderas, decidir el bando por el que luchar y saber que cualquier decisión acarreará una derrota y una pérdida pero, también, dignidad y honestidad con los propios sentimientos, las fronteras como algo difuso y personal, como una marca en la piel, los días de pesca en la costa y los momentos de placidez en el mar, los recuerdos que no nos pertenecen y sentir que seguimos otras huellas, un juego de espejos y las preguntas sobre qué es una patria.

Son los años cuarenta, la segunda guerra mundial avanza, cambian las fronteras y las banderas en Europa, hay muerte, exterminio, totalitarismos, se inventan nuevas armas y nuevas formas de lucha, los ejércitos se mueven por miles de kilómetros de tierras desoladas. Un oficial italiano llega a una isla de Dalmacia, un lugar que a lo largo de los últimos años ha pasado de un país a otro, que mezcla idiomas y pasados, un paraje recóndito donde parece que la guerra está lejos, muy lejos y su rumor llega apagado. En esa isla, el oficial, de permiso, conocerá la historia de otro oficial en la primera guerra mundial, Emidio Orlich, un joven austriaco de ascendencia italiana que se preguntará sobre sus raíces, si está en el bando adecuado, lo extraño que es combatir contra un enemigo que habla tu mismo idioma y tiene las mismas raíces.

En La frontera se mezclan las anotaciones del joven Orlich, su cambio gradual en el ánimo, un amor inesperado y su toma de conciencia con los días del narrador en la isla lejos de la guerra, el sentimiento de ser un reflejo de Orlich, de tener que decidir también cuál es su lugar en la guerra. Vegliani juega con esta identificación del narrador y el joven Orlich, a la par que lee sus diarios, el narrador se cuestionará sus ideas, mirará el paisaje alrededor, tantos cambios, tantas banderas en pocos años, sentirá dudas y remordimientos, se cuestionará su papel en la contienda, si actuaría de la misma manera que el oficial Orlich en la gran guerra.

La frontera es una sucesión de reflejos, alguien que mira en la distancia una vida desconocida y sentirá que le une algo con ella, que hay gestos y sentimientos repetidos, que está al otro lado del espejo.




La gente del pueblo, los soldados, una guerra que era una revolución. ¡Dios, cómo me habría gustado que lo que decía Gabriella fuera verdad! A mí también me lo habían enseñado así. Y eran además las palabras de Mussolini, repetidas en todos los rangos de la jerarquía fascista, pintadas en letras negras en los muros, impresas en las postales a través de las cuales todos mandaban noticias a casa. La sangre contra el oro. Otra vez la sangre del pueblo, pero derramada en la balanza contra el maldito peso del oro. ¿Podía hallarse, para persuadir de que se hiciese la guerra, una razón más sugestiva? Y más actual, mil veces más actual, me repetía a mí mismo, que todas las razones, incluida la de la patria, con las que se habían movilizado los pueblos hasta entonces. Ya puestos, debo decir que yo había creído en ella, y que seguía haciéndolo. Mi miedo era otro. El de hallar escasos compañeros de fe. Entre la gente por la que sentía estima, quiero decir. A mí me había pasado lo siguiente, en los últimos tiempos, después del inicio de aquella guerra: me había parecido leer la desaprobación, o hasta el recelo, en los ojos de demasiadas personas, empezando por mis amigos justo por los que deberían haberse mostrado más cercanos a mí. Hasta el punto de que, cuando me los encontraba, trataba en lo posible de no tocar el tema. Mediocre remedio, claro, y que no me había bastado ni me bastaba para eliminar la sospecha, y podría decir la dolorosa sensación, de hallarme en cierto modo en el bando equivocado, y a causa de lo que yo creía y ellos no, por lo que parecía.

( … )

¿Tú te sentirías capaz -me preguntó a bocajarro-, solo porque te ha surgido alguna duda, solo porque te reconcome la conciencia, porque ha sucedido algo que no esperabas y que no ves claro, de abandonar a tu gente y el uniforme que llevas y tu bandera, y de irte, por ejemplo, con los que combaten en los bosques contra los italianos, con los que disparan a vuestros soldados por la espalda?
No me habría sentido capaz. Todavía hoy, si me volvieran a hacer esa pregunta, respondería del mismo modo. Pero no era el caso, naturalmente. Quiero decir que no era el mismo caso. He ahí la dificultad, la imposibilidad, el equívoco irremediable que supone comparar dos destinos. Por más que yo hubiera nacido y crecido en aquella tierra de naciones mezcladas, en una frontera confusa, no tenía nada en común, ni siquiera la lengua, con nuestros enemigos de entonces: los partisanos eslavos. Me dije que solo hasta cierto punto, y no sé en qué medida me percaté de estar negando lo que había afirmado con rotundidad un momento antes, que solo hasta cierto punto la patria era un hecho interior.
Franco Vegliani
La frontera (traducción de Miquel Izquierdo. Minúscula)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:46  | Libros...
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