Viernes, 28 de febrero de 2014

Un resplandor verde, un cilindro hundido en la tierra, unos tentáculos nerviosos y lentos, un pozo del que salen extraños ruidos y humo, unas máquinas de treinta metros de largo que emergen de la tierra para quitarle al hombre su dominio sobre ella, el éxodo y el terror en la huida de las ciudades, la nula resistencia e imágenes apocalípticas de una civilización a punto de ser aplastada, sentirse al otro lado del espejo, hormigas aplastadas por seres superiores, el ulular de los marcianos, los momentos de silencio en una ciudad devastada donde sentirse el único hombre sobre el planeta.

Wells me lleva a las historias de aventura de mi infancia, la emoción por lo desconocido, la lucha y los momentos de duda, las escenas impactantes, los seres de otros mundos, la odisea de los protagonistas que acaba en un final homérico. En La guerra de los mundos Wells dibuja una invasión extraterrestre que luego fue copiada una y otra vez. Un testigo de la guerra contra los marcianos recuerda los días donde el ser humano fue vencido por seres de otro planeta, la idea que se repite a lo largo de la novela de ser para los marcianos como hormigas para los seres humanos, algo fácil de aplastar y derrotar.

Hay acción y reflexión en esta invasión ideada por Wells, el inicio donde el narrador se pregunta por otros mundos, por la relación del hombre con el mundo que le rodea, por el futuro del hombre y si seguiremos algún día la estela de esos seres que dejaron atrás un mundo moribundo en busca de una oportunidad para sobrevivir. La llegada de los marcianos, la curiosidad que despiertan, la sensación de superioridad y de que nada podría ocurrirnos, descubrir la fragilidad ante otro seres y ser desterrados de la propia tierra. La invasión empieza cerca de Londres y se acerca a la ciudad, provoca la huida aterrada de la población, los caminos atestados, saqueos, robos y asesinatos. Y el narrador como testigo de todo ello, a veces dejándose llevar por la marea humana, a veces deteniéndose a observar para intentar comprender qué está ocurriendo, qué cambios conlleva ser poco menos que hormigas.

La guerra de los mundos es más la descripción de una pérdida y una huida más que una confrontación entre dos mundos. Una marabunta de seres humanos en la carretera, con sus pertenencias a cuestas, las cunetas con cadáveres, las ciudades derruidas y muertos ensuciados con un polvo negro en las calles, imágenes que anticipaban las guerras del siglo veinte. Wells acompaña al narrador en su intento de reencontrarse con su esposa, su deambular por Londres y los pueblos circundantes, sus observaciones de los marcianos desde su escondite y su intento de hacerse una composición de la nueva situación. Hay momentos para la aventura, las iniciales escaramuzas donde se cree poder vencer al invasor, los ataques casi suicidas, la retirada de los ejércitos, las persecuciones y las carreras para ponerse a salvo del peligro, también hay momentos donde se para la acción y se habla del lugar del ser humano en la naturaleza y su relación con ella.

Me gusta esta novela de Wells, cruzarla con Crónicas marcianas, por ejemplo, que el narrador de La guerra de los mundos mire al cielo y vea el resplandor rojizo de Marte y pensar en aquel colono de Bradbury que levanta la vista al cielo y ve un punto luminoso que es la Tierra, pensar en los marcianos de Dick, fantasmales, quebradizos, frágiles o en aquellos de las películas de los años cincuenta donde los extraterrestres suplantaban a los seres humanos. O recordar las novelas de Félix J. Palma que toman las novelas de Wells y al propio Wells como protagonistas. La guerra de los mundos abrió un camino.




Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que los asuntos humanos fueran vigilados de una forma atenta y detallada por inteligencias mayores que la del hombre y sin embargo tan mortales como la suya; que mientras los hombres se atareaban en sus asuntos eran escrutados y estudiados, quizá tan estrechamente como un hombre con un microscopio puede escrutar a las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia los hombres van de un lado para otro sobre su globo dedicados a sus pequeños asuntos, serenos en su seguridad de su dominio sobre la materia. Es posible que los infusorios, bajo el microscopio, hagan lo mismo. Nadie pensó nunca en los mundos más antiguos del espacio como una fuente de peligro para el hombre, o pensé en ellos sólo para desechar la idea de la vida en ellos como algo imposible o improbable. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de esos días pasados. Como máximo, los hombres de la Tierra especulaban sobre el hecho de que podía haber otros hombres en Marte, quizás inferiores a ellos y dispuestos a dar la bienvenida a una empresa misionera terrestre. Sin embargo, a través del abismo del espacio, mentes que en relación con las nuestras son como nuestras mentes en relación con las bestias perecederas, vastos, fríos e indiferentes intelectos, contemplaban esta Tierra con ojos envidiosos, y lentamente pero con seguridad trazaban sus planes contra nosotros. Y a principios del siglo XX llegó la gran desilusión.

( … )

Y antes de que los juzguemos demasiado duramente, debemos recordar que la crueldad y la destrucción absoluta de nuestras propias especies ha caído no sólo sobre los animales, como los desaparecidos bisontes y el pájaro dodo, sino también sobre nuestras propias razas inferiores. Los tasmanios, pese a su apariencia humana, fueron enteramente barridos de la existencia en una guerra de exterminio llevada a cabo por los emigrantes europeos en el espacio de cincuenta años. ¿Somos unos apóstoles de la piedad tan grandes como para poder quejarnos de que los marcianos lucharan con este mismo espíritu?

( … )

Durante algún tiempo permanecí de pie con las piernas temblorosas sobre aquel montón, sin pensar en mi seguridad. Dentro de aquel apestoso agujero del que acababa de salir sólo había pensando intensamente en nuestra seguridad inmediata. No me había dado cuenta de lo que le estaba ocurriendo al mundo, no había anticipado aquella estremecedora visión de cosas no familiares. Había esperado ver Sheen en ruinas... pero ahora me encontraba a mi alrededor un paisaje extraño y deprimente, de otro planeta.
En aquel momento experimenté una emoción más allá de la que experimentan los hombres, una emoción que las pobres bestias a las que dominamos conocen demasiado bien. Me sentí como puede sentirse un conejo que regresa a su madriguera y se ve enfrentado de pronto a una docena de atareados obreros que están cavando en ella los cimientos de una casa. Sentí los primeros síntomas de algo que más tarde se haría muy claro en mi mente y me oprimiría durante muchos días, una sensación de destronamiento, una persuasión de que yo ya no era el amo, sino un animal más entre los animales, bajo el tacón marciano. Nuestro destino sería el mimos que el suyo, acechar y vigilar, correr y esconderse; el imperio del hombre y el miedo que inspiraba habían pasado.
H.G. Wells
La guerra de los mundos (traducción de Domingo Santos. Planeta DeAgostini)


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Jueves, 27 de febrero de 2014

Padre,
          desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
                                        bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
                              este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
porque no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre,
                         bájate, ¿qué han hecho
de tu criatura, Padre?
                               ¿Un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?

Juan Gelman
Oración de un desocupado (en Violín y otras cuestiones)


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Mi?rcoles, 26 de febrero de 2014
Martes, 25 de febrero de 2014

Dos oficiales y un puente entre dos guerras mundiales, una tierra que ha pasado de un país a otro y la mezcla de idiomas, dialectos, las costumbres y las banderas, decidir el bando por el que luchar y saber que cualquier decisión acarreará una derrota y una pérdida pero, también, dignidad y honestidad con los propios sentimientos, las fronteras como algo difuso y personal, como una marca en la piel, los días de pesca en la costa y los momentos de placidez en el mar, los recuerdos que no nos pertenecen y sentir que seguimos otras huellas, un juego de espejos y las preguntas sobre qué es una patria.

Son los años cuarenta, la segunda guerra mundial avanza, cambian las fronteras y las banderas en Europa, hay muerte, exterminio, totalitarismos, se inventan nuevas armas y nuevas formas de lucha, los ejércitos se mueven por miles de kilómetros de tierras desoladas. Un oficial italiano llega a una isla de Dalmacia, un lugar que a lo largo de los últimos años ha pasado de un país a otro, que mezcla idiomas y pasados, un paraje recóndito donde parece que la guerra está lejos, muy lejos y su rumor llega apagado. En esa isla, el oficial, de permiso, conocerá la historia de otro oficial en la primera guerra mundial, Emidio Orlich, un joven austriaco de ascendencia italiana que se preguntará sobre sus raíces, si está en el bando adecuado, lo extraño que es combatir contra un enemigo que habla tu mismo idioma y tiene las mismas raíces.

En La frontera se mezclan las anotaciones del joven Orlich, su cambio gradual en el ánimo, un amor inesperado y su toma de conciencia con los días del narrador en la isla lejos de la guerra, el sentimiento de ser un reflejo de Orlich, de tener que decidir también cuál es su lugar en la guerra. Vegliani juega con esta identificación del narrador y el joven Orlich, a la par que lee sus diarios, el narrador se cuestionará sus ideas, mirará el paisaje alrededor, tantos cambios, tantas banderas en pocos años, sentirá dudas y remordimientos, se cuestionará su papel en la contienda, si actuaría de la misma manera que el oficial Orlich en la gran guerra.

La frontera es una sucesión de reflejos, alguien que mira en la distancia una vida desconocida y sentirá que le une algo con ella, que hay gestos y sentimientos repetidos, que está al otro lado del espejo.




La gente del pueblo, los soldados, una guerra que era una revolución. ¡Dios, cómo me habría gustado que lo que decía Gabriella fuera verdad! A mí también me lo habían enseñado así. Y eran además las palabras de Mussolini, repetidas en todos los rangos de la jerarquía fascista, pintadas en letras negras en los muros, impresas en las postales a través de las cuales todos mandaban noticias a casa. La sangre contra el oro. Otra vez la sangre del pueblo, pero derramada en la balanza contra el maldito peso del oro. ¿Podía hallarse, para persuadir de que se hiciese la guerra, una razón más sugestiva? Y más actual, mil veces más actual, me repetía a mí mismo, que todas las razones, incluida la de la patria, con las que se habían movilizado los pueblos hasta entonces. Ya puestos, debo decir que yo había creído en ella, y que seguía haciéndolo. Mi miedo era otro. El de hallar escasos compañeros de fe. Entre la gente por la que sentía estima, quiero decir. A mí me había pasado lo siguiente, en los últimos tiempos, después del inicio de aquella guerra: me había parecido leer la desaprobación, o hasta el recelo, en los ojos de demasiadas personas, empezando por mis amigos justo por los que deberían haberse mostrado más cercanos a mí. Hasta el punto de que, cuando me los encontraba, trataba en lo posible de no tocar el tema. Mediocre remedio, claro, y que no me había bastado ni me bastaba para eliminar la sospecha, y podría decir la dolorosa sensación, de hallarme en cierto modo en el bando equivocado, y a causa de lo que yo creía y ellos no, por lo que parecía.

( … )

¿Tú te sentirías capaz -me preguntó a bocajarro-, solo porque te ha surgido alguna duda, solo porque te reconcome la conciencia, porque ha sucedido algo que no esperabas y que no ves claro, de abandonar a tu gente y el uniforme que llevas y tu bandera, y de irte, por ejemplo, con los que combaten en los bosques contra los italianos, con los que disparan a vuestros soldados por la espalda?
No me habría sentido capaz. Todavía hoy, si me volvieran a hacer esa pregunta, respondería del mismo modo. Pero no era el caso, naturalmente. Quiero decir que no era el mismo caso. He ahí la dificultad, la imposibilidad, el equívoco irremediable que supone comparar dos destinos. Por más que yo hubiera nacido y crecido en aquella tierra de naciones mezcladas, en una frontera confusa, no tenía nada en común, ni siquiera la lengua, con nuestros enemigos de entonces: los partisanos eslavos. Me dije que solo hasta cierto punto, y no sé en qué medida me percaté de estar negando lo que había afirmado con rotundidad un momento antes, que solo hasta cierto punto la patria era un hecho interior.
Franco Vegliani
La frontera (traducción de Miquel Izquierdo. Minúscula)


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Lunes, 24 de febrero de 2014

los lunes de anay. back to basics...


Los lunes de Anay. Back to basics...

"El carácter se forma los domingos por la tarde"
                                                                      RAMÓN EDER


ESCAMAS

Dejo atrás
mi obsesión por el detalle,
esa forma kafkiana de protesta.

