Lunes, 31 de marzo de 2014

Y podía haber gastado alguna broma, porque ésa era su forma habitual de sacar a colación ese tema; que si hubo un tiempo en que él habría estado allí metido, con el tamaño que tenía ahora. Pero no había sacado el tema. Lo que sí debió ver fue lo que pasaba por la cabeza de Jack, su postura frente al tema, que ya era definitiva. O puede que decidiera dejarlo para más adelante: ya eran demasiados quehaceres para un día de verano.
Aunque sí, se tenía que haber fijado en la cuna. Y puede que lo único que pensara fuese: «Vale, Jack ya ha tenido en la vida su puñetero bebé». Y por eso había dicho aquello de Tom. «Olvídale, Jack.» O a lo mejor sólo había pensado: «Hay tiempo, todavía hay tiempo». Aún no tenía ni veintiocho años, y estaba en perfectas condiciones para ello.
Sus ojos se habían dado a la tarea de reconocer la zona, eso sí. Cuando volvió con Ellie, alrededor de un año después, a vender la casa -cada uno por su lado, pero juntos- antes de que legara toda aquella gente (también con ojos dispuestos a entregarse a la tarea de reconocer la zona), él había dicho:
-¿Y qué vamos a hacer con las cosas? Quiero decir, lo que hay dentro: los muebles y eso.
No había dicho nada de las cosas que había en Wescott, aquello era cosa de Ellie. Entonces, ¿por qué preguntaba por las de Jebb, como si necesitara que ella le diera instrucciones?
-Pues lo vendes también, Jack -parecía incluso un poco impaciente-. Te sorprendería lo que puedes sacar vendiendo todo esto. Aquí hay para llenar una tienda de antigüedades.
Y así, como Ellie le había dado su beneplácito para seguir adelante, y porque eso había sido en cierto modo como si él le diera a ella una señal, él había vendido la cuna. ¿Para qué querían ellos una cuna? Aunque a él eso le había supuesto un dolor enorme.
Lo que no vendió fue la escopeta. Ni la medalla.
Graham Swift
Ojalá estuvieras aquí (traducción de Amelia Pérez. Galaxia Gutenberg)


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