(Habida cuenta
de que tendré que huir,
haré bien en librarme de un mal poso)

                                                       ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Este hijo de mil putas lo ha puesto todo perdido de vómito.
Sus pies bajaban a golpetazos por unos peldaños. Cerró los ojos. Cruzaron balasto y tierra, sus talones formando pequeños arcenes de porquería. Un mundo borroso retrocedía por encima de sus pies vueltos hacia arriba, perfiles de chozas torcidas surgidas de la luz azulada de un miserable farol. La carcasa ruginosa de un automóvil pasó lentamente por su derecha. Escenas imprecisas amalgamándose en la noche estival, macilenta aguada de fertalla escorada contra un cielo de papel, barqueros de Rorschach remando nudos sobre un mar pavimentado de luna. Yacía con la cabeza apoyada en la mohosa tapicería de un asiento viejo de automóvil entre cajas de embalaje y zapatos rojos y juguetes de goma agrietados por el sol. Una cosa caliente le corría por el pecho. Levantó una mano. Me desangro. Me muero.
Una cosa caliente le salpicó la cara, el pecho. Volvió la cabeza con esfuerzo, agitando la mano. Estaba mojado y apestaba. Abrió los ojos. Una mano negra estaba recogiendo una manguera flexible, abrochaba algo, dábase la vuelta. Una enorme silueta se alejó tambaleante por el cielo hacia el amanecer malva y glauco de las farolas.
La mollera del borrachín se serena; ven, dulce nada.
Quisiera ponerle medias suelas a estos zapatos, soñé que soñaba.
Un viejo zapatero remendón alzó la vista de su horma y su leza, la mirada empañada tras los cristales.
Estas suelas no tienen arreglo, muchacho, están ya muy gastadas.
Es que no tengo más.
El viejo meneó la cabeza.
Olvídate de estas y búscate otras.
Suttree gimió. Una locomotora maniobraba vagones a lo lejos en una vía muerta, telescopándolos en crescendo enganche a enganche para culminar en un retumbo de hieros que hizo vibrar los bastidores de ventana en todo McAnally Flats. Al socaire de semejante fanfarria formas opacas de ojos furtivos y dientes verdosos se concretaron amenazadoras en la oscuridad del hemisferio.
Cormac McCarthy
Suttree (traducción de Pedro Fontana. Debolsillo)


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Domingo, 23 de febrero de 2014

entro en tu mirada por un instante

el atardecer y la silla vacía
el libro sobre la mesa de café
la importancia de lo que no se ve

mueves tu cuerpo atrás y adelante
detienes la vibración con la palma de la mano
(cae un pequeño hilo al suelo)

tu cuerpo explica quiénes somos

perdedores sin rendición posible


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S?bado, 22 de febrero de 2014

El sonido de un río y las lluvias del monzón, vidas que se entrecruzan y pequeños gestos que, unidos, llevan al desastre, el paisaje exuberante, los deseos que no se pueden contener, a quién amar y cómo hacerlo, las huellas de los dioses y cuáles son reales, muertos que parecen moverse dentro de los ataúdes y chicos que enmudecen de un día para otro, una barca que une a dos amantes y los reencuentros tras años de separación, seres que se consumen y otros que conservan un pequeño resplandor, los encuentros furtivos en un cine y el adiós a la infancia, volver al punto de partida y descubrir las diferencias, las ausencias, quiénes éramos y en quién nos hemos convertido.

Los tiempos y las voces se cruzan en El dios de las pequeñas cosas, una caja china donde caben las historias de tres generaciones de una familia, sus deseos, sus fracasos, los amores prohibidos y los amores perdidos, las diferentes creencias religiosas, el mundo que se presenta de diferentes maneras (a través de viajes, de la televisión, de las historias familiares que se convierten en leyendas). Rahel regresa a la casa familiar tras el fracaso de su matrimonio, y con ella, el reencuentro con el pasado de su familia, el día donde su prima se ahogó en el río, el viaje a la ciudad para ver Sonrisas y lágrimas, el silencio de su hermano Estha que parece alejarlo de todo y de todos, el amor de su madre por un hombre de una casta inferior, el pasado remoto cuyos ecos aún resuenan en el presente y parecen dirigir los pasos de la familia hacia el desastre.

En El dios de las pequeñas cosas conviven el sonido del río y el paisaje cambiante (un paisaje que puede ser lujurioso, tranquilo o furioso), una casa que une tiempos y amores entre sus paredes, la lucha de las catas inferiores por tener otro lugar en la India, los colores de la tierra que sombrean a los personajes, el momento donde se apaga la infancia y se inicia la madurez con un acto de terror puro. El regreso de Rahel conlleva el enfrentamiento con las personas, lugares y hechos que llevaron al desastre a la familia, gestos que, por separado, parecían pequeños pero que al unirlos conformaron un destino extraño y doloroso.

Por momentos, El dios de las pequeñas cosas me recordó la película El río de Jean Renoir, leía sus capítulos y volvía al colorido y los sonidos de la película de Renoir. Arundhati Roy se para en la voluptuosidad del paisaje, en juntar tiempos y miradas, en pasar una y otra vez por los mimos hechos en busca de una explicación, hay algo de sueño en la realidad, de dolor en el amor, las emociones de los personajes de pasiones que son como caminar junto al borde de un acantilado. El dios de las pequeñas cosas tiene la musicalidad y la repetición de una leyenda.





Mayo, en Ayemenem, es un mes caluroso y de ansiosa espera. Los días son largos y húmedos. El río mengua y negros cuervos se dan atracones de lustrosos mangos sobre árboles inmóviles, de un verde polvoriento. Las bananas rojas maduran. Los frutos de las nanjeas estallan. Los despistados moscones zumban sin rumbo fijo en el aire afrutado y acaban estrellándose contra los cristales para morir, gordos y desconcertados, al sol.
Las noches son claras, aunque cargadas de apatía y de indolente expectación.
Pero a comienzos de junio irrumpe el monzón, que sopla del sudoeste, y hay tres meses de agua y viento, con breves intervalos de un sol fuerte y reluciente que los niños, llenos de entusiasmo, aprovechan para jugar. El campo se torna de un verde lujuriante. Las lindes se van desdibujando a medida que los setos de tapioca echan raíces y flores. Las paredes de ladrillo adquieren un color verde musgo. Los pimenteros trepan por los postes de la electricidad. Por los taludes de laterita asoman enredaderas silvestres que se extienden y atraviesan los caminos inundados. Navegan barcas por los bazares. Y aparecen pececillos en el agua que llena los baches de las carreteras.

( … )

Una vez llegado, el silencio se instaló en Estha y se extendió por todo su ser. Salió de su cabeza y lo envolvió con sus viscosos brazos. Lo meció al ritmo de un latido antiguo, fetal. Fue extendiendo poco a poco sus tentáculos furtivos y llenos de ventosas por el interior de su cráneo, aspirando los montículos y las hondonadas de su memoria, desplazando viejas frases, birlándoselas de la punta de la lengua. Quitó a sus pensamientos las palabras necesarias para describirlos y los dejó pelados y desnudos. Impronunciables. Entumecidos. Y, por lo tanto, tal vez casi inexistentes para cualquier observador. Lentamente, con el paso de los años, Estha se fue apartando del mundo. Se fue acostumbrando cada vez más al incómodo pulpo que vivía en su interior y que inyectaba aquella tinta tranquilizante en su pasado. Poco a poco la razón de su silencio fue quedando oculta, sepultada en las profundidades de los pliegues sedantes del hecho en sí.

( … )

Cuando Larry abrazaba a su mujer, la mejilla de ésta quedaba a la altura de su corazón. Era lo suficientemente alto para verle la coronilla y contemplar el oscuro revoltijo de su pelo. Cuando le ponía un dedo en la comisura de la boca, sentía un minúsculo latido. Le encantaba su emplazamiento. Y aquella pulsación apenas perceptible, indefinida, justo debajo de la piel. Cuando la tocaba, escuchaba con los ojos, como un futuro padre que siente cómo se mueve su hijo nonato dentro del vientre de la madre.
La acariciaba como si fuese un regalo. Que le fue dado por amor. Algo pequeño y apacible. Insoportablemente valioso.
Pero cuando hacían el amor se sentía ofendido por sus ojos. Se comportaban como si pertenecieran a otra persona. A alguien que estuviera observando. Que estuviera mirando el mar desde una ventana. O a una barca en el río. O a un transeúnte que llevara sombrero en medio de la bruma.
Se exasperaba porque no sabía qué significaba aquella mirada. La situaba a medio camino entre la indiferencia y la desesperación. No sabía que en algunos lugares, como en el país del que procedía Rahel, había diferentes clases de desesperación que pugnaban por la primacía. Y que la desesperación personal nunca llegaba a ser lo suficientemente desesperada. Que algo sucedía cuando la confusión personal chocaba casualmente con el altar levantado al borde del camino a la confusión pública de una nación. Una confusión inverosímil, insensata, ridícula, torrencial, circundante, violenta, inmensa. Sucedía que el Dios Grande bramaba como un viento tórrido exigiendo reverencia. Y entonces el Dios Pequeño (agradable y contenido, privado y limitado) retrocedía cauterizado, riéndose, aturdido, de su propia audacia. Acostumbrado a la constante confirmación de su inconsecuencia, se tornaba acomodaticio e indiferente. No había mucho que importara. Nada de lo que importaba, importaba mucho. Y, cuanto menos importaba, menos importaba. Nada tenía nunca suficiente importancia. Porque cosas peores habían sucedido. En el país del que ella procedía, en eterno equilibrio entre los terrores de la guerra y los horrores de la paz, continuaban sucediendo las peores cosas.
Así que el Dios Pequeño se reía con una risa ahogada y se alejaba retozando alegremente. Como un niño rico en pantaloncitos cortos. Silbando, pateando piedrecitas. La fuente de su frágil regocijo era la relativa pequeñez de su desgracia. Se encaramaba a los ojos de la gente y se convertía en una expresión exasperante.
Lo que Larry McCaslin veía en los ojos de Rahel no era desesperación, ni mucho menos, sino una especie de optimismo forzado. Y un vacío donde antes habían estado las palabras de Estha. No cabía esperar que lo entendiera. Que el vacío en uno de los gemelos no fuese más que la versión del silencio del otro. Que las dos cosas encajasen. Como una cuchara sobre otra. Como los cuerpos familiares de los amantes.
Arundhati Roy
El dios de las pequeñas cosas (traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. Anagrama)


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Viernes, 21 de febrero de 2014

Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra.
Y si tuviésemos más fuerza todavía
para presionar con toda la dureza
esa tierra, sólo nos quedaría
entre las manos un poco de agua.
Y si fuese posible aún
oprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos
nada.
Ángel González
Eso no es nada (en Áspero mundo)


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Jueves, 20 de febrero de 2014

Me dice que está releyendo El bosque animado, que está dividido en estancias y que algunas de ellas son pequeñas fábulas protagonizadas por gatos, árboles o murciélagos que avisan de la llegada de la noche, que la estancia xiii le recuerda a mí, la luz de una luciérnaga entre caminos de polvo y bosques.

Termino El bosque animado y siento que hay algo que me conecta con él, que no me es desconocido, las chozas entre los árboles, los pazos de piedra, los pequeños montes, el rumor de los árboles, las truchas en los ríos, el tenue fulgor de las luciérnagas, las romerías y las historias de aparecidos y la santa campaña.

En aquel tiempo, un fotógrafo en motocicleta, los bailes y celebraciones de la Ribeira de Piquín, muchachos en traje negro y camisa blanca y muchachas con faldas largas y chaquetas de lana, los gestos despreocupados, el primer cigarrillo, la cerveza fría, el movimiento detenido de un paso de baile, las miradas cruzadas, un ataúd blanco en un camino negro, un taller de carpintero bajo un hórreo, las aprendices de costurera y los aprendices de carpintero.

Aquel tiempo es mío.


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Mi?rcoles, 19 de febrero de 2014
Martes, 18 de febrero de 2014

Una fraga que cobija árboles que cantan y acogen animales, cuevas y casas donde habitan mujeres famélicas y hombres con una pata de palo, ventanas encendidas que parecen pequeñas estrellas en la lejanía, bandidos que quieren robar en la casa del cura, topos que buscan a su mujer perdida, moscas sin memoria y gatos que intentan imitar a los grandes felinos, una vía férrea y el sonido del tren, truchas que compiten por ver quién se lleva el saltamontes o la mosca del anzuelo, historias de aparecidos y meigas, las luces fantasmales de la santa campaña y un gusano viajero, promesas por cumplir y los últimos segundos bajo tierra y nuestro deseo más íntimo que se cumple antes de morir.

El bosque animado es la historia de la fraga de Cecebre, un microcosmos de animales, árboles y seres humanos que conviven, luchan, se ayudan o se cuentan historias de otros tiempos. Dividida en estancias, El bosque animado es un libro tierno, luminoso, a veces triste, se cruzan las conversaciones de los árboles con postes telegráficos con historias de marinos que pierden una pierna en la caza de la ballena, un hombre que decide ser bandido con los conjuros de la meiga, una reunión de moscas con visitas a la ciudad. Todo parece ordenado en la fraga de Cecebre, está el bandido, el cura, la meiga, el señor del pazo, las lecheras.

Wenceslao Fernández Flórez une la naturaleza con las emociones de los hombres, los árboles que ocultan y cuidan las casas dentro de la fraga como si fueran madrigueras, las pequeñas cabañas donde fumar y pensar en amores perdidos y el horizonte montañoso que parece aislar la fraga y los sentimientos del resto del mundo, los días de lluvia y niebla que empequeñecen el ánimo y las noches de luna que crean sombras, miedos y la emoción de la aventura. La fraga es un territorio mágico, mítico, la pequeña barrera que la separa de la aldea, los caminos de tierra, el rumor del viento en los árboles y el río, los aparecidos que esperan que alguien cumpla por ellos la promesa que hicieron en vida y que sueñan con las cotas americanas. Entrar en ella es entrar en un lugar de leyenda, tan importante es la aventura de un topo en busca de su mujer o un murciélago que avisa de la llegada de la noche como la tristeza de Geraldo por su amor perdido, los intentos de Fendetestas por robar en la casa del cura o la luz del sol entre las ramas de los árboles, el cambio de las estaciones, la lluvia que enverdece la fraga. Todo está unido dentro de la fraga, señales de un mismo mapa.

Hay momentos inolvidables, la forma de robar de Fendetestas al grito de ¡me caso en Soria!, el deambular de un gusano preguntándose por su fealdad e inutilidad, las conversaciones de los joviales árboles con un poste telegráfico gruñón, los lamentos del ánima Fiz Cotovelo, el amor sencillo de Geraldo por Hermelinda, la batalla de los gatos por cazar un buey, unas galerías bajo tierra con seres extraños, medio hombres, medio animales, un descanso antes de la muerte. Las estancias de El bosque animado se desarrollan con pausa, cuentan pequeñas historias a veces homéricas, a veces melancólicas.





Nadie puede decir exactamente por qué, y hasta quizá lo negaría, pero todos los espíritus sienten una turbación cuando les envuelve la fraga; los niños no pasan de sus linderos, las muchachas la atraviesan con un recelo palpitante porque se acuerdan por la noche de ese fantasma alto, alto y blanco, blanco, que es la Estadea, y por el día, del sátiro al que los poetas han hecho funerales desde que nadie volvió a verle en las montañas polvorientas de Grecia ni en las florestas de Italia, pero que vive misteriosamente refugiado —con el extraño nombre de Rabeno— en las umbrías de Galicia, sin más cronistas que las viejas y las mozas que hablan de él entre risas y miedos, en la penumbra de la cocina donde arden el tojo y el brezo y las ramas de roble vestidas de musgo gris. Cuando los hombres que van a la feria de Cambre atraviesan la honda corredoira, piensan que es una buena y fanfarrona compañía el ruido que hacen en los guijarros las herraduras de sus caballejos menudos, omnívoros y despeinados, de color guinda en aguardiente, que no galopan nunca, pero no se cansan jamás. Y el señor del pazo, si pasea lentamente por los asombrados veriles, se acuerda de que escribió algunos versos en su juventud, y otras veces medita sin amargura en la muerte.
La fraga es ella misma un ser compuesto de muchos seres. Como la ciudad. Pero es más varia que la ciudad, porque en la ciudad el hombre lo es todo y su carácter se imprime hasta el panorama urbano, y en la fraga el hombre resulta apenas un detalle del que se puede prescindir. Hasta no es muy seguro que el hombre sea también en la fraga la conciencia de la naturaleza, porque cuando el lagarto se queda inmóvil, como una joya verde y añil abandonada sobre una roca, o la urraca se detiene en un árbol a mirar con sus ojos pequeñitos los charcos que brillan y las hojas que tiemblan, o el penacho apretado y tierno de un pino de cuatro años se asoma sobre el tojo, podría jurarse que de alguna manera sienten en su sangre o en su savia la dulzura, el misterio y el encanto de aquel lugar.
Éste es el libro de la fraga de Cecebre.
San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves. Ni llanuras ni tierras ociosas. Gente honesta que no desdeña ni el vino nuevo ni las costumbres antiguas, y cuyo vago amor a lo extraordinario les impele a buscar en el Santoral los nombres que juzgan más infrecuentes o más bellos al bautizar a sus hijos. Parece que está en el fin del mundo, pero en los días de noroeste el aullido de las sirenas de los transatlánticos que anclan en La Corana llega hasta allí, salvando quince kilómetros, y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy por ambos hemisferios.
En el idioma de Castilla, fraga quiere decir breñal, lugar escabroso poblado de maleza y de peñas. Pero tal interpretación os desorientaría, porque fraga, en la lengua gallega, significa bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles. Si fuese sólo de pinos o sólo de castaños o sólo de robles, sería un bosque, pero ya no sería una fraga.
Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta, vertida hacia fuera, en estado —aunque transitorio— de novedad, se entera de muchas historias. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar, con aquella ternura y aquella emoción y aquel afán y aquel miedo de saber que hay en el espíritu de los niños. Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas; que está animado el bosque entero; almas infantiles también, pequeñitas y variadas, como mariposas, y que se entienden, sin hablar, con la nuestra, como se entienden entre sí los niños pequeñitos que tampoco saben hablar. Pero los hombres suelen llevar rayada ya —como un disco gramofónico— la superficie endurecida de su ánimo, con sus lecturas y sus meditaciones, con sus placeres y sus ocupaciones, con sus cariños y sus aborrecimientos. Y van de aquí para allá, pero siempre suenan lo mismo, como sonaría el disco en aparatos diversos, y ellos no pueden escuchar nunca más que la propia voz de su vida ya cuajada. Es en vano que pasen de la montaña al mar o de las calles asfaltadas a los senderillos aldeanos, porque la aguja de cualquier emoción correrá fatalmente por las rayitas de su alegría o de su desgracia y sonará la canción de siempre. Si esos hombres se asoman a la fraga, piensan que el aire es bueno de respirar, o en cuánto dinero producirá la madera, o en la dulzura de pasear entre la sombra verde con su amada, o en devorar una comida sobre el musgo, cerca del manantial donde pondrían a refrescar las botellas. Nada más pensarían, y en nada de ello estaría la fraga, sino ellos. ¡Triste obsesión que hace tan pequeños los horizontes de la vida como el redondel de un disco! ¡Yo, yo, yo!, va raspando la aguja hasta ese final que copia tan bien los estertores humanos.
Éste es el libro de la fraga de Cecebre. Si alguno de esos hombres llega a hojearlo, ¿podrá encontrar la ternura un poco infantil necesaria para gustar sus historias?

( … )

Cuando Fendetestas abandonó sus tareas de jornalero en Armental para emprender la higiénica vida del ladrón de caminos, no disponía más que de un pistolón probado algunas veces en las reyertas de romería, y cuyo cañón, enmohecido y atado con cuerdas, parecía casi el cañón de un trabuco. Fendetestas llevó también a la fraga un ideal: robar la casa de algún cura. No hubo ni hay en el campo gallego un solo ladrón que no haya robado a un cura o soñado en robarle. Es un tópico de la profesión. Puede ocurrir —y hasta es frecuente— que los curas sean más pobres que los mismos labriegos, pero esto no librará a sus casas del asalto. Se ignora el espejismo o la voluptuosidad que incita a los ladrones a preferir estas empresas —acaso una reminiscencia de los tiempos del clero poderoso y feudal—, pero puede afirmarse que si desapareciesen súbitamente de Galicia todos los curas, todos los ladrones se encontrarían desconcertados y con la aprensión angustiosa de que se había acabado su misión en las aldeas.
Xan de Malvís pensó, naturalmente, en robar a un párroco, pero aplazó su proyecto para cuando hubiese adquirido cierta perfección en el oficio. Las primeras semanas las dedicó a desvalijar a los labriegos que volvían de vender ganado en las ferias. Se tiznaba grotescamente el rostro y aparecía en lo sumo de la corredoira dando brincos, apuntando con el pistolón y gritando, para amedrentar a sus víctimas:
—¡Alto, me caso en Soria!
Y no le iba mal. Apañó el primer mes dieciocho duros, más de lo que ganaba en un trimestre trabajando para los labradores de Armental. Comía lo suficiente, dormía en una cueva arcillosa que iba dando, poco a peco, a su traje la dureza de una tabla, y entretenía sus largos ocios haciendo trampas para pájaros. Por las noches miraba largamente la luna, oía los perros de las aldeas, rezaba un padrenuestro y resbalaba hasta el sueño pensando: «El día que me resuelva a robar en la casa del cura…».
Wenceslao Fernández Flórez
El bosque animado (Austral)


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Lunes, 17 de febrero de 2014



Los lunes de Anay. Algias...

"solo duele la paz ardiendo,

y ardo"
              CARMEN PALMARÉS


SONETO

Y no estás en la lluvia que se filtra
entre las piedras de esta larga calle
llena de historia y árboles indómitos.

Y no estás en los ojos de mi novia,
grises y azules y naranjas, como
el Rin en julio cuando sale el sol.

Y ni siquiera estás entre mis dedos
sordos, Dios mío, que se pasan horas
metidos en las hojas de los libros
más absurdos, buscándote, buscándote.

En la lluvia, entre piedras, en la calle,
en los ríos y el sol lleno de historias,
metido entre las hojas amarillas
y rojas y naranjas, ni siquiera.
                                                     ALFREDO FÉLIX-DÍAZ




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:53  | Los lunes de Anay
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Que lo último que podía hacerse era meterse a pensar por los demás.
-Unos necesitan más tiempo que otros para pensar -dijo.
Aurora se puso furiosa.
-Pero ¿pensar en qué? ¿En las musarañas? Tú síguele dando alas y verás qué desastre.
Yo no intervenía en aquellas discusiones más que cuando no tenía más remedio; y si podía, los dejaba enzarzados a mi costa.
Pero, aunque consiguiese escabullirme, Aurora venía a mi cuarto y allí me daba las grandes batidas a solas. Recuerdo mi sobresalto cuando oía su taconeo que se acercaba por el pasillo, porque no me solía dar tiempo a meterme en la cama y fingir que dormía, única manera de escapar a aquella avalancha de interrogatorios, seguidos del insoportable monólogo final. No se resignaba a aceptar que su labor en mí no diese frutos, y mi resistencia la enfurecía.
Una noche en que yo estaba muy triste y decidí no contestarle a nada, fue presa de una especie de ataque histérico y se puso a tirarme del pelo y a darme puñetazos. Tuvieron que venir Rita y mi pare a separarla de mí. Yo me puse a desnudarme tranquilamente para que, por lo menos, las mujeres se fueran, pero Aurora se quedó.
-¡Ahí le tienes! -me señalaba, entre lágrimas, desde una butaca-. ¡Ahí tienes el fruto de la libertad que le has dado!: un ser completamente pasivo, sin sentimientos ni voluntad. Ya veremos lo que hace cuando no tenga los cinco duros que le da papá y no pueda encerrar en esta habitación...
Y añadió como rúbrica, casi con regodeo, antes de marcharse dando un portazo porque yo me estaba empezando a quitar los pantalones:
-¡Cuando se vea convertido en lo que siempre va a ser, un muerto de hambre!
Carmen Martín Gaite
Ritmo lento (Siruela)


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Domingo, 16 de febrero de 2014

me dice que los días se suceden
que los días pasan

habla en un susurro
la mirada al cielo
en busca de un nuevo paraíso

me abraza y me pregunta cómo tengo los ojos

(tanteo la realidad
para verificar que existe)

le respondo que tengo los ojos abiertos
que veo el banco de niebla a su espalda
que la costa parece un cuento de piratas

recuerdo su miedo a convertirse en Sísifo


http://www.goear.com/listen/e54a084/reiki-6-en-voz-elena-sagredo-elena-sagredo


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S?bado, 15 de febrero de 2014

El reencuentro de dos hermanos y los cambios tras las años de ausencia, el anarquismo idealista de uno y la calma y domesticación del otro, la lucha por aquello en que se cree y el sonido de la tierra sobre un ataúd, las tabernas donde tramar pequeñas revueltas, una maleta con dinamita y las discusiones entre anarquismo y socialismo, el amor que aposenta la vida y el reencuentro con las huellas del pasado, la bondad y la necesidad de ir siempre hacia delante y la pobreza que acecha en cualquier lugar, en cualquier momento, un barrio rodeado de cementerios y las canciones revolucionarias.

Aurora roja termina la trilogía La lucha por la vida de Baroja. Se relajan los cuadros costumbristas y se ahonda en los aspectos políticos de la época, las reuniones clandestinas de los anarquistas, las diferentes facciones, los que apelan a la dinamita y los que quieren asociarse para ganar fuerza, la diferencia con los socialistas y los republicanos. Si en La busca y Mala hierba se centraba en los vaivenes de Manuel, su llegada a Madrid su vida a trompicones, sus relaciones con delincuentes, prostitutas o expatriados, las noches a descubierto y las casas en ruinas como único cobijo, sus diferentes trabajos, las pequeñas derrotas y la toma de decisiones, en Aurora roja Manuel se calma, encuentra una casa y un trabajo, compra una imprenta y abre un negocio, se acerca a Salvadora y parece que terminan tantos años de calle y ruina. La llegada de su hermano Juan, un antiguo seminarista reconvertido en anarquista, un hombre cuyo lema es !adelante, siempre! le hará descubrir en un mundo desconocido, reflexionar sobre la política y la justicia, la posición de la sociedad y la lucha de clases. Manuel, tranquilo después de sus años difíciles, asiste atónito al idealismo de su hermano, a los que piden sangre como medio de subvertir la sociedad, a los que entran en discusiones bizantinas donde las palabras se magnifican y se retuercen para captar adeptos.

Manuel se reencuentra con la Justa, él que pertenece al bando de los salvados, ella que sigue en la calle, el cuerpo y el alma deformados, se entera de la muerte mísera de Don Alonso, el antiguo artista de circo que parecía anclado al pasado, se asocia con Roberto Hasting para abrir una imprenta, ve el idealismo de su hermano Juan y no sabe cómo adecuarlo a la realidad, sufre por ese hermano soñador que va de derrota en derrota. Baroja vuelve a emparentar el paisaje con los personajes, los amaneceres oscuros, la copa de los árboles sobre la tapia del cementerio (la presencia constante del cementerio), el viento cambiante, el humo negro y la ceniza de los fábricas, la sensación de algo inquietante y oscuro que se cierne sobre los personajes.

Los rincones y personajes de La lucha por la vida confluyen en Aurora Roja, las tabernas, los cafetines, los bailes, los merenderos, los chulos y las mujeres que se dan a la vida, la golfería, los suburbios y los cementerios, los polizontes y los anarquistas, las expresiones castizas, los timadores y los cajistas, las bravuconadas y los ideales sencillos. Es un final agridulce, termina el viaje iniciático de Manuel, los años de lucha, las calles que cambian, las personas que aparecen para quedarse o desaparecen sin dejar rastro pero que dejan una impronta en su ánimo, la sensación de haber pasado unos días en otro tiempo, en otro espacio.




El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo había hecho un parque dedicado a la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo, con su lluvia de gérmenes en un mundo vivo; con una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.
Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.
Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados: las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio: los pájaros piaban en los árboles junto a las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.
Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían, envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.
Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto a sus tallos y a sus hojuelas verdes se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.
En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...

( … )

—¿Pero no es más lógico —decía Morales—, reunir las energías de toda clase, para ir avanzando poco a poco, hasta llegar a un gran desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que es una cosa como los polvos de la Madre Celestina, para traer la felicidad del mundo?
Juan sonreía.
—La anarquía hay que sentirla —solía decir.
—Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea o por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
—Para los burgueses, sí.
—Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
—Puede ser un crimen conveniente.
—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara, tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.
—La anarquía hay que sentirla —terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver a Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba a nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba a la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego, la predicación de la rebeldía terminaba, en los espíritus independientes, en ser rebelión contra el dogma, y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas..., y el anarquismo, con su crítica destructora, se destruía y se descomponía a sí mismo. Se había disgregado, fundido; había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la desesperación, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar: su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio oficial.

( … )

Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado a nuestra vida en mayor cantidad que el placer, o al contrario? Eso no lo puede calcular nadie, ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es mas que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas a los demás; ellos te lo disputan a ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; éste es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.
—Pero no todos están a bastante altura para luchar —dijo Manuel.
—El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.
Pío Baroja
Aurora roja (editorial Caro Raggio)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:45  | Libros...
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Viernes, 14 de febrero de 2014

Mañana sábado, quince de febrero, la protectora SOS Bilbao organizará su rastrillo mensual en la plaza Gernika de Santurce, esta vez dedicado a los perros de caza. Habrá buen ambiente, la compañía de algunos perros de la protectora, ropa, accesorios para gatos y perros, bisutería, decoración, libros (en el último rastrillo encontré un Vonnegut descatalogado). Todo lo recaudado irá al mantenimiento de los perros y gatos de la protectora. Nos veremos allí.


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Ya vamos a por el segundo rastrillo del año el sábado 15 de febrero, una fecha que, desgraciadamente, coincide con una de las temporadas más duras del año para las protectoras de animales: EL FIN DE LA TEMPORADA DE CAZA.

En este período cientos de perros se convierten en despojos de cazadores a los que ya nos les aportan ningún beneficio. Cientos de setters, bretones, bracos, pointers, grifones, galgos, podencos… útiles de caza, perros anónimos, serán abandonados a su suerte estos días, colgados de un árbol, arrojados a un pozo o lo que entre tanta miseria mejor pinta, abandonados en frías jaulas de perreras.

Las perreras ya empiezan a colapsarse de perros aterrorizados, inquietos y desconcertados. Sus miradas se nos clavan, nosotros sabemos que nunca los han tratado bien. Por ellos haremos todo posible para que se sientan queridos por primera vez, y para siempre.

En este rastrillo, haremos un homenaje a nuestros PERROS DE CASA. ¡No podéis faltar! Veniros con vuestros perros de casa a mostrar vuestro rechazo hacia este supuesto deporte que condena la vida de seres inocentes sin cesar, sin lógica ni compasión.

Padrinos, casas de acogida, adoptantes… también os esperamos allí.

Estaremos el día 15 de Febrero en el Parque Gernika de Santurtzi de 10:00h a 15.00h. Todo lo recaudado irá destinado íntegramente para ellos, los protagonistas de todo esto.

Como habitualmente, recogeremos aquellas cosas que no utilicéis y donaciones para ellos (huesos, kongs, medicamentos, champús… ).

¡OS ESPERAMOS!


Publicado por elchicoanalogo @ 6:35  | Notas de prensa
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Jueves, 13 de febrero de 2014

Hoy te saludo brutalmente:
como un golpe de tos
o una patada.
¿Dónde te metes,
a dónde huyes con tu caja loca
de corazones,
con el reguero de pólvora que tienes?
¿Dónde vives:
en la fosa en que caen todos los sueños
o en esa telaraña donde cuelgan
los huérfanos de padre?

Te extraño,
¿sabes?
como a mí misma
o a los milagros que no pasan.
Te extraño,
¿sabes?
Quisiera persuadirte no sé de qué alegría,
de qué cosa imprudente.

¿Cuándo vas a venir?
Tengo una prisa por jugar a nada,
por decirte "mi vida"
y que los truenos nos humillen
y las naranjas palidezcan en tu mano.
Tengo unas ganas de mirarte al fondo
y hallar velos
y humo,
que, al fin, parece de llama.

De verdad que te quiero,
pero inocentemente,
como la bruja clara donde pienso.
De verdad que no te quiero,
pero inocentemente,
como el ángel embaucado que soy.
Te quiero, no te quiero.
Sortearemos estas palabras
y una que triunfe será la mentirosa.

Amor...
(¿Qué digo? estoy equivocada,
aquí quise poner que ya te odio.)
¿Por qué no vienes?
¿Cómo es posible
que me dejes pasar sin compromiso con el futuro?
¿Cómo es posible que seas austral
y paranoico
y renuncies a mí?

Estarás leyendo los periódicos
o cruzando
por la muerte
y la vida.
Estarás con tus problemas de acústica y de ingle,
inerte,
desgraciado,
entreteniéndote en una aspiración del luto.
Y yo que te deshielo,
que te insulto,
que te traigo un jacinto desplomado;
yo que te apruebo la melancolía;
yo que te convoco
a las sales del cielo,
yo que te zurzo:
¿qué?
¿Cuándo vas a matarme a salivazos,
héroe?
¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia?
¿Cuándo?
¿Cuándo vas a llamarme pajarito
y puta?
¿Cuándo vas a maldecirme?
¿Cuándo?
Mira que pasa el tiempo,
el tiempo,
el tiempo,
y ya no se me aparecen ni los duendes,
y ya no entiendo los paraguas,
y cada vez soy más sincera,
augusta...
Si te demoras,
si se te hace un nudo y no me encuentras,
vas a quedarte ciego;
si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota,
voy a llamarme nunca.

Ayer soñe que mientras nos besábamos
había sonado un tiro
y que ninguno de los dos soltamos la esperanza.
éste es un amor
de nadie;
lo encontramos perdido,
náufrago,
en la calle.
Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.
Por eso, cuando nos mordemos,
de noche,
tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.
Pero no importa,
bésame,
otra vez y otra vez
para encontrarme.
Ajústate a mi cintura,
vuelve;
sé mi animal,
muéveme.
Destilaré la vida que me sobra,
los niños condenados.
Dormiremos como homicidas que se salvan
atados por una flor incomparable.
Y a la mañana siguiente cuando cante el gallo
seremos la naturaleza
y me pareceré a tus hijos en la cama.

Vuelve, vuelve.
Atraviésame a rayos.
Hazme otra vez una llave turca.
Pondremos el tocadiscos para siempre.
ven con tu nuca de infiel,
con tu pedrada.
Júrame que no estoy muerta.
Te prometo, amor mío, la manzana.
Carilda Oliver Labra
Discurso de Eva

http://www.goear.com/listen/c891d0c/discurso-eva-carilda-oliver-labra-voz-isabel-tejada-balsas-carilda-oliver-labra


Tags: Discurso de Eva, Carilda Oliver Labra, Isabel Tejada Balsas

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Mi?rcoles, 12 de febrero de 2014
Martes, 11 de febrero de 2014

Dibujos de tumbas y pequeños fragmentos escritos a lápiz, un hombre encerrado en una cárcel que cuenta cómo llegó a estar encerrado en ella, las locuras de Vietnam y las locuras de la política y el capitalismo, colonos caníbales y sabios de Trafalmadore que buscan crear un germen que venza cualquier resistencia, la estupidez ajena y la estupidez propia, una cárcel de propiedad japonesa (como la mitad de Estados Unidos, vendido a empresarios japoneses por su descomunal deuda), un niño que buscó su balón en una zanja y al levantarse descubre que ha desaparecido su ciudad por una bomba nuclear y una mujer que cree ver a Dios en un pez recién pescado.

A través de pequeños fragmentos, Kurt Vonnegut escribe la odisea de Eugene Hartke, ex militar, profesor de una escuela para ricos, infiel y con una ironía desbordante. Eugene habla de sus días en Vietnam, de su llegada al colegio, de sus alumnos ricos y lentos, de la política estadounidense, de la locura y la estupidez que nos definen, de sabios de otro planeta que buscan gérmenes indestructibles con los que colonizar el universo, de una rebelión en la cárcel y una fuga tan divertida como estrafalaria, del abismo por el que anda la humanidad sin darnos cuenta.

Birlibirloque me recuerda a Galápagos y Un hombre sin patria, el humor irónico y puñetero, los personajes estúpidos y entrañables, el fin del mundo, un narrador con voz ágil que mira alrededor y se sorprende, siempre se sorprende de la facilidad para cometer barbaridades del ser humano. Vonnegut escribe de manera fragmentada, no hay un centro en la historia, son todo notas escritas por Eugene mientras está preso, un hombre que pasa de soldado a profesor, de alcalde a alcaide y, en una carambola rocambolesca, preso. Un camino extraño donde Eugene toma distancia con lo que ve para criticarlo con un humor a veces despiadado, a veces tierno.

Vonnegut puede parecer desmañado por momentos, (como Baroja, como Dick), apenas hay una historia en sí, Birlibirloque se para una y otra vez en pequeñas anécdotas, las expresiones que se repiten como un motivo musical, los personajes y situaciones descritos con dos trazos, los fragmentos donde Eugene critica la política bajo el poder económico y los gestos deshumanizados. Vonnegut me saca una carcajada y me hace sonreír de forma entrañable, da la vuelta a la historia conocida y me habla de los asuntos más serios de manera amigable y cercana.

Birlibirloque es un rompecabezas divertido, la mirada socarrona y con cierta tristeza de un hombre siempre sorprendido ante los gestos que ve.



Si de verdad hubiera existido Mercurio, si de verdad hubiera Cielo, por él andaría ahora el amigo de  Romeo, con una pandilla de soldados adolescentes muertos en Vietnam, hablando de cómo se siente uno cuando pierde la vida por culpa de la vanidad y de la estupidez ajena.

( … )

He mirado a ver qué era un librepensador. Dícese del miembro de una efímera secta, compuesta casi en su totalidad por personas de ascendencia germánica que creían -al igual que mi Abuelo Willis- que sólo el sueño aguarda a los seres humanos, buenos y malos, en la Otra Vida, que la ciencia ha probado la falsedad de todas las religiones, que Dios es incognoscible y que el mejor uso que una persona, hombre o mujer, puede hacer de su tiempo en este mundo es esforzarse en mejorar la calidad de vida de todos los miembros de su comunidad.

( … )

El profesor Damon Stern, difunto monociclista, me preguntó en cierta ocasión si yo pensaba que habría mercado para una estatua de Cristo montado en monociclo, y no clavado en la cruz. Era un simple chiste. El hombre no pretendía que le diese una respuesta, ni yo se la di. Seguro que en seguida surgió cualquier otro tema de conversación.
Ahora, no obstante, si no lo hubieran matado cuando trataba de salvar a los caballos, le diría que el mensaje más importante de la cruz, al menos tal como yo lo veo, es el grado de indecible crueldad a que puede llegar un ser humano cuando obedece órdenes de mando.

( … )

De modo que los hombres de la Tierra consideraron que el Propio Creador del Universo les había dado instrucciones de echarlo todo a perder. Pero iban demasiado despacio para gusto de los Sabios, de modo que éstos les metieron en la cabeza que ellos mismos eran la forma de vida que debía propagarse por el Universo. Era una idea la mar de ridícula, por supuesto. En palabras del anónimo autor: «¿Cómo pensaba hacer toda esa cantidad de carne, necesitada de tantísimo alimento y tantísima agua y tantísimo oxígeno, y con unos movimientos intestinales tan enormes, para superar un viaje cualquiera por el vacío ilimitado del espacio? Ya era un milagro que esos gigantes tragones y engorrosos pudieran ir al supermercado y volver con un 6-en-1 de cerveza.»
Los Sabios, dicho sea de paso, habían renunciado a influir en los humanoides de Trafalmadore, a pesar de que estaban justamente debajo de su lugar de reunión. Los trafalmadoreños tenían sentido del humor y sabían muy bien lo cortitos que eran, por no decir lo cortitos y vagos. Eran inmunes a los kilovoltios de orgullo con que los Sabios trataban de embarullarles la cabeza. Se echaron a reír en cuanto les brotó en la cabeza la idea de que ellos eran la gloria del Universo y que estaban destinados a colonizar los demás planetas con su incomparable magnificencia. Conocían el alcance exacto de su torpeza y de su estupidez, aunque tuviesen lenguaje y algunos supiesen leer y escrib ir y hasta matemáticas. Un autor escribió una serie de sátiras desternillantes donde los trafalmadoreños llegaban a otros planetas con la pretensión de llevarles la luz.
En cambio, los hombres de aquí, de la Tierra, carentes del sentido del humor, la misma idea les pareció muy aceptable.
Kurt Vonnegut
Birlibirloque (traducción de Ramón Buenaventura. Alfaguara)


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Lunes, 10 de febrero de 2014

Le digo que llevo los mitones puestos, que escribo con ellos porque siento frío en las manos y, también, en el pecho, que lo que me gusta de la lluvia no es la lluvia en sí sino lo que la rodea, su sonido contra mi paraguas, las formas en los charcos, el reflejo de los semáforos en las aceras mojadas, el instante donde para de llover, sale el sol y brilla un centenar de gotas entre las ramas de los árboles (la lluvia tras la lluvia), que me regalaron una tortuga pintada en una piedra por mi cumpleaños, pequeña, redondeada, la cabeza fuera del caparazón, que lo peor de la distancia es no poder abrazar porque hay momentos donde las palabras no tienen peso, que extraño el sol de invierno y que lo mejor de los días nublados es la sombra de las nubes sobre los campos.

(coda)



Los lunes de Anay. Asueto...

"A punto de morir de memoria de amor"
                                                          ZOÉ VALDÉS


HOY

Un bálsamo,
un sábado en la herida
es este breve tiempo en el que insisto.
Después de tanto incómodo espejismo;
después de tanto no, de tanta entrega.

Es hora de vivir, cesó la espera.
Regreso al dulce hogar que soy yo mismo.
Un páramo de luz, el que hoy habito.
Tu sombra hoy, por fin, me sabe ajena.

                                                           ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Zoe Valdés, Oreja de van Gogh

Publicado por elchicoanalogo @ 16:16  | Los lunes de Anay
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Mis familiares se ocuparon de mí como de una enferma, pero su ternura no me causaba sino dolor; me avergonzaba de su veneración, de su respeto, y en todo momento tenía que dominarme para no descubrirles de qué ignominiosa manera les había engañado a todos, les había olvidado e incluso abandonado llevada de una pasión loca y extravagante.
Sin ninguna finalidad determinada, me trasladé más tarde a una pequeña ciudad francesa donde nadie me conocía, pues me sentía obsesionada por la idea de que cada persona podía descubrir de una sola mirada mi vergüenza, el cambio que se había producido en mí y hasta qué punto estaba manchada mi alma. A veces, por la mañana, al despertarme en mi lecho, sentía un miedo horrible de abrir los ojos. Siempre de nuevo acudía a mi conciencia el recuerdo de aquella noche en que desperté al lado de un hombre desconocido y medio desnudo; y desde entonces me persiguió incesantemente, igual que en aquella ocasión, el deseo de morirme en el acto.
El tiempo, sin embargo, posee una fuerza profunda y la vejez un singular poder para quitar de intensidad a los sentimientos.
Stefan Zweig
Veinticuatro horas en la vida de una mujer (traducción de María Daniela Landa. Acantilado)


Tags: Veinticuatro horas en la, Stefan Zweig, María Daniela Landa, Acantilado

Domingo, 09 de febrero de 2014

a veces olvido los diques

las luces de las luciérnagas
los puentes de madera
(que cruzaba corriendo por miedo a caer)
las cestas de mimbre y truchas

sólo el paso perdido
esperando su turno


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S?bado, 08 de febrero de 2014

Era un día para saltar de la cama, descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en par. Era un día para que el corazón se ensanchase con el cálido aire de la montaña.
Cora, sintiéndose como una muchacha con un viejo vestido arrugado, se sentó en la cama.
Era temprano, el sol apenas asomaba en el horizonte, pero los pájaros volaban ya desde los pinos, y diez billones de hormigas coloradas habían salido de sus tostados montículos y desfilaban por la puerta de la cabaña. El marido de Cora, Tom, dormía junto a ella como un oso en la nívea hibernación de las ropas de cama. ¿Lo despertará mi corazón? se preguntó Cora.
Y supo entonces por qué aquel día parecía ser un día especial.
— ¡Llega Benjy!
Lo imaginó muy lejos; saltaba en prados verdes, vadeaba corrientes donde la primavera se llevaba a sí misma con frescos colores de musgo y agua clara hacia el mar. Vio sus zapatones que alzaban el polvo en los caminos y senderos de piedra. Vio su cara pecosa, alta en el sol, que miraba vertiginosamente hacia abajo a lo largo del cuerpo a las manos distantes que se balanceaban hacia adelante y hacia atrás.
¡Benjy, ven! pensó, abriendo rápidamente una ventana. El viento le movió el pelo como una gris tela de araña alrededor de las frías orejas. Ahora Benjy está en el puente de hierro, ahora en el prado de la barra, ahora en el sendero del arroyo, más acá del campo de Chesley...
En algún sitio de aquellas montañas de Missouri estaba Benjy, Cora parpadeó. Aquellas raras y altas colinas que ella y Tom cruzaban dos veces al año con la yegua y el carro camino del pueblo, y donde, treinta años atrás, ella había querido continuar la marcha, para siempre; diciendo: «Oh, Tom, sigamos y sigamos hasta llegar al mar». Pero Tom la había mirado como si ella le hubiese dado una bofetada, y había dado media vuelta con el carro y la había llevado otra vez a la casa, hablándole a la yegua. Y ella ignoraba si había gente que vivía en las costas donde el mar golpeaba como una tormenta, unas veces con fuerza, otras suavemente, todos los días. Y ella ignoraba también sí había ciudades con luces de neón como hielo rosado y menta verde y fuegos de artificio rojo todos los días. Su único horizonte, al norte, al sur, al este, al oeste, era este valle, y nunca había sido distinto.
Pero ahora, hoy pensó, Benjy viene de ese mundo de allá lejos; lo ha visto, lo ha olido, me hablará de él. Y sabe escribir. Se miró las manos. Estará aquí todo un mes y me enseñará. Luego yo le escribiré a ese mundo y lo traeré aquí al buzón que Tom me hará hoy mismo.
— ¡Levántate, Tom! ¿Me oyes?
Extendió la mano y tiró de la orilla de nieve dormida.

A las nueve las langostas cubrían el valle y volaban en el aire azul de aroma de pinos, y el humo giraba en el cielo.
Cora pulía sus ollas y sartenes y cantaba en ellas, y veía su cara arrugada que los fondos de bronce oscurecían y renovaban. Tom refunfuñaba como un oso dormido ante el desayuno de habas, mientras el canto de Cora se movía a su alrededor, como un pájaro en una jaula.
Alguien es muy feliz -dijo una voz.
Cora se transformó en una estatua. Vio de reojo que una sombra cruzaba el cuarto.
— ¿La señora Brabbam? -preguntó Cora.
— ¡La misma! -Y allí estaba la viuda, con sus largas faldas que barrían el polvo tibio, sus cartas en la mano de pollo-. ¡Buenos días! Acabo de pasar por mi buzón. He recibido una hermosura de carta de mi tío George de Springfield.- La señora Brabbam traspasó a Cora con una mirada de aguja de plata-. ¿Cuándo recibió usted por última vez una carta de su tío, señora?
— Todos mis tíos murieron.
No era Cora misma, sino su lengua la que mentía. Cuando llegara el día, sabía ella, sólo su lengua confesaría los terrenales pecados.
— Es realmente hermoso recibir cartas.
La señora Brabbam sacudió sus cartas rápidamente en el aire de la mañana.
Siempre metiendo el dedo en la llaga. ¿Cuántos años, pensó Cora, duraba esto, la señora Brabbam que aparecía con ojos risueños y hablaba en voz alta de las cartas que recibía, insinuando que ningún otro en kilómetros a la redonda sabía leer? Cora se mordió los labios, y casi dejó caer la olla, pero la devolvió a su sitio, riendo.
— Olvidé decírselo. Llega mi sobrino Benjy. Sus padres son pobres, y viene aquí a pasar el verano. Me enseñará a escribir. Y Tom nos está haciendo un buzón. ¿No es cierto, Tom?
La señora Brabbam apretó sus cartas.
— ¡Bueno, qué magnífico! Tiene usted suerte, señora.
Y de pronto no hubo nadie en la puerta. La señora Brabbam había desaparecido.
Pero Cora corrió tras ella. Pues en aquel mismo instante había visto algo como un escarabajo, algo como un centelleo de pura luz solar, algo como una trucha que saltaba en el agua, y pasaba por encima de la cerca del patio. Vio una manaza que saludaba y unos pájaros que huían aterrorizados de un manzano silvestre.
Cora corrió, y el mundo corrió detrás de ella, a lo largo del sendero.
— ¡Benjy!
Corrieron uno hacia otro como compañeros de baile en una noche de sábado, se tomaron por los brazos, chocaron, y valsearon, tartamudeando.
— ¡Benjy!
Cora miró rápidamente detrás de la oreja de Benjy.
Sí, allí estaba el lápiz amarillo.
— ¡Benjy! ¡Bienvenido!
— ¡Pero, tía! -Benjy apartó a Cora y la miró sosteniéndola con los brazos extendidos-. Pero, tía, estás llorando.

— Este es mi sobrino -dijo Cora.
Tom alzó los ojos ceñudos del puré de habas.
— Encantado -sonrió Benjy.
Cora tenía fuertemente a Benjy por el brazo, para que no se desvaneciese. Se sentía débil, quería sentarse, levantarse, correr; el corazón le golpeaba rápidamente, y se reía en momentos raros. Ahora, en un instante, los lejanos países se habían acercado, y aquí estaba este muchacho alto, iluminando el cuarto como una tea de pino, este muchacho que había visto ciudades y océanos y había estado en sitios donde las cosas habían sido mejores para sus padres.
— Benjy, tengo guisantes, maíz, jamón, habas y garbanzos para tu desayuno.
— ¡Un momento! -dijo Tom.
— Cállate, Tom, el muchacho tiene los huesos molidos de tanto caminar-. Se volvió hacia el muchacho-. Benjy, háblame de ti. ¿Fuiste a la escuela?
Benjy se sacó los zapatos sacudiendo las piernas. Con un pie desnudo escribió una palabra en las cenizas de la chimenea.
Tom frunció el ceño.
— ¿Qué dice?
— Dice -explicó Benjy- C y O y R y A. Cora.
— ¡Mi nombre, Tom, mira! Oh, Benjy, qué bueno que sepas escribir, muchacho. Tuvimos un sobrino con nosotros, hace tiempo, que decía que podía leer al derecho y al revés. Así que lo engordamos, y el escribió cartas y nunca recibimos respuestas. Descubrimos al fin que sólo sabía escribir como para que las cartas llegasen a la oficina de cartas perdidas. Señor, Tom le sacó dos meses de vituallas a ese muchacho, persiguiéndolo por el camino con un piquete de la cerca.
Se rieron nerviosamente.
— Yo escribo muy bien -dijo el serio muchacho.
— Eso es todo lo que queremos saber. Cora trajo una porción de torta de fresas-. Come.

A las diez y media, el sol se elevaba en el cielo, y Tom luego de observar cómo Benjy devoraba un plato tras otro, salió tronando de la cabaña, apretándose la gorra.
— ¡Me voy, Señor! -gritó enojado-. ¡Voy a derribar medio bosque!
Pero nadie lo oyó. Cora había caído en un mudo encantamiento. Miraba el lápiz detrás de aquella oreja de pelusa de melocotón. Vio como Benjy lo sostenía entre los dedos casualmente, ociosamente, indiferentemente. Oh, no de un modo tan casual, Benjy, pensó. Tómalo como si fuese el huevo primaveral de un petirrojo. Ella quería tocar el lápiz, pero no había tocado uno desde hacía mucho años, porque le hacía sentirse tonta, y luego enojada, y luego triste. La mano le temblaba en el regazo.
— ¿Tienes papel? -preguntó Benjy.
— Oh, Señor, nunca pensé en eso -se quejó Cora, y las paredes del cuarto se oscurecieron-. ¿Qué haremos?
— Bueno, yo traje. -Benjy sacó un cuaderno de su maletita-. ¿Quieres escribirle una carta a alguien?
Cora sonrió de oreja a oreja.
— Quiero escribirle una carta a... a...
Se le descompuso la cara. Miró alrededor como si buscase a alguien a lo lejos. Miró las montañas a la luz del sol. Oyó el mar que rompía en playas amarillas a mil kilómetros de distancia. Los pájaros volaban hacia el norte sobre el valle, hacia innumerables ciudades indiferentes.
— Benjy, Benjy, nunca lo pensé hasta este momento. No conozco a nadie en el mundo de allá lejos. Nadie sino mi tía. Y si le escribo ella se sentirá mal, pues tendrá que buscar a alguien que le lea la carta. Tiene un orgullo tieso como un corsé de ballenas. Estará nerviosa diez años, con la carta sobre la repisa de la chimenea. No, no le escribiremos. -Los ojos de Cora dejaron las lomas y el océano invisible-. ¿A quién entonces? ¿Dónde? Alguien que me envíe algunas cartas.
— Espera -Benjy sacó del bolsillo de la chaqueta una revista barata. En la cubierta roja una señora desnuda huía gritando de un monstruo verde-. Aquí hay toda clase de direcciones.
Hojearon juntos la revista.
— ¿Qué es esto?
Cora señaló con el dedo un anuncio.
— Gratis. Lea nuestro folleto Músculos Más Fuertes. Envíe nombre y dirección a Poste Restante M-3 -leyó Benjy-. ¡Recibirá el mapa gratuito de la salud!
— ¿Y este otro?
— Detectives. Investigaciones privadas. Informes gratis. Escriba a G. D. M., Escuela de Detectives.— Todo gratis. Bueno, Benjy.
Cora miró el lápiz en la mano del muchacho. Benjy acercó la silla. Ella observó como él hacía girar el lápiz entre los dedos, preparándose. Vio cómo se mordía suavemente la lengua. Vio cómo entornaba los ojos. Retuvo el aliento. Se inclinó hacia delante. Ella misma entornó los ojos y apoyó la lengua contra los dientes.
Ahora, ahora Benjy alzaba el lápiz, le pasaba la lengua por la punta, y lo llevaba al papel.
Ahí están, pensó Cora.
Las primeras palabras. Se formaron a sí mismas, lentamente, en el increíble papel:

Estimada Compañía Músculos Mas Fuertes
Señores

La mañana se fue con un viento, la mañana se fue aguas abajo en el arroyo, la mañana voló con algunos cuervos, y el sol ardió sobre el techo de la cabaña. Cora oyó unos pies que se arrastraban ante la puerta soleada y resplandeciente, pero no se volvió. Tom estaba allí, y no estaba. Nada había ante ella salvo un montón de hojas escritas, un lápiz susurrante, Cora movía en círculos la cabeza, con cada o, cada l, cada pequeña colina de una m; cada puntito hacía que su cabeza picoteara como la de un pollo; cada t hacía que su lengua lamiera de izquierda a derecha el labio superior.
— ¡Es mediodía y tengo hambre! -dijo Tom casi detrás de ella.
Pero Cora era ahora una estatua, observando el lápiz como quien observa un caracol que deja una estela brillante en una piedra chata en las primeras horas de la mañana.
— ¡Es mediodía! -gritó Tom otra vez.
Cora alzó los ojos, sorprendida.
— ¿Sí? Parece como si apenas hubiese pasado tiempo desde que escribimos a la Compañía Coleccionista de Monedas de Philadelphia. ¿No es así, Benjy? -Cora sonrió con una sonrisa demasiado deslumbrante para una mujer de cincuenta y cinco años-. Mientras esperas la comida, Tom, ¿no podrías hacer ese buzón? ¿Más grande que el buzón de la señora Brabbam, por favor?
— Clavaré una caja de zapatos.
— Tom Gibbs. -Cora se incorporó dulcemente. Su sonrisa dijo: Mejor dirección, mejor trabajo, mejor resultado-. Quiero un buzón grande y hermoso. Todo blanco, para que Benjy pinte nuestro nombre con letras negras. No quiero recibir mi primera carta en una caja de zapatos.
Y así se hizo.
Benjy escribió en el buzón terminado: SEÑORA CORA GIBBS, mientras Tom miraba y refunfuñaba a sus espaldas.
— ¿Qué dice ahí?
— Señor Tom Gibbs -dijo Benjy en voz baja, pintando.
Tom parpadeó un minuto y al fin dijo:
Todavía tengo hambre. Que alguien encienda el fuego.

No había sellos postales. Cora palideció. Tom tuvo que enganchar el caballo e ir hasta Green Fork a comprar algunos sellos postales rojos, uno verde y diez rosados con las imágenes de unos dignos caballeros. Pero Cora fue con él para asegurarse de que Tom no echaba estas primeras cartas al arroyo. Cuando volvieron a la casa, lo primero que hizo Cora fue ir a mirar en el nuevo buzón, con ojos brillantes.
— ¿Estás loca? -dijo Tom.
— No cuesta nada mirar.
Aquella tarde Cora visitó el buzón seis veces. A la séptima vez saltó una marmota. Tom se reía desde el umbral golpeándose las rodillas. Aún se reía cuando Cora lo echó de la casa.
Luego Cora se quedó en la ventana mirando su buzón, justo enfrente del de la señora Brabbam. Diez años atrás la viuda había plantado su buzón debajo de las narices de Cora, casi, cuando hubiera podido ponerlo más cerca de su propia cabaña. Pero la señora Brabbam tenía así una excusa para bajar flotando la loma como una flor aguas abajo, abrir el buzón con toses y murmullos, espiando de vez en cuando para ver si Cora miraba. Cora siempre miraba. Cuando la viuda la sorprendía, fingía regar flores con una lata sin agua, o recoger hongos fuera de estación.
A la mañana siguiente Cora se levantó antes que el sol hubiera calentado los macizos de fresas o el viento hubiese movido los pinos.
Benjy estaba sentándose en el catre cuando su tía volvió del buzón.
— Demasiado temprano -dijo él-. El coche del cartero no ha pasado aún.
— ¿El coche?
— A estos lugares tan alejados vienen en coche.
— Oh.
Cora se sentó.
— ¿Estás enferma, tía Cora?
— No, no. -Cora parpadeó-. Es que en veinte años no recuerdo haber visto ningún coche de correos por aquí. Acabo de pensarlo. En todo este tiempo jamás vi un cartero.
— Quizá viene cuando no estás cerca.
— Me levanto con la niebla, y me acuesto con las gallinas. Nunca lo pensé realmente, por supuesto, pero... -Cora se volvió para mirar por la ventana, hacia la casa de la señora Brabbam- Benjy, tengo una mala corazonada. Cora se incorporó, salió de la cabaña, y bajó por la estrecha senda que llevaba al buzón de la señora Brabbam. El silencio cubría los campos y lomas. Era tan temprano que uno tenía que hablar en voz baja.
— ¡No infrinjas la ley, tía Cora!
— ¡Chist! Veamos. -Cora abrió el buzón, y metió la mano como si estuviera introduciéndola en la madriguera de un topo-. Aquí están.
Sacó unas cartas que le crujieron entre las manos.
— ¡Pero cómo! ¡Estas cartas están abiertas! ¿Las abriste tú, tía Cora?
— No las toqué nunca, muchacho. -Cora parecía aturdida-. Ni siquiera mi sombra había tocado este buzón.
Benjy miró las cartas por un lado y por otro, moviendo la cabeza.
— ¡Pero, tía Cora, estas cartas son de diez años atrás!
¿Qué?
Cora le arrancó las cartas.

— Tía Cora, esa mujer ha estado sacando del buzón las mismas cartas todos los días, durante años. Y ni siquiera están dirigidas a la señora Brabbam, sino a una mujer llamada Ortega, de Green Fork.
— ¡Ortega, la mejicana de la tienda de comestibles! Todos estos años -murmuró Cora, con los ojos fijos en las gastadas cartas que tenía en la mano-. Todos estos años...
Alzaron los ojos hacia la dormida casa de la señora Brabbam en la fresca y silenciosa mañana.
— Oh, esa taimada, escandalizando siempre con su correo, tratando de humillarme. Siempre pavoneándose leyendo sus cartas.
La puerta de la señora Brabbam se abrió.
— ¡Mételas otra vez en el buzón, tía Cora!
Cora cerró de un golpe el buzón y le sobró tiempo. La señora Brabbam bajó deslizándose por el sendero, deteniéndose tranquilamente aquí y allá a observar alguna flor silvestre recién abierta.
— Buenos días -dijo dulcemente.
— Señora Brabbam, éste es mi sobrino Benjy.
— Qué bien. -La señora Brabbam giró sobre sí misma, con un floreo de sus floridas manos blancas, golpeó el buzón como para despertar las cartas que había dentro, levantó la tapa, y sacó el correo, a escondidas, de espaldas. Hizo algunos movimientos y se volvió feliz, parpadeando.
— ¡Maravilloso! ¡Mire, una carta del tío George!
— ¡Bueno, pero qué bien! -dijo Cora.

Luego los días estivales, los días sin aliento de la espera. Las mariposas saltaban anaranjadas y azules en el aire, las flores se balanceaban alrededor de la cabaña, y se oía el duro y constante sonido del lápiz de Benjy que escribía a lo largo de las tardes. La boca de Benjy estaba siempre llena de comida, y Tom entraba siempre taconeando y descubría que el almuerzo o la cena se habían atrasado, o enfriado, o las dos cosas, o no había ni almuerzo ni cena.
Benjy sostenía el lápiz extendiendo deliciosamente su mano huesuda, escribiendo cariñosamente cada vocal o cada consonante mientras Cora se inclinaba sobre él, y formaba palabras haciéndolas rodar sobre su lengua y deleitándose cada vez que las veía rodar sobre el papel. Pero no aprendía a escribir.
— Es tan divertido verte escribir, Benjy... Mañana empezaré a aprender. ¡Ahora escribamos otra carta!
Se abrieron paso entre anuncios sobre asma, bragueros y magia, se asociaron a los Rosacruces, o por lo menos pidieron un ejemplar gratis del Libro Sellado donde se hablaba del Conocimiento condenado al olvido, los Secretos de los Ocultos Templos de la Antigüedad y Enterrados Santuarios. Luego los paquetes gratis de semillas de girasol gigantes, y algo para la acidez de estómago. Una brillante mañana de verano habían llegado a la página 127 de la Revista Quincenal del Crimen cuando...
— ¡Escucha! -dijo Cora.
Escucharon.
— Un coche -dijo Benjy.
Y por las lomas azules, entre los altos pinos verdosos, y a lo largo del camino polvoriento, kilómetro a kilómetro, llegó el sonido de un coche hasta que al fin dobló la curva y se acercó ruidosamente. En un instante, Cora estaba fuera de la casa corriendo, y mientras corría, escuchaba, veía y sentía muchas cosas. Primero vio de reojo a la señora Brabbam que resbalaba sendero abajo. La señora Brabbam se quedó petrificada cuando vio el brillante camión verde que venía humeando, y se oyó el silbido de un silbato de plata; y el viejo del camión, justo antes que llegara Cora, sacó la cabeza por la ventanilla.
— ¿Señora Gibbs? -preguntó.
— ¡Sí! -gritó Cora.
— Correo para usted, señora -dijo el viejo, y le extendió unas cartas.
Cora extendió la mano y la retiró en seguida, recordando.
— Oh -dijo-, por favor, ¿no le molestaría ponerlas, por favor..., en mi buzón?
El viejo la miró entornando los ojos, miró el buzón, y luego otra vez a Cora y se rió.
— No, no es molestia -dijo, y puso las cartas en el buzón.
La señora Brabbam, con los ojos muy abiertos, no se había movido.
— ¿No hay carta para la señora Brabbam? -preguntó Cora.
— Esto es todo -dijo el viejo, y el camión se fue levantando polvo camino abajo.
La señora Brabbam estaba allí con las manos apretadas. Luego sin mirar su propio buzón, se volvió y subió rápidamente por el sendero, con su falda susurrante, hasta perderse de vista.
Cora dio vueltas alrededor de su buzón, sin tocarlo.
— ¡Benjy, he recibido unas cartas! -Buscó adentro delicadamente, las sacó y las miró por los dos lados. Luego las puso despaciosamente en la mano de Benjy-. Léemelas. ¿Está mi nombre en el sobre?
— Sí, tía.
Benjy abrió la primera carta con el debido cuidado y la leyó en voz alta en la mañana de estío.
— Estimada señora Gibbs...
Se detuvo y dejó que Cora saboreara las palabras, con los ojos entornados, y las repitiera silenciosamente. Luego leyó otra vez el encabezamiento, y continuó:
— Le enviamos con esta carta el folleto gratuito de las Escuelas Intercontinentales por Correspondencia, que le informará cómo también usted puede seguir los cursos de enfermera por correo...
— ¡Benjy, Benjy, qué feliz soy! ¡Empieza de nuevo!
— Estimada señora Gibbs -leyó Benjy.

A partir de esto, el buzón nunca estuvo vacío. El mundo venía corriendo y se apretujaba en el buzón; lugares que ella nunca había visto, y de los que nada había oído. Folletos de turismo, condimentados pasteles, y hasta una carta de un caballero mayor que buscaba una señora «de cincuenta años, carácter tierno, y con dinero; objeto, matrimonio». Benjy respondió: «Soy casada, pero gracias por su amable y considerada atención. Suya sinceramente, Cora Gíbbs».
Y el río de cartas siguió fluyendo entre las lomas; catálogos de coleccionistas de monedas, folletos de novedades, listas de números mágicos, recetas contra la artritis, muestras de matamoscas. El mundo llenaba el buzón de Cora, que ya no se sentía sola y alejada de la gente. Si un hombre le escribía una carta acerca de los misterios revelados de los Antiguos Mayas, él recibía a su vez por lo menos tres cartas de Cora a la semana siguiente, que debían transformar aquella relación formal en una cálida amistad. Luego de una jornada de escritura particularmente dura, Benjy tuvo que bañarse la mano en sales Empson.
Hacia el fin de la tercera semana, la señora Brabbam dejó de visitar su buzón. Ni siquiera salía a la puerta de su cabaña a tomar aire, pues Cora estaba siempre en el camino, con el cuerpo inclinado hacía delante, esperando sonriente al cartero.
El verano terminó demasiado pronto, o por lo menos esa parte del verano que realmente importaba; la visita de Benjy. Allí en la mesa de la cabaña estaba su rojo pañuelo de badana, con unos sandwiches frescos condimentados con cebolla, y envueltos en hojas de menta para que el olor no pasara a la tela; allí en el piso, listos, recién lustrados, estaban sus zapatos, y allí en la silla, con su lápiz que en un tiempo había sido largo y amarillo, pero que ahora era sólo un masticado pedazo, estaba Benjy. Cora lo tomó por la barbilla y le alzó la cabeza, como si estuviese sopesando una variedad desconocida de sandía estival.
— Benjy, debo disculparme contigo. No creo haberte mirado una sola vez a la cara en todo este tiempo. Me parece que conozco todas las verrugas de tu mano, todos sus padrastros, todas sus protuberancias y huecos, pero si me encontrara con tu cara en una multitud no te reconocería.
— No es una cara que valga la pena mirar -dijo Benjy tímidamente.
— Pero conocería esa mano entre un millón de manos -dijo Cora-. Si tú y mil personas me dieran la mano en un cuarto oscuro, en un momento yo podría decir: «Bueno, ésta es de Benjy»-. Cora sonrió serenamente y fue hacia la puerta abierta-. He estado pensando -dijo, y miró una cabaña distante-. Hace semanas que no veo a la señora Brabbam. No sale nunca ahora. Me siento culpable. He caído en un pecado de orgullo, algo mucho más grave que todo lo que ella me hizo a mí. Le he sacado el sostén de su vida. Fue algo malvado y rencoroso y estoy avergonzada. - Miró colina arriba hasta la cabaña silenciosa y cerrada.- Benjy, ¿quieres hacerme un último favor?
— Si, tía.
— Escribe una carta para la señora Brabbam.
— ¿Tía?
— Sí, escribe a una de esas compañías pidiendo un folleto gratis, una muestra de algo, y firma con el nombre de la señora Brabbam.
— Muy bien- dijo Benjy.
— De ese modo, dentro de una semana o un mes el cartero vendrá y silbará y yo le diré que suba hasta su puerta y le entregue la carta. Yo estaré en el patio desde donde podré ver a la señora Brabbam y ella podrá ver que veo. Y yo la saludaré con mis cartas en la mano y ella me saludará con las suyas, y todos sonreiremos.
— Sí, tía -dijo Benjy.
Escribió tres cartas, lamió cuidadosamente la goma de los sobres, los cerró y se los metió en el bolsillo.
— Los llevaré al correo cuando llegue a Saint Louis.
— Ha sido un hermoso verano -dijo ella.
— Sí, ha sido hermoso.
— Pero, Benjy, yo no aprendí a escribir, ¿no es cierto? Yo me pasaba las horas esperando las cartas y te hacía escribir hasta tarde de noche, y estábamos tan ocupados enviando cupones y recibiendo muestras que parecía que no había tiempo para aprender. Y eso significa...
Benjy sabía qué significaba. Estrechó la mano de Cora. Se quedaron un rato en el umbral.
— Gracias por todo -dijo Cora.
Benjy se alejó corriendo. Corrió hasta la cerca, la saltó fácilmente, y Cora se quedó mirándolo hasta que Benjy, saludándola con aquellas cartas especiales, se perdió en el ancho mundo de más allá de las colinas.

Las cartas siguieron llegando hasta seis meses después de la partida de Benjy. Allí estaba siempre el camioncito verde del cartero, y el cristalino grito de buenos días, o el silbido, mientras el viejo metía dos o tres sobres azules o rosados en el bonito buzón.
Y luego llegó el día especial en que la señora Brabbam recibió su primera carta verdadera.
Después las cartas llegaron una vez por semana, luego una vez por mes, y al fin el cartero ya no saludó, no se oyó el ruido de un coche que subía por el solitario camino montañoso. En el buzón se instaló primero una araña, y luego un gorrión.
Y Cora, mientras aún llegaban las cartas, las apretaba entre sus manos aturdidas, mirándolas fijamente y en silencio hasta que la presión de los músculos del rostro hacía aparecer en los ojos unas brillantes gotas de agua. Cora separaba un sobre azul.
— ¿De dónde viene?
— No sé -decía Tom.
— ¿Qué dice?
— No sé -decía Tom.
— Oh, nunca sabré qué pasa en el mundo de allá lejos, nunca lo sabré -decía Cora-. Y esta carta, y ésta, ¡y ésta! -Deshacía las pilas y pilas de cartas que habían llegado desde la partida de Benjy-. Todo el mundo, y toda la gente, y todo lo que pasa, y yo sin saberlo ¡Todo el mundo y la gente esperando oír de nosotros, y nosotros sin escribir, y ellos sin escribirme!
Y al fin un día el viento derribó el buzón. En las mañanas Cora abría como antes la puerta de la cabaña y cepillándose lentamente el pelo gris, miraba en silencio las lomas. Y en todos los años que siguieron, no pasaba nunca junto al buzón caído sin detenerse y meter en él una mano desesperanzada y sacarla vacía antes de internarse otra vez en los campos.
Ray Bradbury
El ancho mundo allá lejos (traducción de Francisco Abelenda. Booket. Ediciones Minotauro)


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Viernes, 07 de febrero de 2014

Un químico metido a contar historias de químico, las voces que nos conforman y una mirada al mundo alrededor, el estudio de la materia que viene aparejado con el estudio del universo, los primeros pasos en la vida de un químico tímido y la guerra que asoló Europa, los fascismos y las diferentes formas de resistir, de rebelarse, volver a la vida cambiado y escribir como modo de supervivencia, de contar lo visto en los campos de concentración, en las ciudades derruidas, en la mirada de los que consiguieron volver para que no se olvide la barbarie, mirar dentro y fuera de sí y encontrar las anomalías, las curiosidades, lo que nos distingue y nos une, nuestra relación con la naturaleza.

Cada capítulo de El sistema periódico se centra en un elemento químico, se define cada uno de ellos, dónde se encuentran, su maleabilidad, la forma de extraerlos, su uso en la vida común, el oficio de químico, la correspondencia entre la materia y el ser humano. Levi inicia El sistema periódico con el recuerdo de los lugares y las personas que confluyen en él, los gestos cotidianos y los dialectos y las palabras que se mezclan y transforman, la forma desenfadada de situarse ante la vida y las mudanzas. Levi habla con nostalgia y humor sobre su familia. A partir de ese primer capítulo, la nostalgia por la época de estudiante y los primeros trabajos, el intento de comprender la materia, el humor y cierta tristeza en las anécdotas de juventud, la lucidez al hablar de política, la asunción de la tragedia y tomar partido por la resistencia y la honestidad.

El sistema periódico es una continua toma de conciencia, la reflexión sobre la naturaleza, el ser humano, los fascismos, las religiones y las guerras, pequeños capítulos donde se mezclan clases sobre química y minerales con el inicio a la vida de un joven Levi, sus primeros cuentos (aventureros, imaginativos), los días en el lager o el intercambio epistolar con un antiguo carcelero que me llevó a Los hundidos y los salvados. No era un cobarde ni un sordo ni un cínico, no se había adaptado, estaba ajustando cuentas con el pasado y las cuentas no le salían; se esforzaba por hacerlas coincidir, aunque fuera haciendo algunas trampas. ¿Se le podía pedir mucho más a un ex S.A.? La comparación, que tantas veces tuve ocasión de hacer, con otros honrados alemanes a quienes he conocido en la playa o en la fábrica, arrojaba un saldo a su favor. Su condena del nazismo era tímida y perifrástica, pero no había buscado justificaciones. Lo que buscaba era un coloquio. Tenía una conciencia, y se afanaba por mantenerla tranquila. En su primera carta había hablado de «superación del pasado», «Bewältigung der Vergangenheit». Luego he venido a saber que esta frase es un estereotipo, un eufemismo de la Alemania de hoy, donde se entiende universalmente como «redención del nazismo». Pero la raíz walt que lleva engastada aparece también  en palabras que significan «dominio», «violencia» y «estupor», y creo que si tradujéramos la frase como «distorsión del pasado» o «violencia hecha al pasado», no andaríamos muy lejos de su sentido más profundo.

El sistema periódico es denso en algunos momentos, en otros se acerca a la comedia liviana en la descripción de gestos y personajes cotidianos, tiene ternura, reflexión, tristeza, el dolor de la lucidez, la palabra quebrada por los días de infamia, la pasión y la aventura de un químico en el estudio del mundo que le rodea, una voz siempre sorprendida, siempre atenta, cercana e inquieta. Leer a Levi me ayuda a no olvidar.




Yo soy la impureza que hace reaccionar al zinc, soy el grano de sal y de mostaza. La impureza, ¿cómo no? Justamente por aquellos meses se iniciaba la publicación de «La Defensa de la Raza», se hablaba muchísimo de pureza, y yo empezaba a sentirme orgulloso de ser impuro. A decir verdad, precisamente hasta aquellos meses me había venido dando igual ser judío. Para mis adentros y en la relación con mis amigos cristianos, había considerado siempre mis orígenes como un hecho casi indiferente aunque curioso, una pequeña y divertida anomalía, como tener pecas o la nariz torcida; un judío es una persona que no pone el árbol de Navidad, que no debe comer embutido pero que lo come igual, que ha aprendido un poco de hebreo a los trece años y luego lo ha olvidado. Según decía la revista citada más arriba, un judío es tacaño y astuto; pero yo no era particularmente tacaño ni astuto, y tampoco mi padre lo había sido.

( … )

Empezamos a estudiar Física juntos, y Sandro se quedó estupefacto cuando traté de explicarle alguna de las ideas que confusamente cultivaba yo por aquella época. Que la nobleza del Hombre, adquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleev, que precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un poema, más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase; pensándolo bien hasta rima tenía. Que si buscaba el puente, el eslabón que faltaba, entre el mundo de los papeles y el mundo de las cosas, no tenía necesidad de ir muy lejos a buscarlo: estaba allí, en el Autenrieth, en aquellos laboratorios nuestros llenos de humo, y en nuestro futuro oficio.
Y por fin, y sobre todo, él, como un chico honrado y abierto que era, ¿no sentía, apestando el cielo, el hedor de las verdades fascistas, no percibía como una ignominia el hecho de que a un ser pensante le exigieran que creyera sin pensar? ¿No sentía desprecio por todos los dogmas, por todos los asertos no demostrados, por todos los imperativos? Sí, lo sentía. Y entonces ¿cómo podía dejar de sentir en nuestro estudio una dignidad y una majestad nuevas, cómo podía ignorar que la Química y la Física de las que nos nutríamos, además de alimentos vitales por sí mismos, eran el antídoto contra el fascismo que él y yo estábamos buscando, porque eran claras, distintas, verificables a cada paso, en lugar de un amasijo de mentiras y de vanidad, como la radio y los periódicos?

( … )

Pero en noviembre sobrevino el desembarco de los aliados en el norte de África, y en diciembre la resistencia de los rusos seguida de su victoria en Stalingrado, y comprendimos que la guerra se estaba acercando a su final y que la historia había reemprendido su camino. En el lapso de pocas semanas cada uno de nosotros maduró más que en los veinte años anteriores. Surgieron de la sombra unos hombres a quienes el fascismo no había conseguido someter, abogados, profesores y obreros, y reconocimos en ellos a nuestros maestros, aquellos cuya doctrina habíamos buscado infructuosamente hasta entonces en la Biblia, en la química o en la montaña. El fascismo los había condenado al silencio durante veinte años, y nos explicaron que el fascismo no era simplemente un desgobierno grotesco e improvisado, sino la negación de la justicia. No sólo había arrastrado a Italia a una guerra injusta y aciaga, sino que había surgido y se había consolidado como guardián de una legalidad y un orden detestables, basados en el apremio al trabajador, en la ganancia incontrolada de quien explota el trabajo ajeno, en el silencio impuesto a los que piensan y se niegan a ser esclavos, en la mentira sistemática y deliberada. Nos dijeron que nuestra intolerancia burlona no bastaba; tenía que convertirse en ira y la ira tenía que encauzarse hacia una revolución organizada y oportuna; pero no nos enseñaron a fabricar una bomba ni a disparar un fusil.

( … )

También Cerrato conocía esta militancia. También él había padecido la insuficiencia de nuestra preparación y el tenérnoslas que apañar a base de suerte, intuición, algunos trucos y ríos de paciencia. Le dije que andaba a la caza de eventos, míos y ajenos, que quería exhibir en el escaparate de un libro, por ver si conseguía inculcar en los profanos el sabor fuerte y amargo de nuestro oficio, que es además un ejemplo particular, una versión más esforzada del oficio de vivir. Le dije que no me parecía justo que el mundo lo supiese todo acerca de cómo viven el médico, la prostituta, el marinero, el asesino, la condesa, el romano antiguo, el conspirador y el habitante de la Polinesia, y que no supiera nada de cómo vivimos nosotros, los transformadores de la materia. Pero en este libro iba a prescindir deliberadamente de la Química con mayúsculas, la química triunfal de instalaciones colosales y adulteraciones vertiginosas, porque ésta es una obra colectiva y por consiguiente anónima. A mí me interesaban más las historias de la química solitaria, indefensa y de a pie, a la medida del hombre, que ha sido la mía, salvo escasas excepciones. Pero también ha sido la química de los fundadores, que no trabajaban en equipo sino ellos solos, en medio de la indiferencia de su tiempo, generalmente sin retribución económica y enfrentándose a la materia sin ningún tipo de ayuda, a base de manos y de cerebro, de razonamiento y fantasía.
Primo Levi
El sistema periódico (traducción de Carmen Martín Gaite. El Aleph Editores)


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Jueves, 06 de febrero de 2014
Mi?rcoles, 05 de febrero de 2014

¿La vida?

Detrás, el voraz incendio.
Delante, un profundo
mar.

Y no sabes nadar.
Michel Gaztambide
Revelación (En Moscas en los incunables. Huacanamo)


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Martes, 04 de febrero de 2014

El exilio y el encierro, el perdón y el sentirse extranjero, las preguntas de una niña sobre su padre detenido y las dudas de una esposa ante la ausencia del marido, los presos que intentan sobrevivir al tiempo y la luz que entra por una ventana, un hombre mayor decepcionado, la patria y el hijo perdidos, la muerte que ronda en silencio y las fronteras que a veces separan a veces acogen pero que siempre ponen una distancia con la propia vida, el miedo a los registros y las detenciones y la voluntad de resistir a pesar de todo, la dignidad y saber que no se puede regresar al punto de partida, que algo cambia con el exilio y el encierro.

Primavera con una esquina rota es la voz de Santiago en una cárcel, de su esposa Graciela, en  Argentina, en su espera y sus dudas, de su hija Beatriz, que mira el mundo alrededor para comprenderlo, para entender palabras como cárcel o libertad, de Don Rafael, que escribe cartas a su hijo encerrado, que intenta adaptarse a un nuevo exilio, que pasea por otra ciudad, que sigue adelante, de Rolando, antiguo revolucionario cobijado en Argentina, su nueva vida más pausada pero el pasado siempre encima de él, las dudas entre la lealtad al amigo encerrado y el deseo por Graciela, la voz del propio Benedetti que habla de pasaportes y otros países, de estar fuera de su patria y las noches en vela pegado a la radio, preguntándose por el camino de su país, por el dolor y la sangre en Latinoamérica.

Benedetti dota de una voz propia a cada personaje, la dulzura e inteligencia de la niña, la pausa y reflexión de Don Rafael, la rabia y esperanza de Santiago, hace creíbles sus dudas, su exilio, sus miedos y deseos, el abrirse a un nuevo mundo, la patria tan cerca, al otro lado de la frontera y tan lejos, la dictadura, los desaparecidos, la imposibilidad de regresar, cada capítulo una pequeña pieza de un rompecabezas que se arma de a poco,

Primavera con esquina rota es una historia intimista, pausada, reflexiva, cálida y triste al mismo tiempo, te habla del desarraigo, de sentirse exiliado de uno mismo, del tiempo que no se mide por el sonido de un reloj sino por los deseos, anhelos, recuerdos, esperas. Hay algo en esta novela de Benedetti que me desarma, la sensación de que me cuenta la historia de estos personajes como en una charla de amigos, una historia de dignidad, resistencia y supervivientes.




Cuando suplician a un hombre, lo maten o no, martirizan también (aunque no los encierren, aunque los dejen desamparados y atónitos en su casa violada) a su mujer, sus padres, sus hijos, su vida de relación. Cuando revientan a un militante (como fue el caso de Santiago) y empujan a su familia a un exilio involuntario, desgarran el tiempo, trastruecan la historia para esa rama, para ese mínimo clan. Reorganizarse en el exilio no es, como tantas veces se dice, empezar a contar desde cero, sino desde menos cuatro o menos veinte o menos cien. Los implacables, los que ganaron sus galones en la crueldad militante, esos que empezaron siendo puritanos y acabaron en corruptos, ésos abrieron un enorme paréntesis en aquella sociedad, paréntesis que seguramente se cerrará algún día, cuando ya nadie será capaz de retomar el hilo de la antigua oración. Habrá que empezar a tejer otra, a compaginar otra en que las palabras no serán las mismas (porque también hubo lindas palabras que ellos torturaron o ajusticiaron o incluyeron en las nóminas de desaparecidos), en la que los sujetos y las preposiciones y los verbos transitivos y los complementos directos, ya no serán los mismos. Habrá cambiado la sintaxis en esa sociedad todavía nonata que en ese entonces aparecerá como debilucha, anémica, vacilante, excesivamente cautelosa, pero con el tiempo irá recomponiéndose, inventando nuevas reglas y nuevas excepciones, palabras flamantes desde las cenizas de las prematuramente calcinadas, conjunciones copulativas más adecuadas para servir de puente entre los que se quedaron y aquellos que se fueron y entonces volverán. Pero nada podrá ser igual a la prehistoria del setenta y tres. Para mejor o para peor; no estoy seguro. Y menos seguro estoy de poder habituarme, si algún día regreso, a ese país distinto que ahora se está gestando en la trastienda de lo prohibido. Sí, es probable que el desexilio sea tan duro como el exilio.

( … )

Todo este terremoto nos ha dejado rengos, incompletos, parcialmente vacíos, insomnes. Nunca vamos a ser los de antes. Mejores o peores, cada uno lo sabrá. Por dentro, y a veces por fuera, nos pasó una tormenta, un vendaval, y esta calma de ahora tiene árboles caídos, techos desmoronados, azoteas sin antenas, escombros, muchos escombros. Tenemos que reconstruirnos, claro: plantar nuevos árboles, pero tal vez no consigamos en el vivero los mismos tallitos, las mismas semillas. Levantar nuevas casas, estupendo, pero ¿será bueno que el arquitecto se limite a reproducir fielmente el plano anterior, o será infinitamente mejor que repiense el problema y dibuje un nuevo plano, en el que se contemplen nuestras necesidades actuales? Quitar los escombros, dentro de lo posible; porque también habrá escombros que nadie podrá quitar del corazón y de la memoria.
Mario Benedetti
Primavera con una esquina rota (Edhasa)


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Lunes, 03 de febrero de 2014

A la memoria de Félix Grande.


"Estaba hablando para siempre, viviendo para siempre; ardiendo para siempre"
               LUIS ROSALES


GRACIAS

¡Oh dioses, hondos dioses, altos dioses,
seáis o no seáis, qué poco importa!

me distéis un instante
en esta vida, un día
breve, encendido, ciego, luminoso,
para abrazar el aire, arder de amor,
gozar, sufrir, cantar, saber, decir,
aprender a deciros
sencillamente gracias.

                                     JUAN VICENTE PIQUERAS





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Nuestra madre, sentada a la mesa, le preguntó si había notado algo diferente en Berner. Por supuesto que sí, dijo él. Se había cambiado de peinado y le sentaba mejor. Le gustaba. Mi madre dijo que se había puesto pintalabios -lo cual era cierto-, y que si no la vigilábamos iba a fugarse a Hollywood o a Francia. Mi padre dijo que Berner podía ir a las Hermanas de la Providencia con nuestra madre para concertar su ingreso en el convento para ser monja, con votos de castidad incluidos; lo cual hizo reír a nuestra madre, pero no a Berner. Hoy recuerdo esa noche como el mejor y el más natural de los momentos que pasamos en familia aquel verano, o hubiéramos pasado nunca. Por un instante vi cómo la vida podría discurrir de un modo más estable, más fiable. Nuestros padres se sentían felices y cómodos el uno con el otro. Mi padre apreció la forma en que mi madre se comportaba con él. Él le hizo cumplidos sobre su ropa, su aspecto y su humor. Era como si hubieran descubierto algo que había habido entre ellos un día pero que con el tiempo se había ocultado o malinterpretado u olvidado, y volvieran a sentirse hechizados por ello una vez más, y el uno por el otro. Lo cual parece justo y esperable sólo entre cónyuges. Captaron de pronto una vislumbre de la persona de quien se habían enamorado, de la persona que te mantiene vivo. Para algunos, esa visión no debe desdibujarse nunca, como en mi caso. Pero era extraño que nuestros padres captaran esa vislumbre, y su frustración, su ansiedad y su inquietud pasaran de largo como nubes que se dispersan después de la tormenta, y volvieran a encontrar lo mejor de sí mismos, precisamente cuando estaban a punto de llevar al desastre a toda la familia.
Richard Ford
Canadá (Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Domingo, 02 de febrero de 2014

tal vez, si hay suerte

la línea de sombra al atardecer
el olor del mar
películas en blanco y negro
correr el último kilómetro contra el viento

escribir con cuatro o cinco palabras
el sonido de la lluvia en mi paraguas
el marcapáginas que voló
la luz reflejada en la acera mojada

la cabeza tan lenta como pasos de tortuga


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S?bado, 01 de febrero de 2014

Mala hierba forma la segunda parte de la trilogía La lucha por la vida de Baroja. De nuevo, Manuel y sus andanzas por el Madrid de principios de siglo veinte, el movimiento constante por una ciudad que crece, que tiene lugares céntricos y suburbios abandonados, los cambios de trabajo y los timos, la golfería y los días de cárcel, las mujeres que se echan a la vida y los hombres que les sacan dinero, las peleas a cuchillo, los policías corruptos, los bohemios que sólo hablan y hablan, los veteranos de la guerra de Cuba y antiguos artistas de circo. Mala hierba ahonda en lo planteado en La busca, las dudas de Manuel sobre qué hacer con su vida, su deambular de empleo en empleo, los personajes curiosos o extraños o deslavazados que se cruzan con él, el encuentro con Roberto Hasting y la diferencia de caracteres, Manuel que se deja llevar, Roberto que lucha por sobrevivir, por tener la vida soñada.

En Mala hierba se suceden los personajes oscuros y corruptos, las historias cercanas al folletín, los lugares abandonados o en ruinas donde pasar una noche, los asilos y las cárceles. Manuel conocerá a un puñado de delincuentes, se dejará llevar por una vida en apariencia fácil, fuera de su elección de buscar una vida de obrero, participará de timos, vivirá de las mujeres, abandonará los trabajos en imprentas como aprendiz.

Manuel se reencuentra con Roberto, que le muestra sus debilidades e intenta que cambie de vida, con su primo Vidal, con el Bizco, que le inició en los trapicheos en La busca, con la Justa, que tuvo que abandonar su casa y echarse a la vida, con Don Alonso y sus historias de circo en Estados Unidos. Son encuentros extraños, a veces fugaces, a veces determinantes, supervivientes que viven al día, que buscan un lugar donde pasar la noche, que duermen en huecos en la tierra o en casas en ruinas, que tienen momentos de paz en los bailes o en algunos cafetines, que viven en un pasado glorioso.

Hay momentos extraordinarios en Mala hierba, un fusilamiento donde Baroja carga la intensidad de la escena en el sonido de los disparos, las historias de Don Alonso y su vida en el circo, el desencanto de un repatriado que luchó en Cuba, los momentos donde Baroja detiene la acción y relaciona paisajes con personajes y su estado anímico, las dudas de Manuel, querer salir de su vida pero no saber cómo, qué hacer para dejar los días sin sentido, los barrios pobres, la dignidad de algunas mujeres y otra vida posible, otros ideales donde no haya que vivir bajo tierra.

Baroja crea un rompecabezas intenso, por momentos parece un documental de un determinado Madrid de principios de siglo veinte, el de los supervivientes, los pobres y los golfos, el de los serenos y los timadores y aquellos que alumbran una nueva conciencia fuera de los suburbios, sobreponerse a una vida mísera. En Mala hierba Baroja escribe un folletín, una novela de aventuras, una novela social. Esta segunda parte de La lucha por la vida es intensa, caricaturesca y aventurera.




A Jacob, a pesar de que, según decía, no le había ido muy bien en su tierra, le gustaba hablar de ella.
Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.
La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.
Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de su país.
Pintaba el paso de las caravanas, compuestas de camellos, asnos y dromedarios. Describía éstos con sus largos cuellos y su cabeza pequeña, que se balanceaba como la de las serpientes, con los ojos apagados que miran al cielo; y al oírle mientras peroraba, se creía estar atravesando aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los mercados, constituidos en la confluencia de unas cuantas sendas, y caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cábilas próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los hechiceros, los narradores de cuentos de Las mil y una noches, los médicos que sacan los gusanos de los oídos.
Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de los cuervos, que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de una capa negra.
Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad por los caminos, gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el cuscús, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.

( … )

—¡Qué moler! —dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
—¿Para qué? —preguntó Jesús.
—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
—¡Ya vendrá la buena! —dijo irónicamente Manuel.
—Ésa es la esperanza —replicó el Hombre-boa—. Mañana quizá haya cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre es como el viento para la veleta.
—Lo malo es —murmuró Jesús— que la veleta nuestra, cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.
—Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban a las mujeres en la semioscuridad y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel, una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano. Ella dejó al niño a un lado y se tendió en el suelo...

( … )

Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del Ejército, antes de fantásticas batallas —porque los cubanos corrían siempre como liebres—, disputándose las propuestas para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!». Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto, los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se les quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.
—Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto! —terminó diciendo—. Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España». Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender a la patria! ¡Que la defienda el nuncio! Para morirse de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla». Es también demasiado amolar esto...

( … )

Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
—¡Rediez! —exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—. ¡Qué facha de golfo tienes!
—¿Por qué?
—¿Qué sé yo? Porque la tienes.
—¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
—Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
—Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
—Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
—¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
—Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
—O de otra manera.
—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
Pío Baroja
Mala hierba (editorial Caro Raggio)


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